Capítulo 56 #3
Justo en ese momento, entre su aliento y mi aliento, entre el calor que todavía vibraba en nuestros cuerpos, la canción de fondo susurró lo que él quizás no se atrevía a decir, pero que juro estaba pensando “My weaknesses…”, y el resto se volvió ruido blanco.
Aleksei volvió a mí, se acercó con cuidado. Sus ojos se volvieron negros, enteros, hambre. Sus colmillos regresaron a mi carne, lentos, cuidadosos, casi reverente. Ya no parecía solo beber sangre, sino algo más, algo mío, algo más etéreo, ambrosía.
Gemí suave. Sin querer, pero sin esconderlo. Le enredé los dedos en el cabello, en la nuca, en la espalda. Él me sostuvo con ambas manos, y aunque yo estaba blando en sus brazos, me sentí seguro. Como si esto que no tenía nombre fuera más importante de lo que ninguno de los dos entendía todavía.
Cuando se obligó a parar, me recostó sobre la cama con cuidado. No dijo nada. Solo me miró, atento, sus ojos regresaron a su verdeazul alienígena. Aunque yo sabía que su sed no se había ido del todo.
Bajó la vista a la marca que me había dejado en el cuello. Se acercó. Su lengua rozó mi piel, justo donde había mordido. Una vez. Luego otra.
—Es para cerrarla más rápido —dijo con una media sonrisa, casi culpable—. ¿Estás bien?
Se mantuvo inclinado sobre mí, los brazos firmes en el colchón. No presionaba, solo estaba ahí y esperaba mi respuesta.
—Lo estoy —dije, con un titubeo y un suspiro largo—. Estoy bien. —Me tocó la piel, todavía tibia. Reí un poquito—. Débil.
—Te traeré vitaminas, fruta y agua —dijo, listo para levantarse.
—No —lo frené por el brazo—. Ahora no. Quédate aquí conmigo.
Me tapé la cara con las manos. Creí que si me escondía podía evitar que me escuchara.
—Me gustas, puta madre —solté, de una. Me arrepentí a los dos segundos, pero ya estaba afuera.
Y ya que lo había dicho, lo solté todo—.
Me gustas demasiado. Todo esto es nuevo para mí.
Tengo un huracán en la cabeza. Y, más que nada, miedo.
No sé qué más decirte. Pero te deseo, mierda, ¡te deseo tanto!
Él se inclinó y me besó los labios. Luego los pómulos, los ojos, la frente, el mentón.
Besos dulces, tiernitos, ricos, de los que bajan pulso.
Sus dedos dibujaron caminos tranquilos sobre mi pecho y mi abdomen sin dejar de mirarme, su forma de preguntar a cada segundo si seguía bien. Me desarme en una sonrisa. Y ya.
—Lucas —dijo, y se acostó a mi lado, sin dejar de verme, la cabeza apoyada en la mano—. No tenemos que hacer nada más. Nada que no quieras. Me importa que tú estés bien. Eso no significa que yo no quiera. Significa que puedo esperar.
Eso me hizo sonreír aún más. ¿Infantil? Fuck yeah! Y me vale. Fue lo que sentí. Y en ese momento, fue perfecto.
Le toqué el cuello, el pecho. Su piel estaba limpia, lisa, intacta, con apenas unas gotas de mi sangre.
—Ustedes… —dije, dejando mis dedos ahí, sobre él, fascinado—. Son increíbles.
Él levantó la mano, la dejó flotar entre nosotros. Una invitación silenciosa y claro que la tomé. Por supuesto que la tomé. Nos miramos sin hablar. Él, paciente, tranquilo, sin apuro, sin presión, me volvió a besar la frente, los ojos, el cuello, y mi piel reaccionó de inmediato.
Me regaló una sonrisa que te arregla el puto mundo. Con nuestras manos todavía enlazadas, pegó su frente a la mía.
—No te muevas —susurró.
Se fue y volvió en nada. Con vitaminas, una toronja, agua… y una toallita.
—Tómatelas —dijo, me dio las pastillas y la botella en la mano.
Cuando terminé, me quitó la botella con cuidado. La dejó por ahí y volvió a mirarme.
—No te muevas. Déjame limpiarte.
Lo hizo con un tacto ilógico, no quería quebrarme. Y tras cada pasada de esa toalla, me daba un beso. Toalla, beso, toalla, beso. Lento, paciente. Y yo no podía dejar de sonreír porque lo que pasaba no tenía sentido y, aun así, era cierto. Porque lo estaba viviendo.
Me estiré y le robé un beso en la boca, sin pedir permiso, con lengua porque hacerlo sin ella era pecado. Torpe, feliz. Si podía, lo hacía. Y él respondió de una, y se me tiró encima. Su cuerpo de roca palpitaba sobre el mío, anclado, presente.
Se separó bonito, despacio. Me acarició el rostro, besó mis manos. Sonrió. ¡Aleksei sonreía de vicio ahora!
—Se te cierran los ojos —dijo, y trazó mis labios con la yema del dedo.
—Sí —admití—. No sé por qué. Pero no quiero. No quiero dormir.
—Descansa —contestó—. Habrá más momentos.
—¿Seguro?
—Seguro —confirmó, y agregó—: Y esto. Lo que pasó. Fue perfecto.
Quise decirle algo, pero no me dio tiempo.
—Gracias, Lucas —dijo, blando—. Por el regalo. Por la confianza.
Luego, sin ceremonia, se dejó caer sobre la cama, a mi lado, entero, tranquilo. Sus párpados fueron bajando poco a poco.
El corazón me dio un brinco. Porque sí, me gustaba. Más de lo que pensaba. Y estar ahí, así, con él era todo. Suficiente.
Me acomodé sobre su pecho. Qué bello era. Su carne, su olor. Aspiré todo lo que pude, ese frío que ya reconocía, y lo abracé. Me quedé ahí, tranquilo, mirándolo, hasta que los párpados cedieron también, sin prisa.
Entre los truenos lejanos, la playlist aún sonaba bajito en algún rincón del cuarto, y al pensar en el peso de mi sangre aún tibia corriendo por sus venas, lo supe: algo había cambiado. Ya no éramos los mismos.