Sangre muerta Capítulo 50
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Capítulo 50

Sala

El sonido se evaporó en la habitación. Solo quedaba el crujido de la leña que se consumía y el eco de todo lo que no se dijo, hasta que Gunnar rompió el mutismo:

—¿Cuánto tiempo supiste que era posible matar a un vampiro así?

La voz le salió grave, arrastrada. A cada palabra parecía costarle respirar.

Aleksei no se movió. De pie a pocos pasos del fuego, con la mirada fija en las llamas. La luz anaranjada le tallaba el rostro y proyectaba sombras irregulares sobre sus pómulos. Sonrió, poco. Un gesto sin alma.

—Suficiente —dijo por fin, con desdén—. Lo justo para saber que lo que viene va a destruirnos a todos.

Gunnar se tensó. Las implicaciones eran demasiado grandes. El príncipe habló sin adornos, sin rodeos, cada pieza, cada traición, cada verdad. Gunnar lo escuchó, y la incredulidad se transformaba en miedo. Luego en certeza.

—¿Y desde cuándo te autoproclamaste protector de los nuestros? —preguntó, a punto de quebrarse.

Aleksei giró apenas la cabeza.

—Desde que entendí que nadie más lo haría.

Gunnar lo observaba. Ya lo sabía. Aleksei no confiaba en familias, ni en alianzas, ni en pactos.

Había hecho todo por su cuenta porque en su mundo no había espacio para confiar en nadie.

Porque estaba convencido de que solo él tenía la fuerza, el criterio y la voluntad para sostener lo que quedaba.

Porque su ego alimentaba su necesidad de control.

Pero Gunnar también sabía que no era solo eso.

Se levantó. Caminó hacia él con pasos lentos, cargados.

Se detuvo a su lado. Aleksei seguía sin mirarlo, ahora tenía los ojos fijos en el retrato de Zainab Al-Fihri, la humana a la que había amado.

La que nunca nombraba. La que había ordenado sacar de la biblioteca de Villa Eterna y colgar en esa otra casa olvidada. Ahora la contemplaba en silencio.

Gunnar conocía ese gesto. Lo conocía muy bien.

—Lo hiciste por él —dijo en voz baja, casi con ternura—. Por Lucas.

Aleksei no lo negó, tampoco lo confirmó.

—¿Por qué te importa tanto? —continuó Gunnar—. ¿Te recuerda a ella?

No era un reproche. Era una pregunta real, sincera. Cargada de una tristeza vieja que aún dolía. Gunnar sabía que Aleksei no se movía por debilidad. Lo hacía cuando algo le importaba. Y Lucas lo había tocado en un lugar que ni él parecía entender del todo.

Entonces, sin pensarlo demasiado, el consorte le tomó la mano al príncipe. El contacto fue suave, íntimo, el de dos que ya se habían tocado muchas veces. Sus dedos se entrelazaron, en un gesto mudo que revelaba más que cualquier verbo.

—Me habría gustado que a mí me hubieras cuidado así —susurró.

Pero Aleksei no respondió.

—¿Qué es lo que te atrae de él? —insistió Gunnar—. ¿Su humanidad? ¿Esa imperfección que a ti te falta? ¿Te recuerda a quien eras antes de endurecerte? ¿O es su fragilidad lo que te mueve? Ese impulso tuyo de proteger lo que no debería estar en medio de esto. Igual que con ella.

Más silencio.

—Siempre callas —murmuró Gunnar, con media sonrisa amarga—. Pero lo entiendo. A mí también me recuerda que todavía queda algo bueno en este mundo. Aunque no todos los humanos sean como él.

Se inclinó y apoyó la frente en su hombro, respiró hondo, despacio. Luego le habló al oído, apenas un murmullo.

—Fuiste importante para mí. Aún lo eres. Y lo sabes. Sabes que habría dejado a Rugo por ti sin pensarlo. Pero nunca me miraste como lo miras a él. O como miras ese retrato.

Aleksei bajó el mentón.

—No es momento para hablar de esto —dijo.

—Nunca lo fue —disparó Gunnar—. No peleaste por mí. Me soltaste. Me tiraste. Lo nuestro no valía nada para ti.

—Fue lo mejor para ambas casas. Lo sabes. Rugo te celaba demasiado, y nuestra unión habría desatado una tormenta. —Pausó breve—. Aunque hace poco me dejó claro, sin decirlo, que él ya sabía lo nuestro.

—¿Sí? —Gunnar ni pestañeó—. Ya da igual. Lo nuestro…

—Lo nuestro fue un instante —intervino Aleksei—. Un impulso. No fue amor.

—Yo no lo viví así.

—Ya me disculpé —dijo Aleksei—. No quise hacerte daño.

—Pero lo hiciste. —Gunnar se apartó un poco, sin soltar su mano, y se tragó la rabia—. Tus disculpas no borran nada. Cada vez que me miras, cada vez que callas, solo veo arrepentimiento.

Se detuvo. Y luego clavó la daga.

—¿Y Lucas? ¿Vas a hacerle lo mismo? ¿Vas a desecharlo cuando ya no te sirva?

Aleksei se soltó de un tirón y dio un paso al costado.

—Lucas y yo no somos nada —dijo, fuerte.

—Todavía.

Aleksei se estremeció. Lo justo para que Gunnar lo notara. Lo había tocado donde dolía.

—¿O con él será distinto? ¿No vas a abandonarlo como hiciste conmigo?

—No tenemos por qué hablar de Lucas. Él no tiene nada que ver con esto —replicó Aleksei. Sus ojos se endurecieron—. Pero he visto cómo lo miras. ¿También planeas vengarte de mí a través de él?

—¿Y si fuera así?

—¿Estás jugando con él?

—¿Jugando? —Gunnar soltó una risa agría, sin alegría—. ¿Eso crees?

—Sé muy bien lo que le haces —lo cortó Aleksei—. Estás usando el sussurro. Esa técnica tuya, esa maldita voz que se cuela en la mente sin dejar rastro. Eres de los mejores, lo admito. Y lo aplicaste con él. Lo percibo. Está confundido. Lo manipulas y ni siquiera lo sabe.

Gunnar no respondió. No lo negó. No hizo falta.

Aleksei dio un paso al frente. Su voz cayó idéntica a una bola de demolición.

—Te prohíbo volver a hacerlo —ordenó el príncipe—. Rompe la conexión. Ahora.

Gunnar mantuvo la mirada. Ni un solo músculo se movió. Entonces, con un parpadeo mínimo, algo se quebró. Aleksei lo percibió, un chasquido de energía. El hilo invisible entre Gunnar y Lucas se cortó.

—Tienes miedo de que me elija a mí —dijo el consorte del rey. No fue una provocación. Fue un hecho.

—No temo a nada —replicó Aleksei, estoico—. El único que teme aquí eres tú. Temes que no te amen por lo que eres, sin trucos. Yo solo quiero que Lucas elija. Que esté contigo si así lo desea, pero por voluntad propia. No por un artificio barato metido en su cabeza.

El silencio que siguió fue largo.

—Es lindo —murmuró Gunnar al fin, y bajó la mirada un segundo—. Inocente. Hablar con él me hizo sentir algo que creí muerto. Algo humano. Es valiente, aunque no lo sepa. —Se acercó de nuevo—. Y eso es lo que te atrae, ¿verdad? Su valor. Su pureza.

—No sé de qué demonios hablas.

—Te recuerda a ella. Admítelo. A la humana que nunca pudiste soltar. Tu punto ciego. ¿Es por eso por lo que lo proteges? ¿Porque no pudiste salvarla a ella?

—Basta, Gunnar —gruñó Aleksei con la mandíbula tensa—. Solo asegúrate de no volver a meterte en su cabeza.

Gunnar lo ignoró.

—Has fallado, príncipe —dijo, con un tono que helaba la sangre—. Lucas ya está hasta el cuello. No lograste esconderlo, no pudiste protegerlo. Esto ya te sobrepasó y lo sabes. Solo que no quieres aceptar que necesitas ayuda. Que esto es más grande que tú.

Aleksei apretó los dientes. No respondió porque en el fondo, Gunnar tenía razón y eso era lo que más lo molestaba.