Capítulo 62
Calovébora
—En resumen —dijo Sforza, con voz firme—, toda la evidencia lo señala a usted, príncipe.
El rey Han-Shi habló:
—¿Tienes algo qué decir, príncipe?
Aleksei ni pestañeó. Guardó silencio un par de segundos más, a propósito.
—Nadie cuestiona nada —habló al fin—. Lo entiendo, toda esta supuesta evidencia viene de la Triple S, y dejamos de cuestionarlos hace mucho tiempo, ¿no es así? —esbozó una sonrisa incisiva—. Sin embargo, aún no han visto la otra mitad. —Volteó el torso hacia la entrada—. Háganlo pasar.
Con un gesto pétreo, las puertas de bronce se abrieron con un gemido que arañó la quietud. Pietro entró empapado en sudor. Flanqueado por dos guardianes. En las manos llevaba un maletín que parecía pesar mil kilos.
—Identifíquese —ordenó Sforza.
—Pietro Agresti. Círculo Médico de la Alianza. Licencia ciento diecisiete-omega. —Su voz vacilaba, pero los ojos le brillaban.
Abrió el maletín y sacó una laptop. Sobre la mesa colocó dos tubos sellados: uno con sangre humana, rojo vivo. El otro era un cilindro que contenía algo gris opaco, raro, similar a piedra molida.
—Soy hematólogo. Y perito forense. Entre muchas otras disciplinas.
Conectó la laptop a la red de Calovébora. En segundos, una cascada de archivos inundó la pantalla gigante, mapas genéticos, protocolos confidenciales, videos internos. Todo surgido de la Triple S. Todo ejecutado con instrumentos y equipos con el logo de Plasma Corp.
La mudez se quebró con murmullos y respiraciones contenidas.
Pietro habló sin pausas, sin miedo. No podía permitirse dudar, la vida de su amigo estaba en juego.
—Esto —dijo, y señaló el tubo opaco—, era sangre vampírica, mi sangre. Un tiempo después de exponerse al Rh nulo modificado mezclado con saliva vampírica. Lo que ven es hemoglobina colapsada. Una calcificación acelerada. Es, literalmente, sangre convertida en piedra. Miren.
El video que él mismo había grabado en su laboratorio, el mismo que le envió a Aleksei, se proyectó en la pantalla. La sala tragó aire.
—Un vampiro podría morir en minutos con una sola dosis —continuó—. Ahora imaginen eso a gran escala. Ya no es un arma, es extinción.
Seun frunció el ceño. Su voz arrastró siglos.
—¿Sangre muerta? ¿Hablamos de kusaman antí? ¿‘La’ sangre muerta?
—No estamos cien por ciento seguros de que sea lo mismo —dijo Pietro—, pero si no lo es, encontraron algo idéntico. Lo llaman Hemotipo X-Nullis. Sin una muestra directa para comparar no puedo confirmarlo.
—Eso es imposible —balbuceó Seun, incrédulo. Sus manos, con cuatro dedos alargados, rozaban la frialdad del estrado. Parecía más una criatura de ficción que un líder vampírico—. Nosotros los exterminamos. A los ugatí. ¿No fue así?
Fyodor bajó la mirada por un instante. Luego la alzó, con la misma firmeza con la que alguna vez blandió un hacha en el campo de batalla.
—Quizás nos equivocamos —habló—. O alguien conservó esa sangre sin nuestro conocimiento, o alguno sobrevivió.
Fyodor sabía que lo que contaba era una verdad a medias. Una pieza real de su historia con Aleksei, pero lo suficientemente recortada como para servirle de pantalla en ese momento. A veces, la mejor forma de esconder algo era envolverlo en aparente franqueza.
El murmullo regresó, esta vez más áspero, casi hostil. Ágatha D’Anjou entrecerró los ojos, antes de hacer oír su voz afilada.
—Entonces es cierto —dijo la vampira reina—. Un solo humano puede destruirnos. Puede borrarnos del mapa.
—Sí —respondió Pietro—. Y creemos que la Triple S, junto con Plasma Corp., buscan replicar ese poder. Ese es el objetivo. Producción en masa. Más humanos con sangre modificada.
Cada palabra era una bala. Un disparo al corazón del Consejo. Y Aleksei sabía que el destino de Lucas quedaba sellado, que su raza jamás lo dejaría en paz.
María del Pilar, la Soberana Roja, alzó la voz—: ¿Quién más financia esta investigación, aparte de Rugo?
—Después que Aleksei se fue, tras dejarme todo lo que obtuvo en la Triple S —dijo Pietro—, pasé horas rastreando esa información.
Lo más fácil habría sido asumir eso, que fue el rey Rugo; sin embargo, Aleksei tenía dudas y eso despertó las mías.
Me costó. Ocultaron todo con extremo cuidado.
Aun así, hallé firmas, enterradas bajo capas de registros y metadatos.
Tuve que pedir ayuda. Y sí, todo apuntaba a que el responsable es el firmante vampírico con código real TR-01 de Plasma Corp.
—añadió Pietro, sin pestañear—. Rugo Trather.
El golpe de puño de Ágatha contra la mesa sacudió la sala. Las velas titilaron.
—Pero es absurdo —dijo la mujer—. ¿Rugo? Ni él sería capaz de ordenar algo así. —Miró a sus iguales—. ¿O sí?
—Ahí entra la pieza que falta —intervino Aleksei, su voz bajó—, porque no todo es lo que parece.
Quien descompuso el cuerpo de Dustuyev, el mismo que me atacó en la bóveda, era un vampiro joven, adiestrado en artes de combate antiguas.
Ese vampiro se formó bajo Gunnar Trather.
Y aunque el consorte no era Antiguo, sabemos que Rugo lo preparó bien.
El silencio que siguió fue brutal, una sala sin oxígeno. El nombre de Gunnar era una herida abierta, no solo por ser impuro, también por haber sido el consorte elegido por Rugo, y acababan de infectarla con los dedos.
—Guste o no, el consorte de Rugo no está aquí para defenderse, ni Rugo —dijo Han-Shi —. Esto no prueba su culpabilidad. Todo apunta a Rugo.
—Entonces vean esto —dijo Pietro, y abrió un nuevo archivo—.
Contratos, correspondencias cifradas, transferencias encubiertas.
Las firmas están ahí. Pero algunas no son de Rugo.
Son de Gunnar, usando los accesos del rey.
Fíjense. —Hizo zoom en la pantalla. —El código real del consorte. Oculto en la metadata.
Ágatha se inclinó hacia adelante. Ya no refutaba, observaba sorprendida.
—Gunnar tiene acceso completo a los sistemas de la Casa Trather —añadió Aleksei—. Firmaba como Rugo, gestionaba los vínculos con la Triple S, manejaba las operaciones de Plasma Corp. Pero el plan siempre fue suyo. Y puedo confirmar que lo ejecutó a espaldas del rey.
Ese era el momento. Aleksei miró a su padre. Este asintió en aprobación.
—El monarca no está ausente por voluntad propia —continuó Aleksei, medía cada sílaba—. Gunnar lo mató.
Un rugido colectivo sacudió la cámara. El horror cruzó los rostros del Consejo. Aleksei sabía que el reloj corría y que la vida de Lucas pendía del tiempo que se demoraran ahí.
—Gunnar usó la misma sangre que ahora amenaza con extinguirnos —dijo con certeza—. Convirtieron esa sangre en un arma. La usaron con balas capaces de atravesar piel vampírica. Puedo suponer que fue la misma que mató a Attila.
—Usaron un proyectil con dos compartimentos —intervino Pietro—, uno con sangre modificada y otro con saliva vampírica. Al llegar a su objetivo, se fragmenta y se expande. Toda la información de la bala, mucho más detallada, está en los archivos obtenidos de la Triple S.
—Gunnar desapareció. No, no desapareció —corrigió Aleksei—. Huyó. Me atacó con un dispositivo de electrochoque. Y si aún dudan, miren esto.
A una seña suya, Pietro ahora proyectó un video de la cámara de seguridad en la casa de Aleksei. La confesión de Gunnar, el ataque y su fuga quedaron expuestos en la sala.
—Ahora mismo la Triple S tiene a Lucas por órdenes de Gunnar —siguió Aleksei—.
Gunnar no actúa solo. Pietro rastreó en los metadatos la mano de Pangellis.
Ignoramos si son solo ellos dos o hay alguien más.
Lo indiscutible es que, con Lucas, Gunnar posee lo único que necesita para replicar esta arma de forma ilimitada.
El silencio se volvió absoluto. El estrado contuvo el aliento. La silla vacía de la Casa Trather parecía más presente que nunca. En ese momento la ausencia ya hablaba por sí sola.
—¿Cómo ha podido ocurrir esto bajo nuestras narices? —murmuró Ágatha, embebida.
—Hemos permanecido dormidos demasiado tiempo —dijo Aleksei—.
Contaban con eso, con nuestra desidia. Con nuestra falsa seguridad.
Con esa arrogancia que nos susurra que estamos por encima de todos.
Se metieron por las grietas, fue fácil. Dejamos de cuestionar, de involucrarnos, mientras buscábamos sentido a nuestra existencia, mientras nos zambullíamos en placeres y gula.
La verdad, no me sorprende. Hemos sido irresponsables.
El Consejo compartió miradas breves, sabían que el príncipe tenía razón.
—Pero ¿cómo obtuvo él la supuesta sangre muerta usada en ese experimento? —Han-Shi recuperó la voz, aunque aún dudaba—. Es uno de los nuevos.
—Esa es la pieza que aún nos falta —respondió Aleksei, sin apartar la mirada.
Seun intervino, su tono ahora era preocupado—: ¿Puede cualquier humano portar esa sangre Rh nulo modificada?
—Sí —afirmó Pietro—. Si se manipula su carga genética con la metodología adecuada y vectores virales, basta con un solo donante Rh nulo modificado.
La sangre de Lucas tipo O ya es universal, se adapta a cualquier cuerpo.
La versión alterada mantiene esa compatibilidad.
Con nanotecnología pueden reemplazar la sangre desde dentro, así lo hicieron con Lucas.
En seis meses podrían crear cien humanos armados con esta toxina.
Cien portadores del Hemotipo X-Nullis, sin dañar su salud.
Cien asesinos de vampiros. Y eso sin contar lo que podría pasar cuando otras especies descubran que algo así existe.
Fyodor fue quien habló entonces. Se puso de pie. No gritó, pero las piedras de Calovébora parecieron temblar.
—¿Cuánto creen que pasará antes de que un gobierno aliado vea esto como una ventaja táctica? —dijo—. ¿O que vampiros resentidos intenten replicar lo que hizo Gunnar? O peor aún, que se unan a él.
—El equilibrio se rompe con una chispa —susurró la Soberana Roja—. Los impuros contra los legítimos.
Ágatha, más visceral, apretó los dientes:
—Ese director humano, Pangellis, es un traidor. Cuando lo encuentre, lo haré pedazos.
—No podemos actuar sin estrategia —intervino Aleksei—. Lo primero es encontrar a Colona. Porque donde esté él estarán Gunnar y Lucas.
Siguió un intercambio mudo entre los cinco monarcas: miradas, sellos, asentimientos. Han-Shi se puso de pie. Su túnica negra se movió igual que papel antiguo. La sala entera se congeló.
—El Consejo dictamina lo siguiente:
1. Se suspenden todas las acusaciones capitales contra Aleksei Beilion hasta que se complete una auditoría integral.
2. Se emite orden de captura inmediata contra Gunnar Trather.
3. Cada casa deberá asignar técnicos independientes para verificar los archivos entregados por la defensa.
4. Se abrirá un canal diplomático urgente con la Triple S para exigir, bajo garantías, la entrega del humano conocido como “Lucas”. Y se exigirá la renuncia inmediata de Pangellis.
Entonces habló Ágatha. Su voz era una cuchilla de hielo.
—Si la Triple S se niega consideraremos que el Acuerdo Humano-Vampírico ya no es vinculante.
La palabra que nadie había pronunciado, 'guerra', vibró en el aire, muda, pero feroz. Todos la escucharon.
—Damos por terminada la sesión —dijo María del Pilar Valcárcel, la Soberana Roja—.
Tenemos una Boda de Sangre en preparación para hoy.
—Miró a Fyodor—. Pese a lo ocurrido en las últimas horas, no detendremos la unión.
Cuando concluya, toda nuestra atención caerá sobre este asunto.
—Miró a Aleksei—. Una cosa más, príncipe. El cuerpo del monarca. ¿dónde está?
—Aún permanece en su recinto —dijo Aleksei—. Pero ya ordené retirarlo. Primero se le practicará una autopsia para revelar lo que se haya ocultado, incluyendo la sangre usada. Luego podremos proceder a la ceremonia funeraria, la primera para un rey. Pueden enviar un séquito para confirmarlo.
Tan pronto se levantó el Consejo, Fyodor caminó hacia su hijo y se retiraron junto con Pietro. Filomena y Mickey aguardaban en la sala contigua, una antesala de mármol pálido, de techos altos y ventanales abiertos al abismo del acantilado.
—¿Mickey? —dijo Aleksei—. ¿En qué momento llegaste?
—Hace poco, Su Alteza. Vine en el Sikorsky S-92. Salí en cuanto le envié los videos de la cámara de seguridad al señor Pietro.
Nadie habló de lo ocurrido. No hacía falta. La tensión seguía ahí. Flotaba entre los cinco.
—Tenemos que encontrar a Gunnar —dijo el rey, sin rodeos—. ¿Dónde crees que esté?
Aleksei entrecerró los ojos, inmerso en una deducción que no terminó. Mickey lo interrumpió, alzó un pequeño dispositivo de pantalla táctil que emitía pulsos rojos y azules.
—No necesitamos adivinar —dijo—. Por eso vine cuanto antes. Sé exactamente dónde está.
Filomena esbozó una sonrisa breve, cargada de algo que rozaba el alivio, y apoyó una mano en el hombro del guardaespaldas.
Aleksei frunció el ceño.
—¿Cómo es posible?
—Su Alteza —respondió Mickey, sin rodeos—.
Brock y yo siempre nos preparamos para el peor escenario.
Uno de ellos era que Lucas cayera en manos de la Triple S.
Por eso llevábamos microdispositivos de rastreo.
Usted ya sabe cuáles. Cuando el blindado se estrelló en la selva, aproveché el caos.
Mientras lo ayudaba a levantarse, le coloqué el localizador en la costura de la camiseta.
Parece una etiqueta de marca. Imperceptible.
Aleksei se acercó. La pantalla mostraba coordenadas nítidas, una señal roja palpitaba, un corazón desesperado.
—La señal lleva horas fija en ese punto —añadió Mickey—. Es una isla. Podría pensar que se dieron cuenta y lo lanzaron ahí de paso. Pero también existe la posibilidad de que no. Y mi instinto dice que es lo segundo.
Fyodor y su hijo se miraron. No dijeron nada. Lo entendieron al instante. Gunnar estaba a punto de ejecutar su plan. Y lo haría durante el evento más importante en cinco siglos.
No había tiempo que perder.