Sangre muerta Capítulo 69 #2
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Capítulo 69 #2

Me alzó sin esfuerzo, yo no pesaba más que un saco de huesos para él. Su cara quedó a centímetros de la mía y en sus ojos vi algo que me rompió. Mi muerte. Clarita. La seguridad de que de hoy no pasaba, que no hay marcha atrás, que el reloj se quedó sin arena.

Cada respiro era una pelea. El último round. Supe que me iba, que me apagaba.

Lo oí decirle a Mickey que me sacaría de ahí. Que me llevaría al helicóptero.

—No se preocupe, Su Alteza —contestó Mickey, con esa voz segura—. Yo me largo de acá con Colona.

Entonces empezó la montaña rusa. Aleksei corrió, pero no era lo de antes. No era la velocidad sobrenatural de costumbre. No. Esta vez corría con desesperación de quien lleva una bomba de tiempo a punto de estallar.

Pasamos árboles, ramas, sombras que parecían criaturas. Todo era una ráfaga borrosa. Solo escuchaba el golpe de sus pasos, y sentía mi corazón, que hacía flap flap en el pecho, igual que el aleteo de un pájaro aterido.

Cuando llegamos al helicóptero, Filomena estaba ahí. Bastó una orden con esa voz de generala que no necesita gritar para que todos obedezcan. El piloto activó las hélices al instante. El ruido me vibró en los dientes, mientras Aleksei me acomodaba en el asiento.

Y yo pensé, «ya está, ya salimos».

¡Ja! Pero claro… justo cuando crees que ya sufriste suficiente, aparece otro infierno. Porque, obvio, siempre puede ponerse peor, siempre.

Bosco. El maldito mastodonte apareció detrás, quizás el bosque lo había vomitado. Una montaña de músculo y odio, parado ahí, avanzaba hacia nosotros. Me miró a mí un segundo, pero clavó los ojos en Aleksei, directo. Y solo esa mirada ya era una amenaza.

Entonces habló y su voz salió de lo más profundo de su furia.

—Tienes algo que me pertenece. Y lo quiero.

Entre los parpadeos borrosos, vi cómo cada músculo de la espalda de Aleksei se tensó.

Sus brazos se abrieron en posición de ataque.

Iba a lanzarse, a matarlo, igualito que lo hizo con Dustuyev.

Incluso Filomena sacó un arma de no sé dónde.

Un rifle, o algo así, que hizo un zumbido eléctrico, pesado, con las dos manos.

El cigarrillo le bailaba entre los labios y ni aun así le temblaba el pulso.

La doña era letal, y esa era la clase de ocasión en que uno da gracias por eso.

Pero justo ahí, el rey apareció, Fyodor, así, de la nada, del aire. Tal vez la tierra misma lo parió en silencio. No sé. Solo sé que estaba. Era un espectro, pero uno con mirada de rey, con presencia de rey, con ese no-sé-qué de rey que hace que todos bajen la cabeza sin que él lo pida.

Se plantó frente a Bosco y ni siquiera levantó la voz. No le hacía falta. Su tono era la muerte envuelta en elegancia.

—Si te pones en mi camino, Bosco —dijo el rey—, le enviaré tu cabeza al monarca que te haya contratado.

Bosco apretó los puños, entre la bruma de mi debilidad, lo vi.

No fue imaginación. Por un segundo pensé que iba a saltar, que se iba a lanzar sobre Fyodor y que nos íbamos todos a la mismísima verga.

Pero no, ni siquiera ese mastodonte se atrevió a cruzar esa línea porque hay algo en Fyodor que paraliza hasta al monstruo más bruto.

Algo que no se puede explicar, que solo se siente.

Pero algo ocurrió, un cambio, no sé qué fue, porque en el momento en que el monarca hizo amago de subir al helicóptero, dio un giro rápido.

Rápido, pero limpio, letal. Y la cabeza de Bosco salió volando por los aires.

Su cuerpo se quedó en tierra, sin señal, sin comprender lo que había ocurrido. Y después cayó contra el suelo.

—¡Padre! —gritó Aleksei.

Yo ni siquiera pude reaccionar bien.

La mano de Fyodor chorreaba sangre negra. Tranquilo, sacó un pañuelo del bolsillo del saco y empezó a limpiarse, como si acabara de derramar vino y no de decapitar a un monstruo.

—Quise dejarle un mensaje al monarca que lo envió—dijo, sin apuro—. No sé quién fue. Pero Bosco era prueba de algo, alguno de ellos quiere al muchacho para más que una venganza.

Su mirada pasó por mí. Yo estaba medio ido, pero igual sentí ese foco encima.

—Y no se detendrán —continuó—. Mandarán a otro. Pero quiero que quede claro que vamos a pelear. —Tomó aire. —Los tiempos cambian, hijo. Quizás el tiempo de paz entre clanes llegó a su fin. Yo me encargaré después de hablar con el Consejo. Ahora, vámonos.

En ese momento, llegó Mickey y Colona. Aleksei no dudó. Subió al helicóptero, Fyodor entró tras él, los demás los siguieron y en un chasquido despegamos. Ese infierno quedó atrás, abajo, chiquito, tragado por el bosque.

Aleksei se sentó pegado a mí, tal vez creía que con solo estar cerca podía evitar que me apagara.

Sus manos apretaban la herida, trataban de contener lo mejor que podía ese río de sangre que no paraba.

Yo sentía sus dedos resbalar, el esfuerzo, la urgencia.

Sus ojos eran pozos oscuros, tristes y hambrientos.

Quise hablar, decirle algo, gritarle, escupirle un sálvame. Pero no pude. Algo me lo impedía. Tal vez era el terror, o tal vez era que no quería romper ese momento donde todo se decía sin palabras. Sonará estúpido, pero así fue. Full.

«Esto es por culpa mía», pensé. Yo jugué con fuego.

Nadie me obligó a unirme a Plasma Corp. Fui yo, yo me lancé.

Me dejé llevar por el cosquilleo, me creí grande, libre, vivo.

Quise jugar al valiente. Y Bandhu tenía razón.

Humanos y vampiros no se mezclan. Nunca debí meterme en esto. Fui una pieza en un plan.

Pero entonces Aleksei no hubiera ocurrido, y tampoco quería eso. Si soy sincero, con Aleksei ahí, tan cerca, nada importaba. Nada. Ni reglas, ni especies, ni advertencias.

Entonces empecé a temblar. Un frío me subía desde los huesos. Sentí que me apagaba por partes. Frío de expiración. La voz ya no me salía, pero hice fuerza. Junté las últimas fuerzas lo solté. «¿Estoy muriendo?».

Vi miedo en sus ojos. Miedo crudo. Eso fue lo que más me asustó. Porque si él tenía miedo entonces yo ya estaba medio muerto.

Lo peor, salir de esa isla era solo el primer paso. Seguro volábamos en medio de la nada. Sin hospitales cerca, sin nadie que pudiera salvarme. Esa isla era una trampa. Para mí fue una sentencia.

Entonces me miró, esos ojos. Dos agujeros negros listos para tragarme una voz que sonó más humana que nunca. «¿Confías en mí?».

Moví los dedos lo mejor que pude. Buscaba los suyos, su piel, cualquier parte de él. Lo que fuera. Solo necesitaba sentir que todavía estaba ahí y no era un sueño raro antes de morirme.

—Solo… confío… en ti… —alcancé a decir. Un suspiro que se resiste a morir.

La voz de Filomena salió de la nada, urgente, era un eco desde otra dimensión:

—Está muriendo, Su Alteza, ¿qué vamos a hacer?

Aleksei tragó aire. Lo escuché. Se le notó en el pecho, en la garganta, en el modo en que me apretó la herida.

—Solo hay una cosa que puedo hacer —soltó Aleksei. La respiración le salía tan fuerte que me retumbaba en el cráneo. Era una tormenta dentro del helicóptero—. Pero él tiene que aceptar, tiene que decir que sí. Yo no puedo hacerlo si él no lo dice, si él no…

Calló un segundo. Pensó. Cuando volvió a hablar, su voz se impuso por encima del zumbido de las hélices, del miedo, del dolor. Fue un trueno.

—Tú decides, Lucas. ¿Vivir o morir?

¿Vivir o morir? Pero no era una pregunta. Era un condenado ultimátum. Sin opción. Que te arranca el alma y la dejan sangrar en el suelo. Sentí un vacío seco en el pecho. Todo se detuvo, me quedé tieso, igual que una escultura a punto de resquebrajarse.

Sabía exactamente a qué se refería. Esto no era una metáfora motivacional en TikTok, era literal. Vivir o morir. Punto.

Y juro que quería responder. Las palabras estaban ahí, listas, en la punta de la lengua, pero algo me tenía atrapado. Algo más negro que el miedo, algo que se me metía bajo la piel y me apretaba el corazón, no me dejaba ni parpadear.

Ese algo era lo que me hizo dudar. No por cobarde.

Por humano. Porque de golpe me cayó encima la película completa: no volver a ver a mis viejos.

Que mis papás se quedaran esperando un ‘¡ya llegué!’ que nunca iba a llegar.

Que Bandhu se enterara por un mensaje frío que te parte el pecho y te deja en shock.

Que encontraran mi cuerpo en medio del océano, hinchado, sin nombre.

Un cadáver anónimo más. Y que esa fuera la última noticia sobre mí.

Y, carajo, no quería que esa fuera mi historia.

O tal vez era el miedo de que todo esto, mi vida, mis jodidos dieciocho años recién cumplidos, se acabara justo aquí, en este punto absurdo, maldito y tan random. Que el momento más cabrón de toda mi existencia fuera este, entre mi sangre, los vampiros y Aleksei.

O quizás era él. Tal vez lo que me aterraba de verdad era perderlo a él. No volverlo a escuchar decir mi nombre. No volver a perderme en esos ojos que parecían tragarse el mundo y tragarme a mí también.

Era todo eso. Mezclado, enredado, apretado, un nudo en el pecho que no podía desatar. Ni tenía tiempo para intentarlo.

Así que, con la voz hecha mierda, el cuerpo destrozado y el alma en un hilo, respondí.

«Sí, acepto».

En cuanto lo dije, el aire se me fue. Sentí la mano de Aleksei apretarme más fuerte, intentaba anclarme a este lado de la vida. Y después, todo, todo se volvió negro.