Sangre muerta Capítulo 57
86%

Capítulo 57

Lucas

Desperté en plena madrugada. Aleksei dormía. Juro que hasta le escuché un ronquidito mínimo, casi adorable.

La tormenta se había convertido en una llovizna débil, pero de vez en cuando los relámpagos prendían el cielo, capaz alguien allá arriba tomaba fotos. Dios, ángeles o lo que sea.

Me deslicé fuera de la cama, lento. Un paso, dos, tres…

—¿Adónde vas? —preguntó él, ya sentado.

Qué ingenuo de mi parte pensar que podía escabullirme sin que un vampiro lo notara.

—Tengo sed. Voy por agua —respondí, mientras me ponía la camiseta y el pantalón del pijama.

—Te la busco.

—No —lo corté—, yo puedo hacerlo. No soy un inútil completo. Sé dónde está la cocina, cómo llegar, cómo volver. No me demoro.

No parecía convencido, pero me dejó ir. Tal vez solo para dejarme creer que todavía podía hacer cosas simples por mi cuenta, o sea, buscar un vaso de agua no debería ser tan complicado.

Antes de salir, me lancé sobre la cama y le robé un beso. Uno rápido, inesperado, con ganas. Lo tomé por sorpresa. Di gracias, en silencio, por estar vivo, porque en medio de toda la mierda, yo estaba ahí, con él. Tan cerca, suyo, y él tan mío también. Eso era muchísimo.

Me abrazó fuerte y rodamos sobre la sábana.

Quedé enredado, medio atrapado entre la tela y sus músculos, no me quejo, conste.

Me devolvió el beso y sonrió. Aleksei sonreía más seguido, algo que hasta para él era nuevo, creo.

Quise quedarme pegado a su olor y olvidarme del mundo, y hasta de la sed.

¡Qué rico estar así! Pero mi vejiga tenía otros planes, así que meh.

—Ya regreso —le dije—. Quédate ahí. ¿Te traigo algo?

Negó con la cabeza y volvió a recostarse.

Después del baño, bajé las escaleras. Para ser honesto, nunca había ido a la cocina en esa casa, pero ¿qué tan difícil podía ser encontrarla?

Spoiler: bastante. Me tomó cinco minutos. Los conté. En el camino descubrí que había un piso subterráneo y todo.

Con el vaso por fin en la mano, pasé por la sala. La lluvia suave golpeaba los cristales. Todo estaba en silencio, en calma, perfecto.

Abrí la puerta corrediza y salí a la terraza techada.

El piso me mordió las plantas de los pies, frío de madrugada.

«Claro, Lucas, por bajar descalzo». El cielo todavía estaba gris, pero por debajo de las nubes ya se colaba una veta naranja.

El día iba a empezar. El aire era húmedo y limpio.

Cerré los ojos, respiré hondo, intenté llenarme de eso.

Cuando los abrí, miré los jardines, hacia los árboles inmensos que bordeaban el patio, quietos, oscuros, seguro habían estado ahí mucho antes de que existiera cualquier desastre.

Entonces lo escuché. Un crujido seco, igual que una rama que se partía.

Mi cuerpo se tensó al instante. Volteé la cabeza en todas direcciones e intenté ubicar de dónde venía. Y ahí estaba de nuevo, un paso leve, casi imperceptible, apagado por el césped mojado. El susurro de algo grande que se mueve entre los árboles.

No veía nada, pero lo sentía. Alguien, o algo, estaba cerca. Y no creí que con buenas intenciones. Quizás me observaba. Capaz llevaba rato haciéndolo.

El miedo me mordió los tobillos. «Corre, imbécil. Corre», me dije. Di un paso atrás, luego otro. Y lo vi. Un destello plateado. Ojos que brillaban en medio de la oscuridad, fijos en mí.

Traté de correr, juro que sí. El cerebro dio la orden. Las piernas no respondieron a tiempo. No alcancé ni a dar dos pasos antes de que la puerta de la terraza quedara bloqueada.

Ahí, frente a mí, había un vampiro. No. Una montaña con forma de vampiro.

Fácil pasaba los dos metros. Tenía cuerpo humano, sí, pero la vibra era cualquier cosa menos humana.

Era bestia, pura bestia. Su piel parecía tallada en piedra, y sus ojos eran plata líquida, intensa y letal. Vacíos de todo lo que no fuera muerte.

Y esa muerte, quedaba claro, era la mía.

—Permíteme presentarme —habló la mole, con cortesía falsa—. Soy Bosco. No tenemos el placer de conocernos. Para ser sincero, ni siquiera estabas en mi radar.

Pausó y me recorrió de arriba abajo.

—Pero, al parecer —siguió—, tú eres la maldición de mi raza. El veneno que puede matarnos.

El aire se me fue del pecho. Muy literal. Mi cuerpo entró en modo colapso. Intenté decir algo, lo que fuera, pero mi boca solo soltó aliento. Ni saliva me pasaba. Me sentía una cucaracha frente a un zapato. Y él ya había decidido aplastarme.

Sus colmillos sobresalían de su boca. Las uñas… no, eso no eran uñas, eran garras, largas, filosas. Brillaban con cada rayo que partía el cielo.

Antes de que pudiera moverme, lo sentí. Una quemazón en la mejilla. Fue rápido. Me había cortado, superficial, pero suficiente para hacerme sangrar.

Parpadeé y noté la sangre resbalar. Él también la vio y observó la gota suspendida en la punta de su garra con una mezcla de curiosidad y hambre. Parecía sostener veneno puro. O algo sagrado. O ambas cosas.

—Quien me envía quiere entender tu vínculo con las muertes —dijo, y se limpió la garra en el borde de su gabardina negra.

Sonrió, pero no con simpatía. Sino con la calma de asesino en serie que solo hace charla previa.

—Vine a llevarte conmigo. —Rio y me erizó hasta la conciencia. —Pero primero me encargaré de Aleksei.

Ni siquiera alcanzó a moverse porque justo en ese instante, el cielo explotó.

Un rayo bajó como si los dioses hubieran perdido la paciencia; la luz me quemó los ojos. Y con ella vino un zumbido. Bajo al principio, de mosquito gigante, luego más alto, vibrante, hasta volverse un rugido ensordecedor.

El viento se volvió salvaje. Las ramas crujieron. El pasto se dobló. Apenas me mantuve en pie. Era un helicóptero, obvio.

El aire me bofeteó la cara. Las aspas desgarraban el amanecer, pero no fue el ruido lo que me congeló, fue la certeza de saber quién venía en ese helicóptero. Colona.

Y porque el universo es un influencer del caos que siempre pide “más desmadre”, dos helicópteros más aparecieron.

Y empezaron a vomitar hombres armados desde las alturas, una lluvia oscura de botas y fusiles.

Vestidos de negro de pies a cabeza, caían y golpeaban el césped con un ritmo tan frío que el aire mismo parecía temerles.

Y por si faltaba el remate, una explosión reventó la cerca a un costado de la casa. Los muros temblaron, el estruendo me sacudió el pecho y la tierra vibró tanto que parecía que el bosque tuviera ataque de pánico. De la nube de fuego y concreto salieron dos camiones blindados brutales.

La casa se volvió una zona de guerra. No tenía a dónde ir, ni cómo escapar, estaba atrapado entre eso y la bestia inmortal detrás de mí.

Entre municiones y colmillos. Entre «corre» y «¿a dónde, genio?

». Y justo cuando pensé que ya nada bueno podía ocurrir apareció Aleksei, con su típico uniforme. Una sombra hecha de furia y velocidad.

No vi de dónde salió. Solo sentí el viento reventar cuando su silueta se materializó frente a mí y le metió un guantazo al vampiro montaña que lo mandó a rodar por la hierba.

La mirada de Aleksei era fuego. Su cuerpo entero, una promesa de violencia.

—Pensé que nunca llegarías —solté entre dientes, con más sarcasmo que sentido común.

Él no me miró, ni pestañeó, ni respiró. Solo se quedó ahí por segundos eternos, estudiaba la escena. Cada segundo lo cargaba más; sus puños lo delataban. Cerrados. La tensión se le trepaba por los brazos. Cada músculo vibraba al borde del colapso.

Arriba, los helicópteros rugían. Abajo, los soldados avanzaban en tierra, despacio.

El vampiro gigante, Bosco, ya estaba de pie.

Se sacudía el lodo igual que confeti. Y es que el golpe solo lo había despertado.

Tenía cara de que por fin había empezado lo bueno.

Ese cabrón no conocía el miedo. Ese cabrón era el miedo.

—Lucas, escúchame bien —dijo Aleksei, con una voz baja, tan cargada que me electrificó la columna—. Bosco vino a llevarte con él y a matarme. La Triple S, a capturarnos. Cuando te diga que corras, corres. Si te digo que te quedes quieto, te congelas y te callas, ¿entendido?

Me salió una risa. Fea, corta. No porque fuera gracioso sino porque a veces el pánico te hace glitch y lo único que sale es eso. ¿A dónde carajos iba a correr? ¿A los árboles? ¿A la nada? ¿A que me revienten? Pero su cara me lo dejó claro, aquello no era una sugerencia, era una orden.

—¿Y tú qué vas a hacer? —pregunté, aunque ya lo sabía.

Aleksei tan solo curvó los labios. Una media sonrisa peligrosa, una promesa.

—Voy a darles algo que no van a olvidar.

Entonces, la violencia estalló.