Sangre negra 4 #2
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«Porque creo que todos los que viven acá tienen una razón poderosa para hacerlo. Mira alrededor, esto es solamente un caserío. No hay futuro aquí. Ni siquiera los turistas vienen por mucho tiempo, el viento los espanta. ¿No lo has notado?».

Tenía sentido, pensó. Kuyen había surgido como satélite de Los Pangues.

Era solo un puñado de casas construidas entre dos altas cumbres, a merced del viento.

Fue una zona de ganadería bovina durante los años en que llegaron los primeros colonos.

Los arrieros acarreaban la lana de las ovejas que criaban los gauchos, comerciaban con la carne, la leche.

Cruzaban las cumbres en sus caballos para abastecer a la población dispersa en las montañas.

Pero eso ya no existía. La industrialización de la ganadería en puntos más accesibles hizo que las primeras familias se empobrecieran y decidieran migrar.

Ahora solo quedaban unos pocos que, por amor a las montañas, se resistían a partir, cuidaban a sus animales, perpetuaban una forma de vida que se extinguía.

Y estaban los otros, como ellos, que llegaban a habitar, a modo de paso, un espacio ya olvidado, casi inexistente.

«Aquí nosotros somos los extraños», leyó sus pensamientos y la estudió esperando una respuesta a su pregunta inicial.

En Kuyen se cruzaban, sin tocarse, los nativos y los que llegaban de afuera. Interactuaban con cordialidad, pero vivían en distintos planos, se observaban con desconfianza, como animales de otra manada.

«Quizás sea así como dices», suspiró Carla.

Anduvieron el resto del camino en silencio. Ese diálogo abrió una conversación que comenzaron a buscar cada día.

Al caer la tarde regreso al hostal. Dominga y Julián me reciben con amabilidad.

Allí me espera una cena caliente, un baño tibio y la noche para escribir.

La larga estadía en la laguna agitó mi memoria, siento nostalgia y desasosiego.

Caen, una a una, las imágenes. Mi luz está sobre Mateo y todo lo que deseo escribirle.

Me instalo en el salón, junto a la gran chimenea.

Dominga viene cada cierto rato para ofrecerme té o agua. Julián alimenta el fuego. Yo estoy poseída por una especie de aceleración. Oscurece, subo a mi habitación. Necesito continuar.

«Buenas noches, Dominga», le digo desde las escaleras.

«Buenas noches. Uno de estos días me encantaría saber qué lugares has visitado. Tengo algunas sugerencias para ti», me mira y siento que me estudia como si yo fuera una extraña, no quiero romper su equilibrio.

«Gracias», le sonrío con cordialidad, pero no me quedo.

No puedo detenerme, un material precioso surge desde muy adentro.

Recuerdos, figuras, siluetas, detalles. El color amarillento del río Pedregoso reflejando la resolana.

La mirada cálida de Mateo. La lluvia y el perfil de Amanda.

La complicidad férrea entre Nessa y yo. Necesito escribir más rápido.

Un balde con truchas muertas. El fuego y unos ojos negros que me miran desafiantes.

Querido Mateo:

Los Quinlan se nos revelaban por capas, como si muchas telas los envolvieran. La familia era un microcosmos que absorbía toda la materia que orbitaba a su alrededor. Los observábamos de cerca, de lejos. A veces nos parecía verlos con claridad, luego los volvíamos a perder.

La casa de piedra pasó a ser mi propia casa. Es la casa que aparece en mi memoria, la de la añoranza infantil. «Las moradas del pasado son imperecederas», leí en un libro hace poco tiempo.

Sí, fui a la laguna. El acceso se ha vuelto difícil, el senderito está cubierto de abrojos, ramas viejas y maleza.

Hay algunos árboles caídos, tienen la corteza cubierta de líquenes, mimetizándose con el paisaje a ras de tierra.

Los helechos y las nalcas han crecido tanto que cierran el camino al agua.

Tuve que despejar el camino cortando ramas con mi cuchillo.

La laguna está oculta. Como si después de nosotros hubiese desaparecido.

El ciprés, en cambio, es el mismo: impasible y majestuoso.

Allí, junto a su grueso tronco, dejamos nuestras palabras, nuestro amor, el repentino crecimiento que nos arrebató la infancia.

La caseta de tablas en la orilla ya no está, se debe haber volado con algún ventarrón. Era nuestro pequeño albergue, ahí solo cabíamos los tres, sentados sobre ese medio tronco horizontal que hacía las veces de banqueta, ¿te acuerdas?

Llevé una manta y me instalé en la orilla como hacíamos antes, cuando creíamos estar a salvo.

Allá le «hablé» a su fantasma. Recorrí nuestras largas conversaciones, muertos de frío, o riendo a carcajadas, bajo los árboles.

El silencio de la laguna y el rumor del río Pedregoso, al fondo, me arrastraron hacia adentro.

Me tendí sobre la manta y cerré los ojos.

De repente, te vi con tus catorce años, arrojando pequeñas piedras al agua, durmiendo una larga siesta en un día cálido, escuchando con atención nuestras conversaciones «de chicas».

No sabías que yo te observaba. Evoqué tu nobleza, tu capacidad de asombro, tu risa, tu cuerpo en ese crecimiento tenaz.

También entreví al hombre grande que se abría paso desde el fondo, desgarrando tu aura infantil.

Sentí nostalgia de ti. Me duele pensar que ya no te conozco.

Titubeo ante las líneas que escribo, me pregunto si podrás comprenderme como cuando éramos amigos.

Pienso que me enjuicias duramente y no tengo cómo defenderme.

Y, sin embargo, escribo y confieso que fui feliz. A ciegas, pero feliz.

Bajo mis párpados también aparecieron los ojos de Mía.

Mi corazón se detuvo unos segundos. Me estremeció esa mirada que interrogaba todo.

Esa pequeña nació tocada por un designio oscuro.

Si Amanda se ausentaba, Mía se arrimaba a Nessa.

Tenía una imperiosa necesidad de protección, como si pudiese adivinar que sobre ella se cernía la amenaza de algo terrible.

Fue su cuerpo el primero que encontraron, calcinado, entre los restos quemados de la casa.

Intento no pensar en sus cenizas, pero la fantasía se mueve sola.

Mía era melancólica y observadora. Hablaba poco, no se oía su voz entre las risas de sus hermanos.

Casi pude sentir el peso de su cabecita sobre mi hombro.

Esa proximidad imaginaria me conmovió hasta hacerme temblar.

Tú y yo apenas nos atrevíamos a mencionarla.

No lográbamos reconocer en ella los rasgos de sus padres. Mía era un secreto en sí misma.

Paso del goce al sobresalto, de la epifanía al horror.

Extiendo los fragmentos del pasado sobre mi tablero, los ordeno, los escribo.

Vienen y van, como las bandurrias en otoño.

Mi propia materia se contrae o se expande según el hallazgo.

Y es que cada figura tiene su peso, una carga de significado que se ajusta lentamente en relación con las otras, como si respiraran. Todas son fundamentales.

Carla

En un ritual que apenas me permito, abro mi vieja carpeta de atrás para delante.

En ella guardo los pocos recuerdos que conservé.

Deslizo mi mano por su dorso de cuero, como quien acaricia a un animal conocido.

Cada fotografía o papel que elijo requiere ser volteado para ser visto.

Temo encontrarme con el pasado en un solo golpe de vista, temo desintegrarme.

Frente a ciertas imágenes mi corazón se agita en exceso y me cuesta dominar la respiración.

Mis nervios se descalibran. Siento que hundo mi mano en la tierra y, a ciegas, entre el barro y las cenizas, toco pedazos de huesos, dientes, pelo.

Me invaden las náuseas. Es un gran esfuerzo no rendirme.

Oigo la primera detonación, el siseo de un gato salvaje, los alaridos.

Escucho la voz de Nessa, revelando un secreto.

Los niños la buscan adentro del humo. Veo a Mía inmóvil, entregada al fuego, como si ella fuera la ofrenda necesaria.

Aspiro una gran bocanada de aire y observo el reverso de lo que tomo, lo giro muy lentamente.

Miro y espero. Se aquieta mi pulso y continúo.

Desde lejos, Dominga observa mi liturgia cada noche, no dice nada.

Su mirada me acompaña. Quisiera decirle: «Yo no soy tu enemiga, Dominga. Yo no soy extranjera».

Luego pienso que quizás sí lo soy, es solo que vengo de ningún lugar.

Encuentro una vieja fotografía en la que aparecemos Nessa, Mateo, Mía y yo.

La tomó Lucas en una de las excursiones que hicimos junto a toda la familia.

Esa imagen crece en mis ojos. El pelo de Mía vuela y cubre su rostro, está aferrada a la mano de Nessa.

Mateo y yo miramos a la cámara, alegres, despreocupados.

Luego observo con cuidado el rostro de Nessa y me traslado a su abismo.

Me detengo. Se activa en mi circuito psíquico el recuerdo de ese día.

El viento era una locura. Caían las hojas, las ramas de los mañíos se doblaban hasta casi tocar el suelo.

Hacía poco yo había descubierto en Nessa algo extraño, incomprensible. Lo llamé el «vacío».

El primer vacío que presencié fue el preámbulo de una ausencia mayor, pero eso encarnó en mí mucho después. En ese tiempo me sentía feliz y estas cosas que ocurrían se sumaban a un misterio que, aunque inquietante, me maravillaba.

Una tarde después de clases, ambas estaban en el cruce.

Se habían despedido de Rodrigo y de Mateo.

Permanecieron en silencio un rato, mirándolos desaparecer en el horizonte.

Carla se preparó para partir, pero notó que Nessa seguía en la misma posición.

La observó, estaba estática, con los ojos fijos.

«¿Vamos, Nessa?».

No respondió. Carla le tocó el brazo.

«¡Nessa!», pero siguió fuera de sí. La sacudió. Entonces sí la miró como reconociéndola, sonrió como si nada hubiese ocurrido y emprendieron el camino. Carla tuvo la impresión de que venía saliendo de un sueño muy profundo. Le costó retomar el hilo de la conversación anterior.

«¿En qué pensabas, Nessa? Estabas como hipnotizada», se atrevió a preguntar, confundida y asustada, pero ella no dijo nada.

Siguió sonriendo, su atención se había diluido, cambiaron el tema.

Por entonces, Carla no sospechaba cuántas veces más sería testigo de esas retiradas.

Nessa jamás reconoció atravesar esos trances.

Ese día fueron directo a la casa de piedra. En el camino volvieron a encontrarse con Renato, montaba su caballo, sus pupilas eran como el carbón al rojo vivo. Saludó a Nessa, ella apenas respondió. Seguía lánguida, muy lejos de lo habitual. Lucas las recibió.

«¿Cómo estás, mi niña?», dijo dándole un beso. Nessa pareció sorprendida.

«¿Qué haces aquí, papá?».