Capítulo 68
La cámara
Aleksei dio un paso al frente, pero no llegó a mover un dedo.
Dustuyev, que lo conocía con la intimidad de un viejo compañero de batallas, se le abalanzó con furia de una bestia.
Y antes de que Aleksei reaccionara, los otros tres vampiros lo embistieron desde distintos ángulos.
La ráfaga de fuerza inhumana lo aplastó contra el suelo. No fue un combate, fue un sometimiento.
Lo arrastraron hasta un armatoste de madera ennegrecida por los años, asentado sobre el piso, casi un altar menor.
Lo inmovilizaron con grilletes de hierro y cadenas forjadas en plata antigua, impregnadas con alquimia oscura.
El metal le quemó la piel al contacto, y un humo agrio y espeso se elevó. No podía moverse. No podía gritar.
Dustuyev se agachó hasta quedar a su nivel. Observó las cadenas, humeaban sobre la piel del príncipe, trazaban líneas negras igual que raíces chamuscadas.
Su voz fue un susurro bajo, íntimo y cargado de un deleite cruel.
—¿Sientes cómo te quema por dentro? —murmuró, casi le rozaba el oído—. No es solo plata, Alteza. Es plata antigua. Fundida con sangre vampírica de aquellos a quienes ustedes llamaron errores, a los que enterraron sin nombre ni duelo.
Hizo una pausa. Su aliento olía a hierro, a tumba abierta.
—¿Sabes por qué te hago esto… amigo? Porque nunca hiciste nada por ellos.
Nunca hiciste nada por mí ni por Collette.
Te pedí ayuda, pero te mantuviste al margen.
Tú, que conocías el amor. Tú, que eras mi hermano.
Tú, uno de los pocos elegidos, que tenías un asiento en la mesa donde se tomaron estas decisiones permitiste que esto pasara.
—Yo lo intenté…
—No lo suficiente —gritó Dustuyev—. Yo te veía, Aleksei.
Tan resignado, tan distante, cómodo en tu trono de príncipe engreído.
Ahí lo entendí. Comprendí que nunca fuiste mi amigo.
Entendí que hay cosas que no estás dispuesto a enfrentar por nadie porque veneras los pasos de tu padre y todo lo que nuestro mundo representa.
Con los dedos, Dustuyev ajustó las cadenas para que se incrustaran más profundo.
—Los alquimistas la mezclaron con médula seca y carne marchita.
La sometieron a transmutaciones que ya nadie enseña.
Y añadí gotas de tu propia sangre, las últimas qué me quedaban.
En cierta forma, el metal despertó. Ahora reconoce lo que eres.
No solo te escuece, te castiga por tu indolencia y tu apatía.
Y cuando termine contigo, me quedaré con tu cuerpo.
Disfrutaba de cada espasmo. Aleksei contenía el dolor con los dientes apretados, pero su cuerpo temblaba.
Gunnar se acercó, jadeaba. Lo miró con la extrañeza de quien ve a alguien por primera vez.
—Tú eras uno de ellos. Un ugatí. —Su voz era una mezcla de incredulidad, decepción y rencor—. Todo este tiempo. ¿Por qué nunca lo dijiste? ¿Por qué me mentiste?
Aleksei no respondió. No podía. Su mirada no estaba en Gunnar, sino en Lucas, que aún estaba atado y todavía temblaba, casi inconsciente.
—Compartimos un siglo. —Gunnar apretó los labios—. Guerras, traiciones y ni una palabra. ¿Qué más de ti era mentira?
Dustuyev observaba la escena con fastidio mal disimulado. Había algo en esa cercanía entre ellos que le provocaba una punzada de malestar. Entonces, en un giro inesperado, Gunnar desenfundó un arma oculta en la espalda, bajo la chaqueta, y la apuntó directo al líder sedicioso.
—Maldito traidor —espetó el impuro, con el dedo firme en el gatillo—. ¿Le dejaste un mensaje? ¿Me inculpaste de todo? ¡Querías que él me matara!
Dustuyev no se inmutó. Sonrió, se irguió y clavó los ojos en él. Pero esa no era la mirada de un líder. Era odio limpio, descarnado, sin adornos. Una herida abierta que ya no se molestaba en ocultar.
—¿Crees que puedes contra mí? —susurró Dustuyev con desdén—. Tú, cuyos “logros” se sostienen en las espaldas de otros. Eres poco precavido, más instinto que cerebro. Por poco destruyes toda la operación cuando mataste a Attila.
—Fue… fue un error —dijo Gunnar, con voz temblorosa—. Nunca quise matarla. No sé por qué saqué el arma ahí. Vi que iba a beber de Lucas. Me asusté. No pensé. Fue una reacción no calculada… ¡No importa! Ya fue. Eso no quita la mierda de ser que eres.
—Por supuesto que importa —interrumpió el Antiguo, buscaba meterse en su cabeza, hundirlo—. Todo lo haces así, eres un inepto. Un disfraz bonito, pero vacío.
—Logré llevarme el cuerpo, sacarlo de la luz, lejos de la Triple S.
—¿Y Rugo? —insistió Dustuyev—. ¿También fue un error?
—Eso fue defensa propia —dijo Gunnar—. Me iba a matar. No tuve otra opción…
—Ese es el problema. Tu falta de control. ¿Acaso no te estabas distrayendo con Lucas? El sussurro. Has puesto el plan en peligro muchas veces, eso habla claro de tu incompetencia.
—¡Cállate, viejo!
—Siempre me pregunté cómo lograste salvarte —murmuró Dustuyev—. Alguien como tú, no muy brillante. Cómo un impuro tan limitado terminó al lado de un rey. Pensé que fue suerte. —Su mirada se endureció—. Pero los dos sabemos que no fue así.
Gunnar retrocedió un paso. Miró a Dustuyev y el miedo se le subió a la garganta. No era por la escena, ni por el caos. Era porque Dustuyev sabía. Sabía su secreto. El único que había mantenido enterrado.
Aprovechando esa brecha, antes de que Gunnar pudiera reaccionar, Dustuyev le atravesó el pecho con una brutalidad bestial.
Un chorro oscuro le brotó de la boca, salpicando el rostro de su agresor.
La pistola cayó al suelo. Los tres vampiros restantes quedaron paralizados. Nadie entendía qué diablos ocurría.
La mano de Dustuyev había perforado piel, hueso, corazón, columna. De un solo golpe.
—Los vendiste —susurró el Antiguo, con hiel en la voz—. Por eso los encontraron. Les diste información a los legítimos a cambio de tu lugar en la corte. Te salvaste y dejaste que murieran todos los demás. Creíste que nadie sabría tu secreto. Pero todo sale a la luz.
—Yo… —Gunnar, con los ojos desencajados, trató de hablar, pero el dolor le devoraba las palabras—. Quise… enmendar… lo que hice.
—Sí. lo sé. Creíste que al ejecutar este plan tus pecados quedarían perdonados. Esa fue tu única jugada maestra en tu patética vida de inmortal, traicionar a los tuyos para salvarte.
Dustuyev retorció la mano dentro de su pecho, lento y cruel.
—No tienes idea de cuánto tiempo esperé este momento. Te odié en silencio. Fuiste un mal necesario por tu acceso a Plasma Corp. y la Triple S, pero ya no te necesito.
Se volvió hacia Aleksei, encadenado y con la piel humeante.
—Intenté que él te matara, sí. Por eso le dejé esas X disfrazadas en la sangre, para que supiera quién eras, para intentar culparte de todo y que cargara contigo. Pero Aleksei ha olvidado el arte de la guerra. Ni siquiera pudo matarte con sus propias manos. Todo tengo que hacerlo yo.
Dustuyev retiró la mano de su pecho. El cuerpo de Gunnar cayó con un golpe sordo y la sangre negra se desparramó en un charco grotesco.
El líder rebelde miró a los otros tres vampiros, uno por uno, hasta obligarlos a sostenerle la mirada.
—Ustedes deciden —dijo—. Morir aquí y ahora o ayudarme a terminar esto.
El miedo ya había respondido por ellos. Callaron. Ninguno quería morir.
Justo en ese momento alguien cruzó el umbral. Amina, la amiga de Gunnar. Al ver su cuerpo en el suelo quedó helada. Tan perturbada que ni siquiera se atrevió a preguntar. Sabía que no era el momento y mucho menos frente a un líder con la mirada de sádico que vio en Dustuyev.
—¿Ya es la hora? —preguntó el jefe del operativo.
La vampira solo pudo asentir, casi perpleja.
—¿Ves, Aleksei? —dijo Dustuyev, miraba a su amigo en el piso—. Todo fue meticuloso. Una infiltrada. Una de muchos. Ahora tenemos el control para empezar este baño de sangre. Abajo esperan sedientos.
Dustuyev ya estaba frente a los humanos, alineados junto al altar. Eran borregos en el matadero que lo miraban con ojos desorbitados. Algunos sollozaban, otros temblaban en silencio. Uno rezaba en voz baja, a un dios que no parecía escucharle.
Dustuyev alzó el brazo. Las uñas se alargaron, negras y afiladas, hojas de obsidiana. Cuando volvió a hablar su voz salió sin rastro de emoción.
—Ustedes no serán recordados —murmuró, sonó a despedida—. Nadie sabrá lo que ocurrirá aquí. Pero son el catalizador del cambio. Donantes por una causa mayor. Gracias por su sacrificio.
Lucas, que ya estaba más despierto, gritó. Un alarido desgarrador, brutal, partió la cámara en dos, en tres, en cuatro. Pero nadie le dio mayor importancia porque en esa sala, el horror ya se había convertido en costumbre.
Dustuyev se movió. En un parpadeo las gargantas se abrieron. Corte tras corte. Preciso. Letal. Las arterias estallaron en borbotones de sangre caliente. Algunos cuellos quedaron sujetos por un hilo de carne. Los cuerpos caían, muñecos sin vida, al interior del altar de hierro negro.
La sangre comenzó a fluir y a llenar la estructura. Ya no era un altar, era una fuente, una piscina construida para contener la muerte.
Uno de los vampiros tiró de una palanca.
El suelo vibró. Mecanismos ocultos se activaron bajo la piedra.
Tubos de acero cobraron vida, se enroscaron y encontraron su punto de conexión con el exterior.
La sangre comenzó a ser succionada, redirigida hacia la gran fuente del patio. Justo donde la boda seguía en marcha.
Dustuyev bajó la vista. La piscina ya casi desbordaba. Caminó hacia Lucas.
—Deja de gritar. No voy a matarte —anunció cuando se detuvo frente a él—. Eres lo único que mantiene esto en marcha. Tu sangre Rh nulo modificada permite que las toxinas vampíricas penetren cuerpos humanos sin ser rechazadas. Es perfecta. Te necesito vivo para replicarte.
Aleksei forcejeó en las cadenas, los músculos tensos, la rabia le mordía las costillas. Dustuyev lo miró sin rencor, con la expresión de alguien que solo pone en palabras lo inevitable.
—No me odies por esto —dijo—. Lo hago por todos los bastardos olvidados. Por los que ustedes acallaron desde sus tronos. Por mi Collette.
Levantó el brazo. La uña, negra y afilada, brilló bajo la luz artificial.
—Lucas, esto va a doler.
Justo cuando la garra iba en dirección al pecho del chico, la puerta estalló.
La explosión arrancó metal, polvo y fragmentos de piedra que volaron por el aire. En medio del humo, emergió una silueta. Mickey. El leal. Con el rostro cubierto de polvo y la mirada ardorosa. Apuntaba con un arma larga, experimental, diseñada para electrocutar inmortales.
—¡Aléjate de él! —rugió Mickey y le lanzó un disparo a Dustuyev.
La caverna entera tembló. El infierno acababa de abrir el hocico.
Afuera, en ese anfiteatro de opulencia y gloria inmortal, seguían ajenos de todo, envueltos en música y algarabía desmedida, celebraban mientras la sangre comenzaba a brotar de la fuente en borbotones. Reían y brindaban hambrientos, eufóricos, ignorantes.
Los novios avanzaron hacia el centro. La multitud les abrió paso.
Ella se despojó de su vestido rojo sin dudar. Él la imitó. Quedaron desnudos, piel pálida bajo las antorchas. Levitaron con sutileza, la gravedad era una fábula en ese ritual.
Se deslizaron hacia la fuente que ya comenzaba a llenarse del líquido caliente y carmesí.
Los dedos de ella fueron los primeros en tocar la superficie. Luego los de él. Ambos descalzos, ambos listos para el baño. Después de ellos, vendrían los demás. Uno por uno. La sangre sería comunión.
Desde una terraza lateral, Fyodor conversaba con Ágatha, o al menos fingía hacerlo. Su mente estaba en otro sitio. Anclada en un nombre, en un rostro.
Aleksei.