Sangre negra 2
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Llegaron a Kuyen después de la muerte de su madre. Su mal comenzó con largos periodos de insomnio. Carla recordaba su rostro desajustado por las mañanas, sus palabras lentas, su cuerpo tumbado, su desesperación.

«¿Necesitas algo, mamá?», le decía para sacudirla. Le urgía oír su voz.

«No necesito nada, gracias. Al salir apaga la luz, por favor. Voy a intentar dormir un poco», respondía sin moverse. A veces una mano pálida se asomaba por debajo de las sábanas.

Una tarde al salir del dormitorio la oyó decir en un susurro: «Te quiero mucho».

Esa misma noche, rápido y sin aviso, su pulso se detuvo.

Carla la encontró por la mañana. Las paredes se cerraron sobre ella, el techo bajó hasta aplastarla.

Fue como si la fulminara un rayo. Sintió que le habían arrancado el corazón.

Su mamá había muerto y el mundo, allá afuera, seguía avanzando con su feroz displicencia.

A la distancia, oyó llorar a su padre. Se aisló, decidió callar, dejó de verla. El dolor los arrojó lejos, en diferentes direcciones y, de repente, dejaron de conocerse.

El peso de la ausencia fue un alud que cubrió los recuerdos y arrasó con el pasado.

Olvidó el calor de su cuerpo, el color exacto de sus ojos, el timbre de su voz.

A veces la veía en sus sueños, esfumándose.

Un día su padre la instó a preparar su maleta.

Partían. Se irían al sur, le explicó, a las montañas, donde la vida era más tranquila.

Sería un tiempo breve, dijo primero, pero Carla pronto se dio cuenta de que no tenía intención de regresar.

Antes de partir, él le ofreció conservar algo de su madre, ella tomó sus libros. Todo lo demás quedó atrás: su ropa, sus objetos, su aroma. Abandonaron su vida para ir a perderse en un poblado frío y húmedo en el fin del mundo.

El destierro terminó de quebrar su memoria. Se cerraron las desembocaduras, se cortó la continuidad del paisaje. Para la nueva vida debía construir un relato coherente. Necesitaba un pasado al que remitirse. El suyo era una madeja de emociones que no comprendía.

Insistió con su papá. Intentaba arrastrarlo hacia lo vivido, preguntándole por esa última Navidad, por ese corte accidental de su madre en la muñeca que los terminó llevando a los tres a la sala de urgencias.

Pero él no reaccionaba. Respondía a sus preguntas con la mirada perdida, mientras alimentaba el fuego de la cocina a leña. Nada.

Le apremiaba dar con algo que gatillara sus palabras.

Era imprescindible recuperar fragmentos de su madre, rescatarla.

Debía anclarse a la vida y alejar las visiones de su cuerpo descomponiéndose bajo tierra.

Hizo acopio de todo su coraje y sabiendo que se enfrentaba a algo peligroso, preguntó directo:

«Papá... ¿qué le pasó realmente a mi mamá?», fijó sus ojos en él.

Él, perplejo, respiró agitado. Miró hacia abajo y murmuró:

«Quizás de verdad necesitaba una pausa... donde esté, sé que estará mejor que acá. Las pastillas para dormir ya no estaban haciendo efecto. Carla, por favor, hija, no hablemos más de tu madre».

Y continuó hundiéndola; desplomó su peso sobre ella.

«Te suplico que dejes de leer esos libros. No los entiendes todavía, te hacen mal».

«Quizás de verdad necesitaba una pausa».

Salió catapultada hacia lo imposible, quedó afuera de su propia biografía.

Él monopolizó el dolor, desintegró la tribu, y su tristeza oceánica quedó confinada a una cápsula inalcanzable, hundida en un pantano.

La nostalgia y las conjeturas daban vueltas alrededor de su cabeza y de su cuello, estrangulándola. Se sentía descarriada.

Fue entonces cuando llegó Nessa. Puso sobre ella la luz de su foco. Fue el relámpago que iluminó la única salida posible. Su encuentro con Mateo movió las agujas, inflamó sus sentidos, fue la colisión perfecta. Las pocas imágenes que conservaba de su mamá se desvanecieron. Dejó de soñarla.

Amaina. Salgo a encontrarme con la atmósfera húmeda y cálida que dejan las tormentas de verano.

Camino un poco, huele a tierra mojada. De pronto revivo nuestra llegada a Kuyen en pleno invierno.

Miro el cielo encapotado y pienso en mi casa, en sus ventanas, en mis ojos de niña contemplando una nevada desde atrás de los cristales.

Recuerdo el silbido de los ventarrones. Repaso esa larga soledad.

Luego mi memoria se traslada a Nessa. Siento en todas mis células la potencia de su llegada. Su aparición desplazó el dolor, aniquiló los recuerdos, rescató mi conciencia. También abrió el camino a la crueldad. Vuelvo a mi habitación y escribo sin detenerme.

Escribo muchas horas y me duermo vestida.

Despierto pasado el mediodía con una sensación de irrealidad.

El contacto con Kuyen reactivó mis sueños.

Estoy alumbrando recuerdos, imágenes. Noto cómo crecen dentro de mi cuerpo, aún no los veo, pero se mueven, están vivos, pujan por nacer, los espero con ansiedad.

Retengo esa sensación y me visto para salir, cortaviento, zapatos de trekking.

Bajo al mesón y me encuentro con Dominga.

«Buenos días, Carla. ¿Vas a tomar desayuno?», me pregunta mientras observa mi mochila cargada.

«No, gracias. Me quedé dormida y se me hizo tarde, quiero salir pronto. Voy a la Laguna del Silencio. ¿Está muy lejos?», desde la alacena que oculta la cocina reparo en los ojos atentos de Julián, el hermano mayor de Dominga. Él es más atrevido para observarme.

«A una hora de camino por el sendero del norte. Anda con cuidado. El acceso es muy escarpado», dice afable. Al parecer han asumido que soy una turista solitaria. Esa idea me tranquiliza.

«No te preocupes», digo.

«Espera», llama a Julián. Él se acerca y me entrega un bastón retráctil y una radio manual. Me señala el código, por si necesito comunicarme.

Salgo. Julián es serio, su mirada me inquieta un poco.

No voy a la Laguna del Silencio. Mis pasos me llevan a la casa de piedra. Los sueños de la noche aparecen como un relato continuo. No los quiero perder en la niebla propia de la vigilia. Evoco la primera vez que fui a la casa. El deslumbramiento.

Las cosas cambiaron para Carla un jueves, justo antes del feriado de Pascua.

Cada día Nessa salía de clases con un grupo de compañeros, iban todos hasta la bifurcación, allí se despedían y la chica seguía sola por el sendero de tierra que llegaba a su casa.

Carla se demoró en salir, solía hacerlo para evitar la incomodidad de encontrárselos y, al mismo tiempo, retrasaba así su llegada al vacío que era su casa.

Ya cerca del cruce le sorprendió ver a Nessa ensombrecida por el gran coihue, sentada sobre una piedra, cerrando su mochila.

Se sintió inquieta. Intentó retrasarse aún más, pero ella la vio.

«¡Carla, apúrate! ¡Te estoy esperando!», levantó una mano a modo de saludo. El viento soplaba suave, revolvía su pelo.

Desconcertada, se preguntó qué querría de ella. Nunca habían hablado.

Cuando llegó hasta el coihue, Nessa la miró con dulzura y preguntó:

«¿Dónde vives? ¿Queda cerca?»

«A unos diez minutos de aquí», respondió azorada, «hacia la Roca Madre».

«¡Qué bien! Entonces podemos caminar juntas un rato. Mi casa está a media hora, justo debajo de la Roca. Te puedo dejar en la tuya y luego sigo a la mía».

Nessa no debía ver su casa. Le avergonzaba su deterioro y la oscuridad que desprendía. Se sobrepuso a su timidez.

«¿Sabes? Tengo ganas de caminar. Te acompaño a la tuya y luego regreso. ¿Te parece?».

La chica la miró extrañada, pero asintió.

Anduvieron en silencio, el pulso de Carla estaba acelerado. Al sentir su aroma, verla de cerca y observar la cadencia de sus pasos largos, notó que era aún más hermosa de lo que imaginaba. De repente, Nessa la interrogó:

«Eres diferente a los demás, Carla. Supe que llegaste el año pasado a Kuyen. ¿Por qué se vinieron tú y tu familia?».

Tragó saliva. Nadie se lo había preguntado y, de golpe, debía exponer un caudal de información que no estaba segura de poder articular. Menos aún con ella.

«Solo somos mi papá y yo».

Nessa calló. Avanzaron durante unos segundos eternos. Tenía los ojos fijos en el horizonte.

«No te preocupes, no voy a preguntar nada que te incomode, nunca», la miró de reojo. Eso fue casi peor que si le hubiese preguntado. Sintió cómo subía por su garganta toda la tristeza encerrada, recluida en el fondo de su cuerpo. Logró retenerla e intentó sonreír.

«¿Te gusta este lugar?», Nessa cambió el tema, rescatándola.

Carla asintió algo dudosa.

«A mí me encanta. Es increíble no sufrir el apremio del tiempo, aquí la historia está como detenida. Tengo espacio para caminar, mirar los árboles, jugar con mis hermanos. Ellos se quedan en la casa, no van al colegio».

«¿Por qué?», indagó Carla sin pensarlo.

La chica dejó pasar un rato algo sombrío, y luego contestó:

«Bueno, mis padres creen que la educación primaria es fundamental. No confían mucho en cómo se administra el aprendizaje aquí. Es mi mamá quien los educa, ella es profesora. Aunque ya son bastante autónomos».

Una vez más le llamó la atención el lenguaje que utilizaba. No hablaba como los demás. Era un habla adulta, más formal. Se sintió cómoda. Sus largas horas de lectura le permitirían comunicarse con ella en esa línea.

«Me gusta Madame Bovary», dijo de pronto señalando el libro que Carla llevaba en su mano.

Era un libro de su mamá. Nessa continuó, removiéndola: «...estaba llena de ansias, de rabia, de odio. Aquel vestido de pliegues rectos escondía un corazón tempestuoso, y aquellos labios tan púdicos callaban su tormenta interior...»

, la miró. «Siempre memorizo algunos fragmentos».

Y soltó una risa amable. «A mí también me encanta leer», dijo al verla perpleja.

Nessa quiso ver el ejemplar, Carla se lo entregó con una secreta resistencia. Después de hojearlo rápido, señaló: «Está subrayado», y se lo devolvió de inmediato.

En el sendero que llevaba hasta la casa de Nessa se cruzaron con un hombre que venía a caballo, era joven, buenmozo. Carla notó que intercambiaban una mirada breve, cargada de energía, como si se dijeran algo sin hablar.

Al llegar al cerco de madera Nessa tiró de una cuerda que activaba una gran campana de bronce. Su tañido espantó a las bandurrias y los treiles salieron graznando desde las copas de los árboles.

«En mi casa siempre anunciamos nuestra llegada», le dijo. «Así, si hay mal tiempo, nos esperan con la puerta abierta. Además, cuando llega mi papá de Los Pangues, los niños vienen a abrir el portón».

Bajo la gran Roca Madre la vivienda deshabitada por tanto tiempo había florecido.

Carla quedó cautivada. El jardín rebosaba chilcos, hortensias y agapantos que estallarían en el verano con su fuego índigo; había calas y rosas silvestres que trepaban por la hiedra, enmarcando la fachada.

Ella nunca había visto un jardín tan cuidado.

Miró la construcción. El primer piso de piedra, el segundo de madera pintado de azul jacinto. Los marcos de las ventanas y los postigos de un blanco impecable. Parecía la casa de un cuento.

«Hasta mañana, nos vemos en el colegio», le dijo a Nessa y giró para volver a casa. Pero ella la tomó de la mano: «Carla, mañana es feriado. Ven, pasa un momento».

El contacto de su mano la aturdió y no alcanzó a negarse. Nessa se sacó los zapatos y los dejó junto a la gran puerta de entrada. Ella la imitó.

«Ayúdame a abrir esta puerta, es tan pesada que hay que hacerlo entre dos».

«¡Hola a todos! ¡Llegué!», gritó Nessa, y desde una gran escalera sinuosa se deslizaron por la barandilla, uno tras otro, dos niños. El más grande tenía el pelo castaño, el otro era pelirrojo.

«¡Hicimos galletas de avena! ¡Ven!», el mayor la arrastró de la mano hasta una amplia cocina abierta que confrontaba la puerta. El menor miraba a Carla con curiosidad. Ella no supo qué hacer, hasta que le sonrió. Él sonrió a su vez.

«¡Carla, ven!», gritó Nessa desde la cocina. El pequeño le dio su mano pegajosa y caminaron hacia allá. Avanzó sobre el parqué como remolcada por seres alados.

En el mesón, la mamá de Nessa servía varias tazas de chocolate caliente.

Era una mujer joven, delgada, de largo pelo castaño y la misma tez algo bronceada de Nessa.

Junto a ella estaba la menor de todos, la pequeña Mía, de unos cuatro años, sentada en la banqueta, tomando un tazón con sus manitos.

Sus grandes ojos negros la miraron con timidez.

Su mamá se despejó el pelo de la frente para verla bien. Sus ojos tenían el color de la hierba húmeda.

«Hola, Carla», dijo con amabilidad acercándole una taza. «Toma. Para que entres en calor». Recibió el chocolate caliente y se sentó junto a Nessa. Se sentía como dentro de un sueño.

Los niños se atropellaban para contarle a su hermana lo que habían aprendido ese día. Desde la composición de las flores hasta un juego para saber qué palabras llevan tilde.

Damián, el menor de los varones, tiró de la manga de Carla y dijo: «¿Sabes lo que es un pístilo?». Todos rieron con ganas. Ella también se sorprendió riendo.

La conversación se prolongó. Los niños jugaron a las cartas y todos comieron galletas de avena con mermelada. Nessa le enseñaba a jugar a Mía. Amanda, la mamá, hacía conejitos de mazapán para el día de Pascua. La chimenea estaba encendida y la casa relumbraba por dentro. Carla estaba emocionada.

Después de un rato, Nessa se levantó y le propuso ir a conocer su dormitorio. «¡Yo también te quiero mostrar el mío!», gritó Damián. «Tendrás que esperar», le sonrió Nessa y él la tomó de la mano, conduciéndola escaleras arriba.

La habitación era grande y luminosa, a pesar de que ese día el sol estaba oculto tras gruesos nubarrones.

Quedaba frente al dormitorio de sus padres.

Una pequeña estufa a gas adosada a un muro mantenía el cuarto tibio.

Las paredes estaban tapizadas de un papel mural con diseño de lavandas.

El cobertor de su cama era de color verde musgo.

Tenía un pequeño escritorio de madera y un estante lleno de libros.

Carla observó todo con curiosidad, deseaba estudiar a Nessa, tomar nota y verla desde cierta distancia, no quería entregarse al asombro.

Había un móvil de mariposas de cerámica junto a la ventana. Lo miró con atención.

«Cuando la abro suenan como campanitas», comentó Nessa al verla observarlo con interés.

Se sentaron sobre la cama. La muchacha hablaba con soltura.