Capítulo 52
Sala
—Gunnar —dijo Aleksei, frente a él—. Hay algo que todavía no me cuadra.
Hizo una pausa de un par de segundos. Suficientes para que la tensión se colara entre las paredes.
—¿Por qué sigues con vida?
—¿De qué hablas? —Gunnar pareció sorprendido.
—Colona. Por mucho que lo odiemos, es un perro que acata órdenes.
Matar a Rugo fue un mensaje: el rey intocable, derribado.
Si yo hubiera estado en su lugar, te habría matado a ti también.
Rugo, el rey. Attila, la hija. Tú, su consorte principal.
Tres muertes. La decapitación completa de la Casa Trather.
Sin linaje, sin liderazgo. Miles de vampiros, hijos legítimos o leales, huérfanos de golpe.
Y, sin embargo, tú estás aquí. En medio de esa carnicería, la segunda persona más importante de la casa real sigue viva.
—Ya te lo dije. Ellos se traían algo. Rugo y la Triple S. Querían silenciarlo. No entiendo a dónde quieres llegar —murmuró Gunnar, inquieto—. No sé cómo piensa Colona. Solo sé que entraron por Rugo. Esa fue su meta. Me duele estar acá y haber dejado su cuerpo allá, tirado.
—Eso es justo lo que me cuesta tragar —dijo Aleksei, con calma escalofriante—. Ese dolor. Todo tu discurso. Rugo no era un principiante. Estaba fortificado, rodeado, blindado con tecnología de punta. ¿Y la Triple S entró como si fuera su casa?
—Colona dijo que venía en misión oficial, de parte de Pangellis. Que necesitaba hablar con él. Urgente.
—¿Y Rugo aceptó? —El tono de Aleksei era de duda—. ¿Así sin más? ¿Rugo, que lo despreciaba?, ¿que odia todo lo que la Triple S representa?
—Esta vez fue diferente —replicó Gunnar. Había retrocedido un paso y la voz le temblaba—. No era igual…
—¿Diferente cómo?
Gunnar no respondió. Su rostro era una máscara rota, no supo esconderlo. Aleksei avanzó un poco. Ya no buscaba entender, buscaba confirmar.
—Hace unos días —dijo el príncipe, sin emoción—. Lucas y yo fuimos a la cabaña donde murió Dustuyev. Y encontramos algo. Un mensaje.
Gunnar se tensó. No preguntó qué.
—Dos símbolos. Dos X —siguió Aleksei—. Una sobre el borde superior de la puerta de entrada, otra en el suelo, cerca de la ventana. Solas no decían nada, hasta que Lucas las unió. Entonces apareció la runa inguz.
El nombre flotó en el aire.
—De tus ancestros, ellos la adoptaron —añadió—. Tú la adoptaste, tu familia. Y la llevas tatuada en la muñeca. Siempre la llevaste contigo.
Gunnar bajó la mirada por reflejo. No pudo evitarlo, se vio la muñeca.
—En la bóveda encontré los vínculos —soltó Aleksei, sin apartar la mirada—. Triple S. Plasma Corp. Humanos y vampiros.
Gunnar no decía nada.
—Al principio dudé de Rugo —continuó el príncipe—.
Era solo una teoría, una entre tantas que se me pasaron por la cabeza.
Pensé que el viejo me había mentido. También pensé que quizás ni siquiera él sabía lo que estaba pasando.
En ese momento todo era posible. Luego aparecieron las X, la runa.
El mensaje. Ese símbolo que Dustuyev dejó para mí.
—¿Qué hizo qué? —preguntó, con los ojos a punto de desbordársele.
—Sí, para mí —repitió Aleksei—. Y entonces apareciste tú.
Gunnar, el representante de Rugo. Tu nombre también está en la mesa directiva de Plasma Corp.
y la Triple S. Eres el puente entre ambos mundos, el cordial.
Al principio lo dudé, me costó creerlo. Pero mientras más lo pensaba, más empezaba a encajar.
Tanto así que iba en camino a hablar con el rey.
Primero, para encararlo y ver si me había mentido, y segundo, para informarle sobre ese mensaje oculto, la runa inguz, y comprobar qué tan seguro estaba de tu lealtad.
Obviamente, mi duda se disipó cuando llegamos hoy y te encontramos vivo y al rey muerto.
—No sabes de qué hablas —murmuró Gunnar.
—¿No? ¿Entonces por qué tiemblas?
—¿Estás acusándome?
—¿Debería? Dímelo tú. —Aleksei era una pantera lista para saltar—. ¿Tuviste algo que ver con la muerte de Rugo? ¿Los ayudaste a entrar a la mansión? ¿Dónde estaban sus soldados? ¿Dónde quedó su muralla de seguridad?
El silencio de Gunnar fue largo, y se extendió más de lo tolerable.
—¿O fuiste tú? —insistió Aleksei—. ¿El verdadero asesino del monarca?
Avanzó paso a paso. Cada palabra era un golpe certero.
—Nadie mejor posicionado —añadió—. Nadie con más acceso.
El consorte. El de la cama del rey. Al que nadie cuestionaría.
Admito que sin el mensaje de Dustuyev, jamás te habría mirado dos veces.
—Hizo una pausa—. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo hiciste?
¿Por qué provocar la mirada de los monarcas vampíricos sobre la Casa Trather?
En ese microsegundo, Aleksei lo dedujo.
—A menos que el astuto rey te haya descubierto —dijo, sin titubear, con pretendido asombro—.
Claro, eso fue. Rugo te descubrió. Después de mi conversación con él, estoy seguro de que se quedó pensando en todo.
Investigó por su cuenta. Y lo que encontró fue a ti, tu firma.
¿Quién más? Si no es él, eres tú. Entonces te encaró.
Me atrevería incluso a decir que perdió el control de la ira, que hasta intentó matarte.
Y por eso actuaste, te defendiste, y lo mataste tú. Y después mataste al resto.
Gunnar dio un paso atrás. El miedo empezaba a asomar, pero venía mezclado con una rabia vieja, acumulada, algo que llevaba tiempo enterrado y que ahora se agrietaba.
—¿Quién diablos te crees que eres? —espetó el consorte, la voz al borde del colapso—. Eres igual que él. Arrogante. Un dios caído que se cree dueño de todas las verdades. No tienes idea de lo que está en juego. Ustedes, los Antiguos, son la misma basura. Tú. Rugo. Hasta Dustuyev. Gran hijo de puta.
—Entonces no me equivoqué —dijo Aleksei—. Tú mataste al rey. Y como no tengo idea de lo que ocurre, me lo vas a explicar.
Aleksei no esperó más. Con una velocidad brutal, arrancó de la pared un sable decorativo y se lanzó igual que una sombra. En un jadeo, la punta rozaba el pecho de Gunnar. Lo acorraló contra la pared, el filo directo al corazón.
—¡Dímelo, Gunnar! —bramó el príncipe—. ¿Mataste a Dustuyev, a Rugo, a Attila? ¿Plasma Corp. manipuló la sangre de Lucas con la Triple S? ¿Está el director detrás de esto también o no sabe nada? ¿Quién más? ¿Tu grupo de impuros? ¡Dímelo! ¡Niégalo!
—¡Eso es lo que no entiendes! —rugió Gunnar, con el miedo en la punta de la lengua—.
Ustedes, los Antiguos, siempre nos pisotean.
Nos humillan. Nos tratan como errores, como desecho impuro.
¡Ya no más! —bramó—. Rugo tuvo lo que merecía.
Sí, intentó matarme; sí, me acorraló. Se volvió una bestia. No tuve opción. Era él o yo.
—¿Contaminaste la sangre de Lucas? —insistió Aleksei, su voz hecha un látigo—. ¿Qué es el Hemotipo X-Nullis? ¿De dónde lo sacaron?
Gunnar tragó saliva. Estaba acorralado, lo sabía. No saldría vivo si no actuaba.
—¡Aleksei! —jadeó al sentir el sable del príncipe hundirse centímetro a centímetro en su pecho—. Escúchame, no soy yo.
—De aquí no saldrás con vida a menos que me digas la verdad. Toda la verdad. Y te juro que no me temblará la mano para matarte.
Desde el pasillo, se oyó la voz de Lucas. Un grito que rajó el aire, muy parecido a un relámpago:
—¡Aleksei!
Bastó un segundo. Aleksei giró la cabeza apenas unos milímetros y, en ese resquicio, Gunnar actuó.
Esquivó el filo con un movimiento rápido, le estrelló un puñetazo en el pómulo y, sin titubear, sacó del bolsillo un dispositivo, se lo incrustó en el pecho y lo activó.
Una descarga eléctrica atravesó a Aleksei, que se dobló hasta caer al suelo de rodillas.
Gunnar no perdió tiempo. Corrió hacia la ventana, el cristal estalló en mil fragmentos y su figura se desvaneció bajo la lluvia y la noche.
Lucas irrumpió en la habitación. Mickey y Brock lo seguían de cerca. Filomena entró pegada a sus talones.
Aleksei yacía en el suelo, aún con espasmos por la descarga. Se arrancó el aparato y lo pulverizó con la mano.
Lucas llegó hasta él y lo sostuvo. El miedo, esta vez, tuvo forma y nombre.
No era miedo vago a ser herido. Era la posibilidad real de perderlo.
Hasta que Aleksei levantó la mano y la apoyó en su hombro.
No fue un gesto débil. Fue firme, casi sereno.
Un “tranquilo”, sin decirlo. Y luego, sin soltarlo, Aleksei se incorporó. Tambaleante, pero vivo.
Con el asombro y el alivio atascados en el pecho, Lucas susurró—: Claro, ¡vampiro!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Aleksei habló. Su voz era baja, pero clara. Contó todo, cada palabra sobre Gunnar cayó igual que una guillotina en la habitación.
—Yo venía a decirte eso —Lucas alzó la voz—. Recordé la runa. La había visto antes, en Gunnar y en sus amigos. La reconocí y vine a avisarte.
Aleksei lo miró. Sus labios se curvaron poquito, una sonrisa leve.
—Lo sé —murmuró, y luego alzó una ceja—. Ahora tengo otra pregunta, ¿por qué estás empapado?
Lucas pestañeó. No podía creer que eso fuera importante. ¿Que si estaba mojado? ¿¡Después de lo que acababa de pasar!? Antes de que pudiera soltar algún exabrupto fue Filomena quien respondió con fastidio viejo, y es que la paciencia se le había evaporado muchos años atrás.
—Mmmm. Porque decidió correr bajo la lluvia y tirarse en la hierba. No me hace caso. Dice que necesita “respirar”. Estoy harta de seguirle el paso. Es un idiota. Se va a enfermar.
Se giró, y añadió sin mirar a nadie—: Traeré ropa seca. Es tarde. Antes de que todo vuelva a explotar, deberían descansar.
Justo allí, como si el mundo respondiera y le diera la razón, un trueno estalló. Un zarpazo eléctrico rajó la noche y selló el silencio, quizás un portazo de los dioses.