Sangre muerta Capítulo 56 #2
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Capítulo 56 #2

Se quitó la camiseta, lento. Luego los pantalones.

Se quedó en ropa interior, negra, tan ajustada que me parecía casi un crimen no mirar.

Así que miré con gusto. Era imposible evitarlo, su cuerpo era un cebo.

Mis manos fueron directo a su pecho sin decidirlo, guiadas por la calma con la que él marcaba el ritmo.

Y sí, Aleksei me sujetaba las muñecas, un «así» silente.

Su piel se erizó bajo mis palmas, y un gemido bajo escapó de su boca. Nada fingido.

Y, coño, el corazón me bombeaba más fuerte en cada centímetro de mi piel.

Su cuerpo gélido se pegó más al mío y me dejó sin ninguna posibilidad. Olía a vainilla, a lavanda y algo más. A carne, a apetito, a ventisca. Un olor que no sabía si me salvaba o me hundía peor.

Ahora mis manos bajaron solas, trazaban los surcos duros de su abdomen. Conté en mi cabeza: uno, dos, tres… Lo miré. No con miedo, sino pidiéndole permiso para seguir. Mi olfato me dijo que ya lo había dado. Su cuerpo ya había dicho que sí.

Cuatro. Cinco. Seis. Me detuve en su cintura. No por falta de ganas. Sino porque necesitaba respirar, por recordar dónde estaba. Quién era.

—Aleksei —susurré, sin aire—. ¿Esto… esto que siento…?

Puso un dedo sobre mi boca. No respondió enseguida. Me colocó el cabello detrás de la oreja, rozó mi mejilla con esos dedos fríos. Sonrió despacio, casi tímido.

—Lo que sientes —dijo por fin—. Es lo mismo que siento. No es amor. Es más crudo.

La respuesta me ensartó sin doler. Fue sincera, era verdad, y se la agradecí.

—Eso no quita que no pueda ser bonito —añadió—. Si tú quieres.

Y yo quería. No había nada más que deseara en ese instante que estar con él, que ser de él. Nada. Se lo dije con la voz, con las manos, con la piel. Con el bendito corazón que me palpitaba en los ojos.

No era amor. No todavía. Pero era algo orgánico, feroz, hermoso. Y quería vivirlo con él. Solo con él.

Mis dedos bajaron más, siguieron la línea de su abdomen, esa V que parecía una cicatriz interestelar, un mapa hacia algo sagrado que me llevaba a la dureza de su sexo.

Él me miraba, el pecho agitándose, su cuerpo decía todo sin decir nada.

Lo manoseé un rato, fascinado de verlo tan frágil ante mi roce, tan sumiso, más humano que nunca.

—¿Confías en mí? —murmuró.

Asentí. No me hizo falta hablar. Me quité la camiseta despacio, también el pantalón. Me giré y le di la espalda. Me ofrecí completo. Le ofrecí el cuello, le ofrecí mi cuerpo. No lo pensé. No lo racionalicé. Solo lo sentí. Solo lo hice.

Y en ese momento, con los relámpagos lejanos que iluminaban el vidrio empañado de la ventana, Aleksei me levantó por los aires. El suelo ya no importaba. Este mundo se podía quedar allá abajo y el nuestro flotar aparte.

Sí, flotábamos. Suspendidos en mitad de la nada, y no sentí vértigo. Él me sostenía. Con la fuerza y convicción que anulaba cualquier miedo, y nada en el jodido universo podía arrancarme de sus brazos.

Sentí su aliento más cerca. Cerré los ojos y fue ahí mismo donde hundió sus colmillos en mi cuello.

¿Dolió? Sí. Mierda, doler es quedarse corto.

Fue lo mismo que si mil agujas se me clavaran al mismo tiempo, en el mismo punto.

Pero no grité, no quise hacerlo. Ni siquiera pensé en eso.

Me aferré a él con todo, mis dedos hincados a sus muslos, porque lo entendí, yo era un regalo. Yo lo sabía, él también.

Mi sangre ahora era suya y tal vez siempre lo había sido.

Lo escuché beber de mí. Succionarme la vida con una delicadeza brutal. Sentí los hilos calientes de mi sangre resbalar por el cuello, bajar por el pecho, por el estómago. Mi cuerpo no sabía si quejarse o disfrutarlo. Una mezcla salvaje, caótica, que no sabes dónde guardar cuando la sientes.

Y en medio de eso, ese limbo entre el ensueño y el filo del dolor, mi mente, una perra traicionera, se fue.

Me llevó de vuelta a un rincón de mi vida donde no había colmillos ni deseo.

Donde lo único que existía era el eco de mi voz recitando el poema que adoraba mi vieja.

Y en ese cruce extraño entre lo que fui y lo que estaba siendo, todo se volvió quieto:

Levántame de la tierra,

anídame en tu cimera;

hunde tus labios cenizos,

despierta, mi llama espera.

Alana, susurra la noche,

mi carne aguarda en la sombra.

Ahora, dime tu nombre,

caballero que nadie nombra.

Abrázame con tu fuego,

traspásame con tus manos;

ahuyenta todos mis miedos,

conviérteme en tus veranos.

Levántame de la tierra,

anídame en tu cimera;

que tus labios y los míos

se busquen en esta hoguera.

Serás mi Baltazar,

caballero que nadie nombra;

serás toda mi vida,

bajo la luna y mi sombra.

Después de un rato, se despegó y tocamos suelo otra vez.

El mundo real regresó de sopetón. Mis piernas temblaban, pero me sostuve.

Me giré para verlo a los ojos. Y sus ojos, carajo.

Había algo ahí. No era amor ni cursilería.

Era otra cosa más rara, honda. Una certeza de que con él yo estaba a salvo. Que con él no iba a romperme.

Tenía la cara manchada de rojo. Mi rojo. Y, sin pensarlo, me estiré y lo besé. Un beso sin freno, cargado con todo, con todas mis ganas, con toda mi lujuria y la jodida fuerza que me quedaba en el cuerpo saboreando mi sangre en su boca.

Rodeé su cuello, lo apreté contra mí hasta compartir el mismo aire y sentir su dureza contra la mía. Él respondió igual, sin medias tintas. Me abrió la boca con los labios. Su lengua limpiaba mi lengua, mis dientes, mis encías.

Me despegué. Lo miré. Y pedí lo único que necesitaba oír.

—Di mi nombre.

Él, jadeante, con la boca entreabierta, obedeció.

—Lucas —susurró.

Y ni siquiera me dejó pedírselo otra vez.

—Lucas —repitió, más fuerte—. Lucas. ¡Lucas!

Y fusionó su boca con mi boca en un descontrol animal, de anhelo, de otro mundo. Guardado por los siglos de los siglos, y que ahora se liberó. Y que ahora era mío.

Y lo hice otra vez. Me aparté un segundo y le volví a ofrecer el cuello, sin dudar, pero ahora de frente, quería verlo, saber que me miraba.