Sangre negra 4
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En la mesita de noche, junto a la lámpara, había un pequeño frasco lleno de pastillas.

«¿Medicamentos?», preguntó Carla para desviar su atención. Sintió pudor de haber sido descubierta en su curiosidad.

«Vitaminas. Las tomamos todas las noches. Así espantamos a los virus que se despiertan con el frío», dijo todavía algo seria.

Esa noche Lucas volvió a llevarla a casa, Nessa y Mía se sumaron al viaje. Su papá ya estaba en la cama, con la luz apagada.

Al día siguiente mientras caminaba al colegio oyó la voz de Nessa llamándola: «¡Espérame, señorita Bovary!». Juntas, llegaron al gran coihue. En el cruce varios compañeros la esperaban. Carla notó sus miradas de extrañeza cuando la vieron caminando con la muchacha. Pero ella ya era otra.

La sorpresa duró poco. Los chicos la sumaron al grupo, al igual como lo habían hecho con Nessa.

Pasó de pronto a ser casi tan importante como ella.

Nessa, sin saberlo, la había devuelto a la vida, iluminando el camino de regreso a la realidad.

Solo Rosa se resistió a esta nueva amistad.

Cada vez que podía se acercaba a Nessa buscando su complicidad.

Intentaba sacar a Carla del escenario, pero a ella no le importaba, Nessa la había elegido.

Los días se han deslizado casi imperceptibles y, de manera inesperada, mis actividades se han vuelto una especie de costumbre.

El desayuno a las siete y media lo sirven Dominga y Julián, que está a cargo de la cocina.

Café, pan, mantequilla casera, queso, huevos.

La cocina es abierta, separada del comedor por un mesón y una alacena, pero se pueden ver los movimientos de Julián en torno al fuego.

A veces lo sorprendo mirándome con curiosidad, pero de inmediato desvía sus pupilas. Ambos me tratan con amabilidad.

No he vuelto a tomar mi coche. Recorro el poblado a pie, como antes. Caminar ordena mis latidos, me guía un compás pausado. En Kuyen no se puede andar con apuro. El viento decreta el pulso de cada jornada.

Cada día voy a la casa de piedra. Allí me instalo y dejo que la memoria se manifieste con todas sus contradicciones.

Ese es mi límite, no he logrado ir más lejos.

Repito mis pasos, camino con Nessa. Sé que debo desprenderme de su peso, abrir el compás, darle espacio a la presencia de la historia.

Quiero andar hacia donde me lleven los pies.

Retomar las largas excursiones que hacíamos con Lucas.

Deseo que ese sea mi particular hilo de Ariadna.

Quiebro la rutina. Decido llegar más allá, ir a la laguna Pangal.

Me empeño en mover mi propio cerco imaginario.

Llevo conmigo mi mate, mi libreta y la radio manual que Julián me dio, por si necesito comunicarme: «Aquí hay lugares difíciles de transitar, y si te pilla un viento arrachado puedes pasar un mal rato. Si te pierdes o estás en problemas, llámanos», había dicho.

Salgo del hostal antes de que Dominga me pregunte el recorrido del día.

Me arriesgo en el terreno. Dejo atrás la casa. La caminata es larga, los recuerdos más vívidos.

En un par de semanas ya eran inseparables.

A Carla la sorprendía su independencia y su arrojo, era valiente y segura en sus decisiones.

Cuando no se encontraban por las mañanas, ella la esperaba con ansiedad y se ensombrecía si, por alguna razón, Nessa llegaba tarde.

Un martes no llegó, pensó que se habría enfermado.

Decidió ir a su casa después de clases y, en el camino hacia la Roca Madre, la vio.

Conversaba con el joven con quien se cruzaban a veces, desplegaba su coquetería.

Él se mantenía de pie, firme, junto a su caballo, ella se le acercaba entre sensual y traviesa.

Se despidieron con un beso en la mejilla.

Él montó al animal y partió. Nessa la vio y alzó su brazo para saludarla.

Vino hacia ella contenta. Tenía los pómulos encendidos, sus ojos destellaban. Llevaba el uniforme, era evidente que había salido de su casa en la mañana rumbo a la escuela. Carla la miró extrañada. Traía un gran balde cubierto con una tela.

«Carla, te estaba esperando. ¡Mira lo que tengo!», destapó el balde y la sorprendió con tres grandes truchas frescas.

«¿Y esto?», preguntó. Nessa la miró con una sonrisa pícara.

«Fui a pescar hoy. Me pasé toda la mañana con Renato, ¿lo recuerdas? Es el gaucho que viene a caballo desde el río. Él vive allí, en la única casa que está del otro lado», señaló en esa dirección. Sintió sus ojos en busca de su reacción. Se mantuvo tranquila. Ella siguió hablando, acelerada.

«Vamos», comenzaron a caminar en dirección a la Roca.

«Nos conocimos cuando llegamos acá. Fue él quien nos mostró el lugar la primera vez. Domina muy bien la zona, su familia es de aquí. Fuimos a pescar en su bote. ¡No puedo creer que en mi primera vez haya pescado tres truchas! Además, me está enseñando a montar. Tiene un corral con caballos,

también un rifle por si un puma los ataca», habló rápido, estaba muy excitada.

Renato tenía la piel curtida por el viento, los brazos fuertes. Sus movimientos eran veloces, como los de un felino entre las rocas. Era adulto y era gaucho, dos condiciones que hacían imposible esa amistad.

«Las pesqué para ti, Carlita. Yo no me las puedo llevar a casa. Tendría que dar explicaciones», señaló los pescados y volvió a reír con una carcajada algo nerviosa, pero con soltura.

Nessa sabía que ella nunca la delataría.

Ni siquiera hizo el amago de pedírselo, pero Carla estaba intranquila, no sabía dónde situarse.

Nessa se desplegaba con naturalidad ante sus propias transgresiones, las tomaba como una parte más de la vida.

Y ella, a pesar del desconcierto, pronto las hacía desaparecer en su escala de importancia.

¿Qué falta cometía al tomarse un día con alguien mayor, alguien nativo de Kuyen?

Ejercía su libertad. La admiración de Carla solo aumentaba.

Tomó las truchas. A ella nadie le pediría explicaciones.

Frente a la laguna me cubro los ojos con las manos, la luz atraviesa mi piel y descubro un lienzo rojo en el que se proyectan esos días en que se invirtieron todos los ángulos.

Nessa pasó a ser el núcleo de mi planeta, la materia viva que regula la gravedad.

Vuelvo a sentir lo mismo que experimenté en ese plazo.

En poco tiempo fui conociendo su voluntad, su fuego, su devoción.

Conocí su lealtad y sus instantes de ausencia.

Me sentía envuelta por su misterio, con deslumbramiento y vértigo.

Por ella, sacrifiqué mi atracción por Mateo.

A veces Nessa se salía de sí como una crecida de mar, me alcanzaba y me arrastraba hacia una dirección desconocida, luego me dejaba ir y volvía a su estado original.

Yo me quedaba con el corazón expectante y el sabor de algo inconcluso, inalcanzable, peligroso.

Ese fue el año más feliz y, a la vez, el más extraño de su vida. Los trece. Mateo se fue sumando a esa amistad, estaba contento de compartir también con Carla. La pareja tenía sus momentos, las chicas los suyos y, de un momento a otro, comenzaron a pasar mucho tiempo juntos los tres.

«¿Te molesta si hoy nos acompaña Mateo?», le decía Nessa con consideración. Su corazón saltaba emocionado.

«No. Para nada».

Cuando él las acompañaba la colmaba un placer que guardaba con celo.

Algunas tardes las pasaban a orillas de la laguna Pangal.

Llevaban mantas para abrigarse, un termo con algo caliente, sus cuadernos.

Los mañíos los protegían del viento, el gran ciprés retenía la lluvia.

Carla imaginaba la laguna como un ser vivo y silencioso, capaz de guardar sus secretos.

Cuando oían a lo lejos la campana que anunciaba la llegada de Lucas y su auto arrastrando las piedras del camino, Nessa se despedía y corría a su casa.

Entonces ella y Mateo caminaban de regreso a las suyas.

Era el momento más esperado del día. La energía de Mateo la arropaba, ella se hundía en esa tibieza.

Al comienzo no se decían mucho, pero muy pronto comenzó a desplegarse un diálogo diferente entre los dos.

«¿No crees que la memoria de Nessa es sorprendente?», le preguntó a Mateo un día.

«Sí, es impactante. Pero también hay otras cosas que me llaman mucho la atención».

«¿Qué cosas?».

Y se largaban a hablar de ella, de sus ojos transparentes y de su osadía, de su inteligencia, de la familia, de los niños, de Amanda y del carácter de Lucas.

Ese era el punto de unión, la conversación que deseaban tener.

Ambos estaban fascinados por los Quinlan.

Los describían, ansiosos por compartir impresiones, coincidiendo o sumando elementos a sus percepciones. Hablarlos era como poseerlos.

Lucas les parecía enorme, «inderrotable», fue la expresión que usó Mateo en una oportunidad. Era valiente, imponente y protector, aunque algo intimidante por aquella misma seguridad que exhibía. Él era el espíritu de la casa y su palabra era ley. No sonreía mucho, pero era afectuoso.

Amanda transmitía una dulzura plácida y distante, más taciturna que los demás.

Era atractiva, pero no poseía la exuberancia de Lucas, o la de Nessa.

Siempre estaba con los niños, les leía cuentos, les enseñaba las materias escolares, cocinaban juntos.

Se tomaba la vida con abnegación. Cada movimiento suyo era una tarea que hacía a la perfección: el jardín, la cocina, su forma de vestir, su cuidada manera de hablar.

Sin embargo, parecía que una parte de sí se quedaba adentro, retirada del mundo.

Amanda confiaba mucho en Nessa, le entregaba el cuidado de Mía cuando estaba ausente, era su mano derecha.

«Creo que Nessa es la mezcla perfecta de los dos. Tiene la valentía y la belleza de su papá. Algunas veces es silenciosa, como su mamá», concluía Carla en la conversación con Mateo.

Con el tiempo, empezaron a hablar de asuntos más personales. A rodear los temas de los que no hablaban con Nessa. Ella parecía transitar en otra dirección y ellos no obstruían el curso de sus propósitos.

«¿Por qué tu papá eligió este lugar para venir a vivir?», le preguntó Mateo un día, mientras caminaban empujados por una corriente helada. Lo dijo con tanta soltura que ella no alcanzó a sentir la alarma habitual frente a esa pregunta.

Dejó pasar unos segundos y contraatacó.

«¿Por qué me lo preguntas?».