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«De verdad lo siento, mi Mateo», él la miró un rato con severidad. Ella le dio un beso suave sobre el corte del labio. «Te quiero mucho», y se acurrucó en su cuello.
«Bien», dijo él y trasladó sus pupilas hacia Carla. Partió.
Nessa se quedó mirando al horizonte.
«¿Crees que me perdone, Carla?».
«Claro que sí», respondió todavía desconcertada.
Abismada ante ese despliegue de fuerza y la velocidad de retracción, Nessa le semejó un animal voraz, una hembra en celo.
Le impactó su capacidad inmediata para volver a ser esa criatura en total posesión de sí misma.
En segundos alcanzó a percibir su combate interior: expansión y contracción.
Sintió que estaba frente a un prodigio. Entendió, esa tarde, que ella la había convocado para mostrarse, para que los viera.
Alterada, por un instante calibró el control que ejercía sobre ellos.
Pero esas revelaciones duraban poco, pronto se diluían en el universo que se abría ante sus ojos.
Otra vez llueve a cántaros. Decido pasar el día en el hostal.
Tengo mucho que pensar, mucho que escribir.
Me siento cansada. Veo a Dominga salir temprano, abrigada, con sus pantalones impermeables, sus botas y la capa de agua.
Lleva un carrito de compras plegable y un par de bolsas grandes.
Cruza la calle central, la única asfaltada de todo Kuyen, donde se congregan dos pequeños almacenes y el hostal.
Camina hasta el solitario paradero de buses que está en la esquina.
La miro con detención. Es linda, Dominga.
Su figura espigada es casi etérea. Me maravilla su juventud y la confianza con la que se mueve por la vida.
La miro y añoro mis propios años jóvenes y todo lo que se apagó en el olvido.
La veo montarse al bus y me fijo en el calendario que está sobre el mesón.
Martes, día de mercado, me digo. Lo había olvidado por completo.
Dominga se dirige a Los Pangues. Tres veces a la semana sale el bus por la mañana y regresa al anochecer.
Es la única forma de ir a Los Pangues si no tienes tu propio vehículo.
Todo continúa igual. El tiempo avanza o retrocede de otra manera aquí, en Kuyen.
Sigue siendo un punto invisible en el planeta.
Las redes de comunicación funcionan apenas.
Casi no hay señal para los teléfonos. Internet se acota a los pocos lugares con más recursos para tener su propia conexión. Estamos solos.
Los martes de mercado eran los «días profanos», así los llamaba Nessa.
Lucas pasaba todo el día en la farmacia y Amanda y los niños se iban a Los Pangues a comprar frutas y verduras, a abastecerse de todo aquello que en Kuyen no existía.
Volvían tarde, todos, y los tres amigos aprovechaban el tiempo como si la vida entera les perteneciera.
Nessa se expandía. Se pasaban la tarde junto a la laguna o se colaban en el bosque protegido.
A veces se adentraban en el alerzal. Esos árboles milenarios los sobrecogían, frente a ellos y su inmensidad, todas sus preocupaciones perdían importancia.
Estar allí era su particular experiencia de liberación.
Uno de esos martes, Nessa no llegó al colegio.
Carla y Mateo supusieron que era uno de esos días que ella se tomaba.
El profesor nunca le llamó la atención. Quizá porque era la mejor alumna de la clase.
Después de la última lección se apuraron a su casa.
De pronto la vieron aparecer con Renato, venían galopando en sendos caballos.
Se paralizaron. Hacía mucho frío, ella y Renato traían puestas unas perneras de cuero.
Era una verdadera amazona. Él cabalgaba muy serio, ella reía.
«¡Vamos!», les gritó. ¡Los vinimos a buscar para cabalgar un rato!”, Mateo y Carla estaban mudos. Ella siguió hablando, rápido, sin darles tiempo para replicar.
«Será un paseo corto, vamos. Carla, tú irás con Renato. Mateo, tú sube conmigo», dijo como dando una orden. Carla nunca había montado. Mateo sí sabía montar.
Miró a Renato. Tenía los ojos oscuros y unas pestañas tan tupidas que casi no se llegaba a ellos.
En ese segundo se dio cuenta de por qué la inquietaba su mirada: parecía estar lleno de ira.
Le alargó una mano y la ayudó a subir. Ella intentó dominar su temblor.
Su amiga la observaba con cierto deleite. Sonreía.
Mateo y Nessa partieron galopando y se fueron lejos, hacia el río.
Ella llevaba las riendas. Carla los perdió de vista mientras oía las carcajadas de Nessa.
Renato dirigió el caballo hacia otra dirección.
Cerró los ojos, aterrada. Sintió su cuerpo muy apretado al suyo, su pecho y sus brazos, sólidos, la sostenían con tanto vigor y seguridad que supo que no se caería.
Olía a sudor y tierra, sintió al caballo moverse bajo su cuerpo y se estremeció de placer.
Era una sensación desconocida. Iba llena de goce, de vergüenza y de miedo.
Fue mucho rato, demasiado. De pronto, Renato detuvo la marcha y el caballo se puso a caminar.
Él acercó la boca a su oído, percibió su aliento en el cuello.
«¿Tienes miedo?», le dijo como en secreto con su voz ronca.
«No», mintió. «Ya no».
Entonces se echó a cabalgar desaforado, dando gritos, espoleando al animal.
El brazo que la sostenía se tensó aún más, la apretó con fuerza.
Sus piernas, adheridas a las suyas, impedían que se cayera.
Llegaron a un claro y se detuvieron. De repente, a lo lejos, oyó la voz de Mateo llamándola.
Aparecieron desde atrás del bosque de lengas.
Habían cambiado, él llevaba las riendas.
Nessa iba abrazada a su cintura, reposaba la cabeza en su hombro.
Cuando llegaron, Carla bajó del caballo y Mateo la recibió. Le preguntó, inquieto, si estaba bien. Renato, aún arriba, tomó las riendas del caballo de Nessa, golpeó las ancas de su animal y partió al galope. Se despidió alzando su mano. Se quedaron los tres mirándolo cabalgar.