Sangre negra 4 #5
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«Ya es hora de regresar», dijo Nessa. Mateo se separó de ellas, se notaba fastidiado. Al igual que Renato, alzó la mano para despedirse, no dijo nada.

Nessa y Carla tomaron su camino.

«Mateo no quería dejarte sola con él, pero yo sabía que lo ibas a disfrutar... mucho, ¿no es así, señorita Bovary?», le preguntó sin esperar su respuesta. Estaba agitada. Asintió por no saber qué más hacer.

Querido Mateo:

¿Recuerdas cuánto nos intrigaba el carácter de Nessa? Éramos demasiado jóvenes para entender su complejidad. Se nos hacía imposible descifrar sus oscilaciones.

Solo con el paso del tiempo fui comprendiendo que Nessa vivía como colgada de un péndulo.

Era cariñosa y brutal, temeraria y silenciosa.

Desborde y repliegue, impulsos desenfrenados y mesura.

Se movía entre la fragilidad a la que la exponían sus vacíos y una especie de excitación caótica con la que nos remolcaba a un lugar oscuro.

Nos provocaba. Nos retaba a un duelo del que sabía que saldría vencedora, como si tuviera que demostrar que, a pesar de todo, ella seguía dominando el juego.

Pero su desafío era pasajero, pronto se transformaba en la Nessa de siempre, dulce y protectora.

Ahora, mientras escribo estas líneas para ti, recuerdo cómo te atraía hasta dejarte sin aire, luego te expulsaba con violencia, como si te repudiara.

Te vi recogerte en la incertidumbre, te llenabas de cólera, luego volvías.

Cuando entraste en los catorce años se comenzó a levantar algo en ti, como una secreta resistencia, y dejaste de obedecer.

Yo podía percibir su rebeldía interior, te castigaba, luego volvía a encantarte.

Jamás imaginó que aquello que te alteraba terminaría por estrechar la alianza entre nosotros dos.

Carla

Dominga ya no está. El bus partió a Los Pangues y el paradero está vacío.

Ya no llueve. La niebla húmeda cubre Kuyen como un manto grueso.

Me siento envuelta por ese silencio blanco.

Tengo que esforzarme para salir del ensueño.

Desde mi fondo sube, como flotando, el recuerdo de Nessa besándome.

Un beso que significó la primera trizadura entre nosotras.

Al día siguiente de ese martes profano en el que los llevó a cabalgar con Renato, Nessa llegó a clases más reservada de lo habitual. Carla temió que se aproximara uno de sus vacíos. Su ánimo había decaído. La notó lenta y distante. Ella misma estaba ensombrecida por una emoción que ignoraba.

Mateo no se sentó junto a Nessa, como solía hacerlo. También estaba incómodo. En el recreo buscó a Carla. Nessa se quedó en la sala, en silencio.

«¿Qué pasó ayer?», le preguntó frunciendo el ceño. «¿Quién es ese hombre, Carla? Lo he visto pasar, pero no entiendo qué hacía Nessa con él».

Debía ser cuidadosa con sus palabras, como siempre.

«Es Renato, vive en la otra orilla del río. Los Quinlan lo conocen desde que llegaron», respondió intentando justificar esa complicidad que habían presenciado y que los intranquilizaba a ambos. «¿No le preguntaste a Nessa?».

«Lo hice cuando me subí al caballo. Le pedí que regresáramos a buscarte, no quería dejarte con un desconocido. Pero ella solo me dijo que no preguntara tanto, que tú disfrutarías esa cabalgata tanto como nosotros y azuzó al animal para que galopara», dejó pasar unos segundos.

«Finalmente le quité las riendas. Ella lo tomó como un juego, se reía, pero yo no estaba jugando».

Desde el patio, Carla vio a Nessa dibujando en su cuaderno de artes plásticas. Observó su espalda recta y el cuello largo, como el de una bailarina. El pelo le caía sobre los ojos. A pesar del contacto permanente había momentos en que su belleza volvía a impactarla.

«A Nessa no le gustan las preguntas incómodas», la defendió. «Siempre dice que todas las cosas tienen un peso, se explican solas. No va a responder. Quizás sea mejor no hacer más preguntas».

«Está diciéndonos algo sin hablar. Busca que la interroguemos, pero para no responder», reaccionó. Estaba molesto.

Entraron a la sala de clases. Nessa los vio y fue hacia ellos, le echó los brazos al cuello a Mateo, con mucha dulzura. Él se dejó abrazar pero permaneció rígido.

«¿Vamos a la laguna después de clases?», sus ojos celestes tenían la mirada clara, aunque cansada. «Hay que estudiar para la prueba de historia. Pasemos por mi casa a buscar algo para comer y estudiamos juntos. ¿Les parece?».

Ninguno de los dos dijo nada. Para Nessa eso era un sí. Fueron.

Pasaron la tarde en la laguna, apretados en la caseta, llovía a cántaros.

Nessa siguió algo melancólica, pero más conversadora.

Nadie mencionó a Renato. Ella abrazaba a Mateo por la cintura, apoyaba la cabeza en su espalda.

Hablaron de la vida y del amor, hicieron planes para el verano y estudiaron Historia, tenían que saber reconocer qué gobiernos actuales en Latinoamérica eran democráticos.

Nessa hizo gala de su memoria. Carraspeó y dijo, con la voz impostada, imitando al profesor Coloane:

«La democracia es la soberanía del pueblo, jóvenes, no lo olviden. Ustedes pueden elegir representantes, pero hay que ser responsables y saber respetar a la mayoría. Solo con democracia llegaremos a tener un país sensato, con vivienda, educación y salud para todos».

Mateo y Carla sonreían.