Sangre muerta Capítulo 51
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Capítulo 51

Lucas

Sentía que la cabeza me echaba humo. Cada neurona en combustión y no sabía si apagar el incendio o dejar que todo se fuera al carajo.

¿Y cómo no? Me largaron sin preguntarme nada, era un mueble más que estorbaba en mitad de la sala.

Aleksei, con su actitud de 'yo controlo todo'.

Gunnar, con su tragedia griega. Y yo en el medio, el juguete.

Okey, sí, tal vez el dramático era yo. Pero me valía. Estaba cabreado. Y cansado. Y dolido.

Le puse el chip y la batería al celular, se los pedí a Mickey, el gorila joven, porque necesitaba desahogarme con alguien que no fuera vampiro ni con traumas acumulados.

Tan pronto tuve data, me cayeron mensajes de Ban y un festival de llamadas perdidas.

Mamá también. Ella casi no usa el celular, pero instinto de madre, supongo.

La llamé para que no se preocupara. Me repitió lo del pastel. Casi me quiebro ahí mismo. Le pedí tiempo hasta el sábado. Refunfuñó, pero aceptó. Desde hace un año intenta no meterse mucho en mis cosas, darme mi espacio. La amo por eso.

A Ban le conté por encima como iban las cosas, ya me veía venir el interrogatorio intenso, y no estaba para eso. Lo corté y colgué. Sí, una mierda de amigo yo, pero mi cabeza no daba para más. Le devolví el teléfono a Mickey porque él mismo me lo pidió. ¡Qué rabia! Me trataban igual que un niño.

Salí al jardín. Sí, en mitad del puto bosque había un jardín gigante que parecía renderizado, y colindaba con un lago que seguro era el mismo de una foto de Pixabay.

Primero me quedé bajo el porche porque la lluvia caía igual que una cortina de agua.

Necesitaba aquello. Aire, espacio, nada de miradas con doble sentido, ni vampiros cargados con secretos de siglos.

Filomena, que también se había arrastrado hasta esta casa, me vigilaba desde adentro.

Esa mujer era intensa, una cámara de seguridad con canas.

Le tuve tirria desde el primer día. Siempre ahí, al acecho, esperando que metiera la pata.

Y, bueno, de acuerdo, tampoco le había dado muchas razones para pensar lo contrario.

Esta vez tampoco se las di. Solo quería largarme, así que caminé de frente, bajo el aguacero.

El jardín tenía un tamaño absurdo. Se extendía hasta donde la lluvia dejaba ver. Césped perfecto, árboles de revista, todo muy cuento de hadas, si los cuentos de hadas incluyeran vampiros, traiciones y laboratorios secretos.

Caminé hasta que la casa quedó atrás. Hasta que ni la sombra de Filomena se sentía. A su edad seguro que mojarse no estaba recomendado por su reumatólogo.

Me tiré de espaldas sobre la grama empapada. El agua me caló hasta los huesos, pero no me importó. Al contrario, lo necesitaba. La lluvia me mantenía presente, me anclaba. Por un momento no había pasado, ni futuro, solo eso. Agua y respiración. Y era suficiente.

Los relámpagos partían el cielo. Hablaban entre ellos en su idioma de luz y electricidad, en algún tipo de conversación en su propio idioma.

Código. Ritmo. Clave Morse. Código secreto.

Sí, eso fue lo primero que me vino a la cabeza.

Recordé el mensajito que Dustuyev dejó en la cabaña.

El “Ven” bendito. Y en un respiro ahogado, todo encajó de golpe, fue un martillazo.

Dustuyev. Las marcas. La X arriba. La X abajo. El símbolo.

Me incorporé de una. El corazón me retumbaba en las costillas, buscaba una salida desesperada.

—¡Por Dios! —exhalé, aunque solo me escucharon la lluvia, los truenos y mi propia respiración.

Parecía que el universo hubiera abierto un archivo comprimido en mi cabeza. Todo estaba ahí, desplegado, imposible de ignorar. Ese símbolo yo lo había visto antes. Un montón de veces. Y fui un imbécil por no darme cuenta.

—Gunnar… —susurré, un escalofrío me sacudió la espalda.

El tatuaje en su muñeca. El que me llamó la atención.

Él y su grupito de impuros lo llevaban. Creí que eran solo líneas raras, una moda estética, algún diseño underground vampírico.

Pero no, no eran líneas. Era la runa inguz.

La misma de la cabaña. La que Dustuyev dejó escondida.

La que estaba tatuada en la piel de Gunnar, a la vista de cualquiera.

Mi respiración se volvió un caos. Entraba y salía sin ritmo mientras el cuerpo trataba de alcanzar lo que la mente ya sabía, pero no quería aceptar.

—¡Mierda! —escupí, bajito, con la adrenalina encendida bajo la piel.

No podía ser una coincidencia. No ahora. No después de todo lo que habíamos descubierto. Los símbolos, los mensajes, la sangre, las muertes. ¿Era una marca? ¿Una señal de pertenencia? ¿Una advertencia? ¿Un juramento?

Me puse de pie con un salto, como si me caminaran hormigas por el culo. La lluvia me azotaba la cara con cachetadas heladas y ya ni la sentía. Solo sentí el impulso de correr.

“¡Tengo que decirle a Aleksei!”.

Si Dustuyev dejó esa runa como pista y Gunnar la tiene tatuada, entonces, alguien estaba mintiendo.