Sangre muerta Capítulo 64
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Capítulo 64

Isla

Desde el aire, la isla parecía una mancha olvidada en el mapa. La más remota del archipiélago de Guna Yala. También la más densa. Un bloque de vegetación húmeda, árboles levantados en muros verdes, y una sola elevación que sobresalía del follaje similar a una marca.

El helicóptero descendía sin sobresaltos y abrió un tajo en las nubes bajas, una espada filosa.

Desde arriba no se distinguía nada, ni caminos, ni techos, ni señales humanas.

Solo selva. Hasta que apareció un claro inmenso al otro lado de la isla, oculto tras una lengua de roca natural.

Una pista de aterrizaje improvisada, larga y firme, con espacio para varios helicópteros.

Ya había al menos treinta estacionados allí.

Más allá, un pequeño muelle; yates lujosos anclados cerca de la costa.

Apenas tocaron tierra, un grupo de hombres salió a recibirlos. Sin armas a la vista, pero con la postura que lo decía todo. Camisas negras, gafas oscuras, auriculares ocultos. No llevaban insignias. No eran militares. Pero sabían disparar. Mercenarios.

Aleksei bajó primero. Miró a Mickey sin rodeos.

—Estén preparados —dijo, con voz firme. Se aseguró de que los tipos no lo escucharan—. La extracción no debería tomarnos mucho tiempo.

Mickey asintió. Filomena también. A ella la habían traído por una razón, era experta en vigilancia desde las sombras. Ya estaba conectada a todos los canales de comunicación.

Aleksei y Fyodor, vestidos de gala, abordaron un pequeño vehículo eléctrico. Silencioso, era tan solo un susurro entre la vegetación espesa. El camino era una línea mínima en la maleza, casi invisible, usado quizás una vez cada cien años.

El destino era la montaña.

La boca del túnel surgió de pronto, oculta entre raíces, rocas y sombra. Una grieta en la base del monte, justa para dejar pasar el vehículo. Oscura, sin señalización. El túnel se prolongaba largo, húmedo, cavernoso. El aire sabía a musgo y metal oxidado. Y al final, la luz.

Emergieron en el corazón de la montaña, en una caldera natural.

Arriba, el cielo abierto se recortaba en un óvalo gris.

Abajo, en el centro del cráter, se alzaba un edificio imposible, un castillo gótico en estructura, tecnológico en los detalles.

Muros de piedra con cámaras integradas, torres donde la fibra óptica brillaba entre gárgolas.

Una reliquia adaptada a la modernidad sin borrar su desmesura.

Desde fuera ya llegaba el ruido. Voces, música, el retumbar amortiguado de parlantes empotrados en las columnas. Risas, copas, murmullos. La Boda de Sangre había comenzado.

Dos guardias imperiales los esperaban. Armaduras negras, con las espadas ceremoniales cruzadas en la espalda. Silencio marcial. Les hicieron una leve inclinación y los escoltaron hacia la entrada.

Fyodor caminaba como el rey que era, sin apuro, sin miedo. Aleksei lo seguía a pocos metros, y recorría con la vista cada rincón, cada rostro, y cada sombra en busca de signos de emboscada, de traición, cualquier mínima grieta en la fachada.

Ambos advirtieron lo mismo, la seguridad era un chiste, casi inexistente. Típico de los inmortales. Creían que eran intocables. Que nada podría alcanzarlos.

Cruzaron el portón y el interior del castillo estalló en una escena salida de otro mundo.

El patio central, vasto, un anfiteatro cubierto por una cúpula de cristal abierta a medias, era una orgía visual de mármol, luces tenues y cuerpos inmortales.

Vampiros de todas las Casas, vestidos con sus mejores galas.

Los trajes de diseñador se mezclaban con las túnicas ancestrales, joyas, piel, acero y oro.

No era una fiesta. Era una exhibición de poder.

La presencia de Fyodor se abrió paso, era una fuerza invisible. Algunos se apartaron con respeto; otros, con miedo. Aleksei lo notó todo, quién fingía cortesía, quién medía su cuello con cálculo asesino, quién lo admiraba.

Entre columnas, copas de vino y champaña, los verdaderos anfitriones reinaban desde arriba, en un pedestal de oro con tronos del mismo metal bajo un artesonado dorado.

Tigú Qian y Parala Marutti, príncipe y princesa, novios coronados.

La celebración ya llevaba un par de horas, aunque la ceremonia oficial no había empezado.

Aleksei no lo dijo, pero lo sentía. Gunnar estaba allí. Y el tiempo se agotaba.

—¿Estás listo? —murmuró Fyodor sin mirarlo.

—Siempre —respondió Aleksei.

Sacó el celular del bolsillo interior del saco. En la pantalla, el mismo mapa que Mickey había mostrado antes. Un punto rojo palpitaba con una cadencia viva, casi orgánica. Lucas. La señal no mentía.

—Está aquí —dijo en voz baja—. Justo arriba de nosotros. En la cámara más cercana a la gran fuente.

Fyodor asintió.

—Bien. Saludamos a los futuros esposos y desapareces —dijo el rey—. Haré lo posible para distraer al resto.

No hubo más palabras.

Cruzaron el umbral del salón principal, allí más vampiros de cada casa, envueltos en elegancia exagerada, sonrisas falsas y ojos que rastreaban cada movimiento.

El aire apestaba a perfume caro, manipulación y sangre vieja.

Pietro hablaba con Sebastião, pero no dejaba de mirar a Aleksei y al rey con cautela.

Desde Calovébora habían acordado que él iría por su cuenta y que apoyaría en lo que pudiera el plan de distracción.

Fyodor caminó con poder mientras reclamaba el respeto que era suyo.

La multitud se abrió a su paso con reverencias contenidas, casi todas dictadas por el miedo.

Aleksei lo siguió hasta cumplir con el protocolo.

Frente a los novios, un gesto seco con la cabeza.

La mirada gélida de costumbre. No necesitaba hablar. Su sola presencia tensaba el aire.

El rey ya había desplegado su encanto y su palabrerío, y Pietro, a su lado, había sacado a relucir su versión más sociable, elevada al cien.

En cuanto tuvo oportunidad, Aleksei se escabulló. Zigzagueó entre cuerpos, era una sombra que conoce el terreno. A un costado del salón, entre columnas de piedra y cortinas pesadas, encontró una puerta semiabierta. Un resquicio, pero suficiente para sentir una ráfaga de aire más frío.

No dudó, se deslizó al otro lado y cerró detrás de sí. La cacería había comenzado.