Sangre negra 1 #2
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Allá, muy lejos, están los fiordos que, como las raíces de un alerce, se abren en infinitas realidades posibles. Mi camino ya está trazado. Voy a Kuyen.

Desembarcamos. En el muelle de Troncos Viejos tomo mi auto y asciendo durante una hora por la ruta sinuosa que lleva a Los Pangues.

No quiero detenerme allí. Solo entro a una pequeña tienda en el centro para comprar un mate y el cuchillo necesario para abrirse paso en los lugares frondosos.

Diviso la farmacia que está en la esquina y me voy.

Me apuro en seguir mi viaje. Recorro la Gran Vía, el camino apenas asfaltado y de un solo carril que llega hasta Kuyen.

El tramo toma una hora, no me cruzo con nadie.

La soledad y el ritmo del camino imponen una lenta cadencia.

El tiempo transcurre a otra velocidad, como antes.

Aún estoy lejos de mí misma. Cada sensación que reconozco queda en pausa.

Llego con el sol del atardecer. He vuelto.

Después de veinte años, estoy de regreso.

Dejo mi auto junto al viejo coihue y sigo a pie hacia el sendero que va hasta la Roca Madre. Avanzo durante media hora, internándome en el pasado. Nada parece haber cambiado. Mi memoria vibra en una frecuencia que desconozco. Me golpea el frío metálico de la cordillera.

Llego hasta los restos del cerco que cerraba el acceso a la casa de los Quinlan, paso por la torre del campanil. Siento el peso de las moléculas de oxígeno llenando mis pulmones. Respiro con dificultad y, con el pecho oprimido, me doy de bruces contra el pasado.

Me estremezco. Ahí está lo que quedó de la casa de piedra que dejé atrás hace tanto tiempo.

Recuerdo su atmósfera, piedra y madera, la humedad tibia que la transformaba en un lugar aislado del resto del mundo.

El olor a velas de miel, a leña seca, a galletas recién horneadas.

Las largas escaleras por las que se descolgaban los hermanos de Nessa, el redoble de sus pies infantiles y el veloz trayecto por la barandilla de madera.

La alegría que desprendían en sus juegos.

El saludo de Damián mientras corría por las escaleras con un frasco transparente con algún insecto adentro.

Los niños se abalanzaban sobre mí para contarme lo que habían hecho.

La casa tenía los estantes llenos de libros y un sótano oscuro, misterioso.

Durante mucho tiempo me pregunté qué había llevado a esa familia a quedarse en Kuyen, nuestro pequeño poblado frío y desangelado, un lugar de paso para algunos pocos montañistas atrevidos.

Habitaban la vieja casa de piedra, construida por antiguos colonos alemanes en ese terreno enorme, difícil, silvestre.

Pienso en lo mucho que llegué a quererlos.

Amanda y Lucas, los padres de Nessa. Los pequeños Damián, Mía y Óscar.

Pienso en cuánta vida se condensó entre esas paredes, y me recorre un largo escalofrío.

Es todavía un escenario devastado. No la han demolido.

No hay vecinos en las cercanías. Solo está la laguna Pangal a medio kilómetro, oculta entre los coihues, los mañíos y las nalcas.

Y el río Pedregoso que baja veloz por la quebrada y cuyo zumbido no se apaga nunca.

Observo las ruinas y recuerdo la mano de Nessa que tomaba la mía apenas entraba a la casa para salvarme de las voces de los niños.

Tiemblo. Los arbustos están muy altos, los árboles tan frondosos que casi no dejan ver la fachada, los helechos han crecido descontrolados.

De repente, en la parte posterior de mi cabeza siento la tensión de una tormenta eléctrica a punto de desencadenarse. Serénate corazón, es solo una casa.

A pesar de estar quemada, la gran puerta de roble aún se ve sólida y pesada.

Está semiabierta, me deslizo por la abertura y entro.

Otra vez me traicionan los pulmones. Inhalo hondo; huele a humedad y a moho.

Vamos, me digo para regularme, tengo que hacerlo.

Adentro hay musgo y hiedras que se han colado por las ventanas quebradas, reventadas.

El piso de parqué está medio calcinado, medio podrido.

La recorro con dificultad, como quien se sumerge en una sustancia fría y gelatinosa.

Me traslado por los vestigios de la sala y su chimenea, miro la gran cocina destruida, el dormitorio amplio de los niños partido en dos, la pequeña habitación de Mía.

No quedan muebles. Lo poco que no se quemó por completo lo carcomió el tiempo, el agua y las ratas.

Parte de la escalera todavía se sostiene en su columna, espectral y blanda.

Los primeros escalones están intactos, la baranda de madera sube hasta la mitad.

Pero al levantar la vista se abre un espacio enorme y redondo en lo que fue el techo.

Por allí se divisa un pedazo grande de cielo rodeado de unas pocas tejas grumosas que se petrificaron tras el instante de la explosión.

Allá arriba los escalones están hundidos, resquebrajados, la madera de la baranda cuarteada, carbonizada, desaparecida.

El dormitorio de Nessa y el de sus padres ya no existen.

Solo hay ruinas, una sombra negra se ha impregnado en ellas, como si el hollín hubiese infiltrado cada átomo de las paredes.

Tengo la garganta apretada y un llanto que bulle adentro de mi pecho.

Esta también fue mi casa. Me asalta la urgencia de irme y regreso corriendo al auto.

Ya está oscuro, caen algunas gotas y el viento atraviesa mis oídos.

Enciendo el motor, apresurada. En esa acción estoy encendiendo la vida.

Siento que me ahogo. Entro al hostal con la ropa mojada.

La joven que me recibe me ayuda con la chaqueta y me lleva a la habitación.

«Mañana haremos el ingreso, ¿le parece? Usted debe estar agotada con tantas horas de viaje».

«Gracias», le digo, reprimiendo el vértigo. «Por favor, no me trates de usted. Me haces sentir vieja».

Repito palabras conocidas. Domino mi intranquilidad.

«Soy Carla», le digo para ir cerrando el diálogo.

«Yo soy Dominga. Bienvenida a Kuyen», dice y me da las buenas noches.

Durante el primer mes se dedicó a observarla, deslumbrada por su soltura y su encanto. Era audaz, inteligente, poseía una memoria privilegiada. Su presencia la enfrentó a sí misma: Nessa era la revolución, ella el estancamiento. Desde la muerte de su madre Carla se sentía congelada.

«Vamos, Nessa», le pedían los chicos. «Di algo en inglés. Nos gusta tu pronunciación», no dejaban de mirarla.

«¡Claro! Aquí vamos», dijo un día. «My mother makes me chicken. Her chicken makes me cough. I wish that when she cooks it, she took the feathers off».

Levantó una carcajada en el puñado de niños del curso de la pequeña escuela de Kuyen.

Estaban todos contagiados de una efervescencia que desconocían, que les provocaba placer y desazón al mismo tiempo.

Carla también había sido «la nueva», pero llevaba un año intentando pasar desapercibida. Solo Rosa la observaba de vez en cuando como un animal que rastrea a su presa, a Carla le daba igual. Todos le temían a Rosa, ella no.

Había otra mirada, sin embargo, con la que se encontraba y que era como un soplo de aire fresco.

Mateo, el chico más guapo del curso. Él la buscaba con sus ojos y ella sostenía sus pupilas en las suyas.

Cada mañana él la saludaba desde lejos, moviendo sus labios en silencio.

Ella hacía lo mismo. Nunca intercambiaron una palabra real hasta bastante tiempo después de la llegada de los Quinlan.

La aparición de Nessa abrió la tierra, transformó el paisaje y asomó a Carla al fondo del mar, cambiando su eje.

Su sangre volvió a circular acelerada, levantando el deseo de materializarse, de darle relieve a su vida.

Quiso que ella la viera, se esforzó por mostrarse más, pero Nessa no notaba la insistencia de su mirada, distraída por el rumor constante de sus compañeros. Rosa no se despegaba de ella.

Un día Carla vio a Mateo saludar a Nessa igual que lo hacía con ella.

Movió sus labios desde lejos y ella respondió enviándole un beso.

Fue un latigazo. Mateo dejó de verla, su distancia la hirió y aguijoneó aún más su propio deseo.

Un magnetismo casi material creció veloz entre los dos.

Sus cuerpos gravitaban hacia el otro con una potencia avasalladora hasta que la tensión hizo saltar el voltaje y reventó las costuras.

Lo revelaron frente a todos durante una clase de Historia.

«Vamos a investigar el fin de la Guerra Fría», anunció un día el profesor. «Quiero que trabajen en parejas. Se trata de compartir lo que saben, lo que han oído, para luego cotejarlo con los procesos que ocurrieron y sus consecuencias».

Mateo alzó su mano.

«Quiero trabajar con Nessa. Nos llevamos bien». Una risa nerviosa se levantó en la sala. A Carla se le heló la columna. Se fijó en Mateo, sus pupilas ardían.

«Te gusta ella, ¿verdad?», lanzó Rosa con su mueca provocadora. Se produjo un silencio expectante. El profesor los observaba con una sonrisa.

Mateo miró a Nessa con intensidad. Rosa le echó un vistazo a Carla.

«Sí. Me gusta mucho», dijo sin desviar sus ojos de los de ella.

Por una milésima de segundo Nessa recorrió los rostros de sus compañeros, le sonrió a Carla, luego regresó a los ojos de Mateo.

Un cordón invisible y eléctrico los unía.

Carla tenía el corazón empuñado. Sintió que los perdía a ambos. Los maldijo.

La fusión fue fulminante. A ratos eran un solo organismo que ardía de deseo.

Carla los observaba en secreto, espiaba los besos que anhelaba para ella, calibrando la crecida del placer.

Se detenía en los abrazos, el calor, el acoplamiento de sus células, el dulce aroma a humedad que desprendían cuando se tocaban.