Sangre negra 5
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«Recuerden que, muchas veces, se ha llamado democráticos a regímenes que no lo son. No se dejen engañar, niños. ¡Usen su cri-te-rio!».

Hizo una reverencia para terminar su actuación. Rieron con ganas, fue una carcajada explosiva, necesaria. La risa de Mateo llenaba el aire de alegría. Era contagiosa y amplia. Sus ojos se humedecían y arrugaba un poco la nariz.

«Me encanta este pequeño refugio», dijo Nessa de repente, refiriéndose a la caseta. «Fue un acierto pedirle a Renato que lo construyera». Soltó esa información con naturalidad. Mateo miró a Carla desconcertado.

Esta vez Nessa no salió corriendo al oír el tañido de la campana.

Se incorporó, con languidez, le dio un beso dulce en los labios a Mateo, le acarició una mano a Carla, y señaló, antes de caminar hacia su casa: «Ustedes son lo mejor que me ha pasado en la vida».

Se quedaron contemplando su andar de gacela, desapareció tras los mañíos y las nalcas.

Se la tragó la niebla y el silencio. Algo triste se había instalado entre ellos. Al poco rato comenzó a nevar.

Aprovecho la ausencia de Dominga para ir a la cocina y abordo a Julián. Quiero aplacar sus miradas inquisitivas.

«Hola», dice algo sorprendido al verme, mientras revuelve una olla. Noto que se esfuerza por no mirarme a los ojos.

Julián me ha observado con sigilo. Dominga se acerca como queriendo saber de mí, pero a la vez ambos mantienen distancia.

Soy la extranjera. Sé bien que un contacto más estrecho conmigo podría amenazar aquel equilibrio silencioso que marca la diferencia entre locales y foráneos.

Pero yo no tengo otro lugar. Kuyen ha sido mi única patria.

«Te quiero agradecer la radio portátil. No la he usado, pero me doy cuenta de que es necesario poder comunicarse», le sonrío para sacarlo de su sobresalto.

«De nada. Es mejor andar seguros. Ha habido un par de montañistas que se han perdido. Hace un mes una mujer se cayó en la Quebrada de Los Vientos, no tenía cómo comunicarse, nos costó mucho encontrarla, estaba herida. La radio portátil no siempre tiene el alcance que se necesita,

pero es mejor que nada. ¿Habías estado antes aquí?»

, indaga, mientras le echa leña al fuego de la cocina.

No me esperaba esa pregunta.

«Hace muchos años», digo. «Casi no recuerdo nada, ¿Por qué lo preguntas?».

«Es que en la galería hay una imagen del semanario de Los Pangues con una chica que se parece mucho a ti. Dominga lo descubrió. Supusimos que podían ser familiares, pero no te quisimos preguntar para no molestarte. Siempre estás muy concentrada en tu trabajo», finalmente me mira.

«¿Qué galería?», siento crecer la tensión en el cuello.

«Ven», se limpia las manos y me indica que lo siga.

Detrás de la cocina hay una larga galería que termina en un pasillo en el que están los dormitorios de los hermanos.

El olor es agradable, huele a leña y a la lluvia que cae sobre el tejado de zinc.

La cierra un gran ventanal que deja ver un jardín verde y húmedo.

Hay una colección de fotos enmarcadas que decoran la pared.

«Muchas son historias de Kuyen», me dice con orgullo.

«Mira, esta fotografía es la más antigua. Son los primeros colonos. Eran de apellido Mauro y Espósito, como nosotros», señala una imagen deslavada, en sepia.

Examino la lámina, luego lo observo a él.

Su rostro es anguloso, sus ojos tan grises como los de Dominga.

Miro sus manos fuertes. Él nota mi mirada e intenta cambiar el foco.

«Esta otra es una de mis favoritas. Los migrantes que se instalaron en Kuyen comerciaban con los productos de las ovejas que criaban. También transportaban lo necesario para abastecer a los pocos que vivían aún más retirados que ellos», estudio la lámina,

intento adivinar los rasgos en esos rostros apenas visibles.

«Esta fue la hacienda de nuestra familia, mis bisabuelos la llevaban con mucho esfuerzo. Ya has visto cómo es el clima aquí», apunta una fotografía en la que apenas se aprecia a un montón de ovejas alrededor de una construcción de madera.

La montaña domina el paisaje. Casi todo es cordillera y cielo en esas estampas del pasado.

Sigo mirando, con interés. Julián se nota satisfecho.

De repente me detengo en una imagen nítida, de colores vivos, hay unos diez niños, un hombre robusto y mayor posa con ellos.

Me asalta un pequeño ahogo. Es el profesor Coloane.

Vuelvo a sentir una fuerte presión en el cuello. Julián percibe mi inquietud.

«Ahí está Dominga», señala a una chica alta y con trenzas. «Los dos estudiamos aquí, en la escuela de Kuyen. Para mí sigue siendo igual a la niña que era», sonríe.

«¿Y él?», señalo al hombre mayor. Sé quién es, pero debo hacer tiempo.

«Es el profesor Coloane. Un gran maestro. Murió el año pasado».

Me estremezco. Una vez más el ensueño se azota, quebrándose contra la realidad. No digo nada, pero me invade un enorme pesar.

«Aquí están nuestros padres», lo oigo decir. Me acerco a Julián, me siento débil.

«Ustedes tienen los mismos rasgos de tu mamá», percibo su tristeza. No dice nada, no pregunto. Avanzamos juntos hasta la próxima imagen.

«Esta es la fotografía en la que está la chica que se parece a ti. En realidad, es un recorte del semanario de Los Pangues».

Me acerco y la observo con atención. Ahí están todos los Quinlan.

Es un retrato de sus primeros tiempos en Kuyen.

Los niños se ven todavía muy pequeños. Noto cómo se acelera mi respiración.

Me cuesta llenar los pulmones, como si estuvieran repletos de agua.

«Pensé que podían ser familiares tuyos. Te he visto ir hacia las ruinas», continúa examinando mi reacción. Ya no lo quiero cerca, necesito suspenderme a solas, como quien visita a un ser querido en el cementerio. Una enorme aflicción me inunda.

La bajada de la imagen en blanco y negro reza: «Tragedia infernal sacude a Kuyen. Familia completa muere tras explosión».

Julián señala a Nessa. «¿La conocías?».

«No», le digo con un hilo de voz, negando con mi cabeza. Intento leer el artículo. En mis ojos aparecen unas sombras con forma de arañas y me dificultan la lectura.

«Una explosión, cuyo origen aún se desconoce, causó la más grande tragedia en la historia de Kuyen. Todos los integrantes de la familia Quinlan fallecieron. Dos adultos y cuatro niños conformaban el grupo familiar. La madre, Amanda Quinlan, tenía 37 semanas de embarazo. Junto a ellos se encontró...»

.

No puedo más, mis ojos se ennegrecen por completo. Unos destellos crecen en mis pupilas. Todo da vueltas, siento unas náuseas terribles. Se cierra el aire. Hay olor a fuego, a casa quemándose, a carne chamuscada.

Julián dice algo que no logro oír. De pronto ya no sé nada más. Despierto tiritando de frío en su regazo.

«¿Cómo estás?». Vuelvo en mí lentamente. Lo escucho a lo lejos.

«Bien», digo, apenas pudiendo hablar.

«¿Quieres agua?», niego con la cabeza.

«Ya estoy mejor. ¿Me acompañas a mi habitación?»

, tiemblo como una hoja. Julián se ve preocupado.

«Solo necesito dormir un rato», le digo.

«Anoche no dormí y me bajó la presión, no te preocupes».

Me lleva, sosteniéndome de la cintura, escaleras arriba.

Hago un esfuerzo por sentir las piernas y lograr que me obedezcan.

Una vez en mi habitación, me tumbo boca abajo sobre la cama y lloro.

Lloro largo rato mientras el cielo se despedaza.

Me asfixio. Enormes tentáculos de angustia me estrangulan.

Mis ojos se llenan de raras constelaciones brillantes.

Nada puede rescatarme. Siento que voy a morir y no me importa.

Quizás ha llegado el minuto de abandonar el cuerpo, de-sen-car-nar.

El llanto sale a borbotones, pero no logro inhalar.

¿Qué nos ocurrió, Nessa? ¿Cómo llegamos hasta aquí?

Los estertores que sacuden mi cuerpo van quedando lejos de mí.

Mi mente transita a otra ruta. Veo a Nessa conversándome bajito, cerramos un trato, me ahogo.

«Valiente. Siempre valiente, señorita Bovary».

Es un mandato superior. Revivo el terror.

Tenemos que destruir a alguien, no hay salida, pero no logro dar con la razón de nuestro plan.

Todo salió mal. Nos equivocamos. Nos desintegramos.

Me duermo; cuando abro los ojos ya oscurece y mis pulmones siguen comprimidos. Tengo las manos adormecidas.

Oigo, en sordina, un golpe en mi puerta.

Dominga entra sin esperar. Trae una bandeja, un termo con agua caliente, hierbas medicinales, unas pastillas.

No puedo ocultar mi desgarro. Se ocupa de mí.

Me frota con un paño tibio detrás de las orejas, me hace oler alcanfor.

Voy recuperando el aliento, pero no tengo fuerza.

Dominga me desviste y me acomoda una camiseta abrigada.

Abre la cama y me ayuda a acostarme. Prepara una infusión. Se queda a mi lado acariciando mi mano.

«Solo concéntrate en mi mano tocando la tuya. Nada más, Carla. Estás aquí. En ningún otro lugar. Estás en una zona segura, tranquila». Trato de darle las gracias, nada sale de mi boca. Me duermo otra vez.

Despierto, es muy tarde y ella sigue a mi lado. Arropada con mi chal me mira desde la butaca.

«¿Estás mejor?».

«Sí. Gracias, Dominga». Mi voz sale rasposa.

«Descansa tranquila. Yo te traeré una cena liviana en un rato. Por favor, avísame si necesitas algo. Te ves mejor, tu rostro recuperó su color», sonríe con dulzura. Sale. Se me cierran los ojos. Siento que cae, pesado y rápido, un grueso telón.

Despierto en medio de la noche. La lluvia golpea las ventanas, es un diluvio horizontal.

La imagen de los Quinlan no desaparece de mis ojos.

Es una boya en la marea alta golpeando la embarcación.

Julián dice que Nessa y yo nos parecemos.

En ese tiempo era mi deseo más profundo: ser como ella.

Pero de pronto se enmadejaron las cosas y empecé a experimentar la necesidad de diferenciarme.

Tengo que rescatar un beso. Esfuérzate más me digo. Algo se movió ese día.

Un viernes por la tarde, a finales del invierno, fueron los tres a la laguna con Rodrigo y Rosa. Hicieron un pequeño fuego siguiendo las indicaciones del profesor Coloane, cuidándose de no provocar un incendio. Rodrigo comenzó a cantar canciones de los años ochenta.

«Somos cómplices los dos/ Al menos sé que huyo porque amo/ Necesito distensión/ Estar así despierto/ es un delirio de condenados...»