Sangre muerta Capítulo 49
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Capítulo 49

Lucas

Por sugerencia de Mickey, nos refugiamos en otra de las casas de Aleksei. Villa Campestre. Según él, la más oculta de todas, la más alejada. Metida en el culo del bosque. Y sí, tenía sentido, porque ahí no se oía ni un carajo solo el rumor de la lluvia que caía a borbotones.

Pero no era silencio normal. Era otra cosa. Se pegaba a las paredes, al techo, a la piel. No era paz, era incómodo. Un susurro viejo que se negaba a morir.

La única luz venía de la chimenea. Sí, chimenea en Panamá. Absurdo pero real. Seguro era más estética que funcional, no es que los vampiros la necesitaran. El fuego crepitaba y escupía chispas, lanzaba sombras torcidas sobre los muebles de cuero oscuro.

En la mesa baja, dos velas se resistían a morir. Porque claro, ellos y sus velas. Pero ni eso servía. La oscuridad seguía ahí, se colaba por las rendijas, se asentaba en los rincones. Respiraba con nosotros.

El aire olía a cera derretida y madera quemada. A encierro, a final de algo.

Gunnar estaba tirado en el sofá y se cubría la cara con el antebrazo. La herida ya se le había cerrado, su cuerpo se curaba solo. Pero le temblaba la boca. No por el dolor sino por la pérdida.

Sus ojos, cuando lo miré me dijeron la verdad.

Lo que le dolía estaba más adentro. Lo que habíamos visto no tenía nombre.

Rugo, su rey, su amante, su todo, lo que fuera, se deshizo frente a nosotros, convertido en una mancha de sangre y sombra.

Aquello había sido una puñalada en algo que no vuelve a soldar.

Gunnar lo había visto colapsar, vaciado por dentro. La sangre se le endureció bajo la carne, un concreto negro. Lo vio caer, morir, desaparecer.

Eso no era algo que esperas ver nunca. Mucho menos si creíste que ese tipo era eterno.

Tuvo que dejarlo ahí, tirado, solo. Tuvo que salir corriendo para salvarse, porque quien fuera que lo hizo podía volver.

En la sala, me quedé a su lado, sentado en el suelo, con los brazos cruzados sobre las rodillas. No me atrevía a tocarlo, ni a abrir la boca. ¿Qué se supone que dices después de ver eso?

Aleksei no se había movido. Llevaba minutos clavado frente a la ventana.

Miraba la lluvia, imaginé que buscaba alguna posible respuesta, no sé.

El agua golpeaba el vidrio de un modo raro.

Igual que los latidos de un corazón mal sincronizado.

Él no decía nada, pero yo sabía que su cabeza no había parado ni un segundo.

Trabajaba, conectaba piezas, trazaba líneas hacia algún infierno.

—Aleksei —murmuró Gunnar—. ¿Informaste a las familias de lo ocurrido?

—Aún no —respondió—. Lo haré pronto. Necesito saber cómo comunicarlo.

Entonces Gunnar levantó una mano, lento, casi en automático. Me pasó los dedos entre el cabello. Un gesto rápido, suave, pero con tanto peso que sentí que se me abría algo en el pecho. Lo miré y sonrió, fue una sonrisa triste y rota. Polvo de lo que fue.

—Lucas… —dijo con voz rasposa, y todavía había ternura ahí, aún le quedaba algo humano pegado a los huesos—. ¿Cómo estás?

Fruncí el ceño. ¿De verdad me preguntaba eso?

—¿Qué importa? —solté, molesto, sin pensar—. ¿Cómo estás tú?

Gunnar rio. Una risa leve, raspada, hueca. Que no nació de la garganta sino del cansancio.

—Gracias por quedarte —dijo.

Ese “gracias” me estalló dentro. No pedía consuelo que no existía, pedía no quedarse solo en medio de ese infierno.

—Quisiera poder hacer algo más —murmuré.

—Esto es suficiente —respondió, sin mirarme. Con los ojos clavados en el fuego, quizás allá podía encontrar lo que acababan de arrebatarle—. Por ahora es suficiente.

El silencio se estiró. El crujido de la leña lo rompía, la casa parecía respirar con dificultad. Todo sonaba a final triste.

Desde su rincón, Aleksei soltó la pregunta.

—¿Quién hizo esto?

Gunnar cerró los ojos, tomó aire, lo sostuvo, lo soltó. Masticar su rabia no servía de nada. Pero al final lo dijo, sin rodeos.

—La Triple S.

Sentí el estómago hundirse. Gunnar asintió. Fue una verdad desnuda.

—Colona estaba al frente. Había varios soldados. Y dos vampiros.

—¿Vampiros? —repitió Aleksei, tenso.

—Jóvenes —continuó Gunnar—, pero entrenados. Muy bien entrenados.

Me sonaba. Aleksei también había sido emboscado por uno. Pero escucharlo salir de la boca de Gunnar lo confirmaba. Esto no era un accidente, estábamos en medio de algo mucho más planificado.

Gunnar bajó la voz. No por miedo sino por lo que venía con esas palabras.

—Nos quieren exterminar —dijo—. Ahora estoy seguro. Y no entiendo cómo lo lograron. Matar vampiros con armas era impensable… hasta que dejó de serlo.

La frase me pesó en el pecho.

—¿Cómo lograste sobrevivir? —murmuró Aleksei.

Gunnar lo miró un rato largo, parecía que tuviera que responderse primero a sí mismo.

—No lo sé —admitió al fin. Sonaba más agotado que confundido—. Me atacaron los dos al mismo tiempo. Hice lo que pude. Me defendí. Y entonces uno me disparó. Sentí una descarga, el otro me arañó el rostro y después de eso la oscuridad hasta que te escuché hablarle a Rugo.

La voz le tembló al pronunciar ese nombre y se quedó callado. Los ojos perdidos en el fuego. Parecía estar viéndolo todo de nuevo.

—¿Por qué sigo vivo? No tengo una respuesta, pero sí un pálpito.

—Gunnar volvió la mirada hacia Aleksei, pareció haber terminado de atar los últimos cabos—.

No vinieron por mí. Iban por Rugo. Oí voces, una discusión, reclamos, querían silenciarlo.

Él era la cabeza de la casa. Pero había algo más, algo que no entendía del todo, turbio, entre Plasma Corp.

y la Triple S. Yo solo estaba ahí a medias, pero creo que su muerte es un mensaje.

Se le endureció la mandíbula. Las palabras le salieron duras y pesadas.

—Un mensaje claro, aterrador. Si un rey no está a salvo nadie lo estará.

Aleksei se acercó al sofá. Sus pasos llegaron sin ruido. Literal, nada. Puso una mano sobre mi hombro. No fue afecto, tampoco una orden. Fue una línea invisible, un hasta aquí.

Gunnar lo notó. Lo entendió de inmediato.

—Debes salir —me dijo Aleksei.

Lo miré, confundido. Con la ceja ya subida en modo «¿perdón?».

—¿Qué? —Quedé en pausa.

—Sal de la habitación.

—¿Por qué? —Casi ni me salió.

Aleksei retiró la mano. Miró a Gunnar. Luego volvió a mirarme.

—No quiero que te metas más de lo necesario —dijo, sin dureza, pero sí con esa determinación que no se cuestiona—. Gunnar y yo tenemos que hablar.

Solté el aire con fuerza. Ya estaba harto.

—¿Más de lo que ya estoy? —repliqué—. ¿La Triple S me convierte en un arma, me persiguen, me culpan, casi me matan y ahora me dices que no me meta? Estoy tan metido en esto como ustedes.

Lo que dije me supo a vómito caliente, era frustración y rabia. Pensé que Aleksei ya no iba a hacer esto. Que no volvería a tratarme igual que al niño que todos ignoran hasta que lo necesitan. Había creído que él sí me veía.

—¿Arma? —Gunnar frunció el ceño—. ¿De qué habla?

—No me pienso ir —solté firme, desafiante, casi adulto, aunque por dentro temblaba.

Aleksei se agachó frente a mí. Muy cerca. Me miró directo a los ojos y ahí estaban otra vez esas pupilas, brillantes, únicas, de otro fucking mundo, llenas de fuego contenido.

—Lucas, ¿por qué te cuesta tanto ver que todo lo que hago es para protegerte?

No sonó a ruego. Ya había decidido algo y solo esperaba que yo lo entendiera.

Sí, claro que lo sabía. En el fondo lo sabía, pero me hartaba. Me ardía. Porque no era solo este momento. Era todo. Toda mi vida me habían dejado afuera. Siempre en la puerta mientras los demás decidían qué carajo hacer conmigo.

Ahora, justo cuando creí que por fin me iban a tomar en cuenta me sacaban de la sala porque estorbaba.

Me repetí que no importaba si Aleksei tenía razón o no porque en mi cabeza ya me había convencido de que no era parte de nada. Que solo me usaron, que era prescindible. Sabía que mi mente me jugaba sucio, que esa voz venía de heridas viejas, de mierda no resuelta, pero no pude evitarlo.

Miré a Gunnar. Él también me miraba, pero con pena y algo más que dolía. Era obvio que ya sabía lo que Aleksei iba a hacer.

—No me importa lo que creas que puedes decidir por mí —dije—. Me quedo.

Aleksei inclinó la cabeza, me estudió. No sabía si él veía a alguien valiente o solo a un terco con miedo a quedarse solo otra vez.

Gunnar habló.

—Vete, Lucas.

Me congelé.

—Gunnar…

Él apretó los dientes, su voz fue un susurro ronco, pero firme, agotado y definitivo.

—Hazle caso —añadió—. Esto es entre él y yo. Temas de vampiros. No quiero que estés aquí.

Y ya. Se acabó. El mundo se me volvió a desarmar. No era solo que me sacaran de la habitación, me apartaban otra vez. Igual que siempre.

—¿Qué van a hacer? —pregunté, pero mi voz ya no era mía. Era un hilo quebradizo.

Aleksei no respondió, solo se enderezó y esperó. Me convertí en un problema menor, y dolía.

Busqué los ojos de Gunnar una última vez, pero ya no me miraba. Se había dado la vuelta hacia la ventana y veía caer la lluvia, yo había dejado de existir.

El silencio entre ellos era peor que un portazo en la cara. Era un “no importas” sin palabras.

Me levanté con el pecho hueco, lo que me sostenía se había ido al carajo. Caminé sin mirar atrás, intentaba no temblar para no darles el gustito.

Me detuve en la puerta. Conté uno, dos. Esperé que alguno dijera algo, que me detuvieran, que me eligieran. Sí, sí, bien dramático.

Nada. ¡Nada!, los muy hijos de puta. Cerré los puños y salí. La puerta se cerró con un golpe seco que sonó a traición.