Sangre muerta Capítulo 58
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Capítulo 58

Villa Campestre

El rugido del primer helicóptero al estrellarse sacudió la tierra, fue un latido monstruoso. La explosión reventó la oscuridad en un fogonazo naranja y negro. Fragmentos de metal ardiente salieron disparados y bañaron el campo en fuego y caos.

Los guardaespaldas de Aleksei habían llegado en dos camiones blindados estilo SWAT, enormes y ruidosos, eran bestias mecánicas negras que devoraban el terreno, y vomitaban plomo sin pausa.

Las ametralladoras montadas en los techos escupían muerte con precisión.

Las carcasas de los helicópteros enemigos se desgarraban bajo el impacto.

Otro estruendo. El segundo helicóptero entró en barrena, su rotor chillaba con crujido de huesos rotos y cayó en espiral, impactó y estalló.

La onda expansiva partió el suelo y lanzó cuerpos por los aires.

Lucas corrió sin plan ni pensamiento, ni siquiera esperó la orden de Aleksei. Solo obedeció al instinto de sobrevivir. Los disparos le silbaban al oído. Cada detonación le reventaba el pecho desde adentro.

Entonces Bosco lo atrapó.

Cayó sobre él igual que una plaga súbita. Le cerró la mano en el cuello y lo alzó del suelo con una facilidad insultante. Lucas pataleó, golpeó, forcejeó. Pero era inútil. Bosco no era un enemigo, era una fuerza de la naturaleza, una criatura parida por la guerra muchos siglos atrás.

—¿A dónde crees que vas? —gruñó la bestia.

Pero antes de que pudiera apretar el cuello de Lucas para adormecerlo, Aleksei apareció y le incrustó el puño en el pecho y lo lanzó varios metros, fue un golpe con furia. El vampiro enemigo soltó a Lucas, y este corrió hacia la selva sin mirar atrás.

Bosco se tambaleaba, escupió sangre negra, pero se mantuvo en pie. Se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió con desprecio.

—Tantos siglos, Aleksei —masculló—. ¡Y todavía crees que puedes detenerme!

Aleksei no respondió. Sus ojos eran dinamita encendida. Ya no había pasado entre ellos. Solo quedaba lo inevitable.

Bosco embistió, era una mole imposible. Un animal desatado hecho de músculos y odio.

Aleksei lo esquivó por centímetros; sintió el viento del golpe rozarle la mandíbula.

Contraatacó sin pausa, sin margen para pensar.

Su puño se hundió en el abdomen del gigante con un chasquido seco.

Bosco gruñó. No cayó, ni se dobló, solo se inflamó más.

El choque fue brutal. Puños contra hueso, garras contra carne, colmillos y sangre. Uno luchaba con la precisión letal del cazador. El otro, con la rabia suelta de una bestia hambrienta.

Alrededor, el infierno se desplegaba. Soldados de la Triple S se midieron con los guardaespaldas de Aleksei y el apocalipsis tomó forma.

Las ráfagas trazaban líneas incandescentes en la oscuridad.

La explosión de uno de los blindados de la Triple S hizo temblar la tierra con fuerza bélica.

Humo, gritos, restos humanos esparcidos entre la maleza.

Desde la mansión, Filomena observaba. Frente a ella, una consola con múltiples pantallas proyectaba la vista de los drones que habían sido desplegados por ella minutos antes y ahora estaban suspendidos sobre el campo. Con un solo comando, desató la tormenta.

Los drones descendieron, eran aves de rapiña. Bombas pequeñas, precisas y letales se desprendieron de sus vientres. El suelo estalló en columnas de fuego. Hombres pulverizados, gritos sin garganta, carne y hueso se desintegraron al contacto.

El caos dejó de ser una idea para volverse un nuevo estado de existencia. Un orden salvaje donde solo los monstruos sabían moverse.

Aleksei y Bosco seguían en lo suyo. Cada impacto sonó a martillazo contra acero al rojo vivo.

El choque de sus cuerpos se alzaba por encima del rugido de las balas y las explosiones.

No era solo una simple pelea, era un duelo ancestral.

Una deuda de sangre que había sido postergada por siglos.

Esa noche, la cuenta por fin se cobraría.

Bosco era fuerza bruta desatada, un animal sin freno.

Aleksei, el filo opuesto, precisión, estrategia, velocidad incomparable.

Los dos parecían incansables, pero Bosco empezó a ceder primero.

La reputación del príncipe se volvió real en un solo movimiento, un golpe compuesto, limpio, y Bosco terminó contra la tierra, hundido por el peso y la técnica.

Esa masa de fuerza doblegada. Aleksei lo tenía.

Las garras a centímetros del cuello, listas para cortar.

Bosco resistía, empujaba con rabia, sin estrategia, solo con fuerza. Su muerte era segura.

Y entonces se escuchó un grito seco, urgente.

Lucas. Aleksei desvió la vista solo un segundo, uno, y Bosco no necesitó más.

Entendió que esa sería su única ventana.

Su brazo se disparó igual que un látigo.

Las garras atravesaron el saco militar y la carne del príncipe entre las costillas.

El cuerpo cedió con la facilidad de papel mojado.

Aleksei se dobló. Escupió sangre espesa. Bosco sonrió. Una mueca torcida, animal. Retiró la mano empapada como quien levanta un trofeo.

Pero no era el final. Aleksei cayó de rodillas, tambaleante, jadeando, el aire parecía veneno. No colapsó, no todavía. Bosco lo ignoró. El verdadero objetivo acababa de ser atrapado.

Un soldado de la Triple S había salido de las sombras y arrastraba a Lucas desde la espesura donde intentaba esconderse. Lo empujaba directo al helicóptero de Colona que había aterrizado.

Bosco no lo permitiría. Dio un paso para interceptarlos, pero el suelo estalló bajo sus pies.

¡BUM!

Una última oleada de drones, activada desde la mansión por Filomena, convirtió el terreno en un infierno. Abrió cráteres de fuego y levantó un muro de escombros y humo entre el cazador y su presa. Bosco salió despedido, gruñía de rabia al ver a Lucas desvanecerse en la humareda.

Y entonces irrumpió Mickey.

El menor de los guardaespaldas entró con el blindado, era un toro de acero. El motor rugía, los neumáticos escupían lodo. Se le fue encima al soldado y este, del susto, liberó a Lucas. Mickey se metió entre los dos, frenó en seco y la puerta trasera se abrió de golpe.

Lucas apenas entendió qué pasaba. Una mano lo agarró del brazo y lo lanzó adentro.

—¡Aguanta, Lucas! —gritó Mickey, mientras maniobraba el volante con una mano y con la otra accionó la ametralladora desde la pantalla táctil del sistema de armas del camión.

El estruendo de las balas volvió a devorar el campo. Mickey giró y aceleró hacia Aleksei, que seguía en pie más por orgullo que por fuerza.

Lo alcanzaron justo a tiempo. Lucas abrió la puerta trasera y el príncipe se dejó caer dentro del vehículo, sin una palabra. Lucas lo sostuvo antes de que se desplomara del todo y Mickey arrancó. El torso sangraba, oscuro y caliente, inagotable.

—¡Tengo que ayudarlo! —gritó Lucas, presionaba la herida con ambas manos, desesperado.

—Puede regenerarse —dijo Mickey, sin apartar la vista del frente—. Solo necesita tiempo —y luego masculló—, justo lo que no tenemos.

El motor rugió y el blindado se lanzó de cabeza a la espesura.

Detrás, el segundo vehículo, conducido por Brock, cubría la retirada con fuego cerrado, pero el helicóptero en tierra giró su torreta y disparó un misil.

El impacto fue inmediato y letal.

La explosión iluminó la noche, un relámpago infernal que redujo el blindado a un amasijo incandescente. Las llamas lo devoraron en segundos. Fuego, metal y muerte. El resplandor se reflejó en los rostros de soldados y el vampiro.

Pero el sacrificio no fue en vano. Mientras el segundo blindado ardía igual que una antorcha funeraria, el primero logró escabullirse entre los árboles. La selva se lo tragó, una bestia herida que buscaba ocultarse.

El helicóptero de Colona despegó e intentó seguirlo desde arriba, pero la espesura era un laberinto hostil. Abajo, los hombres de la Triple S avanzaban a ciegas. Cada metro era una pelea contra raíces, rocas y fango. La selva no era terreno neutral, peleaba a favor de los fugitivos.

Desde el aire, Colona orbitó sobre el bosque, impaciente. La niebla, la maraña de árboles, nada de eso importaba. Además de vista, tenía instinto. Un instinto que rara vez fallaba.

Los focos del helicóptero hendían la oscuridad, eran lanzas de luz. Y entonces, lo vio. Tan solo una sombra que se movía entre las ramas.

—Ahí están —murmuró por el intercomunicador—. Fuego.

El misil cayó igual que un mazo.

¡BUM!

No impactó de lleno, pero bastó. La explosión levantó la tierra, tronchó árboles y lanzó el camión por el aire. Una carcasa que dio vueltas hasta estrellarse contra el suelo con un rugido de metal quebrado.

Dentro, todo fue caos, sacudidas, golpes, oscuridad. El mundo giró. Lucas sintió su cabeza rebotar contra el panel lateral. El aire salió de sus pulmones, fue un puñetazo en seco. Había dolor agudo y sabor a sangre.

Mickey luchaba contra la puerta con los nudillos en carne viva.

—¡Vamos, mierda, vamos!

Un último empujón y la puerta cedió. Salió tambaleante, la cara cubierta de polvo, y buscó a Lucas. Lo encontró atrapado entre dos asientos retorcidos con sangre en la cara, pero vivo. Se movía. Mickey estiró el brazo lo más que pudo hasta tocarle el hombro. Presionó fuerte.

—¡Lucas! —gritó el guardaespaldas—. ¡Tienes que salir!

Lucas no respondió. No lo escuchó. Solo veía a Aleksei. El vampiro yacía seminconsciente. La herida entre las costillas seguía abierta, profunda y negra. Demasiado humana.

Lucas se arrastró hacia él. Cada avance era una cuchillada. Pero no se detuvo.

—¡Aleksei! —gritó—. ¡Vamos, despierta!

Intentó levantarlo. No pudo. Aleksei era una lápida. El guardaespaldas corrió a ayudar, pero ya era tarde.

Afuera, el helicóptero descendía. No consiguió aterrizar. El terreno era un infierno de raíces, rocas y árboles humeantes. Sin espacio para posar las patas, la nave quedó suspendida a pocos metros del suelo. Un halcón mecánico, hambriento que esperaba el momento de caer.

Desde una de las compuertas laterales, Colona descendió sujeto a un arnés. Bajó por la cuerda sin apuro, no pisaba un campo de guerra sino una alfombra. Calma antinatural, ninguna urgencia, solo control absoluto.

A su alrededor, los soldados de la Triple S se desplegaron por cuerdas o saltaron desde el vehículo que había logrado seguir el helicóptero a través de la selva. Formaron una línea sobre el barro. Armas en alto, rostros de piedra, ejecución perfecta. Una coreografía de muerte ensayada mil veces.

—¡Alto ahí! —ordenó Colona—. ¡No se muevan!

Lucas levantó la vista. Sintió el estómago cerrarse.

Ahí estaba Colona. Impecable, listo. Saco barato, sin una arruga. No parecía un hombre que acabara de llegar a una emboscada. Parecía alguien saliendo de una reunión de presupuesto. Su expresión era la misma máscara de siempre, cero rabia, cero emoción, solo enfoque.

Los soldados cercaron el blindado de Mickey, todos los apuntaron.

Mickey levantó las manos. Músculos tensos.

—No hagan esto —gruñó.

Colona se detuvo a pocos metros. Observó. El camión humeante, el vampiro malherido dentro, el chico humano ensangrentado, aferrado a alguien que no era de su mundo.

Una sonrisa mínima le cruzó el rostro. Una curvatura leve, pero fría y cruel.

—Hora de irnos, niño —dijo el agente.

Lucas se abrazó a Aleksei. Pero ya era tarde. Dos soldados lo sacaron y lo levantaron como un saco. Forcejeó, pateó, gritó.

—¡Suéltenme, hijos de puta! ¡Déjenme!

No sirvió de nada. Colona ni siquiera lo miró. Solo dijo:

—Súbanlo al helicóptero. Ahora.

Lucas sintió el frío del cañón contra la espalda. Lo arrastraban. Sus pies descalzos resbalaban en el barro. Mantuvo la mirada fija en Aleksei. El vampiro respiraba, dolorido, pero seguía inerte.

Era miedo, desesperación y rabia. Todo junto era un nudo en el pecho. Nunca en su vida había sentido algo tan brutal como ver a Aleksei así, vencido, casi inconsciente.

Colona, justo antes de subir al helicóptero, se volvió y dio una última orden.

—Neutralícenlo. Y tráiganlo.

Uno de los soldados dudó. Su voz tembló.

—¿Está seguro, señor? Es realeza. Podríamos meternos en problemas.

—Ya lo sé —cortó Colona, sin girarse—. Pero desobedecieron órdenes directas. El príncipe cruzó la línea. Ya veremos quién tiene la razón.

Subió al helicóptero por la escalera, sin prisa ni emoción. La máquina se elevó con un zumbido grave y se perdió entre las nubes con su presa.