Capítulo 48
Lucas
El lugar olía a sangre, a metal oxidado, a carne rota. Era un hedor que se te metía en la nariz y se quedaba ahí, pegado, tan penetrante que jurarías que más nunca podrías oler otra cosa en tu vida.
El lavadero de autos estaba vacío. El restaurante, era otra cosa. Puerta abierta de par en par, vitrina hecha mierda, luces que parpadeaban. Y la sangre. Dios, ¡la sangre! En el piso, en las paredes, en las mesas. Parecía que alguien había redecorado todo en rojo y hubiera dicho “¡Más es más!”.
Aleksei no dijo nada. Me miró. Por su cara supe que decidía si dejarme con los gorilas, perdón, con Mickey y Brock, ajá, sí, el de barba canosa también tenía nombre, o llevarme con él. Al final eligió lo segundo. Tal vez por terco. Tal vez porque sabía que, si me dejaba ahí, igual lo iba a seguir.
Los cuatro avanzamos entre los cuerpos. Despacio, cautelosos. Cada paso era un escalofrío distinto. Brazos arrancados, gargantas abiertas, ojos que apuntaban al vacío, sin nada detrás. Humanos sin vida. Y ese silencio que lo hacía todo más podrido.
Pasamos por la cocina. Ni un alma. Quien lo hizo ya se había ido. O peor, pensé por un instante, seguía ahí, al acecho.
La puerta secreta que llevaba a la mansión subterránea estaba entreabierta. Descendimos en el ascensor.
El frío nos golpeó de frente, pero no era solo frío, era otra cosa, algo corrompido. Parecía que el aire mismo te advirtiera que estabas entrando a un sitio del que tal vez no ibas a salir.
Todo estaba tirado. Muebles volcados, restos por el suelo. La gran puerta del salón donde habíamos visto a Rugo por primera vez estaba entreabierta. Aleksei la empujó con cautela. Los guardaespaldas ya tenían los dedos en los gatillos, pero Aleksei les ordenó inspeccionar en otros cuartos.
Ahí estaba él. O lo que quedaba de él. Rugo, el inmortal. El rey. Hecho una masa de carne ensangrentada en el suelo. Y lo peor era que aún respiraba. O lo intentaba.
Se me abrió la boca sola. Horror puro. Lo que quedaba de Rugo trataba de llevar oxígeno a los pulmones, pero nada entraba.
Solo salía sangre. Coágulos espesos que escupía en espasmos, su propio cuerpo rechazaba estar vivo.
Sí, eso era. La mitad ya no era piel, era sombra.
Una maldición lo devoraba desde adentro, podrida, negra, viva.
Lo vi descomponerse frente a mí. Los dedos, el cuello, las venas a punto de reventar. Se moría, pero no igual que cualquiera. Se estaba secando, deshaciéndose. Algo lo arrancaba del mundo célula por célula.
Aleksei cayó de rodillas frente a él. El hombre del que dudaba, tenía agujeros de balas en su carne, grises. El rey reducido a eso. Un despojo irreconocible, un vampiro vuelto carne podrida y confusión.
Los guardaespaldas ya habían revisado el resto del lugar. Cuatro humanos muertos, decapitados. Tirados en otra sala igual que basura. Una cochina galería del horror.
Aleksei intentó hablarle. Quería respuestas, lo escuché temblar.
—Su Majestad… —murmuró—. Tiene que decirme quién hizo esto… quién…
Rugo se aferró a su brazo. No fue un toque débil, no.
Lo agarró con fuerza bruta. Con desesperación real.
Los dedos se le clavaron en la tela y le desgarraron la chaqueta.
Trataba de hablar, pero no podía. Nos quedamos ahí, testigos impotentes e inútiles de su mirada deshecha, ese sonido de garganta colapsada que ya no sabía gritar.
Entonces lo escuchamos. Un gemido. No, más bien un lamento. Un eco enfermo.
Me giré de golpe. Sentí el estómago retorcerse. Era Gunnar, se arrastraba por el suelo con el rostro cubierto de sangre. Dejaba un rastro oscuro detrás, el piso parecía tragárselo lento. Tenía los ojos abiertos, desorbitados, y esa expresión de alguien que no entiende cómo sigue vivo.
Al verlo, Rugo levantó la mano. Los dedos temblaban en un último chispazo de vida. Y lo más trágico fue que a la par, Gunnar hizo lo mismo. Su brazo se alzó, un hilo invisible lo conectaba al del rey moribundo.
Y Gunnar gritó. Un alarido no humano me atravesó los huesos, el cráneo, el estómago. Un bramido desgarrado y primitivo. Algo dentro de él se había roto en mil pedazos.
Sus ojos desorbitados estaban fijos en Rugo, en esa piel que se ennegrecía como el carbón. En ese cuerpo que se convertía en sombra viva, en pura podredumbre, algo que ya no era de este mundo.
El rey exhaló su último aliento. No fue un suspiro, fue un vacío, un sonido hueco. Fue la muerte de un dios. Después, el silencio.
En ese instante lo supe. Mierda, lo supe. No era solo yo. No era el único con una sangre capaz de matarlos. Había alguien más, alguien con un arma que destruye inmortales. Alguien capaz de destruir vampiros y que había llegado a ese mismo lugar, y lo había hecho primero.