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«Después de la partida de los Quinlan me quedé solo, con una tristeza de la que me costó salir. Fue la primera vez que tuve la vivencia de la muerte. Supe de inmediato que no iban a regresar, pero ¿sabes?, algo en mí comenzó a desear que así fuera, que jamás volvieran a aparecer.
Empecé a sentirme libre, aliviado. Todavía me culpo por eso, no lo podía evitar. Se fueron sin mirar atrás. Nessa lo dinamitó todo, fue esa maldita decisión».
«¿De qué hablas?», estoy en vilo.
«De cuando Nessa llegó a casa con esa niñita, Mía. Se la robó a su propia madre. No hubo cómo hacerla decir de dónde venía», ya no siento las manos, el hielo asciende rápido desde mis extremidades, está llegando al corazón.
«Fue entonces que mi mamá y Lucas tuvieron el quiebre que los separó para siempre. Ella insistió en llevar a la chiquita a las autoridades, a que buscaran a sus padres. Lucas se opuso. Temía que algo le pasara a Nessa. O a él», Liam tiembla.
Yo estoy tan fría que ya no siento nada.
«¿Estás bien?», supongo que mi palidez lo intranquiliza. Asiento.
«Huyeron. No supimos más de ellos hasta que nos enteramos de sus muertes. Yo tenía la certeza de que Nessa tenía algo que ver con el incendio. Y, al parecer, fue así. La encontraron muerta, pero no se había quemado, tenía un contenedor de gasolina en sus manos. Ella fue la que causó el incendio»,
Liam es un misil.
Ya no mide ni pondera sus palabras, está dejando todo. Clava sus pupilas en mí.
«Y tú, Carla, ¿por qué estabas ahí? ¿Cómo te salvaste del fuego?», me pesa tanto la cabeza que la bajo, apoyándola en mis brazos cruzados. No puedo ver, no quiero mirar, no sé qué decir.
El cielo rojo se abalanzó sobre Carla y ella pensó que había muerto. Las pavesas caían, serenas, como motas de algodón encendidas. Se arrastró hasta la laguna, cerró los ojos y esperó. Ahí se partió su memoria. Unas grandes tijeras la cortaron de la vida.
Apareció en su casa, cubierta por una manta, alguien le había curado las heridas. Aún tenía el pelo mojado por el diluvio. Su padre la abrazaba.
«No digas nada. Todo va a estar bien, hija», le dijo dándole un beso en la frente. «Quizás sea la hora de regresar a casa, ¿no crees?», la voz le temblaba.
Estaba aturdida. Sus oídos estaban llenos de ondas descalibradas, oía apenas.
«¿Nessa?», logró preguntar con un hilo de voz. Su boca tenía el sabor metálico y terroso de la sangre. Afuera, entremezclados con la lluvia, le pareció oír aullidos, camiones arrastrando piedras, gente corriendo en dirección a la casa de piedra.
«Papá, ¿me puedo sentar sobre tus rodillas?». A él se le llenaron los ojos de lágrimas, abrió los brazos y la recibió. Se acurrucó como una niña, hundió la cabeza en su pecho y logró escuchar los latidos de su corazón.
«Todo va a estar bien», repitió su papá y cayó el telón.
El estallido se oyó en todo Kuyen. El estrépito, la caída de piedras, el rugido del fuego, amplificado por el eco que se desprendía de las montañas los sorprendió a todos ese martes por la mañana.
El poblado no tenía un cuartel de bomberos.
Los vecinos corrieron hacia la Roca Madre, otros tomaron sus autos o sus caballos y se dirigieron a la casa de los Quinlan para apagar el fuego.
Pero era tarde. Toda la familia había muerto. Se quemaron vivos.
El padre de Carla la cercó. Se refugiaron en la casa por varios días. Prepararon un par de maletas con lo básico para partir. Carla estaba alienada. No preguntó nada más. Dejaron todo por segunda vez en la vida. En el camino de regreso a la ciudad su papá le contó. Ella nunca pudo llorar.
«Yo estaba allí porque Nessa me convocó temprano. Jamás me negué a nada con ella. Me encerró en el sótano. Abrió las salidas de gas, todas. Roció la casa con gasolina», mi garganta no puede más, cerrazón y dolor, pero estoy llegando a la última curva.
«Logré salir quebrando la ventana y deslizándome hacia afuera...» .
«¿Y los demás? ¿Por qué Lucas no hizo nada? Tiene que haberse dado cuenta».
«Los drogó», disparo con violencia, y lo veo recogerse sobre sí. Es todo. Ya no diré nada más. Entré al centro de la cordillera. Se abrió un cráter y me succionó desde adentro de la tierra. Estoy enterrada en las rocas. Ya no se puede seguir cavando.
«Yo tengo la sangre negra. Provoqué la peor de las tragedias».
Muerte y revelación. Alivio y estupor. La muerte no se acaba con la muerte. Liam se estremece como si sollozara.
«Podríamos haberlo evitado», dice en un suspiro. «Los niños...», un estertor. Se levanta, va a la cocina y regresa con dos copas de vino tinto. Me alarga una y bebemos con lentitud y en absoluto silencio. Llueve otra vez, el agua cae suave y blanda. Me siento mejor.
«Sé que no pudiste leer la noticia que está en la galería. Julián me contó que apenas viste el titular te sentiste mal y perdiste el conocimiento. Me imagino el horror de verlo así. Todo esto es una larguísima pesadilla. A mí también me pasó. Verlo por escrito lo hizo real.
No has vuelto a la galería, ¿no es así?»
, me dice Liam con la voz baja y serena. Niego con la cabeza.
«¿Vamos?», me alarga una mano y me ayuda a incorporarme.
Ambos transitamos por otra dimensión, mecidos por un agua desconocida, abrazados adentro de un mar asesino.
Pero no estamos solos y él sabe, como lo supo Mateo hace veinte años.
Nos tenemos, sé que no me dejará caer. «Es ahora, señorita Bovary. Valiente, siempre valiente».
Recorremos la galería sin apuro. Nos detenemos en otras imágenes: fotografías, noticias locales enmarcadas. También está el accidente de la barcaza. El rostro y el nombre del profesor Coloane.
Nos detenemos frente a la página de la noticia. Miro los rostros de los niños. Veo a la pequeña Mía. Me salto a Nessa. Leo en voz alta:
Tragedia infernal sacude a Kuyen.
Familia completa muere tras explosión
Una explosión, cuyo origen aún se desconoce, causó la más grande tragedia en la historia de Kuyen. Todos los integrantes de la familia Quinlan fallecieron. Dos adultos y cuatro niños conformaban el grupo familiar. La madre, Amanda Quinlan, tenía 37 semanas de embarazo.
La pareja y tres de sus hijos murieron calcinados adentro de la casa.
El cuerpo de la hija mayor, Nessa Quinlan, fue encontrado afuera, a unos veinte metros del origen del fuego, sostenía un contenedor de gasolina.
Junto a ella se encontró el cadáver de Renato Mauro.
Frente a la casa estaba el joven de quince años Mateo Rodríguez.
Fue rescatado con vida, aunque gravemente herido. Falleció en el camino a Los Pangues.
Solo una joven se salvó del fuego: Carla Reiss fue hallada a medio kilómetro de la casa, a orillas de la laguna Pangal. Tenía heridas en sus manos y en el pecho. Sobrevivió sin quemaduras importantes.
Por ahora el evento se considera un accidente, sin embargo se está investigando la posesión del contenedor de gasolina en manos de Nessa Quinlan.
Se informará a la comunidad el día y hora de las exequias de los fallecidos.
Kuyen y Los Pangues cerrarán sus puertas durante el resto de la semana en señal de duelo.
Querido Mateo:
Llegué al centro de la tierra. Caí en las fauces de mi animal. El dragón me tragó y en la segunda detonación me expulsó incendiada de su fuego.
Te recuperé, mi Mateo. Fuiste tú quien me llamó cuando todo estalló. Tu intuición te arrastró hacia mí, querías rescatarme. «Mañana todo terminará» te dije la tarde anterior. Como siempre, supiste leer mi mirada.
Llegaste a la casa en el instante preciso, cambiando tu vida por la mía. Decidiste ofrendarte, ser el cordero sagrado.
Fui yo misma quien precipitó el fuego. El oxígeno que entró a la casa tras quebrar la ventana inflamó casi instantáneamente toda la materia.
Los elementos ardieron. Agua, aire, tierra.
El fuego ganó la partida. ¿Ves? Soy yo quien tiene la sangre negra.
Derramé mi veneno para derrotar a Nessa.
Pero ella jamás perdería. Se los llevó a todos. Eliminó el pasado.
Me arrodillo ante tu recuerdo y te pido perdón. Las palabras que he puesto en tu boca me llevaron a tus ojos. Para siempre te estaré agradecida. Solo tú puedes comprender, mi amigo querido. Solo tú sabes lo que yo sé.
Te extraño, Mateo. No imaginas cuánto te extraño. Cierro los ojos y evoco tu abrazo. Tú eres mi hogar.