Sangre muerta Capítulo 61
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Capítulo 61

Lucas

No supe cuántas horas llevaba ahí. El tiempo se había vuelto una sopa espesa, sin reloj, sin cielo, sin nada.

La habitación —porque llamarle “habitación” era ser generoso—, más bien era un sótano o una cueva con paredes que apestaban a moho, metal oxidado, encierro y ese sudor rancio de sitios donde han metido a demasiada gente antes que tú.

Estaba solo. O eso creía. Hasta que el zumbido dentro de mi cabeza me hartó y lo corté con mi propia voz.

—¿Dónde estoy? —murmuré, más para mí que para alguien.

Me habían traído con la cabeza cubierta, arrastrado más que por voluntad.

Ahora estaba sentado en una silla de metal, frío contra la espalda.

Las muñecas amarradas a la silla, las piernas atadas a las patas.

Las rodillas me temblaban por el miedo, o por la rabia de todo lo que acababa de pasar.

Y por Aleksei. Mi cabeza no paraba de volver a esa imagen, su cuerpo destrozado, la herida abierta, ensangrentado dentro del vehículo, seminconsciente. ¿Estaba vivo?

No. No quería tocar esa pregunta ni con un palo.

Entonces oí pasos. Dos, tres, pausa. La puerta chilló y Colona entró con su expresión de tenerlo todo bajo control, pero esta vez algo en él no encajaba. No tenía ese flow seguro de perro con placa. No caminaba igual que siempre. Parecía desconfiar hasta de su sombra.

Recorrió el lugar con la mirada. No miraba cosas, miraba esquinas. Juro que tenía el vibe de que algo, o alguien, lo observaba desde las paredes.

—Necesito que me digas todo lo que sabes —soltó sin preámbulos—. No tengo tiempo para juegos, Lucas. Quiero entender qué carajos está pasando. Hay algo que no cuadra. ¿Qué sabes de todo esto?

Lo miré. Tenía cara de tipo duro, la que siempre pone.

Lo odiaba. Me caía peor que nunca después de lo que hizo, pero había algo en su voz, algo raro, genuino.

Sonaba confundido. Como si de repente se diera cuenta de que todo este tiempo había obedecido órdenes en un idioma que ni siquiera entendía.

—No te hagas el pendejo —le solté, sorprendido de lo directo que me salió—. Tú sabes bien lo que está pasando.

Frunció el ceño, se hacía el idiota seguro.

—¿Saber qué?

—¿En serio, imbécil? —dije, le seguí el juego para que quedara claro que estúpido no era yo—.

Que Gunnar está detrás de toda esta mierda.

Que quizás el director de la Triple S también, quien quiera que sea ese cabrón.

Que me alteraron la sangre. Que mataron a una princesa.

Que mi sangre mató a Rad y a Dustuyev. ¿Vas a decirme que no lo sabías?

La Triple S y Plasma Corp. han estado haciendo esto desde las sombras.

Juntos. Por eso me persigues, ¿no? Listo, ya ves que lo sé todo.

Colona me sostuvo la mirada, pero le temblaba la mandíbula, un tic mínimo. No lo dijo, no necesitaba hacerlo, su silencio lo gritaba. Quizás, solo quizás, él era el que no lo sabía todo.

—Tú trabajas para él —le solté, y lo miré fijo—. ¿Y me quieres hacer creer que ni siquiera lo sabías?

El resuello que soltó fue feo, corto, me alarmó.

—O eres el peor agente del mundo —seguí sin bajarle—, o un perfecto idiota.

Apostaría lo que fuera a que todo esto fue un plan para eliminar a Rugo y que Gunnar tomara su lugar.

—Hice una pausa, noté su reacción—. Ah, no lo sabías.

Rugo está muerto. Gunnar lo mató y te echó la culpa a ti y a la Triple S.

Colona respiró hondo y barrió el cuarto con la mirada sin enfocarse en nada. Se movió en un par de círculos cortos. Nervioso. Yo solo quería saber qué carajos pasaba por su cabeza.

—Lucas —por fin habló, agitado—. Hay cosas…

—se detuvo, miró al techo—. He seguido órdenes, sí.

Soy un perro que acata y ya. Pero también lo he pensado.

Se me encendieron las alarmas desde hace rato.

Más ahora que me ordenaron traerte aquí, a este lugar, de todos los lugares posibles.

—Negó con la cabeza—. Tengo dudas, muchas, desde hace días.

No sé quién está realmente detrás de esto ni veo el plan completo.

Dices que es Gunnar, pero eso es imposible.

Y tú… —volvió a callarse un segundo—. Tú me confundes.

Proteges al vampiro, al maldito príncipe.

—Es el único que ha intentado entender lo de las muertes —le disparé—. Me ha protegido de ti y de su propia raza. Sí, puso su vida en riesgo. ¿No crees que eso signifique algo viniendo de Aleksei?

Me sostuvo la mirada, su rostro de piedra empezó a agrietarse. Ya no parecía un perro con rabia, ahora, por un segundo, tomaba forma humana, de tipo cansado.

—Te veo y me recuerdas a mi hijo —dijo, ojos perdidos—. El miedo que intentas pasar por valentía. Igual que él cuando se mete en problemas. Y tú estás metido en serios problemas.

—Lo sé —respondí—. Pero tú también lo estás.

—Tomé aire—. Nunca me has ayudado, pero ahora puedes hacerlo.

Confía en mí cuando te digo que Aleksei no es el villano que crees, es un aliado.

Debajo de esa arrogancia hay algo bueno.

Gunnar está detrás de todo, con alguien más.

El rey está muerto. Y lo que viene no solo va a joder a los vampiros.

También a los humanos. A ti, si llegan a creer que tuviste algo que ver con la muerte de Rugo.

Eso hizo temblar a Colona, fue leve, pero lo noté. Justo entonces, la puerta se abrió. Ahí estaba. Gunnar.

Alto, impecable, con la sonrisa perfecta. De las que dan ganas de romper a golpes. Sí, me sorprendí. No me lo esperaba. No después de todo lo que sabía. No después de entender lo del susurro ese. La técnica con la que me había manipulado desde el principio.

Colona giró sobre sus talones. Se tensó. Ahí tuve mi confirmación. Acababa de entender que había jugado todo el tiempo con las reglas equivocadas. Que nunca había sabido quién movía las piezas. Solo obedecía a ciegas. Hasta ahora.

—Se acabó —dijo Gunnar, así bien chill—. Gracias por tu lealtad, Colona. Tus servicios ya no serán necesarios. Pangellis se pondrá en contacto contigo. Serás recompensado. Ahora puedes retirarte.

Colona no respondió al toque. Se quedó ahí, estático, tragaba lo que tenía delante. Sus ojos iban de Gunnar a mí, de mí a Gunnar. Buscaba una rendija por donde escapar de lo que estaba claro.

—No estoy seguro de qué es todo esto —murmuró el agente—. ¡¿Usted?! ¿Acaso usted…? ¿Qué está pasando? ¿Qué van a hacer con él?

—No importa —respondió Gunnar, tan amable, tan víbora, ignorándonos a ambos—. Tu propósito fue cumplido. Puedes irte.

Colona apretó los dientes. La nuez le subió y bajó.

—Su Alteza —dijo—. El rey Rugo, necesito…

—Yo me ocuparé de todos sus asuntos —interrumpió Gunnar, sin perder su sonrisa de revista, y me miró—. El rey está indispuesto.

A Colona le cayó el mundo encima. Se le notó en los hombros, en ese segundo en el que intentó decir algo, pero no le salió nada. Ni una palabra. Solo vacío. Solo esa cara de tipo que se acaba de dar cuenta de que fue un títere desde el día uno. Me dio asco… y un poquito de lástima.

Al final se fue. A regañadientes. Con la espalda rígida y los ojos cargados de desconcierto. Pero se fue.

Entonces quedamos solos Gunnar y yo. Él no se movió, ni un paso. Nos miramos. Él, viéndome amarrado a una silla de metal con las muñecas cortándome la circulación. Yo, con la rabia a punto de estallarme en el pecho.

—No tienes idea de lo difícil que fue llegar hasta aquí —dijo al fin, tranquilo—. Nada de lo que pasó fue en vano. Hay un propósito.

—¿Controlarme? ¿Usarme? —dije, voz quebradiza—. ¿Ese era el plan? ¿Convertirme en un experimento viviente? ¿Una bomba con patas? ¿Todo por matar a Rugo?

Gunnar suspiró, porque claro, yo era el dramático y él el paciente.

—No, Lucas. No todo es tan simple. No hay villanos en esta historia. —Se acercó un poco, lo suficiente para invadir mi espacio—. Solo soy el que está harto de ver cómo a los nuestros, a los impuros, nos tratan igual que basura. Errores. Escoria.

Su voz, por primera vez, no sonó a trampa, ni calculadora, sonó rota, real, herida. Pero no por eso me hirvió menos la sangre.

—Entonces decidiste hacerle a otro lo que te hicieron a ti —solté—. A mí.

Gunnar se acercó más, aunque no lo suficiente para que pudiera saltarle y partirle la cara, juro que mis puños lo pedían aunque estuvieran atados.

—No, Lucas. Tú eres la llave —dijo, con ojos a punto de saltársele de las órbitas—. Eres lo que esperábamos. Tu sangre no solo mata. Puede liberarnos del yugo de los clanes.

Calló, tragó, pensó. Su máscara se resquebrajó feo.

—Puede resarcir lo que les hice a los que fueron como yo —se le escapó, más para él que para mí.

Yo solté una risa seca. Ni chiste era.

—¿“Lo que les hice”? —repetí despacio—. ¿De qué hablas?

Gunnar apretó la boca, y ahí sí volvió a asomar el de siempre. El que controla, el que manipula. El cortés.

—No entiendes todavía lo que eres —dijo, su voz se hizo más firme, hasta peligrosa—, pero cuando lo hagas quizás me perdones.