Capítulo 67
El altar
—Sabía que vendrías —dijo Dustuyev y se retiró la capucha.
Aleksei se quedó quieto. Una punzada helada le recorrió la columna. No podía ser.
—No… —susurró. Los colmillos le asomaron por la presión contenida en la mandíbula—. Estás muerto.
—Muerto para el mundo, tal vez —replicó Dustuyev, con una sonrisa gélida—. Pero ya sabes cómo son las apariencias, ¿no, Su Alteza?
Aleksei supo que esa última oración tocaba el mayor secreto que él mismo le había confiado siglos atrás. Para él ya no había asombro, solo rabia, acumulada durante demasiado tiempo.
—¿Cómo pasó? —preguntó el príncipe.
—Un doble, casi idéntico —dijo Dustuyev—.
Él fue quien bebió de Lucas. Tomó tiempo, lo demás no importa.
—Hizo una pausa breve, casi indulgente—.
Creíste haber desenredado la red, pero tan solo rozaste la superficie.
Estoy un poco decepcionado, Aleksei. Pensé que lo descubrirías.
—Se acercó un paso, con la calma del que ya ganó—.
¿Viste mi mensaje en la cabaña? Lo dejé para ti, a propósito.
Un obsequio. Nuestro juego. Por diversión. Por los viejos tiempos.
Aleksei quería lanzarse hacia Lucas, romper las ataduras, arrancarle el corazón a quienes lo rodeaban. Pero frente a él no estaba solo un traidor, estaba el eco de todo lo que no quiso ver. Y eso lo retenía.
—Habla —ordenó con la voz grave—. ¿Por qué fingir tu muerte? ¿Para culparme?
Dustuyev sonrió. No había odio en su gesto solo una mueca cargada de resignación.
—El príncipe de príncipes —dijo, casi con ternura enfermiza—. Si quisiera hacer temblar el mundo vampírico, ¿quién mejor que tú?
No lo dijo para provocar; lo dijo como quien dicta una lección.
—Ese mundo que segrega —continuó—, que extermina, que se disfraza de orden mientras sepulta a los que no encajan. Ese mundo por el que tú has dado todo.
Avanzó otro paso.
—¿Quieres saber por qué lo hice? —La mirada gris ceniza de Dustuyev brillaba, al borde de lo maniático—. ¿Por qué todo esto?
Aleksei no contestó. Dustuyev ya lo tenía en la punta de la lengua.
—Porque el Consejo que hoy te lavó las manos —su voz se tornó más oscura— es el mismo que ordenó el exterminio de los impuros.
De los que no encajaban en el molde. De los que, como mi Collette, nunca fueron “suficiente”.
A esos los borraron. Y esos mismos hoy te perdonaron sin saber que tú tampoco deberías existir. ¿Por qué tú sí y Collette no?
Aleksei sintió el golpe. No por sorpresa, sino por la forma en que Dustuyev lo escupía, sin máscaras, sin decoro. Solo la herida, aún sangrante, hablándole en voz alta.
—Ella era —Aleksei no pudo terminar.
—¡No! —lo cortó Dustuyev—. Tú no sabes lo que ella era —continuó con una sonrisa amarga, rota—. Ella lo era todo para mí.
Sus ojos llameaban, eran carbón en un pozo sin fondo.
—Collette no era una amenaza —dijo, y la voz le vibraba con algo más que memoria—. Estaba logrando controlar su instinto. Yo le enseñaba. No rompía acuerdos, no mordía más de lo necesario. Era más “humana” que todos esos monstruos encorvados en tronos de mármol negro.
Hizo una pausa. La rabia asomó, contenida, afilada, peligrosa.
—Pero bastó con que alguien dijera “peligro” para que la sentenciaran —añadió el Antiguo—. Solo por existir, por no encajar.
Aleksei apretó los puños. Una parte de él, enterrada bajo años de lealtades, todavía buscaba entender.
—¿Por qué ahora?
—Porque el dolor no caduca —respondió Dustuyev—. Y la justicia, tampoco.
Dustuyev se acercó al altar. Miró a Lucas, suspendido igual que una ofrenda. El chico casi no se movía, pero abrió sus ojos y se encontraron con los de Aleksei. En ese cruce fugaz, había algo más fuerte que el miedo, esperanza, y confirmó lo que siempre supo, que él vendría.
—Intenté olvidarlo —continuó Dustuyev—. Serví a Fyodor. A la Casa Beilion. Callé por ti. Por lealtad, por miedo, tal vez. Pero el silencio no cura, termina por pudrir.
Se dio la vuelta con lentitud. Ya no hablaba con rabia sino con certidumbre.
—Un día me hice la pregunta —continuó—. ¿Y si el exterminio ocurriera en sentido inverso? ¿Y si los intocables fueran los eliminados? La idea germinó. Porque el dolor tiene una forma extraña de hacer alianzas. Sobre todo con los que nadie ve.
Miró a Gunnar. Y Gunnar, en ese instante, cerró los puños, tan fuerte que casi se molió los dedos.
La rabia seguía ahí, agazapada, quemándole por dentro.
Desde que salió de casa de Aleksei no había podido quitárselo de la cabeza, el mensaje de Dustuyev escrito en sangre, la traición inesperada.
Pero no había venido solo por cumplir su parte. Había venido listo para cobrársela.
—Gunnar fue la pieza que faltaba —continuó el inmortal—. Él, y los otros como él, ya tenían la rabia. Yo tenía el plan. Juntos, encontramos la respuesta. Así llegamos a Lucas.
El aire se solidificó.
—Pasaron siglos para llegar aquí. Pero la tecnología moderna… —su sonrisa fue casi reverente—. Es una maravilla.
Aleksei sintió una quemazón en la garganta. No de sed sino de furia.
—¿Cómo conseguiste la sangre? —preguntó el príncipe—. Eso que llaman Hemotipo X-Nullis, eso que ustedes llaman sangre muerta. ¿Cómo la creaste?
Dustuyev rio. Una risa rota, sin una gota de humor.
—¿De verdad lo preguntas? —se giró hacia él—. ¿Olvidas que conozco tu mayor secreto? Príncipe vampiro, pfff —se burló—. No. —Hizo una pausa—. Príncipe ugatí.
La sala entera suspiró. Incluso Gunnar. No porque lo entendiera del todo, sino porque lo que Dustuyev acababa de soltar no encajaba con nada que se les hubiera podido ocurrir. La idea misma era inadmisible. Aleksei nunca había sido parte de esa ecuación.
—Fue tu confesión la que me dio la idea —continuó Dustuyev—. Solo era cuestión de tiempo. En todas esas batallas, todas esas heridas, obtener una muestra fue fácil. Las guardé. Porque siempre supe lo que significaba tu sangre, ¡poder!, ¡control!, e intuí que algún día sería útil.
Se volvió hacia los demás.
—Ah, claro. Ustedes no lo sabían. El príncipe Aleksei Beilion no es uno de nosotros.
No es un vampiro común. Es algo mejor. Es un alfa.
Un ugatí. Por sus venas corre sangre muerta.
Esto, esto sí que es amor de padre. Fyodor lo sabía y no lo mató.
Pudo hacerlo. No lo hizo. Y ahora estamos al borde de la extinción por su culpa. Por no haber acabado con él a tiempo.
Silencio absoluto.
Los ojos se clavaron en Aleksei. El príncipe reverenciado, la joya de la Casa Beilion, era ahora algo más. Algo que ni los más paranoicos habían sospechado. Una anomalía. Peor aún, era una maldición viviente.
Aleksei no lo negó, no valía la pena, no había tiempo. Lucas seguía amarrado al altar, vulnerable. Y no era solo él. Ya sospechaba el siguiente paso. Si esa sangre se liberaba, si Dustuyev completaba su plan, cientos de vampiros morirían, los líderes de su mundo.
—¿Qué piensas hacer con él? —preguntó, la voz templada—. ¿Sacrificarlo?
—No —dijo Dustuyev—. Voy a usarlo para equilibrar el tablero, para que el miedo cambie de bando.
Su voz era firme, casi serena. Pero lo que anunciaba, en cambio, era ácido.
—Ellos mataron a Collette para mantener el control —siguió—.
Yo voy a destruir ese control desde adentro.
Con ciencia y con la sangre de los bastardos que el Consejo dejó atrás.
—Hizo una pausa, tenía la mirada clavada en Aleksei—.
Aquí solo ves a cuatro. Pero allá afuera hay muchos más, infiltrados.
Aleksei se tensó. Al fondo, la masacre asomaba los dientes.
—No vas a tocarle un solo cabello —dijo. La voz se le endureció. Los colmillos, ahora sí expuestos, brillaban. Los ojos, encendidos, eran fuego, rojos, a punto de estallar.
Dustuyev no se inmutó. Lo observó en silencio, examinaba una grieta recién abierta en una escultura que creía inquebrantable.
—Vaya, vaya —murmuró—. Cuánto tiempo sin verte así, tan humano. ¿Lucas significa algo para ti?
Hizo una pausa. Y sonrió con una mueca torcida, casi divertida.
—¿Acaso Aleksei Beilion, el príncipe imposible, ha recordado lo que es amar?
Levantó la mirada hacia Lucas. El chico colgaba del altar de hierro, un sacrificio detenido en el tiempo. Luchaba por sostener los ojos abiertos, respiraba con dificultad. Su piel estaba pálida, cubierta de un sudor que parecía escarcha.
Aleksei sintió el impulso de lanzarse. De arrancarlo de allí con uñas y colmillos. Pero no lo hizo, aún no. Necesitaba entender, necesitaba que Dustuyev hablara.
—¿Quieres saber lo que va a pasar esta noche? —preguntó Dustuyev, condescendiente—. Bien. Escucha porque no lo repetiré.
Se volvió hacia los suyos. Gunnar, a su izquierda, permanecía en silencio. Los otros tres vampiros lo observaban atentos, extasiados. Los humanos, al borde del altar, lloraban sin hacer ruido. El miedo ya les había vaciado el alma.
—Este altar no es solo un altar —explicó Dustuyev, y pisó el anillo metálico que lo rodeaba—. Hay un sistema hidráulico. Tuberías. Tanques. Una red subterránea conectada a una sola cosa. Fue mejorado para este evento.
Se agachó. Pasó los dedos por el borde de la piedra húmeda. Cuando alzó la mirada, los ojos tenían un brillo oscuro.
—Esta noche, antes de que empiece el festín, drenaremos a los humanos. Su sangre correrá por los canales de esta fuente. Y cuando esté a punto de rebalsar, añadiré lo esencial, la sangre de Lucas. Su Rh nulo modificado. La purificadora.
Se detuvo. Quería que Aleksei entendiera cada palabra.
—Esa mezcla, esa alquimia prohibida, será impulsada por bombas instaladas bajo nuestros pies. Y correrá hasta la fuente del castillo. Al corazón de la celebración.
Aleksei palideció. Ya sabía lo que venía, pero Dustuyev no había terminado.
—Cuando esa sangre emerja allá abajo, parecerá una fuente.
No, una piscina. Todos querrán beber y bañarse en ella.
Y lo harán. Porque lo esperan, porque la tradición exige brindar con sangre durante una Boda de Sangre.
Cuando rían, se besen y bailen, en el clímax de su arrogancia, justo ahí, comenzará el verdadero horror.
Se volvió hacia él, una sonrisa insana que le deformó el rostro.
—Solo habrá que esperar. En cuanto la sangre de Lucas toque su saliva, esa saliva saturada con enzimas vampíricas, comenzará el colapso.
Célula por célula. Un veneno sin antídoto.
Habrá gritos, sangre endurecida, corazones detenidos.
Mandíbulas quebradas desde dentro. Uno a uno.
Los nobles. Los de linaje. Los 'legítimos', los 'puros'.
Caerán como cayeron los impuros en su día.
Sin aviso, sin defensa, sin justicia. Y los que no caigan hoy al beberla, caerán mañana.
El silencio resultó más brutal que cualquier alarido.
—Quizás algunos sobrevivan —añadió, ahora en un tono casi íntimo—, no me importa.
Bastará con que muchos mueran. Importa que corra la voz, que el miedo se propague, que entiendan, al fin, que ya no hay unos pocos amos.
Que el terror cambió de dueño. Y cuando eso ocurra el renacimiento habrá comenzado.
Entonces, Dustuyev alzó el brazo y mostró el interior de su muñeca.
La marca de guerra, la runa inguz brillaba con un fulgor sordo, cada trazo parecía escaldar con siglos de rabia contenida.
Gunnar lo imitó, a regañadientes. Luego los otros.
Brazos elevados. Un reclamo silencioso al cielo por las vidas borradas sin nombre ni justicia.
Aleksei no se movía, pero por dentro, algo comenzaba a hervir.
—Nadie volverá a morder sin pensarlo dos veces —dijo Dustuyev—.
Nadie sabrá si el humano frente a ellos lleva sangre muerta.
Esto reestructurará el mundo vampírico. Sembrará desconfianza.
Cualquiera podría ser portador, un amante.
Un paciente. Un donante. Un niño. Un traidor.
Y eso, Aleksei, eso es equilibrio. Eso es justicia.
Se acercó. Lo bastante para que Aleksei pudiera olerlo. Y lo que olía no era solo sangre, eran memorias, batallas compartidas, fogatas, el vino, el fuego de una amistad que alguna vez fue refugio. Todo se había calcinado.
—El Consejo ya no decide quién vive o muere. Hoy decidimos nosotros. Como ellos, junto con unos pocos elegidos, lo hicieron cuando ordenaron matar a Collette y a tantos otros. Esta noche, los 'legítimos' pagarán.
Aleksei sintió el vértigo de entenderlo todo. El plan de Dustuyev iba mucho más allá de la venganza.
—Estás desquiciado —murmuró. Lo dijo sin rabia, tan solo nombraba una tormenta que ya se tragó el horizonte.
Dustuyev sonrió. Una sonrisa hueca. Y en ese espacio, por un segundo, casi se asomó algo humano.
—No. Solo estoy cansado del dolor.
En ese momento, los primeros latidos de la música producida por instrumentos de cuerda llegaron desde el exterior. Abajo, la ceremonia de la Boda de Sangre estaba por comenzar y el reloj ya corría.