Sangre negra 4 #3
27%

4 #3

«Llegué hace un rato. Vine a descansar, tenía jaqueca». Ella no le prestó atención, entró rápido a la casa preguntando por Mía.

Carla se quedó a solas con Lucas.

«Y tú, Carla, ¿cómo estás? ¿Cómo les fue en la prueba de matemáticas?», la miró a los ojos, como si buscara saber otra cosa. Su atención la inhibía. Sintió pudor de que él lo notara.

«Bien, nos fue muy bien», huyó de su mirada transparente y entró a saludar a Amanda. En contraposición a su papá, él seguía de cerca la educación de sus hijos.

Pasó la tarde con Nessa, pero ella no volvió a ser la misma. Estaba lenta, adormecida. Le extrañó que nadie más parecía notarlo. La llevaron a su casa, como siempre. Al despedirse la invitaron a la excursión que harían al día siguiente. Aceptó ilusionada.

Fue su primera expedición. Todos, excepto Amanda, salieron a la aventura. Mateo también llegó y se sumó al paseo, iban llenos de expectativas y fascinación.

«Antes de partir quiero tomar algunas fotografías», les dijo Lucas. «Pónganse frente a la casa, bajo la hiedra».

Hizo varias tomas.

«Una de estas será para ti, Carla», declaró.

Era un fotógrafo aficionado. En la casa había adecuado una pequeña pieza en el sótano, era el cuarto oscuro en el que revelaba las imágenes. Solo él podía entrar. La manipulación de los productos químicos era de cuidado. En eso era categórico.

Mateo y Carla estaban entusiasmados, sin embargo, después de haber presenciado ese vacío, Carla se mantuvo alerta y observó algo más que la extrañó.

Nessa estaba pendiente de Mía en todo momento.

No la perdía de vista ni un segundo, a pesar de que la pequeña no se movía de su lado.

Estuvo tensa y alejada todo el trayecto.

Fueron dos horas de caminata en las que Lucas les enseñó el nombre de algunos árboles, qué hierbas podían comerse y cuáles no, les habló de los animales que habitan las montañas, compitieron por quién arrojaba más lejos unas piedras al río.

Óscar y Damián se veían felices. Nessa no.

Mateo se acercó a Carla.

«¿Qué le pasa a Nessa?», inquirió. «Ha estado así, muy reservada, todo el día, ¿no?».

No supo qué responder. Lo que ocurría también escapaba a su comprensión y, además, parecía que solo ellos lo percibían. Mateo calló, pero sus ojos no se despegaron de Nessa en toda la tarde.

En el camino encontraron una gran lenga, sus ramas eran gruesas.

Lucas la trepó con impresionante agilidad, Mateo lo siguió.

Una vez que Lucas estuvo bien arriba los hizo subir uno a uno.

Alargaba su mano firme y los sostenía hasta que lograban ascender y sentarse en una rama grande.

Carla estuvo a punto de resbalar, pero Lucas la alcanzó, la tomó de la cintura y, con habilidad, la instaló a su lado. El contacto con su brazo la estremeció.

«Vamos Nessa, pásame a Mía y luego subes tú», dijo Lucas cuando solo quedaban ellas abajo.

Nessa solo dijo «no quiero», con la voz neutra y sin fijar la vista en nadie.

Mateo y Carla intercambiaron una mirada de desconcierto.

Ella sostenía la mano de su hermana con fuerza.

Mía acataba; daban la impresión de estar en la misma frecuencia vital.

Parecían una escultura de hielo en medio del viento.

Las espigas de coirón se inclinaban a su alrededor, barridas por las ráfagas de aire.

Lucas no dijo nada, no se inmutó. Todo siguió igual.

Desde arriba el paisaje era otro. La tierra y el agua eran materia viva, en movimiento sincronizado. A unos metros, los juncos que rodeaban una laguna se balanceaban livianos. El paisaje invitaba a la contemplación, pero Carla no podía dejar de observar a su amiga; estaba paralizada.

En el camino de regreso, Mateo alcanzó a Carla. Se separaron un poco del grupo. Le habló en voz baja.

«¿Sabías que Nessa no les ha dicho a sus padres que ella y yo estamos juntos?».

«Sí», respondió parca, no sabía qué podía decir.

«¿Por qué crees que no lo hace?», preguntó algo ansioso.

«No lo sé. Pero déjala, ella conoce sus tiempos».

«Es raro. Esta familia a ratos me parece extraña. Pienso que son demasiado celosos con sus hijos».

Y continuó:

«¿No te parece insólito que hayan venido a dar aquí?».

«Pero si tú sabes que Lucas vino a abrir la nueva farmacia». Caminaban sin mirarse. Susurraban.

«No sé. Ya te lo dije una vez. Creo que todos los que llegan a Kuyen ocultan algo. Piénsalo: una familia con cuatro hijos, tres de ellos educados en casa. Son ricos. Carla, se vinieron por un año. ¿Has visto la farmacia? Es tan pequeña que Lucas no se tardaría ni un mes en instalarla».

El resto de la tarde, ya en la casa, Nessa volvió solo por instantes. Como en pequeñas dosis. Su amiga la sumergía en un profundo desconcierto. La conocía y la desconocía. Las palabras de Mateo la enojaban, pero también se le hacían coherentes. La inquietaban.

Las ausencias ocurrieron muchas veces. Desde entonces, cada vez que ella pasaba por un vacío todo el cuerpo de Carla reaccionaba vigilante.

Nessa quedaba muy lejos de sí, enterrada en un pozo profundo.

Carla fue descubriendo su fragilidad y comenzó a sentir miedo.

Temía perderla. Pero su amiga volvía, la vida se alumbraba y el olvido caía, igual que la nieve, sobre aquellos eventos.

Observo la foto que tomé de la carpeta. Evoco su presencia y vuelve a mí el vértigo que me producían sus vacíos.

Nessa era desenvuelta, incluso atrevida, pero también, abrumadoramente hermética.

No había un espacio intermedio, un tránsito hacia su silencio.

Nunca hizo preguntas incómodas, nosotros tampoco se las hacíamos a ella.

Y ese «no saber», en lugar de separarnos, ahondó nuestro lazo.

A mí no me importaba, me aliviaba no tener que hablar de mí, pero con el tiempo fui notando que, ante la cerrazón, a Mateo le crecía un malestar silencioso, indefinido, que aparecía y desaparecía según el curso de los días.

Guardo la fotografía. La carpeta de cuero es mi propia bestia, la cierro. Sobre el lomo del animal descansa mi cuchillo.

Carla pasó esa noche donde los Quinlan. Nessa casi no durmió. Cada vez que Carla abría los ojos, la veía leyendo, con una pequeña lámpara encendida. Por la mañana Nessa ya era la de siempre.

«¿Me dejas maquillarte?», le preguntó a Carla. Ella accedió.

Cuando terminó su tarea la contempló largo rato.

«Eres preciosa, Carla. Mírate. ¿Qué te parece?»

, le alargó un espejo de mano. Le encantó cómo se veía.

Era otra Carla, más grande, más mujer. Nessa le rodeó el cuello con un pañuelo de seda verde.

La miró encantada. «Es del color de tus ojos. Te ves perfecta. Ese pañuelo te lo vas a quedar. No vale protestar».

La hizo callar antes de que ella alcanzara a decir nada. Se estudió otra vez en el espejo. Estaba contenta.

«Mateo va a enloquecer contigo hoy», dijo de pronto, con una sonrisa sutilmente torcida.

«¿Cómo?», la remeció su aseveración. Pensó que había oído mal, pero ella la miraba muy seria.

«Tú le gustas, Carla. He visto cómo te mira. Y a ti te gusta él. Pero todavía no lo saben del todo, son unos niños», la observó por un rato y luego se largó a reír.

«¡Si hubieses visto tu cara de impresión! No me hagas caso, estaba bromeando», dijo aún riendo, pero a Carla no le hizo gracia.

Tomaron un buen desayuno, la casa siempre estaba atravesada por las voces alegres de Óscar y Damián. Mía y Amanda eran más reservadas. Cuando terminaron, Nessa anunció que ellas saldrían a caminar hasta tarde. Lucas les preguntó si iban solas. Asintió, aunque no era cierto, iban con Mateo.

Carla había quedado nerviosa con la broma de su amiga.

Ya tenía decidido irse temprano ese día para que se encontraran ellos solos.

A veces no iba a la laguna, o llegaba más tarde.

Con frecuencia, además, era Nessa quien la citaba a una hora en especial.

«¿Nos vemos a las tres, señorita Bovary?»

, guiñaba un ojo como si confabulara. Solo le decía «señorita Bovary» cuando estaban a solas, buscando su complicidad.

Carla obedecía, supeditaba su vida a los deseos de su amiga, iba cuando la convocaba, a la hora que fuese, y si no la quería cerca, sabía retirarse sin resentirlo.

Esperaron a que Lucas se fuera, tenía turno en la farmacia.

«Te espero en la laguna a las cuatro y media. No te demores. Es importante», le dijo Nessa al salir de casa, y corrió a encontrarse con Mateo. Carla decidió llegar más tarde, les daría más tiempo para estar juntos. Llegó pasadas las cinco.

No la habían visto, o eso pensó. Se besaban frenéticamente, de pie, Mateo se apoyaba en el tronco del ciprés, Nessa estaba pegada a él como un reptil, casi inmovilizándolo.

Quiso irse, por pudor, pero los pies no le respondían.

Quedó hipnotizada por el ímpetu que desplegaban.

Ella lo besaba como si quisiera devorarlo.

De un modo casi furioso, convulso. Él la abrazaba, excitado, pero ella quería dominar el juego, intentaba sostenerle las manos, neutralizarlo.

Mateo era mucho más alto y fuerte, sin embargo Nessa exhibía una potencia que le pareció sobrenatural.

De pronto, mientras lo besaba, con una mano ágil desabrochó su cinturón.

Esa mano estaba bajando por dentro del pantalón, estaba en contacto con su carne.

Él intentó retenerla, sacudiéndose. Trató de apartarla; ella se resistió.

Luego logró maniobrar, la tomó por los hombros y la alejó, con vehemencia.

Entonces ella se arrojó sobre él, rabiosa, como para forzarlo a un beso y le mordió la boca, hiriéndolo.

Sangraba mucho. En ese momento, Carla se movió sobre las hojas y Nessa giró hacia su dirección, su boca tenía sangre de Mateo.

No pareció sorprendida. Él sí. No la había visto y aprovechó esa interrupción para caminar hacia la orilla y acomodar su ropa, avergonzado.

El rostro de Nessa cambió repentinamente, y volvió a ser la chica encantadora y alegre de siempre.

«¡Carla! ¡Qué linda sorpresa!», dijo con alegría.

Pensó que se había confundido. Sabía que estaría allí, ella misma la había citado.

Su amiga caminó hasta ella, sonriendo, y le dio un abrazo, luego la tomó de la mano y la llevó hasta la caseta, donde se sentaron mientras Mateo arrojaba piedras al agua y se lamía la sangre del labio inferior.

«Voy a estudiar a mi casa», dijo Mateo, acercándose para despedirse.

Antes de que partiera Nessa le acarició el rostro y le dijo: