Sangre muerta Capítulo 65
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Capítulo 65

Lucas

Atravesamos más pasillos angostos, iluminados por luces blancas y tenues en el piso, que asumí ellos habían colocado ahí, apoyadas contra las paredes de piedra vieja.

El aire tenía un olor raro, a tiempo podrido.

Subimos una escalera larga, estrecha, que crujía bajo nuestros pies.

Nadie decía una mierda, ni Gunnar, ni sus secuaces.

Solo el toc toc de sus botas, y yo descalzo y con este pijama mugriento. Y mi respiración, cada vez más agitada.

Entonces lo escuché. Un sonido que apenas se filtraba a través de las paredes: risas, murmullos apagados. Estaban justo debajo de nosotros. Algo ocurría allá afuera, mientras aquí arriba, en este agujero, se cocinaba algo monstruoso.

Cruzamos una puerta de metal y ahí estaba. La cámara era enorme y me congelé.

La iluminación era idéntica a la de los pasillos, precaria, insuficiente.

Había gente. Mucha. No sé cuánta. ¿Cien?

¿Más? Todos humanos. Encerrados en celdas de acero, jaulas, igual que animales listos para el matadero.

Algunos lloraban en silencio con las caras pegadas a las rejas.

Otros tenían la mirada perdida, muerta. Todos parecían medio sedados y llevaban puesto lo mismo: ropa interior y miedo.

Un miedo que se pegaba en la garganta, que se colaba en la piel.

Lo reconocí al instante. Ese miedo ya lo conocía.

—No… —me salió solo, un susurro.

Entonces vi eso. Al centro de la sala había una estructura de hierro negro.

Un altar, pero no religioso. Un altar para otra cosa.

Desde la parte superior nacía un canal que bajaba hasta el piso y seguía más allá, atravesaba la piedra hacia quién sabe dónde.

Había sangre seca en las ranuras y óxido en los bordes. Una mezcla marrón oscura.

No era una máquina, lo primero que pensé fue que era un dispositivo de sacrificio. Lo supe con el cuerpo, lo sentí en el estómago, la nuca me pinchó. Ese lugar había sido usado muchos siglos antes. Y hoy se usaría otra vez.

Uno a uno, los humanos eran sacados de sus celdas y llevados hasta el borde de la estructura.

No los amarraban, no hacía falta. Estaban rotos, al borde del colapso, casi no podían mantenerse en pie.

Temblaban, lloraban, uno vomitó sin fuerza y se quedó ahí con la baba colgando, otro se orinó encima y ni se dio cuenta.

Y alrededor, cuatro vampiros, quietos, atentos, guardias de un matadero. Los humanos no eran rivales para ellos.

Se me subió el calor a la cara. El pecho me empezó a doler. Literal.

—¡Gunnar! —grité sin pensar, y me planté entre él y el altar, aunque mis piernas querían echar a correr—. ¡No puedes!

Él no dijo nada al principio, solo me miró. Esa mirada rara, de iluminado, de mártir en llamas. De quien ya se convenció de su propia película.

—¡Míralos! —señalé a los humanos, a los cuerpos asustados detrás de mí—. Esto no es justicia. Es una masacre. ¡Una jodida masacre!

—Lucas…

—¡No! —le escupí la palabra—. Yo sé que hay bondad en ti. ¡La vi! Estuve contigo, estuve ahí. Sé que no naciste para esto. Tú no eres esto.

Dio un paso hacia mí, no amenazante. Peor. Con la calma de quien cree que hace lo correcto. Como si yo fuera el confundido. Como si el altar detrás de mí no existiera. Como si no hubiera gente respirando miedo.

—Tú no entiendes —dijo, y su voz sonó demasiado segura—. Esto no se detiene porque tú lo pidas. Ya empezó. Ya corrió demasiada sangre. Esto no es una elección, Lucas. Es el destino.

—No —balbuceé—. Esa no es excusa. Es cobardía disfrazada de justicia.

Y justo en ese segundo, la puerta se abrió. Un chirrido suave que me raspó por dentro. Todos se quedaron quietos. Los humanos, los vampiros, yo. Gunnar se giró. Dos de sus amigos también. El otro alzó la cabeza y olfateó el aire, era un perro cazador.

Los pasos que entraron fueron lentos, y cada uno retumbaba en las esquinas cubiertas por telarañas. Tum… tum… tum. El eco hacía que pareciera que venían más de uno. Se sentía inminente. Pensé que el mismo juicio final entró por esa puerta.

Yo no me moví, no podía. Tenía el cuerpo tieso, los dedos fríos, el estómago apretado. Miraba fijo, sin respirar.

Hasta que lo vi. Una figura oscura avanzó hacia mí con media sonrisa. Tranquila. Casi divertida. Y en ese microsegundo, antes de que mi cabeza alcanzara a ponerle nombre, lo supe por la vibra, esa sonrisa no venía a salvar a nadie.