Sangre muerta Capítulo 46 #3
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Capítulo 46 #3

»No entendíamos cómo podía existir un clan salvaje capaz de aniquilar vampiros con esa precisión.

Y peor aún, ni que hubiera vampiros cuya sangre, si la bebíamos, podía matarnos.

Nakam-Gesi los llamó ugatí, los megavampiros.

Pero en la lengua de aquella era, el nombre más preciso era los alfa originales.

»Durante semanas, su grupo los observó desde las sombras. Hasta que los descubrieron. Y con ese descubrimiento renació algo que creíamos extinto en nosotros, el miedo. Miedo verdadero, ancestral, crudo, irrefrenable.

»Ese miedo nos obligó a actuar como uno. Fue la primera vez que los clanes se unieron por una causa común. Aún no existían alianzas. No había jerarquías. Solo bestias sueltas. La sed de venganza nos volvió ejército.

»Zarpamos en ocho embarcaciones. Llevábamos sangre para el viaje, pero no certezas.

El temor era un pasajero más. Rugo, que aún se hacía llamar Utu-Garan, nos mantuvo firmes.

Su voz, su rabia, su necesidad de dominar lo indomable.

Repetía que nadie, bajo ninguna circunstancia, podía superar a los nuestros.

Aquella expedición no buscaba justicia. Íbamos a erradicarlos.

»Cuando los hallamos, atacamos al anochecer.

Silenciosos y letales, cometimos el peor error que puede cometer un soldado, creer que la fuerza bastaba.

Subestimarlos fue nuestro pecado. Lo que vino después fue una carnicería.

Espadas, lanzas, hachas. No era fácil matarlos.

Solo decapitándolos. Pero eran rápidos. Mucho más que nosotros.

Más resistentes, más salvajes. Criaturas moldeadas por la guerra. Depredadores de depredadores.

»Hubo un momento, lo recuerdo como si fuera hoy, en que supe que íbamos a morir.

»Entonces el fuego lo cambió todo. Un segundo batallón liderado por mí, estaba oculto en las colinas y allí prendí la tierra. Las llamas devoraron raíces, cuerpos y oxígeno. El cielo se volvió rojo y la noche ardió. El campo de batalla fue una pira. Aprovechamos ese momento de debilidad.

»Ganamos nosotros pero no por valentía ni fuerza. Ganamos porque éramos más. Porque quemamos todo. Sobrevivimos diez en esa batalla, más los pocos que quedaron atrás, protegiendo las embarcaciones. Entre cientos. Nakam-Gesi no fue uno de ellos.

»Lo que siguió fue una cacería. Eliminamos cada traza, cada cuerpo que aún respiraba.

Y cuando creímos haberlo borrado todo, comenzamos a recolectar humanos para el viaje de vuelta.

El barco estaba casi listo. Pero algo me arrastró de nuevo al campo de batalla.

Una sensación, instinto. No sé. Regresé al corazón de la masacre, donde ardió la tribu.

Entre cenizas, huesos partidos y carne calcinada, te encontré cubierto de hollín.

Tus ojos se clavaron en los míos. No hiciste ni un sonido pero tu mirada gritaba muerte.

No quedaba nada en ti. Lo habías perdido todo.

»No sé por qué te salvé. No puedo explicarlo.

Algo en ti me detuvo. O algo en mí. Me recordaste a mí.

No te parecías a ellos. No tenías sus rasgos.

Así que mentí. Dije que eras humano. Te escondí en mi camarote, te alimenté con sangre viva.

No sabía si sobrevivirías. No sabía si los otros lo notarían. Pero lo hice igual…

—En fin, ya todo te lo he contado antes. El resto es historia.

Las palabras de Fyodor cayeron con el agobio de los siglos. Se clavaron en Aleksei, eran espinas de las que no sangran, pero dejan marca.

El rey negó con la cabeza. Su rostro se oscureció, no por remordimiento, pero sí por algo más profundo. Un parpadeo de culpa lo traicionó por apenas un segundo. Después, volvió a ser piedra.

—Todo en ti es un imposible —dijo, sin suavidad pero sin rencor—. Una anomalía en el tejido de lo que debía ser. Pero jamás me arrepentí de salvarte. Ni un instante. Y sigo convencido de que fuiste el único que sobrevivió. Nadie más lo supo. Nadie más pudo haber escapado.

Aleksei sostuvo su mirada. No dudaba. Pero algo dentro de él se removió. No era incertidumbre, era instinto. Una voz antigua, enterrada en su sangre. Algo primitivo que no podía ignorar. Su padre podía estar equivocado por primera vez.

—Ojalá todo esto sirviera para cancelar esa podrida boda —confesó el rey, entre dientes, con media carcajada agria y resignada—, pero ni aunque supieran todo lo que me has contado.

Ni aunque la muerte de Attila ya se hubiera regado por todo el planeta.

Ni así pararían esa boda. Hay demasiado en juego.

Fyodor dio un paso al frente, más cerca.

—Ahora dime —dijo—. Háblame de ese supuesto plan para destruirnos.

Sabes que he vivido lo suficiente para oler la traición.

Siempre ha estado ahí, la sombra detrás del fuego.

Pero me cuesta creer que nuestra propia especie quiera su extinción.

Rugo podrá ser una bestia pero no es un traidor.

¿Estás seguro de que es él? ¿No podría ser una facción rebelde? Infiltrados como dijiste.

—No estoy seguro de nada —respondió Aleksei—. Pero iré con él a averiguarlo. Además, hay algo nuevo que descubrí. Un mensaje. Algo que debo mencionarle al rey.