EPÍLOGO
Los vi desde lejos.
El viento pegaba suave, pero no calmaba nada. Mis manos se cerraron en puños, pegados al cuerpo, luchaba por contenerme. No podía dejar que me vieran. No debían. Aun así, quería. Quería correr hasta ellos, abrazarlos, gritarles que estaba bien, que seguía aquí, vivo.
Mis papás, Bandhu, mis compañeros. Hasta los profes. Todos ahí, sentados. Y al frente, el ataúd. El mío. Que bajaba a la tierra como si de verdad ese fuera mi final, mi tumba.
Verlo me aceleró el pecho. Fingir mi muerte, sin exagerar, fue una de las cosas más duras que me ha tocado vivir. Y eso que ya había pasado por bastante porquería.
¿Quién carajo finge su propia muerte sin sentir que traiciona a los suyos? Porque no era solo irme, tenía que borrarme, desaparecer de sus vidas, matarlos por dentro sin tocarles un pelo.
Mis papás eran fantasmas. Dos carcasas vacías con el alma hecha pedazos, atrapada en algún punto entre el hospital y la noticia.
Me di cuenta de que se habían ido secando desde el momento en que desaparecí.
Yo fui el culpable. Me sentí un asesino sin sangre en los dedos.
Sabía que los mataba con una herida invisible, de las que no cierran nunca.
Un dolor que no se calma con nada. Que te aplasta despacio, hasta dejarte hueco.
Lo sabía porque eso era justo lo que yo sentía.
Pero no había otra manera. O eso, o los asesinaban de verdad. Estar vivo me convertía en un imán para cualquier vampiro que quisiera cazarme, usarme, estudiarme o silenciarme. Si me encontraban con ellos los arrastraba conmigo. Era así de simple. No era una posibilidad remota, era una certeza.
Fingir mi muerte fue la única forma de protegerlos.
Darles, al menos, una oportunidad de seguir vivos.
De tener algo parecido a una vida tranquila.
Sin esta mierda acechándolos en la oscuridad.
Pero ¿a qué precio? La paz que intenté darles no parecía paz.
Parecía vacío. Y ese vacío dolía más de lo que imaginé.
La mentira fue para ambos mundos. Todos, vampiros, humanos, los de aquí, los de allá. Los inmortales creyeron que morí, que la herida me remató, que no lo logré, que la pelé en el camino. Eso era justo lo que necesitábamos. Muerto, ya no era una amenaza. Punto.
Y ni yo mismo termino de creer que sigo vivo.
Lo de mi recuperación fue una cosa rara, ilógica, casi un milagro.
No, algo antinatural. Yo no creo en milagros ni en suerte ni en señales divinas.
La teoría de Pietro es la sangre, la sangre de Aleksei que corre por mis venas, la sangre que a los vampiros los repara, los recompone, los regenera.
Esa misma sangre, al parecer, también me repara a mí con una velocidad que no es normal.
Para que quede clarísimo, seguía siendo humano. Sí, humano. Mortal. Aleksei no me convirtió. Aunque le di permiso. Le dije que sí, sin vueltas. Le di luz verde para que hiciera lo que sea, lo que hiciera falta con tal de salvarme. Pero él no pudo. O no quiso.
—No mereces esta vida —me dijo.
Y no supe qué pensar de eso. Una parte de mí respiró aliviada, pero la otra gritó porque lo que me quedaba ahora era un puto limbo.
No pertenecía a ningún lado. Humano con sangre modificada, marcado, perseguido, escondido.
Vivo, sí. Ajá, ¿y de qué sirve vivir si no puedes volver a casa? Ni estar con tu familia ni amigos.
Me tocó lo peor de los dos mundos. Vivir escondido, con miedo, un error que nadie quiere cerca.
Un fantasma en el mundo humano, lejos de todo lo que conocí.
Y ser una amenaza en el sobrenatural, un arma que todos quieren destruir o controlar.
Eso no es vivir. Es sobrevivir. Hay días, como ese, en los que me pregunto si no hubiera sido mejor haber muerto.
Tal vez eso dolería menos que esto que cargo en el pecho. Este agujero.
En el funeral las lágrimas me corrían por la cara, y mis pies solo querían correr. Correr hacia ellos, contra la brisa, contra la vida, contra todo. Solo para abrazarlos, para decirles que estaba bien. Para darles paz, para dármela a mí. Aunque fuera por un tonto segundo.
Justo ahí, como si me hubiera leído el pensamiento, Aleksei se plantó a mi lado y me tomó la mano. La apretó suave, con cuidado, con esa extraña ternura suya que parecía tan humana que dolía.
Fue su forma de decirme que estaba ahí. Que yo no estaba solo. Que todo esto, esta farsa, esta mentira, este sacrificio de mierda, tenía sentido, que era por mi bien. O por el bien de los que amo.
Eso quise creer. Necesitaba creerlo. Repetírmelo en la cabeza hasta que quedara tallado en forma de cicatriz.
No voy a mentir, su mano fría sobre la mía se sintió bien, me abrigó.
Todavía quedaba algo de luz entre las sombras.
Y eso, para mí, para este idiota que todavía buscaba migajas de esperanza en la inquietud, significaba todo.
—Lucas… —dijo él, con esa voz que me hacía sentir que, aunque todo se cayera a pedazos, aún tenía un lugar seguro.
Asentí poquito. Con el cuerpo entumecido y los ojos hechos agua.
—Lucas… —repitió, y me miró directo a los ojos—. Entiendes por qué lo hacemos, ¿verdad?
Volví a asentir. No me daba el cuerpo para soltar nada. La garganta cerrada, el pecho apretado.
—Matar a Dustuyev —siguió— fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida. Era mi hermano. De los que uno elige. Lo amé, lo cuidé, confié en él como en nadie por más de un milenio. —Se le quebró la voz, pero no se detuvo—. Y aun así tuve que hacerlo. Porque era él o tú. Él o todos.
Me dolía escucharlo. Me dolía respirar.
—Sé que esto que sientes no va a pasar rápido —dijo—. Ni fácil. Pero no te voy a soltar. Te lo juro. Voy a estar ahí cuando no puedas más. Cuando no quieras nada. Cuando necesites un amigo de verdad.
Lo miré mudo. Y la pregunta estaba ahí, en la punta de la lengua. Me quemaba por dentro. Tenía que salir.
—¿Cómo lo superas? —se me escapó—. ¿Cómo haces para vivir con tanta pérdida? Has perdido a tantos. En siglos, en vidas, ¿cómo se sigue después de eso?
No respondió enseguida. Sus dedos rozaron mi cara. Me apartó un mechón con una ternura que no esperaba. Con el pulgar me limpió una lágrima, o varias, ya ni sabía cuántas, y después me sostuvo la cara entre las manos, con cautela, con miedo de romperme.
Ahí estaba otra vez esa mirada. Fija en mí, solo en mí. El resto del mundo pareció borrarse. Por un segundo quise creer que con eso bastaba. Que con sus manos, sus ojos, su presencia, el dolor podía doler un poquito menos. Solo un poco. Pero menos.
—No hay magia ni alquimia para eso, Lucas —dijo. Su voz fue un suspiro viejo, de algo que lleva siglos atrapado adentro—. No hay hechizo. No hay fórmula. Lo único que hay es tiempo. Tiempo y voluntad. A veces una, a veces la otra. Las dos, si tienes suerte.
Sus dedos seguían en mi cara, pero ya no eran solo dedos. Eran años, siglos enteros, de aguantar pérdidas sin quebrantarse.
—He perdido a más personas de las que puedo recordar —siguió—, entre humanos y vampiros. Algunas con nombre, otras solo con el vacío que dejaron. Y no, no se supera. No se olvida. Aprendes a respirar encima del hueco.
Calló. No era tristeza lo que sentí en él, era algo más desnudo, sin máscara.
—Conocí a Viktor Frankl —dijo de repente—. Un psiquiatra y filósofo austriaco. Estuvo en un campo de concentración. Sobrevivió.
Me quedé quieto. Nunca había oído ese nombre, aunque algo me decía que sí debí haberlo escuchado antes.
—Él decía que el sufrimiento deja de serlo cuando encuentra sentido.
Y tenía razón. —Hizo una pausa mínima—. Cuando me lo dijo, no entendí nada.
Pero después de perder a Dustuyev —se detuvo ahí.
Solo un segundo—, o mejor dicho, cuando creí que lo había perdido, entonces lo comprendí.
Lo vi claro. Increíble, ¿no? Un humano que vivió noventa y dos años pudo enseñarle algo a un vampiro de más de dos mil.
Bajó las manos, pero no bajó la mirada.
—No digo que el dolor desaparece —continuó, sin adornos—. El duelo no es una enfermedad. Es un proceso. Una herida abierta que, si la tocas, sangra. Pero con el tiempo cierra. Duele distinto aunque siempre deja cicatriz.
Suspiré muy muy lento.
—Hay días en los que puedo seguir —añadió—. Otros no. Y eso también está bien. Lo que importa es que sigas caminando. Aunque te arrastres. Aunque no entiendas para qué. —Me apretó la mano—. Mientras lo hagas, voy a estar ahí.
Eso me sacó una sonrisa. Pequeña, torcida, pero ahí estaba. Tragué. Ya era hora de irnos.
De camino al auto, Mickey nos esperaba. Colona también.
—¿Y el rey? —le pregunté a Aleksei mientras avanzábamos.
—Mi padre fue a encargarse de otros asuntos —respondió—. Hacerle frente al Consejo por la muerte de Bosco, entre otras cosas.
Eso fue un ladrillo en la cabeza. Pero no respondí.
—Señor Luna… —Mickey abrió la puerta del auto. Luego miró a Aleksei y bajó la cabeza—. Su Alteza.
—¿Por qué tan formal? —saltó Colona a nuestra espalda.
Se acercó despacio, manos en los bolsillos, y clavó los ojos en Aleksei.
—Sé que entrarán en modo oculto —dijo Colona, sin mirarme del todo—. Vine para decir que haré todo lo posible para que nadie los encuentre. Con Pangellis fuera, desde la Triple S tengo acceso a muchas cosas. Tiene mi número. Llame cuando guste. Y gracias, Su Alteza, su palabra aseguró mi trabajo.
Aleksei hizo un gesto con la cabeza. Nada más. Colona dio media vuelta, se subió a su auto y se largó. Como si no acabara de hacer algo decente. Jamás, jamás lo hubiera visto venir. Nunca.
Me giré hacia Mickey. Le di una sonrisa cansada que no tapaba lo hecho mierda que estaba por dentro. Le di un codazo en el estómago, suave, y un abrazo torpe, corto, sincero.
—Gracias, Mickey. Por todo.
Él no dijo nada. Solo me sostuvo un segundo más de lo normal. Asintió. Eso fue suficiente.
Nos subimos al auto y nos alejamos del cementerio. Miré por la ventana. Vi a mi familia por última vez, cada vez más lejos, en un mundo al que ya no pertenecía. Ellos con mi tumba vacía. Yo con una vida que no podía tocar. Con el recuerdo de un hijo que no volvió.
Se me cerró la garganta. Sentí el ácido en los ojos, pero no dejé que cayera. Ese dolor no se me iba a ir nunca. Solo iba a aprender a cargarlo sin que me partiera en dos.
En medio del silencio, la sentí. La mano de Aleksei buscó la mía y la rodeó con esa mezcla rara de firmeza y cuidado, justo lo que necesitaba. Me miró y sonrió.
Y no sé, mi corazón brincó. Un poquito. Okey, bastante. Me arrancó una sonrisa que salió sola, sin permiso.
—¿Ahora a dónde vamos? —pregunté, sin saber si de verdad quería la respuesta o solo escucharlo hablar.
—A una nueva vida —dijo él.
Esa frase, en su voz, en su mundo —que ahora también era el mío— pesaba. Todo pesaba. Pero todo pasaba también. Y lo que dolía, dolería menos. Algún día.
Afuera, el cementerio se fue quedando atrás. La ciudad siguió, como si no hubiera pasado nada. Como si no me hubieran enterrado hace cinco minutos. Y por primera vez en mucho tiempo, incluso con la tristeza apretándome por dentro por dejar a los míos, no tuve miedo.
Tuve esperanza.