Capítulo 63
Lucas
—No soy malo, Lucas —dijo Gunnar, parecía que trataba de creerse él mismo su propio mantra barato frente al espejo—. Nunca quise hacerte daño.
Lo miré sin pestañear. La mandíbula me dolía de tanto apretarla. Cada célula de mi cuerpo era rabia contenida. Pura gasolina a punto de estallar.
—Modificaste mi sangre —le escupí—. Me mentiste. Me controlaste con esa mierda del susurro. Me hiciste sentir cosas que ni siquiera eran mías. ¿Y ahora me vienes con que no querías hacerme daño?
Se acercó un poco, pero me mantuve quieto, la espalda recta, aunque por dentro me temblaba hasta el alma. Sus ojos ya no eran los de antes. Ahora, eran los de un extraño, duros, rencorosos.
—Lo hice por los nuestros —dijo, sin temblarle la voz—. Por todos los masacrados por los Beilion, por los Olorun, por la Casa Bridget, y todas las demás. Incluida la Trather.
Inhaló lento. Esa parte le costó. La soltó como si necesitara creérsela en voz alta, aunque no supiera si decía una verdad o una mentira.
—¿Tienes idea de cuántos como yo fueron aniquilados sin que nadie dijera nada? —siguió—. ¿Sabes lo que es vivir creyendo que eres un error? Un 'diluido'. Una escoria. Solo por tener creadores de segunda clase.
Me mordí la lengua porque esa parte, okey, esa parte sí la entendía. Y dolía.
—Esto no se trata de poder, Lucas —continuó—. Se trata de justicia. Ojo por ojo. Sangre por sangre. Si no limpiamos la podredumbre que nos aplastó, nunca vamos a ser libres.
—¿Y yo qué? —pregunté, con el pecho apretado, exprimido desde adentro—. ¿Soy tu excusa para purgar? ¿Tu detergente milagroso? ¿Tu bomba de tiempo?
Gunnar me miró igual que si acabara de decir algo hermoso y revelador. Al parecer le acababa de dar sentido a todo su plan.
—Tú eres lo mejor que le ha pasado a nuestra causa —dijo, casi un devoto—. La purificación empieza contigo.
—¿Qué carajo significa eso?
No me respondió. La puerta se abrió antes de que pudiera gritarle.
Tres figuras cruzaron el umbral. Y sí, los reconocí al instante.
Nello y dos más, los amigo de Inferno. Los que se reían conmigo, los que bailaban, los que ofrecían tragos porque todo era una joda.
Cómplices que estaban ahí desde el principio.
—Es hora —dijo Nello, con una sonrisa que ya no tenía nada de amigable. La sonrisa de alguien que está por mover una pieza clave en el tablero—. Están llegando.
—¿Hora de qué? —pregunté.
Nadie respondió. Solo miradas que no dicen nada.
Uno de ellos me agarró del brazo y cortó las ataduras de las piernas y manos. No con violencia, pero tenía la firmeza de quien ya decidió por ti. Era un paquete de Temu que había que entregar entero, solo eso. Mi opinión valía cero.
—Todo listo —dijo otro, sin mirarme. Solo a Gunnar.
Gunnar se acercó y me tocó el hombro. Lo hizo con un cuidado hipócrita, intentaba hacerme creer que aún éramos amigos o me miraba como a su obra maestra. O a su experimento más valioso. O a su tonta mascota.
—Tu cuerpo resistió más de lo que esperábamos —dijo—. La modificación es perfecta. Lo que eres ahora no tiene precedentes.
—No me toques.
Ni me escuchó. Para él yo ya no era Lucas. Era un concepto.
—La limpieza ya empezó —continuó—. Gracias a ti, este mundo va a ser reconstruido. Sin castas, sin clanes, sin reyes, sin control. Solo iguales. Solo los que sobrevivan a la purga.
—Estás enfermo.
—Estoy despierto —respondió, sus ojos destellaban, era un fanático enfermo a punto de inmolarse—. Y pronto tú también lo estarás. Vas a entender que esto no es destrucción. Es renacimiento. Y te conviene que lo hagamos.
Alzó el brazo. Todos lo hicieron. Era su jodida coreografía de culto, mostraron el tatuaje en el antebrazo, la runa, inguz.
—A veces debemos quemarlo todo para poder renacer —murmuró.
Intenté zafarme. Pataleé, forcejeé, me retorcí. Nada. Ya era tarde. Me arrastraban fuera de la habitación.
Los pasillos eran angostos, añejos, primero de piedra húmeda y luego metálicos. Olía a hierro oxidado y frío industrial que se te mete en los huesos. Era un búnker, o peor, un lugar al que entras y no sales.
No sabía a dónde me llevaban ni qué iban a hacerme.
Lo peor ni siquiera era eso. Lo peor era sentir, en el cuerpo, en los dientes, en la nuca, que la rueda había empezado a girar.
Que el plan estaba en marcha y yo era parte del mecanismo, un engranaje con sangre, que me convirtieron en lo que necesitaban. Y ni siquiera pude pelearlo.
Me faltaba el aire. Y en medio de todo, lo único que se me cruzó por la cabeza fue su nombre. No una oración, no un plan, no una esperanza bonita. Solo su nombre, fue un reflejo que no podía controlar. “Aleksei. ¿Dónde estás?”.