Sangre muerta Capítulo 60
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Capítulo 60

Calovébora

El castillo donde se reunía el Consejo de la Alianza no era obra humana. Se alzaba igual que una montaña tallada por furia y piedra negra. Calovébora. El nombre pesaba igual que una maldición ancestral. Pocos lo pronunciaban en voz alta. Pocos se atrevían.

Aleksei, ya recuperado, avanzaba junto a su padre en un silencio sepulcral.

Apenas pudo cambiarse en el helicóptero con ropa que Filomena había empacado para él.

Sus pasos se extinguían sobre una alfombra de terciopelo oscuro, un sendero ceremonial hacia el estómago de una bestia dormida.

El aire olía a madera antigua, cera derretida y poder. Poder añejo, acumulado por milenios.

—Hice lo que pediste, hijo —susurró Fyodor—. No les he informado sobre la muerte del monarca. Tu idea de hacerlo cara a cara es lo mejor. Quiero ver sus reacciones ante esa verdad monumental. Estaré contigo.

Una mujer alta, blanca y vestida con una túnica carmesí los aguardaba. La llamaban la heraldo. Su rostro era mármol sin fisuras, perfección mantenida a lo largo de generaciones. No habló. Un simple gesto de la mano bastó para que diera la vuelta y comenzara a guiarlos.

Cruzaron una doble puerta de bronce. El salón del Consejo era descomunal. No podía medirse con los ojos. El techo abovedado se perdía en tinieblas, sostenido por columnas ciclópeas surgidas de un templo primitivo. Más que arquitectura, imponía tradición, castigo y juicio.

Al fondo, el Estrado de los Seis. Una mesa de ónice que parecía esculpida con sangre seca.

Seis asientos altos, labrados con los emblemas de cada linaje vampírico, creados para cada uno de los monarcas de los seis clanes.

Solo cuatro estaban ocupados. El trono de la familia Trather, casa de Rugo y Gunnar, permanecía vacío.

Frente al estrado, en el centro exacto de la cámara, una única silla, baja y solitaria. El asiento del acusado. Detrás, piedra desnuda y gradas, sin tapices ni símbolos. Solo el vacío, la espera y el juicio inminente.

Aleksei y Fyodor se detuvieron. El rey caminó hacia el estrado en completo mutismo, su silla aguardaba. La heraldo indicó con la mirada al príncipe que permaneciera donde estaba. No era una sugerencia; en ese lugar, la obediencia era la única ley.

Desde las gradas, un murmullo casi imperceptible serpenteaba entre los pocos representantes de las familias.

Algunos rostros se ocultaban bajo capuchas.

Otros lo miraban sin disimulo. Había desprecio, fascinación, una lástima maquillada de cortesía.

Sobre todo, había ojos que esperaban ver a un príncipe caer.

Aleksei sostuvo la mirada de los cinco monarcas que ocupaban el estrado:

Ágatha D’Anjou, reina de la casa Bridget, encorvada similar a un buitre coronado en diamantes. Su rostro, al igual que el de muchos de su linaje, había dejado atrás toda pretensión humana, tenía ojos de cóndor, rojos, la piel escamosa y una presencia que exudaba respeto.

Seun Adepoju, señor de los Olorun, mostraba ojos ámbar incandescentes y piel negra, rugosa, similar a la corteza de un roble. Alto, de cuerpo macizo y firme como una lanza ceremonial.

María del Pilar Valcárcel, la Soberana Roja de la casa Marutti. De piel rojiza, tatuada con símbolos antiguos que parecían reptar con vida propia. Los ojos, lila salpicados con manchas negras brillantes; un tercer ojo, negro, cerrado en ese momento, dormía en medio de su frente.

Han-Shi Qian, soberano de la Casa Qian, vestía una túnica de seda negra. Su rostro era el de un sacerdote milenario. Con voz suave de verdugo. Piel de porcelana amarilla, mirada filosa e inhumana.

El quinto trono lo ocupaba Fyodor, rey de la casa Beilion.

El sexto, el de la Casa Trather, vacío. El respaldo, tallado con la garra de obsidiana de Rugo.

—Comparece Aleksei Beilion, príncipe heredero de la casa Beilion —anunció la heraldo. Su voz desgarró el aire.

Un magistrado menor se adelantó. Su tono era de acero templado.

—Se le acusa de lo siguiente: Uno, infiltración y robo de material clasificado en el piso subterráneo 9 de la Triple S.

Dos, homicidio de trece humanos y un vampiro joven dentro de dicha instalación.

Tres, encubrimiento de un humano portador de una posible sangre con potencial genocida para la especie vampírica.

La fiscal Sforza se levantó y activó la pantalla digital que flotaba al costado del estrado. Las imágenes aparecieron una tras otra. Un rostro idéntico al de Aleksei degollaba sin piedad, desintegraba el cuerpo de Dustuyev y Rad. Nítido.

Los murmullos estallaron, cargados de asombro, incredulidad y juicio.

Aleksei no parpadeó, pero el Consejo ya no veía a un príncipe. Veía a un traidor.

Fyodor apretó el brazo de su silla. Aún no era su turno. No era su tiempo de hablar. Era tiempo de que el príncipe lo hiciera.

Han-Shi Qian se inclinó hacia el micrófono. Ese gesto bastó para silenciar la sala.

—Aleksei Beilion —dijo, con los ojos inmóviles, lisos cual piedra pulida—.

Me han hecho venir hoy, en un día histórico para nuestra raza.

Herederos de mi casa y de la casa Marutti se unen.

Un evento que, incluso para un inmortal, parece haber tardado una eternidad.

—Hizo una pausa breve—. Podrás imaginar mi fastidio cuando informaron que debía asistir a esta audiencia provocada por tus acciones.

¿Infiltrarte en instalaciones humanas? ¿Asesinar personal protegido y a un vampiro?

Tú, príncipe, que ayudaste a redactar el Acuerdo de Elíseon.

—Pausó—. Y lo peor. ¿Encubrir a un humano cuya sangre podría representar una amenaza directa a nuestra especie?

—Si todo es tan catastrófico, aún están a tiempo de cancelar la boda —interrumpió Fyodor, con ácido—. Nada se los impide.

Han-Shi tan solo le dedicó una mirada de reojo y apretó los labios.

—Cuánto les gustaría que eso ocurriera —dijo el monarca—, en especial a Rugo, que ni siquiera se dignó a responder al llamado. Ni él ni su consorte. Pero para que quede claro, la Soberana Roja y yo podemos manejarlo. —Regresó la vista a Aleksei—. ¿Cómo te declaras?

Aleksei alzó la mirada. El rostro, imperturbable, pero su voz, en cambio, fue una cuchilla desnuda.

—Inocente —dijo—. Vine a demostrar que lo que ustedes creen saber es una mentira construida con cuidado. Y que detrás de todo hay algo mucho más peligroso que yo.

El silencio que siguió fue total. Un abismo que tragó el aire y las certezas.

En la mesa ceremonial, el escriba comenzó a trazar las palabras con tinta espesa, y cada letra pesaba.

Desde su trono, Fyodor seguía sin moverse. Observaba y esperaba porque entendía lo esencial, el poder no está en hablar, sino en saber cuándo hacerlo.

La audiencia apenas comenzaba. Pero ya el ambiente sabía a veredicto. Cada palabra, cada gesto, cada respiración bajo ese techo ancestral podía decidir el destino del príncipe.

Vida o ejecución.