Sangre negra 5 #2
40%

5 #2

, se fueron sumando las voces. Era la música que oían sus padres y que habían incorporado como por osmosis.

Reían a carcajadas de cómo desafinaban. Carla reparó en que Rodrigo la miraba mucho, se le aproximaba, con timidez.

Se sintió halagada, le sonrió. Mateo también lo notó y empezó a acercarse a su vez, como si tuviera que protegerla. Se las arregló para mantenerlo alejado.

«Chicos, les propongo jugar a la botella», dijo Rosa.

Todos dijeron que sí. El juego consistía en sentarse en círculo y hacer girar una botella de vidrio hasta que se detuviera sola, una vez y luego otra.

Las dos personas a quienes apuntaba el gollete debían darse un breve beso en los labios.

Giraron la botella. Los primeros fueron Rosa y Rodrigo, sus labios hicieron contacto fugaz y, entre risas nerviosas, continuaron dando vueltas el envase de vidrio.

Carla estaba ansiosa. Deseaba que le tocara Mateo. Pero las próximas fueron Nessa y ella.

«Hay que hacerlo de nuevo», dijo Rosa tomando la botella. Nessa la detuvo.

«¿Por qué? Nos tocó a nosotras. No me importa darle un besito a Carla. Ella me gusta», dijo con picardía.

Nessa vino hacia ella, mirándola a los ojos, mojó sus labios, tomó su rostro entre las manos, lo acercó al suyo y la besó.

Fue mucho más que un roce. Su lengua entró en su boca como un animal escurridizo y húmedo.

La exploró mientras su mano le acariciaba el cuello y bajaba por su espalda, apretándola contra su cuerpo.

Carla percibió sus pechos duros contra su pecho.

La sintió aspirar su aliento. Permanecieron pegadas, el beso se prolongó.

Nessa la sostenía con fuerza. Al apartarse la miró fijo otra vez.

Luego soltó su cara y dejó escapar una breve carcajada.

Siguió jugando como si nada hubiese ocurrido.

Carla estaba conmocionada, sin saber cómo reaccionar.

Su sangre se había encendido, cada átomo de su cuerpo ardía.

Todos quedaron perplejos. De inmediato el envase volvió a girar y el gollete nuevamente la apuntó, le tocaba besar a Rodrigo.

Estaba tan aturdida que ni siquiera alcanzó a pensar, aún temblaba.

Mientras se acercaba a Rodrigo, Mateo tomó la botella y la arrojó contra la caseta, quebrándola en mil pedazos.

«Se acabó el juego», dijo severo. Rodrigo lo empujó, «¡¿Qué te pasa?! ¡Todos queremos seguir jugando!»

. Mateo lo empujó de vuelta y las tres chicas tuvieron que intervenir para detener el inminente enfrentamiento.

Rodrigo tomó sus cosas, indignado. Rosa también. De pronto sonó el campanazo y oyeron la camioneta de Lucas acercándose por el camino de grava. Nessa ni siquiera se despidió, salió corriendo.

Rosa y Rodrigo partieron, murmurando que estaban todos locos. Carla vio a Rosa detenerse un segundo y observarla. Sus ojos la atravesaron, la miró de arriba abajo. Percibió su desprecio.

Se quedaron solos, Mateo y ella. Apagaron el fuego, tomaron sus mochilas y se echaron a andar. Carla se sentía débil, confundida. Notó que él la vigilaba de reojo sin animarse a hablar.

El beso que Nessa le había dado aún vibraba en sus labios.

Esa imagen crecía entre ellos dos, los acompañaba como una verdadera presencia.

Había sido su primer beso. Pensó en los episodios que compensaban los vacíos, parecían ser la particular revancha de Nessa contra la fragilidad.

Pero, ahora, la venganza había sido contra ella.

Nessa sabía que Carla nunca había besado a nadie.

Estaba envuelta de placer y decepción al mismo tiempo.

Rompió el silencio. Intentó con una pregunta sacar a Mateo del disgusto y que la ayudara a sacudir su desasosiego.

«¿Qué te molestó tanto?». No se miraban.

«Rodrigo es un idiota».

«Es tu amigo, Mateo».

«Ya no», caminaban lento, atentos al sendero.

Ninguno mencionaba lo que había ocurrido.

«Hace unos días Lucas dijo algo extraño», respiró agitado.

«¿Qué?».

«Que sería capaz de matar por proteger a sus hijos», le echó un vistazo.

Carla sintió un escalofrío.

«Yo creo que bromeaba, Mateo. Lucas es fuerte, pero no es agresivo. ¿En qué contexto lo dijo?».

«Eso es lo raro. Lo murmuró como si no se dirigiera a nadie. Pero allí solo estaba yo. ¿Crees que quería intimidarme? Quizás siente celos de mi cercanía con su familia».

Ella hacía un gran esfuerzo para salir del evento del beso.

Se dio cuenta de que Mateo la llevaba hacia su tema favorito, la arrancaba de la otra escena.

Pensó en los Quinlan. Había observado el cuidado excesivo que le prodigaban a los tres niños menores.

Nessa era independiente, pero también se ocupaba mucho de sus hermanos, especialmente de Mía.

Y, además, para Lucas era muy importante que sus hijos se educaran, que fueran cultos.

Estaba atento a su formación. En esa casa las horas de lectura eran sagradas.

Pensaba que por eso, quizás, la habían integrado de inmediato.

Por su pasión por los libros. Todas las noches Lucas les preguntaba a sus hijos qué habían aprendido durante el día.

Y cada uno tomaba la palabra, casi atropellándose, para contarle sus logros al papá.

A Nessa le pedía que opinara sobre lo que estaba leyendo.

Cuando Carla se incorporaba, también le preguntaba.

Lucas se notaba satisfecho. Su humor era estable. Nada lo alteraba.

La verdad, ella no entendía por qué Nessa no quería contarles de su relación con Mateo.

Él iba a la casa de los Quinlan como un amigo más.

Aunque quizás sí eran celosos. O extremadamente aprensivos.

Lucas se aseguraba de que todos tomaran vitaminas por las noches, se preocupaba de que nadie cerrara del todo la puerta de sus habitaciones al irse a dormir, decía que era por los calefactores a gas, temía una intoxicación.

Se preocupaba de que Amanda se acostara temprano, para descansar de tantas labores, decía.

Él era siempre el último en irse a la cama después de chequear que todo estuviera bien, no le gustaba que sus hijos deambularan solos en la oscuridad.

Las salidas de Nessa lo inquietaban. Quizás por eso ella corría a su casa cuando él llegaba.

No podía consultarle a su amiga por qué no hablaba de su relación con Mateo. Esas preguntas estaban tácitamente proscritas.

Revivía ese beso en oleadas y, a la vez, surgían en ella dudas en torno a una familia que admiraba, que deseaba para sí. Para salir de la órbita de los Quinlan, preguntó:

«¿Por qué viven ustedes aquí, desde cuándo?», decidió dar un giro total. Mateo la miró desconcertado. Ella no imaginó lo que se aproximaba. Él calló por unos minutos.

Caminaban muy cerca, sus brazos se rozaban, no tenían apuro. Tuvo la impresión de que ninguno de los dos quería llegar a su casa.

«Carla, lo que te voy a contar no lo sabe nadie en Kuyen. Por favor guárdalo. Ni siquiera sé si es exacto. He vivido tratando de completar la historia con lo que oigo a escondidas. Es probable que estemos acá por la vida política de mi familia. Cada vez que pregunto se levanta un silencio incómodo,

se miran y no dicen nada. Hay cosas que parecen ser imperdonables. Creo que mis padres rompieron algo muy profundo», estudió su reacción, pero ella estaba completamente atenta a él.

«Bueno, tú sabes. El golpe militar, aunque fue hace tanto tiempo, quebró a este país pareciera que para siempre. Fue brutal: se desató el odio, la crueldad. Las familias se separaron, todo fue extremo», tomó una bocanada de aire.

«Mis padres nunca debieron estar juntos. Mi abuelo paterno, Anselmo, era oficial superior del ejército...» .

«¿Sí?», quería que él se vaciara de una vez.