Capítulo 69
Lucas
Sentí que el mundo se detuvo. No solo en mi cabeza. Literalmente.
Aleksei estaba tirado a unos metros de mí.
Atado, retorcido, la piel chisporroteaba donde las cadenas lo tocaban, quizás estaban impregnadas de ácido puro.
Su cuerpo temblaba, no de miedo, como yo, sino de dolor.
Del que te corta el aire y no te deja gritar.
Me miraba. No podía hablar, pero sus ojos, ¡Dios!
, sus ojos parecían pedirme perdón. Seguro pensaba que todo esto era su culpa.
Y tal vez lo era. Al final, por lo poco que alcancé a pescar entre idas y venidas, su sangre fue el fósforo que prendió toda esta mierda.
No tuve tiempo de procesarlo más porque Dustuyev ya estaba encima de los humanos. Lloraban, rogaban por sus vidas. Yo… yo quería cerrar los ojos, pero no podía. No cuando sabía que era el siguiente.
El tipo levantó el brazo. Las uñas crecieron, negras, filosas, casi cuchillas. Y habló, no bramó, no hizo un discurso heroico. Solo dijo algo “de una causa mayor”, “sacrificio”, alguna mierda para justificar lo injustificable. Grité. Y los degolló a todos.
Todo fue rápido, uno por uno iba cayendo. No hubo alaridos largos, solo gorgoteos, sonidos cortos, imposibles de olvidar. Las gargantas abiertas, y las cabezas colgando. El chapoteo de la sangre que se derramaba a borbotones dentro de la estructura.
Y yo, amarrado, temblaba, cuando veía los cuerpos apilarse convertidos en nada. O peor, convertidos en basura, y mi cabeza repetía una sola cosa: no, no, no, no.
Dustuyev caminó hacia mí, habló, no escuché bien qué dijo, yo solo escuchaba mis palpitaciones, y justo cuando estaba por tocarme, la puerta explotó. Polvo, humo, caos. Grité otra vez. No sé si de susto, alivio, o de las dos cosas juntas.
Entre el humo apareció Mickey. Pero ese no era el Mickey que yo conocía.
Este venía con todo, con furia, con decisión.
Gritó algo que no alcancé a escuchar y le disparó a Dustuyev.
Le dio en el hombro. Solo vi el cuerpo del vampiro caer, se retorcía en espasmos eléctricos.
Amina y los otros tres vampiros se le lanzaron encima al guardaespaldas, pero él estaba listo y disparó más municiones que soltaban descargas eléctricas que parecían rayos en miniatura.
Gritos. Chispazos. Cuerpos retorciéndose en el aire.
Ni con eso bastó. Amina esquivó una descarga con una facilidad que me dio rabia y saltó, le cayó encima a Mickey y lo agarró por el cuello, una sola mano, lista para reventárselo. Pensé «Ya fue. Hasta aquí llegamos». Pero entonces pasó lo imposible.
Colona. Sí, ese Colona, salió de las sombras full modo Avenger cualquiera y empezó a disparar balas eléctricas que tumbaban vampiros como fichas de dominó.
No sé qué le picó, si fue lo que le dije sobre Gunnar, sobre la muerte de Rugo, de cómo pensaban cargarle el muerto, o si fue porque yo le recordaba a su hijo.
Me daba igual, lo importante es que ahí estaba, dando y dando. Sin dudarlo.
Amina esquivó una por poco, pero ese segundo fue todo lo que Mickey necesitaba y le clavó una estaca de acero directo en el pecho.
No era una estaca cualquiera. En cuanto entró, tronó con un chisporroteo eléctrico, fue lo mismo que meterle un rayo en la caja torácica de quién sabe cuántos voltios.
Amina se dobló. Se le cortó el aire. Cayó de rodillas, rugía, las manos temblaban, el cuerpo peleando contra algo que no podía morder ni arrancarse.
Y Mickey, libre por fin, con la cara desencajada pero el cuerpo firme, no lo dudó. Fue directo a Aleksei y le arrancó las cadenas porque su vida dependía de eso. Y es muy probable que la de todos.
Dustuyev no era estúpido ni débil. Con su fuerza sobrehumana se sacudió la descarga y, en medio del caos, me arrancó de las correas.
Sentí el tirón en las muñecas. Me sentí insignificante en sus manos.
Me levantó por la nuca, casi un muñeco. Sus uñas me rozaron el pecho, justo sobre el esternón.
Estaban frías, pero no de hielo, de muerte.
Y listas para abrirme la carne. Listas para matarme.
—No me importa si muero ahora mismo —dijo tranquilo—. No me importa si el plan fracasa. Con que caigan unos cuantos allá afuera, me basta. Realeza muerta. Ya sembré el miedo y la duda. Eso alcanza. Habrá otros que continúen mi trabajo. Después.
Todo se detuvo cuando Aleksei se puso en pie. Sangraba, temblaba. Tenía la piel rota donde lo habían quemado, y aun así se alzó. Algo lo empujaba más allá del dolor. Algo más fuerte que el fuego en su piel o las heridas abiertas. Y lo supe. Lo supe al instante.
Sus ojos no estaban en Dustuyev, ni en Gunnar tirado en el piso, ni en los cadáveres, ni en la sangre, ni en el altar convertido en carnicería. Sus ojos estaban en mí, solo en mí. Yo era lo único que importaba. Podía arder el mundo y no valía nada si lograba sacarme de ahí con vida.
No sé cómo explicarlo. No fue intuición, era una certeza. Una que me atravesó el pecho porque al ver su mirada, por primera vez creí que maybe no estaba del todo jodido, que, aunque fuera arrastrándome, aunque saliera hecho pedazos, aún podía salir de allí, podía sobrevivir.
—Déjalo ir —dijo Aleksei, con su voz de príncipe y su postura de príncipe. Y sí, en ese momento parecía más príncipe que todos los príncipes juntos—. O te juro por mi vida que te haré pedazos.
—Vaya, vaya —se burló Dustuyev, y ladeó la cabeza—. ¿Por qué él? ¿Por qué este chiquillo te importa tanto?
Me miró con desprecio. Todavía colgaba de su mano, era un trozo de carne. Ni siquiera temblaba ya, estaba demasiado asustado para eso.
—Es tan corriente, tan ordinario —siguió—. Lo único especial que tiene es su sangre. Esa sangre que alteré. La que ahora lo convierte en la criatura más peligrosa para nuestra especie.
Dustuyev volvió a mirar a Aleksei. La sonrisa que le cruzó la cara era una sombra malintencionada, rota.
—Pero conozco esa mirada, Aleksei —dijo—. Así mirabas a ella. ¿Te acuerdas de su muerte? ¿Te acuerdas de lo que sentiste al verla morir?
Se acercó un poco más al altar, conmigo en su mano.
—Yo sentí lo mismo. No, fue peor, porque a Collette me la arrancaron de las manos. Y tú, ¡¡tú no hiciste nada para evitarlo!!
Ahí sus garras entraron en mi pecho. Lentas, muy despacio, saboreaban cada centímetro.
El grito me salió solo, salvaje. Intenté tragármelo, hacerme el fuerte, pero no pude. Me explotó por dentro. Las uñas bajaban y rompían todo a su paso. Sentí piel desgarrada, músculo, carne… y una costilla. O dos. A esas alturas, qué carajo sabía yo.
La sangre me corría caliente por la barriga.
El cuerpo se me sacudía sin control. Todo se volvió borroso.
Pero aun así, me negué a rendirme, golpeé el aire, su pecho, lo que alcanzara.
Si era mi última lucha, la daba peleando.
De pronto un calor me subió a la garganta, me llenó la boca y salió disparado en un vómito de sangre.
No vi venir que le cayera directo en la cara, su boca.
Algo se derramó afuera, claro. Pero mucho entró.
Lo vi tragar. Lo vi fruncir el ceño. La expresión le cambió.
Espanto, asco, odio. No se lo esperaba. Sonreí.
Tal vez fue el último chispazo de lucidez de un cuerpo moribundo, tal vez fue destruirlo con lo que él mismo creo, o tal vez solo fue pura desesperación.
Colona, otra vez apareció de la nada y disparó. No sé qué le lanzó, pero le dio de lleno en el ojo. Le voló media cara. Sentí cuando me soltó. Caí de rodillas, cerca, muy cerca de la fuente, pero no adentro. Gracias a lo que sea que todavía me cuidaba.
Un segundo bastó. Solo uno. Aleksei se le echó encima a Dustuyev.
Fue una cosa animal, ni siquiera humana.
Una velocidad brutal, sobrehumana, sobrenatural, sobrevampírica, si es que eso existe, el tiempo pareció romperse.
Los golpes, los rugidos, los cuerpos chocaban en una pelea entre titanes que yo no podía ni seguir con la vista.
Eran dos fuerzas primarias que intentaban borrase del mundo.
Mickey vino por mí, pero en ese instante, ni el dolor me importaba.
Solo pensaba en Aleksei, en que estaba peleando solo.
En que lo ayudaran, que no lo dejaran ahí.
Pero mi cuerpo me recordó que el que estaba al borde de la muerte era yo.
La herida seguía abierta, sangraba. Una cascada caliente que no se detenía.
—¡Colona, ayúdame! —gritó Mickey.
El agente no dudó ni medio segundo. Me levantaron entre los dos, yo era un saco roto.
Se colocaron uno por cada lado. Mis pies se arrastraban, no obedecían.
Casi ni tenía aire para existir. Ahí estaba.
Vi la pistola. El arma de Gunnar. La pistola que había usado con Attila en Inferno, seguro. Y para matar a Rugo.
—Ayuden a Aleksei… —alcancé a decir, la voz desgarrada—. La pistola… Ayúdenlo…
—Camina, Lucas —susurró Mickey.
Pero no fue una orden, fue un ruego. Me empujaba a seguir hasta que logramos cruzar la puerta de esa cámara de muerte.
—Tú puedes, muchacho —alentó Colona—. Camina.
Mis ojos pesaban, los párpados eran bloques de cemento. Las voces empezaron a alejarse. Los ruidos también. Incluso el dolor. Todo se apagaba.
Sombra. Silencio. Nada.
Me obligaba a seguir. Paso a paso. Aunque temblara. Aunque me doliera el alma. No quería rendirme. No todavía, no ahí.
Oí un disparo, luego un grito. No uno cualquiera, era un grito de muerte, de final, de punto y aparte. Me atravesó el pecho y sentí que el corazón se me detenía también hasta que apareció él.
Aleksei. Estaba vivo. Vivo. Y juro por lo más sagrado que, en ese segundo, fue lo único que me importó. Ahora sí podía dejarme morir. Ajá, súper dramático y “novia” desmedida, lo sé.
—Lucas… —dijo.
Su voz no sonaba cerca. Me llegó desde otro universo, un eco que se coló entre mundos solo para alcanzarme.