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Era el primer amor. El que marcaría para siempre sus vidas y, de manera oblicua, también la suya.
Ella no quería pensarlos, pero siempre buscaba más. Una espuma de cólera subía por su garganta y, al mismo tiempo, se sentía seducida. La pareja exaltó sus sentidos.
«Hoy me voy a acostar temprano, estoy terminando un libro», le decía a su padre por las noches para estar a solas con sus fantasías. Él asentía con indolencia.
Para ahuyentar esas visiones se propuso estudiar como nunca.
Llenó sus horas haciendo tareas y leyendo mucho.
Intentaba poner la mente en blanco, pero aparecían ellos como un eco implacable.
En cada lectura los protagonistas tenían sus rostros.
La pareja creció en su telón hasta apoderarse de todas las escenas.
Sus noches se volvieron una colmena de sensaciones.
Llueve. Las paredes del hostal se sacuden con el viento.
No he pegado un ojo en toda la noche. Se desató una tormenta de pulso, una lluvia torrencial de fines del verano.
Miro por la ventana, solo se aprecia la cortina veloz y gris de agua.
Suena como piedras desprendiéndose del cielo.
Las imágenes de Nessa llegan así mismo, rotas, desordenadas.
Los recuerdos son una avalancha de grava precipitándose sobre mi tejado.
Vuelvo a meterme en la cama, el sonido del aguacero me arrastra al sueño cálido de las mañanas oscuras.
De pronto oigo una voz que me susurra: «Carla, ya no podemos esperar... es ahora, señorita Bovary. Valiente, siempre valiente».
Es un murmullo en espiral que se adentra en mi sueño.
Unas pupilas dilatadas se apoderan del paisaje. Pierdo la conciencia.
Mateo:
Es como si habitara un sueño, siento que mi cuerpo flota sin gravedad.
Tengo que hacer acopio de mis fuerzas para darme cuenta de que estoy en la realidad.
Volví a Kuyen. Soy como una presencia atemporal, sin profesión, ni dirección.
No logro sentir los veinte años de vida que he cruzado entre el ayer y hoy.
A ratos me parece que soy la de antes, la que fui cuando tú, Nessa y yo éramos inseparables.
Entré al corazón de la cordillera sobrecogida ante la belleza de los peñones, el corte magnífico de las rocas, el agua que se lanza al vacío por las quebradas.
Al mismo tiempo me sorprendió la precariedad del pueblo.
Las construcciones me parecieron de utilería, como si fuera un montaje, un escenario dispuesto para una sola función.
Pero con el paso de las horas este caserío desangelado ha comenzado a palpitar bajo mis pies, desplegando ese pulso soterrado que nos hacía sentirlo como un espacio seguro.
Para nosotros no había otra cosa. Le pertenecíamos a las montañas. Kuyen era el mundo.
Fui a la casa de los Quinlan. Llegué al cruce y desde allí caminé, empujada por el viento y con las botas embarradas, como antes, hacia la Roca Madre.
Me enfrenté a las ruinas, Mateo. Casi todo voló por los aires.
Lo escribo y vuelvo a sentirme petrificada de horror.
Todavía puedo ver la explosión, el fuego descomunal, oigo el estruendo voraz, el fragor de las llamas, el aullido de los niños.
Aún quedan ahí los cimientos de piedra del primer piso y algunas estructuras que no se quemaron gracias a la lluvia implacable de ese día.
Es una locura, pero a ratos siento que estoy a punto de ver a Nessa.
Como si un tiempo curvo la pudiera hacer regresar en un parpadeo, una visión instantánea.
Estoy en el epicentro de mi olvido. Aquí olvidé a mi madre, aquí se quedó Nessa, congelada en la tragedia.
Aquí te perdí también a ti. El fuego quemó mi memoria.
Me he pasado la vida deambulando en la niebla, sin origen ni propósito.
Vine por ti, porque te lo debo, pero ahora a mí también se me hace urgente recordar.
Necesito comprender, recuperar mi propia vida, salvarme del olvido.
Pienso escribir cada noche. Anotar los recuerdos que se van levantando y lo que cada imagen trae aparejada.
Por ahora, advierto con asombro cómo se abren las esclusas de la memoria.
Cada visión es una gota de tinta negra derramada en el agua.
Veo como cae, se dilata y se diluye en el elemento original.
A ratos puedo distinguir cuáles son las moléculas de tinta, otras veces pienso que es solo una ilusión.
Pasé tanto tiempo tratando de cerrar esta historia que se me escapa.
Cada vez que me acerqué al pasado mi corazón se desbocaba, los ojos me dolían como si unas largas agujas los traspasaran.
Pero ya estoy aquí, ahora tengo que encontrar la punta de esta mortaja que me comprime.
Debo extender el tapiz, observarlo con cuidado.
Te seguiré escribiendo, pero vamos despacio. Demorémonos.
Carla
La casa de Carla estaba a unos cien metros al norte del sendero que llega a la Roca Madre.
Era pequeña y oscura. Su papá administraba el aserradero de Los Pangues.
Llegaba a la casa tarde y cansado. Hablaban poco.
Por las noches encendían la cocina a leña para espantar las heladas, comían algo que ella misma preparaba y se iban a acostar.
Los días se enhebraban iguales unos a otros.
Los ciclos de la tierra parecían haberse detenido en un invierno eterno. El viento no daba tregua.
«Gracias por la comida, Carla. Cada vez cocinas mejor», repetía su papá todos los días. «Buenas noches», y se retiraba sin mirar atrás.