Sangre muerta Capítulo 56
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Capítulo 56

Lucas

Se calló. Silencio. El cuarto se llenó de eso. Compartimos miradas. Yo, sorprendido de sostenerle la suya así, sin poder apartar los ojos. Él… no sé, intentaba leerme la mente. O el corazón. O lo que sea que pulsara en ese instante.

—Es mejor que descanses —dijo, y rompió el encantamiento—. Cuando mi padre me contacte, se va a desatar el infierno. Tenemos que estar listos.

Intentó levantarse para volver al piso, pero le tomé la mano y lo detuve.

Silencio otra vez. Miradas otra vez. Ahora mi respiración empezaba a salirse del ritmo.

Mi cuerpo iba varios pasos delante de mi cabeza.

Y él, él no dejaba de golpetear los dedos sobre sus muslos.

Lo raro era que mi tic del ojo no estaba.

Quería decirle cosas. ¿Qué cosas? Cosas tipo no te vayas, quédate aquí, no sé qué carajo me pasa cuando estás cerca.

Cualquier frase irracional que intentara explicar eso que me comía por dentro.

O las mariposas en el estómago, si quería ponerlo bonito.

Y él también parecía al límite, mandíbula tensa, se mordía una verdad en la lengua y en los labios que no quería soltar.

Para ser sincero, no estaba seguro de lo que yo quería.

No. Miento. Sí lo sabía. Lo sabía desde hacía rato.

Desde antes de la moto. Desde antes del baile.

Solo que decirlo en voz alta lo volvía real.

Pero ¿por qué negarlo? Ni que sentir esto fuera un pecado.

Sentía deseo. Por él, por su forma de hombre, por su aura de hombre.

Por su olor, por su cuerpo, por esa carne fría, por sus manos, por su boca y por todo lo que me hacía sentir sin siquiera tocarme.

Quería que lo supiera, que lo leyera en mis ojos, que lo sintiera en el modo en que mis dedos lo apretaban un poco más fuerte. Que entendiera, así nomás, que no tenía que irse.

—Lucas —apenas pudo decir mi nombre. Fue un susurro, casi un lamento—. ¿Estás seguro? Soy un vampiro de muchos siglos…

—Lo sé —lo interrumpí, en el mismo tono, envuelto en aliento—. Lo tengo claro.

—Según las leyes de tu mundo —siguió, con tacto—, por algo así podría meterme en problemas.

—Sí —murmuré—. Y qué suerte que esas leyes no aplican para ti. —Me apoyé sobre mis rodillas, y me acerqué un poco más—. Además, ya tengo dieciocho. No irías a la cárcel.

—Ajá, un par de horas con dieciocho y ya te crees adulto.

—Lo soy —no titubeé—. Soy un hombre haciéndole saber a otro lo que quiere.

—Lucas —pronunció mi nombre y algo en su voz se quebró. Siglos de control, de reglas, de dudas—. No quiero causarte daño.

—Te confieso algo —lo corté, más firme. Tragué, tomé aire—.

Con Gunnar creí que sentía cosas. Atracción, interés, lo que sea.

Y sí, lo sentí. Pero era distinto. Todo era confuso.

Había algo que me empujaba hacia él, una niebla, un eco raro que no terminaba de encajar. Esto no. Este soy yo deseándote.

Él me miraba en silencio, atento, con ojos que ya sabían demasiado de mí. Sus dedos rozaron mi cara, suaves, exactos. Me acarició como si mi piel fuera cristal.

Solté aire. Me sentí raro después de haber dicho lo de Gunnar. Que otro hombre me había atraído también. No quería mentirle, pero tampoco quería que pensara lo peor por haberlo sentido.

Por un segundo creí que la había cagado. Que había arruinado todo. Bajé la cabeza, intenté reajustar el nudo que tenía en la garganta. Dibujé una sonrisa torpe y me volví a sentar a su lado, apoyado contra el respaldo de la cama. Sin presionar, sin más palabras. Solo ahí. Cerca.

—Lo siento —dije, con las manos apretadas entre los muslos—. No quise arruinar el momento, pero tampoco quiero mentirte. Sentí cosas por él.

Él se giró un poco para mirarme de frente. No habló al principio, solo me tomó la mano y sonrió. ¡Y qué sonrisa la del perfecto cabrón este! Suave, linda, franca. Para mí.

—No te sientas mal por sentir —dijo—. Es normal. ¡Estás descubriéndote! No creas que me lastimaste. Ni por un segundo. Y no voy a juzgarte. Puedes confiar en mí, Lucas. De verdad. Todo eso que sientes yo también lo sentí. Hace mucho. Y te entiendo.

Me acarició el pelo con los dedos, despacio. Quizás intentaba apagar el incendio que tenía dentro y funcionó, un poco, aunque mi pulso se disparó.

—Y sobre Gunnar —añadió, con una firmeza distinta—. Lo que sentiste fue real, sí. Pero también fue inducido.

Lo miré con un gran signo de interrogación sobre mi cabeza.

—Él se aprovechó —continuó—. Manipuló tus emociones, tus pensamientos.

Lo que ya estaba en ti lo empujó hasta el límite con algo que conocemos los vampiros desde hace siglos.

Lo llamamos sussurro. —Dio espacio para pensarlo—.

El nombre se popularizó por un vampiro italiano que perfeccionó la técnica.

Es control mental. Sutil, pero efectivo.

Te hace dudar de si lo que sientes es tuyo o prestado.

Se me heló la espalda.

—Gunnar es un experto —siguió—. Muchos humanos han perdido la cabeza y la vida por eso.

El rompecabezas empezó a encajar pieza por pieza.

Lo que sentí cerca de Gunnar. Cómo actué.

Cómo pensé. Esa sensación de ir un paso por detrás de mí mismo.

Y aun así me pregunté qué tanto fue inducido y qué tanto fue mío.

Curiosidad, deseo, confusión. Todo mezclado. El estómago me dio un giro asqueroso.

—Yo —intenté hablar, pero la voz se me trabó—. Cuando estuvimos con Rugo, y en Inferno, hice cosas.

—Lucas, no importa —me cortó, sin necesidad de gritar para ser firme—. Pudo ser cualquier cosa. Sé bien cómo funciona el susurro. Sé lo que causa. Y te aseguro que no podías evitarlo. No te culpes. No es tu carga.

—¿Y tú? —lo miré, con la duda taladrándome—. ¿Tú también puedes hacerlo?

—No —dijo sin pensarlo—. No domino ese arte. Y no lo apruebo. Quitarle la voluntad a alguien cruza una línea que no pienso tocar. —Bajó un poco la voz—. Lo mío es otra cosa. Más físico, si quieres.

Me tapé la cara con las manos. La vergüenza, el vacío, el asco. Todo me cayó encima en avalancha.

—Con razón todo con él se sentía raro —murmuré—. Yo no era yo. Era lo mismo que verme desde afuera, cómo si alguien más usara mi cuerpo. Pero al mismo tiempo sí era yo. No sé. Un desmadre.

Bajé las manos, lo miré directo.

—Pero contigo no —seguí—. Contigo soy yo, entero, sin niebla. Sin mierdas raras. Lo que siento es claro, limpio. —Tragué hondo—. Y, para ser honesto, lo sentí desde el primer segundo en que te vi, aunque ni siquiera sabía ponerle nombre.

Callé un momento por aire, o más valor.

—La verdad, no sé cómo me atrevo a decirte esto —confesé—. Nunca he estado con nadie. Nunca he besado a nadie, solo a ti… y a Gunnar.

Ese nombre lo dije neutro. Él sonrió, leve. Una curvita en los labios que me derritió un poco más.

—Lo mío no fue un beso —dijo, obvió la última parte—. Fue un aliento para salvarte la vida.

—Ya, bueno, ajá —bufé, nerviosito—, tú entiendes a lo que me refiero.

Aleksei bajó la mirada, creo que necesitaba un segundo para encontrar las palabras justas. Lo vi hesitar. Esa pausa me pegó.

—Lucas —habló por fin—, mentiría si dijera que no deseo lo mismo que tú. No sé qué es exactamente, pero hay algo en ti que me arrastra. Tu forma de ser, tu inocencia, tu coraje. Gunnar lo dijo, y tenía razón. Me obligó a ver algo que ya sabía.

—¿Qué? —pregunté, casi sin voz.

—Que tu sangre me llama —respondió sin rodeos—. Incluso antes de entender qué eras. Me embriagó cuando la olí por primera vez. Me confundió. No hay otra sangre que haya deseado más.

Se detuvo. Las palabras, las letras correctas parecían pesarle en la boca.

—Pero no hablo solo de eso, Lucas. —Alzó la mirada hacia mí.

Vi miedo, vi ojos honestos—. Hablo de algo más profundo.

Más salvaje. Y aunque no lo parezca, aunque haya hecho todo por contenerme, llevo tiempo luchando por controlarme, porque si no lo hago tu vida podría —tragó—, podría ser mía.

Correrías peligro. —No apartó los ojos—.

Por eso mi distancia, por eso soy frío. Es una jaula que inventé para no acercarme demasiado.

Bajó la cabeza, pasó los dedos por su cabello.

—En otras vidas —continuó, voz baja—, he fallado. He bebido de más. El instinto ganó. Y la gente que se ofreció así, fácil —apretó los dedos—, no tuvo oportunidad y yo tampoco me detuve. —Volvió a levantar la cabeza, buscó mis ojos—. Intento cuidarte. Intento protegerte de mí.

El miedo me rozó, pero no ganó. No sé si fue valentía o estupidez, pero ya había puesto mis cartas sobre la mesa, así que me deslicé hacia él, despacio, sobre las sábanas.

Sí, me acababa de confesar que había matado gente.

No una vez, gente, pero seguí. Le tomé la mano otra vez.

Sentía el corazón chocar conta las costillas, quería escapar.

Miedo, ansia. Eso que no sabía nombrar y me jalaba directo a él.

Esperaba que leyera en mis ojos lo que no lograba decir con la boca.

La música seguía, bajita, Depeche Mode entendía el mood de todo lo que ocurría.

“It’s a question of lust… it’s a question of trust…”.

Sí. Justo eso. No era solo deseo. Era confianza, era entrega. Dejarse caer sin saber si había red.

Él se levantó de la cama. Pensé que se iría, que ahí terminaba todo, que pasé la línea de meta y me quemé.

Pero no. Me tomó por los brazos y me puso en pie, delante suyo.

Su respiración cambió, más agitada. Esos ojos de tormenta me arrancaron un suspiro que se mezcló con un gruñido, quejido o simple rendición.

No sé. Todo al mismo tiempo. Y entendí que ya no había vuelta atrás.