Capítulo 47
Lucas
El silencio en el auto era una tortura. No de las que puedes ignorar si te concentras en mirar por la ventana.
Esta te araña por dentro. Los pensamientos rebotaban en mi cabeza, balas sin dirección.
Quería gritar, quería saber qué carajo había dicho Fyodor.
Vamos, no era cualquier charla. Mi vida estaba en la cuerda floja y él ahí, callado, ¡ni que fuéramos camino a un picnic!
Antes de que pudiera abrir la boca para gritar mi frustración, Aleksei preguntó—: ¿Comiste algo?
Parpadeé. ¿Qué? ¿Eso era lo importante ahora?
Negué con la cabeza y crucé los brazos, la rabia me trepaba por el pecho hecha acidez.
—Debiste comer —añadió, entre protector e insoportable—. Eres humano. No comer te debilita. No eres igual a nosotros. Si estás débil, eres una carga. Sé inteligente, Lucas.
¡A la mierda! Lo miré como si me hubiera dicho que la Tierra era plana.
—No necesito que me regañes —repliqué. La voz me salió más alta de lo que esperaba, más rota también—. ¿Quién quiere comer con todo esto encima?
—Tampoco es para que lo tomes así… —murmuró con su sonrisita medio burlona que siempre me saca de quicio. Jerk!
—Y tengo ganas de mandar todo al carajo —escupí, sin freno. Harto—. Esto es una mierda. Detén el auto.
—¿Qué crees que vas a hacer? —preguntó. Ya no sonaba tan zen.
—¡Que detengas el fucking auto! —grité al guardaespaldas sin mirarlo.
Aleksei le hizo un gesto. El auto frenó en seco en plena avenida. Unos cuantos coches pitaron detrás. El cinturón me apretó el pecho. Apenas toqué la manija, sentí la mano de Aleksei que se cerró en mi antebrazo. No dolía, pero me detuvo. Sus ojos, clavados en los míos, eran otra historia.
—Lucas, piénsalo bien —dijo—. No estás a salvo.
—No me importa…
—No pasarás de hoy. Ellos te encontrarán.
Y ahí estaba otra vez. La jaula invisible. La certeza de que no importaba a dónde corriera, siempre habría algo que me esperaba para atraparme. Y lo peor era que, por más que me molestara, tenía razón.
Pero igual, me quité el cinturón y abrí la puerta porque estaba harto de todos, de mí. Incluso de él.
No voy a mentir, sí, lo pensé justo antes de pisar el asfalto.
Mi cerebro me pasó en loop todas las formas en las que eso podía salir mal.
Alejarme de ellos era un suicidio. Pero en ese momento ya nada me importaba.
No quería seguir escondido. No quería esperar el día en que me encontraran bajo una cama, en otro refugio. Solo quería desaparecer.
Y justo cuando puse el pie afuera, su voz me alcanzó.
—Lucas.
Solo eso. Sin gritar, sin exigencias. Solo mi nombre. Pero lo dijo de una forma que me paralizó.
Aunque el pitido de autos iba en aumento, no me giré de una. Tenía un pie en la calle, las manos apretadas a la puerta, lo único que me anclaba al mundo. Sabía que si daba un paso más ya no habría un undo button. Y, siendo sincero, tal vez eso era justo lo que quería o quizás no.
—Mírame —dijo él. Su tono era bajo. ¿Casi frágil?
Eso me descolocó. Aleksei no era frágil. Aleksei era órdenes, precisión, dureza. Aunque, para ser justos, ya me había mostrado otra cara. Una que todavía no sabía si quería ver de nuevo o enterrar con cemento.
Me giré. Me miraba de frente y sin enojo, sin ese aire de superioridad que a veces se le escapaba. Solo reconocí el cansancio. Quizás cargar con todo eso también le rompía algo por dentro. Me rogaba con los ojos. Esos condenados ojos que me tragaban entero.
—No puedes huir. No de esto.
—¿Y qué se supone que haga? —escupí, sentía la rabia atascada en la garganta—. ¿Sentarme a esperar que me maten? ¿Dejar que otros decidan por mí, porque soy el jodido experimento?
—No. Pero tampoco puedes actuar como si esto fuera a esfumarse solo porque quieres que se vaya.
Me reí. O lo intenté. Salió un sonido rudo, amargo, que se mezcló con el rechinar de llantas y la bulla de los autos. Nadie entendía por qué ese Rolls-Royce estaba plantado en plena avenida a hora pico.
—¿Tú qué sabes? Tú puedes pelear. Eres fuerte.
—Hice una pausa—. Eres tú. Y yo no soy un vampiro con milenios de experiencia, la fuerza de He-Man y una dinastía de chupasangres detrás.
Solo soy, —otra pausa. Las palabras se me atascaban en la garganta—, solo soy Lucas.
El idiota al que metieron en esta mierda sin preguntarle.
Bajó la cabeza y se pasó una mano por el cabello. Buscaba la forma menos jodida de decirme algo que tampoco iba a querer escuchar. Lo vi en su cara.
—Tienes razón —dijo al fin con expresión de que entendía lo que me pasaba.
No sé por qué, pero que lo admitiera solo me dejó más vacío. Y me cabreó un poco más porque cuando Aleksei se mostraba así, lograba colarse por las grietas que yo no quería tener.
—No sé lo que es estar en tu lugar —dijo—. No sé cómo se siente ser un humano que de repente descubre que su sangre puede matar vampiros y que ahora quieren atrapar.
Levantó la mirada otra vez.
—Pero no te equivoques —añadió—. Tú y yo tenemos más en común de lo que piensas. Sé lo que es sentirse atrapado en algo que no pediste.
Nuestros ojos se encontraron. Y ahí estaba ese algo que no esperaba ver, comprensión. Sin teatro.
—No fue mi elección ser lo que soy —continuó, despacio—. Toda mi vida he sentido que vivo en un mundo al que no pertenezco. Me dijeron qué era, qué significaba, qué se esperaba de mí. Y no importaba cuánto lo odiara al final tuve que aprender a sobrevivir en él.
Sentí mi garganta cerrarse, la saliva se había convertido en engrudo.
—¿Y cómo lo hiciste? —logré preguntar, aunque ya intuía la respuesta.
—Lo acepté. Di la cara. Me adapté. Aprendí. Sin huir.
Me quedé callado. Afuera, un «¡Mueve el auto hijodeputa!
» llenó el vacío. Mantuve mi silencio, no porque no tuviera nada que decir, sino porque todo lo que quería gritar se había vuelto un ruido sordo en la cabeza.
Tenía miedo, y eso que dijo no era lo que quería oír.
No en ese momento. Pero él era él, no se guardaba nada, no suavizaba nada.
Aleksei bajó la mirada un segundo, y cuando volvió a levantarla, su voz sonó más suave. Más ¿cercana?
—No te pido que dejes de tener miedo —dijo—, pero sí que dejes de pelear contra mí. No soy tu enemigo, Lucas. Nunca lo fui. Confía.
Mierda. ¿Por qué tenía que decirlo así? ¿Con esa voz, con esos dientes, con esa boca? Bocarrica, bocalinda. ¿Con esos ojos que parecían de verdad preocuparse?
La respiración se me apaciguó, las manos dejaron de temblar sobre la puerta.
Me quedé ahí, congelado, con un pie todavía afuera y el otro atrapado en el auto, mi cuerpo votaba por lados distintos.
No sabía qué carajo hacer. Parte de mí quería volver a entrar y abrazarlo igual que aquella vez en su balcón.
Así, sin pensar. Sentirme a salvo por un asqueroso segundo.
Pero me contuve. Y tomé una decisión. Volví a mi asiento y cerré la puerta.
El auto arrancó, la escandalera quedó atrás. No dije nada. No hacía falta. Me quedé callado, y dejé que el ruido de la calle llenara el hueco entre nosotros. Por dentro sentía que era verdad. Que de verdad se preocupaba.
Aleksei soltó un suspiro y se apoyó contra el respaldo, sin despegar la mirada de la mía.
—No quiero que te quedes porque no tienes opción —dijo—. No porque pienses que sin mí estás muerto. Quiero que lo hagas porque sabes que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para protegerte.
Me dejó sin aire. Así, siempre directo. Sin adornos.
Sí, Aleksei era el tipo que daba órdenes, que decidía sin preguntar, pero ahí estaba, quería que yo eligiera, que me quedara por él. O por mí. O por los dos. No sé. Una mezcla rara que me dio un cosquilleo en la panza. Pancita en mi caso.
Me tembló el pecho. La carga de todo regresó, solo que distinto, mucho más real. El corazón me latía hasta en las pestañas.
Después de un rato largo callado, con la ciudad que se deshacía en manchas borrosas afuera y mi cabeza a punto de crashear, solté la estupidez más random del universo. Supongo que necesitaba decir algo para no explotar.
—¿Cuántos años tienes, Aleksei? En serio.
Él soltó una risa corta. Lo agarré con los calzoncillos abajo. «Ojalá». Y el guardaespaldas joven se cagó de la risa. Soltó una carcajada full, sin pena. Tierra, trágame, pensé, y me hundí en el asiento.
Aleksei tocó un botón y una pared de vidrio oscuro se levantó entre los asientos delanteros y los traseros. Nos aisló.
Se giró un poco para verme a la cara.
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé —dije, y me salió más molesto de lo que quería—. Para hablar de algo que no sea mi sangre dañada, o los experimentos, o la muerte de medio mundo. Olvídalo.
Aleksei cruzó los brazos. Su mirada se perdió hacia algún lugar que yo no podía ver, mi pregunta pareció jalárselo siglos atrás, sin moverse un centímetro.
—Nunca me ha gustado ponerle número al tiempo —dijo al fin—.
Pero si eso te da paz, te diré esto, cuando nací, los hombres aún escribían sobre papiro y piedra.
En el este, los sabios debatían sobre el equilibrio y el caos mientras los reinos se desangraban entre sí.
En el sur, los templos ya llevaban siglos de pie.
La fe era literal. La gente creía que los dioses vivían en las paredes, que los muertos podían volver.
Lo miré, cabreado porque me acababa de lanzar un acertijo mitológico con trampa. Esta era su versión de “Ven” a lo corto corto.
—Ya. No me vas a decir entonces. Me toca adivinar —rezongué, y también me crucé de brazos porque What Da Fuck!—. ¿Eso es Egipto? ¿O Persia?
Sonrió apenas. Una sonrisa que no llegaba a los ojos, cargada de sombra.
—En Persia —siguió él, así, a lo maldita sea—, un rey llamado Artajerjes I, un aqueménida, gobernaba un imperio tan vasto que tardaba meses en cruzarlo.
En Grecia, los filósofos aún caminaban entre columnas, soñando con repúblicas.
En el Lejano Oriente, los reinos todavía no se llamaban China, pero ya se mataban como si lo fueran.
—Seguro hablas de antes de Cristo —dije, frunciendo el ceño, intentaba agarrarme de algo que supiera para no parecer tan estúpido.
—Tal vez —respondió, y ladeó la cabeza—. No era un calendario que se usara entonces. Y no, no conocí al hombre.
Mi boca se abrió. Leyó mi mente. Literal. Y qué pena, una oportunidad perdida.
—¡Mierda! ¿viviste todo eso? —alcancé a decir—. Digo, lo supuse, por lo que dijiste en casa de Pietro la primera vez, con todo ese tema de los ugatí y la expedición a la que fuiste.
—Solo diré que nací —respondió—. Lo vi. Lo aprendí. Lo olvidé. Lo volví a ver con otro nombre. Y ahora lo leo en libros y hasta parece ficción.
Apenas pude murmurar:
—Entonces ¿tienes como dos mil y…?
—Lo suficiente —me interrumpió—, para saber que la historia se repite. Aunque para mí, la historia no es un libro. Es memoria.
—Okey, entonces en serio no me vas a decir —dije, amagué con sacar el celular—. ¿Vas a hacer que lo googlee?
Antes de que pudiera mover un dedo, posó su mano sobre la mía. No con fuerza, pero con intención. Presente.
—Ahora no —dijo, sin apartar la mirada—. Pero sí, he vivido bastante.
Hubo una pausa. Apenas perceptible. Me pareció que sopesaba si decir algo más.
—¿Te molesta eso? —preguntó con una duda que no esperaba en su voz.
—No —solté rápido. Casi lo grité. Bajé el tono—. Para nada —casi se me salió un “daddy”, pero me lo tragué—. Solo me asombra. Has vivido tanto. Y yo, con dieciocho, me siento perdido todo el tiempo.
—Así debe ser. Es lo natural. No te castigues por eso. Todo se aprende. Te lo prometo.
—Gracias —le dije. Y fue honesto. Me salió de las tripas.
—¿Por?
—Por seguirme la corriente —dije—. Por tratarme como una persona que piensa. Por querer ayudarme.
Aleksei no respondió enseguida. Solo me miró. Y luego, estiró la mano, la apoyó sobre el asiento, boca arriba. No me dijo que la tomara. No me pidió nada. Solo la dejó ahí.
Yo me quedé viéndola. Un segundo. Dos. Un siglo.
Su piel era tan pálida que casi brillaba con la luz tenue del auto. Los dedos eran largos, fuertes. La palma reposaba allí, abierta, tranquila. Era una mano que había vivido demasiado. Y sin embargo, me esperaba. Esa criatura imposible, perfecta en su rareza, irreal pero tan real a la vez.
Se me secó la garganta. En serio. No sabía qué hacer. Una parte de mí quería salir corriendo, esconderme, mandar todo al carajo. Y la otra solo quería cerrar los ojos y dejar que él cargara el mundo por un rato.
Al final, mi mano se movió. No sé si fue impulso o si el corazón me hackeó el cuerpo. La puse sobre la suya. El contraste fue inmediato. Yo ardía. Él era frío. Fuego contra mármol.
Aleksei no se inmutó. No la apartó, no reaccionó y seguro ni siquiera pensó que aquello significaba más de lo que era.
Solo dejó que pasara. Y con la misma calma con la que la había ofrecido, cerró los dedos sobre los míos.
No fuerte, no apretó, no era una trampa.
Solo un gesto firme que parecía decir “Estoy aquí. Contigo. No me voy”.
Y, mierda… mierda, mierda, eso bastó.
No dijimos nada, no nos movimos, pero ese gesto, ese contacto, me hizo sentir que el mundo no quería tragarme entero. Que tal vez, solo tal vez, no estaba tan solo. Y eso fue suficiente.
—Mickey —dijo Aleksei, tras bajar la pared de vidrio, y miró por el retrovisor al guardaespaldas más joven, el que iba manejando—. Llévanos a Fratelli con Luigi. Lucas tiene que comer. Luego, vamos donde Rugo.
Me tomó un segundo procesar que el tipo tenía nombre y no era solo un gorila en traje.
—¿Perdón? ¿Fratelli? ¿Luigi? —pregunté, sin soltarle la mano.
—Si no comes, vas a seguir de mal humor —dijo sin mirarme—. Y si sigues de mal humor, vas a seguir tomando malas decisiones. Y si sigues tomando malas decisiones, vas a terminar muerto.
Lo dijo igual que si me estuviera explicando la tabla periódica o la fotosíntesis. Paso uno, clorofila. Paso dos, Lucas se muere.
—Ah, claro —bufé, y puse los ojos en blanco—. Comer una pizza y luego visitar a un vampiro con gula eterna. Todo súper normal.
No lo admití, pero sonreí. Fue una sonrisa que uno no controla, medio idiota, medio agradecida. Porque en medio de todo, pensaba en mí, en si yo tenía algo en el estómago. Sí, sí, cursi, me vale.
—Tenemos que hacerlo —añadió Aleksei—. Logré convencer a mi padre. No quería que me metiera. Trajo a su equipo de manejo de crisis, pero accedió. Le dije que después haría lo que él quisiera. Creo que prefirió evitar la discusión.
—¿Te dijo algo cuando le contaste lo de la Triple S y Plasma Corp.?
—No se lo esperaba. Pero tampoco le cuesta creer que haya una traición. Lo que sí le cuesta creer es que venga de Rugo. Son amigos. Lo conoce bien. Ni yo estoy seguro. Ya lo dije antes, algo no cuadra.
Mickey aceleró, y la ciudad se volvió un borrón de sombras. El zumbido del motor, la vibración del auto bajo mis pies, constante, casi hipnótico. Mi mano seguía sobre la suya. Yo ya no temblaba tanto. Todo se volvió quieto por dentro. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que huía.