Sangre muerta Capítulo 55
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Capítulo 55

Lucas

Dejé de mirarlo porque mis ojos buscaron otra cosa, cualquier cosa. Se agarraron a la ventana, al techo, a las sombras que la lluvia dibujaba en la pared. Lo que fuera, menos su cara, porque si la miraba un segundo más, me quebraba.

¿Qué se supone que se dice a eso?

No era solo que Aleksei fuera un vampiro. Era que era algo más. Algo que ni los suyos querían. Un nombre que sonaba a maldición y que ahora respiraba a centímetros de mí, vivo, y que me acababa de entregar su secreto más secreto. Ajá, justo eso hizo. Casual.

Y yo, el chiquillo que no sabía qué hacer con esa data.

Mis dedos rozaron la tela del pantalón de pijama. Una manía vieja para no apretar los puños y que el cuerpo gritara lo que yo no podía. Una mezcla rara de miedo, compasión, culpa. No por lo que él era. Sino por todo lo que tuvo que tragarse solo.

Un ugatí. Un secreto con piel.

Él tampoco dijo más. Se quedó ahí, en espera. No supe si quería una reacción, una pregunta, o un “todo va a estar bien” que no tenía para darle. Lo único que pude ofrecerle fue mi boca cerrada. Un silencio espeso y compartido porque yo también era algo que no pedí ser.

Nos quedamos así, en calma, con los truenos afuera, la música de fondo y los pensamientos que hacían ruido adentro.

Y por primera vez en todo ese embrollo, entendí algo. Tal vez no éramos tan distintos. Los dos estábamos solos, los dos éramos algo que no podíamos controlar. Los dos, de alguna forma, habíamos sobrevivido a cosas que aún no entendíamos del todo.

Hice lo único que se me ocurrió. Porque ya lo había hecho antes y parecía okey.

Lo abracé. Me lancé contra su cuerpo de gigante, lo rodeé con los brazos y apreté fuerte.

Fue puro instinto. Mi manera de decirle gracias por confiar en mí, por soltar un secreto que no le debía a nadie.

Para mí importaba. Aleksei creía en mí. Ese inmortal, ese ser imposible, confió en este humano.

Lo tomé por sorpresa. Sentí cómo su cuerpo se tensó, cómo los músculos se le volvieron acero, aún más.

Apoyé la cabeza contra su pecho frío y duro.

Parecía vacío ahí adentro. Y, sin embargo, latía, a un ritmo distinto, mucho más lento.

Estaba ahí, vivo. O lo que sea que signifique estar vivo para un vampiro.

Algo cambió, porque sus brazos se cerraron sobre mí. Cálido, a su manera. Me envolvió enterito. Me hizo creer que de verdad quería sostenerme. Soltó una exhalación larga que me revolvió el cabello, y esa simple estupidez me aflojó el pecho.

Justo ahí, una voz suave se coló por el altavoz del celular. Una de mis favoritas. Aleksei lo notó al instante porque, sin pensarlo, levanté la cabeza y me separé. Fue reflejo, empecé a tararear la melodía casi en automático, mi cuerpo la reconocía antes que mi cerebro.

—¿Te gusta eso? —preguntó, curioso. Tal vez más por lo de desprenderme de él que por la canción.

—¿Eso? —dije, dizque enojado—. Respeta. Madonna no es “eso”.

¿Qué te pasa? ¿Nunca escuchas música? Ah, ya va, seguro me vas a decir que lo tuyo es Beethoven, Mozart y algún compositor random que ni Wikipedia conoce.

Y me dejas poquitito. No, ¡peor aún!, seguro me vas a decir que los conociste a todos. Que cenaste con ellos.

—Bueno…

—No, por favor. Ya entendí. Los conociste. Pero ¿sabes qué? No me impresiona. Me impresionarías si me dijeras que conoces a Madonna.

—Bueno…

—¿¡Qué!? —exclamé emocionado—. ¿¡Conoces a Madonna!?

—¿Querías o no querías que lo dijera?

Lo miré como si acabara de desembuchar que era el verdadero padre de Harry Styles. Él se rio, claro, seguro le encantaba verme con la cara de aceptar que me falta calle en la vida.

Vi su manerita peculiar de repiquetear sus dedos contra el pantalón. Sin decir más, volvió a poner la canción desde el inicio. Crazy for You llenó el cuarto y lo reclamó para sí. Entonces me tomó de las manos y entré en pánico. Supe, en un microsegundo, lo que intentaba hacer.

—No sé bailar —se me escapó con la esperanza de que eso fuera una palabra mágica para desalentarlo.

Mi magia no funcionó. Gryffindor cero puntos. Ignoró el dato de forma olímpica, me tomó por la cintura y, con la agilidad de alguien que ha hecho esto demasiadas veces en demasiados siglos, me jaló hacia él.

—Si te dijera quién me enseñó a bailar, fliparías —susurró con una sonrisa que debería ser ilegal.

La idea de que Aleksei bailara me parecía tan poco probable como ver a un gnomo hacer fila en la caja del súper. Pero ahí estábamos, haciendo justo eso. Yo, medio tieso. Él, muy cómodo.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—Miedo no —dije y me separé un poco—. Vergüenza. Esto no es lo mío, bailar, digo.

—Tampoco es lo mío —susurró—. Pero me dije, qué diablos. Capaz morimos mañana. Mejor aprovechar hoy. Un último baile, ¿no?

Su humor raro era… ¿refrescante?, su forma de decir verdades sin dramatismos. Su manera de hablar de la muerte como si fuera una vecina más. Y se rio el descarado. Le gustaba revolverme la cabeza, con su macalusia esotérica.

—Para que sepas —añadió—. Este es mi miedo. Los momentos buenos. Lo frágiles que son. Lo rápido que terminan.

Ahí sí quedé atontado porque ese vampiro que casi siempre era un muro acababa de abrirse frente a mí. Sus miedos no eran los míos. Los míos eran humanos. Los suyos, infinitos.

—¿Entonces? —preguntó. Dio un paso atrás con teatralidad y me tendió la mano otra vez, en una reverencia elegante de otro siglo—. ¿Acepta bailar conmigo, intrépido señor Luna?

A eso no había forma de decirle que no. La canción corría y tuve la sensación ridícula de que lo que Madonna describía era mi propio monólogo interno, todo eso que no me atrevía a decir en voz alta.

Me quedé suspendido entre la melodía y él, justo donde quería estar, mientras trataba de que el corazón no me delatara con esos latidos escandalosos.

Su cuerpo, ese perfecto cuerpo, se movía lento, seguro, es que estaba hecho para esto. Yo me dejé llevar. Mis brazos encontraron su lugar en su espalda y mi cuerpo se adhirió al suyo por pura fuerza gravitatoria.

Silencio. Miradas. El mundo afuera, rendido. La lluvia, el tiempo, la historia, todo se escurría entre las grietas del momento. Me mecía al ritmo de una canción que había escuchado mil veces, pero que ahora sonaba distinta, escrita para esto. Para nosotros.

Okey, sí, cursi. Quizás esto se volvió poesía infantil sin querer. Pero me vale. Lo sentí, lo viví y me gustaba. Mucho.

—¿Quieres saber algo? —susurró en mi oído—. Tenía siglos de no bailar con alguien así.

Cuando dijo siglos, le creí. Le creí porque él no tenía motivos para convencerme de nada. Lo dijo tranquilo, pero sentí la carga de esa memoria, de todo lo que había pasado por su vida antes de llegar a este punto tan simple.

—Supongo que estoy nervioso —añadió—. Quién lo diría.

Sí. Nadie lo diría. Yo menos.

Después vinieron más canciones. Más vaivenes suaves. Más de ese roce de cuerpos que aflojó el tiempo entre nosotros. Sonrió, de verdad. No una mueca ni una pose. Una sonrisa honesta, grande, perfecta, algo adentro suyo se había rendido un rato.

Mientras sonaba otra balada perdida en el playlist de Spotify, terminamos sentados en la cama, recostados contra el respaldar, empapados por dentro.

Aleksei miró a un punto cualquiera del cuarto y empezó a contarme cosas.

Lugares con nombres que yo no sabía pronunciar.

Caras que ya no existían. Recuerdos sueltos, stories viejas que nadie guarda, pero que a él se le quedaron pegadas para siempre.

Cosas que fueron, cosas que ya no volverán.

Yo solo escuché. Porque a veces no hay que llenar el aire con palabras para sentir que haces algo.

A veces uno solo debe estar, quieto, sin interrumpirle el mundo a alguien.

Me quedé a su lado, con un tipo que ha vivido tanto y que casi había olvidado lo que se sentía hacer algo tan sencillo, tan humano. Hasta ahora.