Capítulo 66
La cámara
Aleksei ascendía.
El pasillo era reducido y desde las grietas del techo goteaba agua mezclada con óxido. El aire se espesaba con cada metro, saturado de tierra, metal y algo más, sangre. Sangre vieja.
Había luz, pero su olfato lo guiaba. El aroma de Lucas estaba impregnado en los muros, en las fisuras del suelo, en cada partícula suspendida en la atmósfera. Era tenue, pero persistente. No lo seguía solo con la nariz, lo sentía en las entrañas.
Subió una escalera en espiral que crujía bajo su peso. Las pisadas no hacían eco, no había viento, ni murmullos. Solo ese olor, ese rastro que le atravesaba el pecho.
Algunas bifurcaciones daban a cámaras vacías. Otras, a pasajes cegados. Pero él sabía qué ignorar. Su instinto cazador lo empujaba, directo al núcleo de algo que no terminaba de entender, aun así reconocía el peligro.
El corredor se abrió de pronto a un pasillo más ancho.
La piedra dio paso al metal. Subió otra escalera, esta vez de hierro, fría y resbaladiza.
Y entonces oyó voces. Primero eran un murmullo, luego, más claras.
Una risa ahogada, palabras cargadas de ceremonia.
Una tensión subterránea de algo que estaba a punto de comenzar o de terminar.
Se detuvo ante la puerta. Su cuerpo entero entró en modo caza. La esencia de Lucas estaba justo allí. No era la única, había otras. Y una en particular, familiar y oscura, lo obligó a contener la respiración.
La puerta permanecía entreabierta. Se escurrió sin hacer ruido, envuelto en la sombra, pegado al muro, casi era parte de él.
La cámara era vasta. Cada centímetro estaba empapado en negro, las paredes, el techo, incluso el altar al centro.
Una estructura de hierro ennegrecido, monumental, grotesca.
Y sobre ella, amarrado con correas gruesas, yacía Lucas.
Con los ojos cerrados la cabeza ladeada y el pecho desnudo.
Las cinchas le apretaban torso y piernas con fuerza. Era un experimento. O un sacrificio.
Alrededor, decenas de humanos en ropa interior observaban en silencio. Todos con la mirada vacía, la piel tensa, la voluntad extinta. Nadie se movía, nadie hablaba. El miedo los había vuelto estatuas.
Aleksei entendió. No era un ritual, era una ejecución.
En el borde de la sala, de pie, con las manos cruzadas a la espalda, Gunnar observaba la escena en completo silencio. A su lado, tres vampiros jóvenes murmuraban entre dientes, contagiados por una excitación enfermiza. Esperaban algo. Algo que sabían que estaba por comenzar.
Pero otra presencia reclamó la atención de Aleksei.
Había alguien más. Un hombre erguido, de espaldas a la entrada.
Inmóvil. Envuelto en sombras, con los hombros cubiertos por una capa oscura y una capucha que le ocultaba el rostro.
No vestía igual que los demás. No rezumaba el fervor del resto, su postura destilaba autoridad y control.
No era sacerdote. No era soldado. No era espectador. Era alguien que no debía estar allí.
Aleksei lo supo de inmediato. Había algo en la forma en que sostenía el cuerpo. La quietud exacta, el dominio del espacio. Todo le resultó muy familiar.
Entonces, el hombre habló.
—Has tardado, Aleksei.
La voz fue un eco frío que pareció venir del más allá, directo al pecho.
Aleksei se detuvo, helado. El mundo se encogió. La mente le buscaba lógica; un truco, un imitador, una ilusión. Pero el cuerpo ya lo sabía. Esa voz era real.
La figura se giró con calma y salió del abrigo de las sombras, casi venía desde otro tiempo. Avanzaba sin apuro, con las manos aún entrelazadas tras la espalda. Cada paso era un recordatorio de que el horror nunca muere del todo. Solo espera.
Entonces, lo reconoció de inmediato. El rostro medio cubierto. Los ojos. Dustuyev. Vivo.