Sangre negra 3
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«Tú y yo nos parecemos, ¿sabes?».

Carla la miró, descreída.

«¿En qué?», preguntó.

«En muchas cosas. Mírate, tus ojos son claros como los míos, tenemos un rostro fino, los dedos largos, tú eres más bajita, pero vas a crecer», rio.

Y luego, poniéndose seria, añadió: «Las dos estamos solas». Le pareció una ironía, todos los jóvenes del colegio no hacían más que orbitar en torno a su presencia. Mateo solo la veía a ella. Su mamá y sus hermanos parecían adorarla.

«Cuando pienso en ti, Carla, me da la impresión de que te conozco desde hace mucho tiempo. Es raro, ¿no te parece?».

Conmovida se dijo a sí misma: existo. Nunca se había detenido a reflexionar que ella era alguien en quien otra persona pudiese «pensar». Se sintió extasiada. Comenzaba a caer en el encantamiento. Intentó ocultarlo.

«Es curioso», le respondió, «tú también me resultaste familiar desde que llegaste».

Sus palabras precisas, en total disonancia con el latido de su corazón, salieron como un acto de gracia desde su boca.

De pronto un hombre rubio y muy alto apareció en la puerta del dormitorio. Carla se paralizó, sorprendida. Nessa lo miró un rato antes de que se rompiera el silencio. Carla percibió un cambio abrupto en la atmósfera que no supo dilucidar.

«Veo que trajiste una sorpresa, hija», dijo el hombre, escrutándola con la mirada.

«¡Papá! Es Carla. Una nueva amiga», contestó alegre.

«Bienvenida, Carla», tenía una voz profunda y agradable.

Nessa se levantó para darle un beso y él aprovechó de entregarle un libro.

«Para ti, mi niña», le dijo mirándola a los ojos. Luego volvió a observar a Carla, que se sintió algo incómoda.

Tenía los ojos de un celeste transparente, como Nessa. Sus hombros anchos abarcaban casi la totalidad del umbral, el aire se llenó de su presencia. Era un hombre muy guapo. Se notaba fuerte.

«Debería irme, es tarde», dijo Carla, cohibida, y se puso de pie.

«Ya está oscuro», dijo él. «Te llevo a tu casa».

«No se preocupe, estoy acostumbrada a caminar de noche», respondió tímida.

Él soltó una risa breve, con un fuerte vozarrón.

«No me trates de usted, me haces sentir viejo. Vamos, te llevo en la camioneta».

«Vamos, Carla», dijo Nessa, «yo también voy», y la tomó de la mano por tercera vez, en un contacto inesperado que la recorrió como un fluido eléctrico.

Se despidió de Amanda y de los niños que estaban concentrados pintando huevos para la Pascua.

«¿Ya tomaron sus vitaminas?», preguntó.

«No todavía, papá», contestó Óscar, con un pincel en alto. «Nessa me las va a dar cuando vuelva». Carla levantó la mano para despedirse. Le conmovió que Damián viniera hasta ella para darle un beso.

Una vez en la camioneta Lucas, el papá de Nessa, le propuso ir a comer con ellos el domingo, si no tenía panorama. Amanda haría su famoso kuchen de manzanas caramelizadas.

«Ahí está mi casa. Pueden dejarme aquí», anunció cuando faltaban unos cincuenta metros para llegar. No quería que la vieran en detalle, menos que se encontraran con su papá. No preguntaron nada; se despidió de ambos. Nessa la contempló un instante en silencio antes de partir.

Al caminar hacia la puerta se repitió: «No debo quererla, no debo quererla. Ella se robó a Mateo». Pero era demasiado tarde.

Entró en su casa con la sensación de haber estado en otra dimensión.

Una especie de risa silenciosa contraía su garganta.

Saludó a su papá y fue a acostarse. No quería que nada arruinara la experiencia más feliz de su vida.

Por primera vez se sentía elegida. El día debía terminarse de inmediato.

Aquella última mirada regresaba a su mente en oleadas de emoción.

¿Quién era Nessa?, ¿qué cosas sabía? Se sentía inundada de ella, encandilada y agradecida para siempre.

Comprendió la fascinación de Mateo. Volvió a sentirse viva.

Despertó al día siguiente envuelta en un cálido bienestar, pero la mirada de su papá estaba puesta sobre ella. Sentado a los pies de la cama la vio abrir los ojos y preguntó:

«¿Quién te vino a dejar anoche?»

Carla lo examinó con detención. Su rostro aún juvenil se veía apagado. Se demoró en estar del todo alerta.

«Nessa y su papá», respondió, repasando la dulzura del día anterior.

«¿Quiénes son, Carla? No los conozco. Entiendo que llevan poco tiempo aquí».

«Haces muchas preguntas, papá», sonrió sin pensarlo. Él también sonrió, ese gesto la remeció. Desde la muerte de su mamá, él se había vuelto triste y frío.

«El papá de Nessa es químico farmacéutico y vino a abrir la farmacia en Los Pangues».

«Sí, lo he visto. Es ese hombre alto y rubio. ¿Son extranjeros?».

Le comenzaron a irritar sus preguntas. Se endureció.

«No, papá. Él es descendiente de irlandeses. ¿Por qué?»

«Por nada. Solo que, como sabes, hasta no conocer bien a las personas es mejor no confiar, no hablar de lo nuestro».

Apareció una vez más el nudo que la atragantaba.

Sabía bien que con «lo nuestro» se refería a su mamá.

Insistía en un relato liviano o, mejor aún, en el silencio.

Aunque Carla no entendía por qué era terrible mencionarla, le obedecía.

«Bien», dijo tapándose con las mantas, «no te preocupes». Se dio vuelta y cerró los ojos.

Su padre se las había arreglado para agriarle el día.

Para no arriesgarse no hablaban con la gente.

Nadie los visitaba, nadie los veía. Eran un punto ciego.

Carla solo recordaba la muerte de su mamá, su rostro inexpresivo y las manos pálidas; lo demás estaba perdido en una nebulosa.

Él se había apoderado de todo, su madre ya no le pertenecía.

Después de un rato respiró hondo y abrió las cortinas.

El día estaba soleado, corría viento, debía hacer frío afuera.

Fue hasta el espejo largo que estaba frente a su cama y se desnudó.

Contempló su cuerpo pequeño y delgado, su pelo, ni castaño ni pelirrojo, sus ojos deslavados.

No, no se parecía a Nessa. Apenas le habían crecido los pechos, su piel pálida dejaba traslucir las venas.

Se vistió y volvió a la cama. En algo su nueva amiga tenía razón, estaba sola.

Ese domingo de Pascua Carla le dijo a su papá que su cena estaba preparada, pero que ella no comería con él. Intentó no mirarlo, no quería que la culpa la retuviera. Él preguntó qué haría.

«Voy a estudiar con una amiga, vuelvo tarde».

«¿A esta hora?», dijo sorprendido.

«Sí», respondió sin dar más explicaciones. Él mismo había impuesto el silencio.

La observó con curiosidad. Tuvo la impresión de que hacía años que él no la miraba. Sus ojos parecían desiertos. Hacía poco esa mirada le inspiraba temor y compasión. Ya no.

«Está bien», dijo apretando la mandíbula. «Abrígate, hace frío, lleva tus botas». Y encendió la radio.

Llovía a cántaros y la bruma no le permitía ver bien. En la ruta se sobresaltó al cruzarse con el mismo hombre que habían visto el jueves. Debía vivir cerca. Él la miró, pero no la saludó.

Llegó al cerco, no se animó a anunciarse con la campana. Caminó casi a ciegas hasta que dio con la luz que provenía de la casa. Golpeó la aldaba y Lucas tiró la puerta con fuerza.

«Qué bueno que viniste, Carla. Pasa». Puso la mano sobre su hombro. «¡Tenemos visita!», anunció subiendo el tono de voz y ayudándola a quitarse la chaqueta. Damián y Óscar se deslizaron por la barandilla de la escalera para saludarla con alegría.

Dejó sus zapatos en el porche, bajo el alerón, y entró nuevamente a ese universo mágico.

Nessa la llamó desde la cocina.

«¡Carla, bonita! Ven, ayúdame a terminar el puré».

La trataban como si siempre la hubiesen conocido.

Fue una cena fabulosa. Los padres de Nessa fueron amables.

Los niños le contaban sus historias. Se interesaron por ella, quisieron saber qué le gustaba hacer, qué lugares de Kuyen eran sus favoritos.

No preguntaron nada sobre su pasado y eso la alivió.

La conversación fluyó entre risas y bromas.

Los niños eran una fuente inagotable de entusiasmo.

Cuando terminaron de comer fueron a la sala y se instalaron junto a la chimenea.

Carla estaba en un estado inusitado de liviandad.

Mía se sentó a su lado, muy cerca. Lucas la observaba como estudiándola.

Amanda estaba contenta, una sutil sonrisa le iluminaba el rostro.

Los niños saltaban sobre los cojines. Lucas encendió la radio y comenzó a tararear las canciones románticas que se oían.

De pronto se puso de pie, le tendió su mano a Carla y le dijo: «Ven, bailemos».

Nessa se levantó veloz y, rescatándola, dijo: «Papá, voy yo primero», y empezaron a bailar una balada, abrazados.

Miró a Carla y le guiñó un ojo: «En esta casa siempre bailamos».

El último baile fue con Amanda. La verdad es que, a pesar del golpe de vergüenza, en ese momento Carla sí deseaba bailar con él.

Quería sentir su mano segura sobre la espalda, estar cerca de su calor, reposar la cabeza en su pecho.

Amanda repartió los conejitos de mazapán. También había para ella. Ese gesto la conmovió.

Más tarde Nessa la invitó otra vez a subir a su dormitorio. La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas. Carla se fijó en el móvil de mariposas que le había gustado tanto.

«Toma», dijo Nessa, descolgándolo, «quiero que tú lo tengas».

«Nessa, es tuyo, no lo puedo aceptar», reclamó sorprendida.

«Ya no, Carla, ahora es tuyo».

Lo envolvió con cuidado en papel de arroz, lo puso dentro de una bolsa de tela y se lo entregó.

«Acéptalo, por favor. De verdad deseo que sea tuyo», dijo seria, mirándola con fijeza.

No pudo negarse y asintió agradecida.

Sobre el escritorio había un libro, La muerte en Venecia. Nessa notó la mirada de Carla.

«Es el libro que me dio mi papá el otro día. Para él es muy importante que me cultive, que lea mucho». Carla había visto su estante, tenía muchos más libros que los que su mamá había coleccionado.

«¿Te ha gustado hasta ahora?».

Se encogió de hombros.

«Es triste».

Carla también lo había leído. No dejaban de golpearla esas coincidencias. No dijo nada.

«Aunque no tuviera yo el mar y la playa, permanecería aquí mientras tú no te fueras», citó otra vez, despertando su admiración. Esta vez no sonreía.

De pronto dejó salir algo que parecía estar inquietándola.

«Carla, mis padres no saben que Mateo y yo estamos juntos. No todavía».

«No te preocupes», se apresuró a decir entendiendo que le pedía discreción.

Nessa la miró a los ojos otra vez y acarició su mejilla.

Se turbó. La cercanía física que la chica desplegaba con ella le gustaba, pero no sabía cómo manejarla.

Se dio cuenta de que su cuerpo había estado dormido, nadie la tocaba nunca.

Le pareció que Nessa podía adivinarla. Volvió a acariciar su rostro.

Fue entonces que Carla reparó en algo que no había visto nunca: en la noche los ojos celestes de Nessa se habían vuelto negros.

«Midriasis», lanzó Nessa.

«¿Cómo?».

«Es la condición de mis ojos. Cuando hay poca luz mis pupilas se dilatan y el iris parece negro», Nessa lo veía todo, adivinaba todas sus inquietudes.