Capítulo 54
Lucas
Llegamos empapados y fui directo a ducharme. Él, no sé, porque vampiro. Cuando salí del baño, ¡sorpresota! Nunca pensé que me daría su habitación. Mucho menos que él pasaría la noche ahí conmigo.
La cama era gigante, obscena de lo grande, pero él eligió el suelo. Así, sin más. Y sí, todo bien, solo que jamás imaginé a Aleksei, el príncipe más príncipe de esta jodida Tierra, decir con toda la calma del mundo:
—Yo dormiré en el piso.
Debí poner una cara muy obvia porque habló de inmediato.
—Olvídate de eso —dijo—. No pienso en títulos. No sirven para nada.
Afuera, la tormenta todavía partía el cielo.
La lluvia golpeaba con rabia y parecía dividir el mundo en dos, y sonará cursi, pero había algo lindo en ese caos.
Estar ahí con él, después de ese paseo en moto, hablando de nada.
Por un rato, no existían conspiraciones ni laboratorios ni vampiros cargados de temas. Solo él y yo.
Me metí en la cama. Tiritaba. No por miedo, de nervios y por el frío.
Sobre todo por los nervios porque estaba en esa habitación con él.
Me había prestado un pantalón de pijama de seda —o algo igual de fino—, y una camiseta blanca.
Él se puso una camiseta sin mangas y otro pantalón de pijama del mismo material.
Se veía muy normal. Quiero decir, humano, normal no, porque es que el tipo parecía un dios bajado de la mitología con esos brazotes marcados y esos pectorales perfectos. Muy hot. Él. Whatever.
Gracias al universo él no leía la mente. Qué horror si hubiera escuchado la palabra “normal” aplicada a él, ¡cómo si eso pudiera ser posible!
Apagó la luz y se tiró al suelo. Había armado una cama improvisada con colchas, casi un experto. Después vino el silencio. Los truenos afuera, la lluvia, y mi cabeza que no se callaba.
Intenté dormir. Cerré los ojos, conté ovejas, pero nada. Me giraba, me destapaba, me volvía a tapar. Y no, no pensaba en los vampiros que me querían muerto, ni en mi sangre podrida. No podía dormir porque pensaba en él, tirado en el piso, a un metro de mí.
Me quedé mirando el techo. Alto. Todo en esa casa era alto. El techo, las paredes, los estándares, las expectativas. Desde esa cama disparatada pensaba en lo irreal que era todo. Escuchaba la tormenta y dejaba que me tragara la inmensidad.
—Lucas —dijo Aleksei desde abajo—. ¿Te pasa algo? ¿No puedes dormir?
No contesté, me quedé quieto. Tal vez si no decía ni hacía nada, él tampoco diría nada.
—Sabes que tengo oído superdesarrollado, ¿no? —añadió—. Hasta tu respiración me dice si estás despierto. Puedo oír tu corazón y el sonido de tu sangre.
—¡Ok, ya! —bufé—. Eres Superman. Lo entendí. No se te escapa nada.
Me arrepentí al segundo. Sonó feo, a la defensiva, de nuevo un chiquillo.
—Perdón —dije rápido—. No quise decirlo así. Es solo que…
—Te sientes leído por mí. Y eso te incomoda —me interrumpió. Hizo una pausa—. Justo lo que acabo de hacer otra vez.
—Eso. Sí —admití con un suspiro que me salió del alma—. No sé por qué estoy tan intranquilo.
—Si yo fuera tú, también lo estaría —dijo—. Hay demasiado en juego. Tu vida.
Exhalé lento.
—¿Sabes?, a veces ser tan directo no ayuda —murmuré—. Hay otras formas de decir las cosas. Más suaves. Como ahora, por ejemplo.
No respondió, y eso estuvo bien. Luego, los dos no dijimos nada por un rato largo. Solo el sonido de la lluvia se filtraba en la habitación, era un murmullo que no pedimos.
—¿Te gustó el paseo en moto? —preguntó al rato.
—Mucho —dije—. Sí. Bastante.
Otra vez silencio. No fastidiaban tanto ya, pero tampoco relajaba.
—¿Qué crees que pase ahora? —pregunté sin mirarlo. La voz me salió bajita, parte de mí no quería saber la respuesta.
—Queda por verse —dijo—. Mientras te bañabas, llamé a mi padre. Me dijo que tendré que comparecer ante los líderes de cada familia y explicar lo que ha pasado. No sé qué esperar, pero decidí no actuar aún. No por impulso. Esperaré su consejo.
—Supongo que hasta para un vampiro de —hice una pausa a propósito—, no sé, ¿ochenta mil años? pedir consejo no debe ser fácil.
—¿Ochenta mil años? —repitió, divertido.
—Pareciera. Y ya que no me dices tu edad exacta, asumí eso, siglo arriba, siglo abajo.
—Te di pistas. No seas flojo. —Noté la risa que burbujeaba en su voz. —No todo puede ser tan fácil, Lucas.
Un relámpago iluminó la habitación y aproveché para girarme y mirarlo. Estaba ahí, tan tirado en el piso, con las manos detrás de la cabeza, cualquier cosa menos un príncipe. Me devolvió la mirada, pero no habló.
No sé qué me pasó. Literal. El cerebro se fue a pausa. Sin pensarlo, le extendí la mano. Solo lo hice. Tal vez busqué que hiciera algo, que se moviera, que se acercara un poquito a lo humano.
Mi mano quedó ahí, en el aire. Un segundo. Dos. Nada. Él no se movió ni un milímetro. Ni un músculo, y juro que tenía de sobra.
—¿Qué haces? —fue lo único que conseguí que dijera.
—¿Sabes, Aleksei? —dije—, no tienes que ser todo el tiempo una escultura de músculos. Frío, distante. Ser más mortal no cuesta. No puede ser tan difícil recordar que alguna vez lo fuiste.
Entonces decidió tomarme la mano. Justo cuando estaba a punto de seguir soltando palabras hecho un idiota. Dudó, sí, pero lo hizo. Y fue tan… exacto, tan Aleksei, que supongo que fue su manera elegante de decir “cállate un rato”.
—¿Mejor? —preguntó.
—Algo —murmuré, casi niño—. Está fría. ¿Sientes frío?
Negó con la cabeza. Apenas. Para él no hacía falta explicar nada más.
Me quedé mirando nuestros dedos. Los suyos quietos, firmes.
Los míos medio temblorosos. Me pregunté cómo se sentiría ser él.
Que no duerme, o eso parece. Y de repente me cayó una cosa encima, no lo había visto alimentarse en días.
Ni una sola vez. ¿Cuánto podía aguantar sin hacerlo? Al no beber sangre, ¿mueren?
—No has comido —dije—, no te he visto. ¿No te da hambre?
No respondió, ni volteó. Me dejó en visto.
Solté un suspiro que ni sabía que tenía atascado.
Ahí estábamos, él en el suelo, yo en la cama, con las manos entrelazadas sin decir nada.
No sé si era ridículo o extraño, pero fuera lo que fuera, me calmaba.
Apagaba la tormenta en la cabeza. Bajaba el volumen del mundo.
Y eso ya era mucho. Creo que él también lo sabía.
—Me siento mejor —confesé, casi en secreto.
—Tienes miedo —dijo.
Asentí justo cuando un trueno partió la noche y me salió un brinquito bien poco digno. Cero cool.
—¿Te asustan los truenos? —preguntó.
Creo que hice una mueca, algo entre eh y ujum. Nada digno de interpretación. Solo un “supongo”.
—¿Tú no le tienes miedo a nada? —le pregunté, porque si yo me exponía, pues que él también.
Respiró hondo. No sé si porque ya estaba hasta la coronilla con tanta preguntadera, pero yo necesitaba hablar.
—Claro que tengo miedos —aceptó al fin, suavecito—. Pero no a la muerte. Al menos, no a la mía. Elijo no pensar en ellos.
Me quedé callado. Elegir no pensar en los miedos sonaba lindo.
Una frase para sticker o bio de TikTok. Pero yo sabía otra cosa, a veces los miedos no te piden permiso, se cuelan bajo la piel, se te sientan en el pecho y esperan.
No importa cuánto los ignores, ahí están.
Silenciosos, pacientes. Y cuando suena un trueno, saltan.
Pero no dije nada de eso. Me lo guardé.
—No creo que pare de tronar en toda la noche —dijo—. Tengo una idea.
Se puso de pie. Caminó hacia donde había dejado su celular y empezó a toquetear la pantalla con calma.
—¿Qué te gusta escuchar? —preguntó—. Quizás eso te relaje.
Me tomó unos segundos responder, no podía dejar de mirarlo, su altura, su porte. No disimulé, no. Lo miraba atontado. Me sentí tan observado por mí mismo que me dio hasta pena ajena conmigo mismo. Qué bobo yo. Pero al final hablé:
—Clásicos ochenteros. —Me levanté de la cama para acercarme. —No me mires así. Es culpa de mi papá. Siempre los pone en casa. Eso y pelis de los ochenta y noventa. A ver, dame.
Le arranqué el celular con descaro. Cero modales. Busqué en Spotify “80s hits” y le di play.
—Sí, a eso me refiero —exclamé. Cerré los ojos y moví las manos, casi flotaba en la nostalgia de una época que ni siquiera viví.
—Eres un cursi —comentó, con esa media sonrisa más letal que cualquier colmillo.
—Me gustan los clásicos —repliqué—. Es diferente. Tú deberías entenderlo. Tú, con todos tus siglos encima.
Y ahí que lo sentí cerca. Tanto que el tic de mi ojo apareció.
Desde esa altura ridícula de dios antiguo, me miraba con una suavidad que me desmenuzó por dentro.
Las hebras del vello de su pecho asomaban por la camiseta, brillaban con los relámpagos que entraban por la ventana, parecían filamentos de fuego. Juro que no exagero.
Quise tocarlo. No sé por qué. Juguetear con ellos. Olerlos. Suena cochino, lo sé. Pero no iba por ahí. Era una necesidad tonta, primaria. Pensar que si tocaba su piel algo se ordenaría. El mundo. Yo. Mis miedos. Todo. Quería entrelazar mis dedos con los suyos, solo eso. Una caricia. Nada más.
No me dio tiempo. Su mano se adelantó. Me acarició la frente. Las puntas de sus dedos rozaron mi cuero cabelludo y una descarga me bajó por la nuca hasta los hombros. Y esta vez no fui solo yo. Él también lo sintió. Él también se erizó.
En su boca asomó una sonrisa, pero no de compromiso. Una verdadera. Una que decía “te veo”. Y entonces vinieron las preguntas más estúpidas del mundo, todas en mi mente.
«¿Por qué lo hacía? ¿Esto era real? ¿Qué carajo significaba todo esto?».
Mi cabeza quiso caer en su rutina de mierda, pensar de más, sabotear el momento, convertirlo en un examen de opciones múltiples. Pero esta vez no. Me obligué a quedarme, a mirar su rostro. A olerlo. A sentir ese frío suyo que, en vez de alejar, parecía limpiar todo lo que tocaba.
Vive el momento, me dije. No lo pienses tanto. «Siente la vida».
—Nunca lo fui —dijo él, rompió mi perorata mental. Gracias al cielo.
—¿Qué? —pregunté, sin tener la menor idea de qué hablaba.
—Dijiste que no debe ser tan difícil recordar que alguna vez fui mortal —repitió, con la mirada fija en la mía—. Humano, asumo. Pero nunca lo fui, Lucas.
Lo miré sin parpadear.
—Pensé que sí —balbuceé—, o sea, siempre creí que un vampiro, para ser vampiro, tenía que haber sido humano antes. No sé, lo supuse. Pero cada vez que creo entender algo sobre ustedes, me doy cuenta de que no sé ni mierda.
Vi cómo se le formaban palabras en los labios. Pero no salían. Tan solo me miraba, quizás pensaba que eso era más honesto que cualquier frase. Y sí, había algo ahí, en sus ojos, algo que no necesitaba sonido. Me contaba su historia sin abrir la boca.
—Lucas —suspiró al fin, lo que venía a decir parecía pesar siglos—. Yo soy un ugatí.
Sentí que el mismísimo Dios pausó el universo. Que la música se cortó en seco y me dejaron solo con el eco de ese nombre rebotando en la cabeza. Ugatí. Esa palabra. Esa podrida palabra.
Se me tensó todo el cuerpo. La piel se me erizó hasta donde no sabía que había piel. El corazón golpeó donde no debía. La mente se me llenó de ideas, teorías, mierda suelta que no sabía ponerle orden. Respiré para bajarle dos a la revolución, pero ni así bastó.
—Eso quiere decir que tú… —empecé, y la frase se me partió en la garganta.
—Que corre sangre muerta por mis venas —dijo él, sin apartar los ojos de los míos—. Por eso, si hubiera bebido de ti, no me habría pasado nada. Por eso el olor de tu sangre me resultó familiar.
Me quedé ahí, mudo. Asentí por reflejo, un gesto inconsciente. Pensaba que eso bastaba para convencerlo, o más bien, convencerme, de que lo entendía. Pero obvio que no.
—Nadie lo sabe —agregó, más bajo—. Solo mi padre. Dustuyev lo supo. Y ahora tú.
—¿Dustuyev? —se me salió.
—Sí. —No dudó—. Después de lo de Collette, una noche de aquellas, entre tragos y recuerdos que duelen, se lo confesé.
Aleksei miraba al vacío o quizás miraba la escena en la pared.
—Le conté lo que nunca le había dicho a nadie —siguió—. Sobre mi raza, mi padre biológico, mi madre. Mis hermanos, todo lo que fui antes de que se acabara, antes de convertirme en un Beilion. —Pausó—. Quería que supiera que yo también entendía una pérdida así.
Calló un momento.
—Lo hice porque… —retomó—. Necesitaba decirlo en voz alta con alguien.
—Entonces —empecé, y me frené—. Lo que nos dijiste a Pietro y a mí que…
—Les mentí —me interrumpió, sin dejarme terminar—. Tuve que hacerlo. Esto no puede saberlo nadie, Lucas. Nadie. No por mí, si sale a la luz, es el fin de la casa de mi padre. Y quizás el suyo.
La forma en que dijo «suyo» al hablar sobre el rey me pegó raro. Fue advertencia. Punto final.
Me perforó con los ojos. Esa mirada que no dejaba nada escondido, que podía hurgarme hasta los recuerdos que uno se guarda por vergüenza. Sentí que si pensaba una mentira, la iba a ver brillar en mi cara.
—Por él estoy vivo —añadió, con cuidado—. Él me salvó. Cuando los vampiros de su clan aniquilaron a toda mi raza.
Ahí todo encajó. Aleksei no solo era un vampiro. Era un secreto viviente, un puto fantasma de una raza extinta, un sobreviviente de algo que nunca debió sobrevivir.
Y lo peor de todo fue entender que ahora ese secreto también me pertenecía.