Capítulo 53
Lucas
Era obvio que yo no iba a poder descansar. Ni aunque me inyectaran otro tranquilizante. La noticia de Gunnar… lo que hizo. Rugo. Seguro Attila. Todo por poder. De lo más enfermo. Y yo, un idiota, nunca, nunca lo había pegado con eso que Aleksei nos explicó. Pero era lo que era.
Yo caminaba de un lado al otro en la sala, casi un animal enjaulado. Las manos me temblaban y no podía ni esconderlo. El cuerpo me delataba solito.
Aleksei me vio. Y, sin decir nada, me agarró por la muñeca.
—Ven conmigo —dijo, y me jaló.
—¿Qué pasa? —se me escapó—. ¿A dónde vamos?
Atravesamos el pasillo. Al final estaban los guardaespaldas y, tan pronto lo vieron, se enderezaron como si acabara de entrar el general a inspeccionarles el alma.
—Lucas y yo vamos a salir —dijo Aleksei.
—Su Alteza… —empezó Brock, con los hombros tensos, ya tenía la lista de riesgos dispuesta en la lengua—. Si me lo permite, sugiero…
—Solo será un momento —lo cortó Aleksei, seco. Listo. Fin de la discusión—. Si quieren enviar los drones por protección y vigilancia, háganlo. Si prefieren venir ustedes detrás de nosotros, también pueden. Pero mantengan su distancia.
Mickey y Brock se miraron. Una mirada silenciosa de “¿en serio, ahora?”. Y entonces, de la nada, asomó la cabeza de Filomena por una puerta, quizás había estado pegada a la pared desde siempre. Esa mujer debía tener sangre de cucaracha.
—Enviaremos dos drones —dijo sin pedir permiso. Tosió—. Mmmm… con eso debe bastar. Mientras no se alejen tanto.
—No nos alejaremos, Filo —respondió Aleksei—. Solo saldremos a despejar la mente.
—Si usted considera que es lo más sensato en este instante —dijo ella, y no sonó a aprobación. Sonó a “si te pasa algo, no digas que no te lo advertí”—. Además, llueve a cántaros.
Aleksei no dio ninguna explicación extra. Obvio. Él no explicaba. Y aun así, se notaba que para ellos esto era… raro. Una acción fuera del guion. Algo que no cuadraba con el príncipe de hielo y guerra.
Pero nadie lo discutió. Porque al final, en esta casa, y en su mundo, se hacía lo que él dictaba.
Aleksei me llevó a través de más pasillos hasta que el último desembocó en un garaje enorme. Ahí había tres autos, todos vintage, elegantes, caros. Bueno, caro es poco. Seguro cada uno valía lo mismo que un ser humano.
Caminamos hasta el fondo, cerca de la puerta del garaje. Ahí estaba la moto.
Yo de motos no sé ni pío, cero, nada. Pero esta, esta era otra cosa. Una bestia preciosa. Verde army con negro mate. Limpia, agresiva, sobria. Una cosa muy Aleksei.
—¿Vamos a hacer lo que creo que…? —alcancé a decir, medio incrédulo.
—Sí —me cortó, y me pasó un casco—. Ponte esto.
—Pero…
—Confía en mí —dijo, mientras se quitaba el saco y quedaba en camisa blanca.
Tragué saliva. De todos los momentos para confiar en alguien, este parecía el indicado. El corazón me iba a mil, pero solté el aire despacio. «Vive, Lucas».
Aleksei se puso el casco y se subió a la moto. Antes de montarme yo, alcancé a leer el nombre grabado en el chasis delantero: Aston Martin AMB 001. Genial. Claro que el vampiro millonario tenía una moto Aston Martin. ¿Qué seguía? ¿Qué más?
Me subí y me acomodé lo mejor que pude detrás de él. Me puse el casco.
—¿Estás cómodo? —dijo Aleksei en mi oído.
Casi me da algo. El casco tenía comunicación interna y su voz me vibró directo en el cráneo.
—Sí —respondí, esperé haber sonado convincente.
Levantó el pulgar.
La puerta del garaje empezó a abrirse. Y mientras eso pasaba, Aleksei pasó por encima de su hombro una correa, no supe si de cuero o de algún material futurista caro, con hebillas metálicas.
—Pásala alrededor de tu cintura una vez —dijo en mi oído—, y dame ambos extremos.
Obedecí. Me la pasé alrededor de la cintura, traté de dejar los lados parejos, y se los pasé. Él hizo lo mismo, enganchó los cierres y tiró del sobrante. Sentí cómo mi cuerpo quedaba firme contra el suyo, casi fusionado.
—No es estrictamente necesario —dijo—, pero prefiero este extra de seguridad.
—Okey.
—¿Estás cómodo? —preguntó otra vez.
Comodísimo, quise decirle. Ahora que lo tenía tan cerquita. Solo asentí… y después lo dije en voz alta, por si acaso.
—Sí.
—Agárrame fuerte —ordenó, pero sweet—. Por la cintura.
Yo de bien mandado lo hice sin pensar. Mis brazos se cerraron alrededor de él rico, una correa más. Tan solo lo toqué y sentí cómo su abdomen se tensaba. Más duro. Ridículamente roca. Cada músculo estaba ahí, sólido bajo mis manos.
Así me quería quedar. Solo así. Apretadito, pegadito, contentito. Duró medio segundo esa idea.
El motor rugió. No fue un ruido, fue un animal despertando. El sonido me atravesó el pecho, la vibración de esa máquina me recorrió entero, fue un corrientazo. Y sin darme tiempo a nada más, Aleksei aceleró y salimos disparados hacia la noche, directo a la lluvia.
Creo que el primer minuto ni siquiera pude despegar la cabeza de su espalda.
Ojos cerrados full. Y a esas alturas estaba convencido de que debía tenerle el estómago hecho polvo, porque yo lo apretaba en cada cambio de ritmo, cada brinquito, cada sacudida mínima.
Pero esa fibra muscular seguía ahí, firme, ridícula, intacta. Rica. Él se lo buscó.
—Lucas —dijo en mi oreja—. Abre los ojos.
Coño. Él sabía exactamente todo lo que yo estaba haciendo. Pero okey. Quería hacerle caso. En teoría todo esto era para despejarme, sacarme de la cabeza, soltar estrés, ansiedad, el ruido. Desarmar lo malo. Supuestamente. Así que tocaba intentarlo, ¿no?
Me fui despegando de a poco. Primero la cabeza. Luego el pecho. Sin soltarme del todo, porque tampoco soy suicida. Lo justo para ganar un poco de espacio y ganar seguridad en mí. Abrí los ojos con lentitud.
La lluvia golpeaba el casco con fuerza, pero más allá de eso vi la carretera abrirse bajo nosotros, casi obediente. A su antojo. Al antojo de un príncipe vampiro que parecía capaz de abrir caminos con solo pasar.
Hubo un brinco suave, inesperado, y me pegué otra vez a su cuerpo de acero. Juro que solté un gritito. Lo intenté ahogar por pura vergüenza, pero salió.
—Tranquilo —dijo. Su voz era… ancla—. Es normal. Pero créeme, conmigo estás seguro.
Y ahí lo entendí, era otra prueba de confianza. Su manera de decirme que sí, que con él estaba bien. Que podía soltar el cuerpo. Respirar. Dejar de pelear con todo.
“Confía, Lucas”.
Volví a separarme despacio, sin soltar las manos.
El corazón me martillaba el pecho, la respiración acelerada, pero me mantuve.
Y empecé a tragarme el mundo. La oscuridad alrededor, que de pronto quedaba congelada por los relámpagos.
Los árboles inmensos que nos escondían. El camino que serpenteaba.
Y de la nada, salimos a una carretera abierta. Sin selva. Subía hacia la montaña. El cielo entero frente a nosotros, nubes grises acumuladas arriba nos esperaban.
No sentí miedo. Para nada. Fue asombro. Fue maravilla. Fue un guau discreto que me llenó el pecho.
La bestia mecánica trepaba por senderos vacíos y yo me sentía más cerca del cielo. No porque creyera que iba a morir, no, sino porque parecía que estábamos a punto de volar. De tocar las nubes con las yemas.
—Si quieres —dijo su voz, casi un susurro—, quítate el casco. —Pausó—. Anda. Siente la vida.
Eso me atravesó. El cuerpo. El alma. Algo. Por un segundo se me apretó la garganta. Sentí ese roce interno que te mueve todo y no sabes explicar.
«Confía, Lucas». Y repetí sus palabras en mi cabeza “siente la vida”.
Llevé la mano a la cara. Los dedos tocaron el material del casco y, lento, con miedo pero me empujé igual, me lo quité.
El golpe de la brisa y la lluvia fue ipso facto. Me llenó completo. Y, contra toda lógica, se sintió bien. Muy bien.
Se me escapó una carcajada. Las gotas me entraron en la boca, me picaron los ojos, me bañaron esa aura temerosa que yo cargaba igual que una mochila. Pero el miedo, por primera vez en días, se encogía. Se hacía chiquito.
Y Aleksei aceleró. Sí. Ese dragón mecánico todavía podía ir más rápido.
En un segundo de valentía o estupidez, da lo mismo, honestly, sin pensarlo, solté la otra mano de su cuerpo. Sentí el tirón leve del cinturón, y él se puso más roca, más ancla.
Y si lo que él quería era que confiara, pues fine. Me dejé llevar. “¡A la verga todo!”.
Abrí los brazos de par en par, la cara hacia las nubes y la lluvia borrascosa, una mano todavía sostenía el casco. La carretera era un río oscuro bajo nosotros. El viento me arrancaba el aire y, al mismo tiempo, me lo devolvía.
Y escuché la risa de Aleksei en el aire. Sí. Su risa. ¡Qué bonita, carajo! Por un segundo sentí que tenía permiso de existir sin miedo. Como si de verdad fuera camino al cielo.
Grité. O aullé. O lloré. Fue un todo-en-uno. Un gritoaullidollanto místico, ridículo, magiandano. Una cosa que salió de las tripas.
—¡Sííííííííí! —grité, y volví a gritar.
Y después me pegué otra vez a él. No por seguridad. O no solo. Me pegué porque quería sentirlo ahí. Conmigo. Porque quería decir “gracias” sin palabras, con el cuerpo, con mi todo.
Fue un abrazo disfrazado de “me agarré para no caerme”, pero era más que eso. Y él, él puso su mano sobre las mías en su cintura y apretó. Firme. Presente. Yo sabía que sabía.
—Regresemos a casa —dijo después de un rato.
Yo volví a colocar mi cabeza, sin casco aún, sobre su espalda.