Capítulo 46 #2
—Todo suena más enredado de lo necesario —cortó.
Miró a su padre—. Padre, todo es una mentira.
Ni Lucas ni yo tuvimos parte. Alguien dentro de la Triple S y de Plasma Corp.
montó esto. Cuando llamaste iba camino a ver a Rugo.
Aún no sé si él tuvo algo que ver o si tiene conciencia de lo que pasa.
Solo sé que debo hablar con él y con el director Pangellis.
Entender. En este momento no puedo descartar nada.
Incluso podría ser obra de alguien más con infiltrados en ambos lados. Humanos y vampiros.
—¿Rugo? —la palabra salió cargada de sospecha—. Lo dudo. Lo conozco. Es despiadado, pero no es estúpido.
—Por eso necesito reunirme con él —replicó Aleksei—. Sabré si me miente o no. El rey no sigue reglas. En el pasado ha buscado caos y control absoluto.
Fyodor no se movió. En su mirada pasó una sombra leve que delataba que, por más improbable que sonara, ya lo consideraba.
—Los científicos de la Triple S fueron eliminados por ese vampiro ilegal que quizás él mismo creó, no lo sé —continuó Aleksei, sin apartar los ojos de su padre—.
Al ver que me quedé con la información lanzó el video, soy su chivo expiatorio.
Me inculparon, pero cometieron un error. Me subestimaron. Y ahora tengo pruebas.
Entonces, con la precisión de quien expone un crimen, Aleksei desgranó con detalle los hechos.
Lo que pasó en su penthouse. La conversación con Colona.
El encuentro con Rugo. El infiltrado en la bóveda.
La sangre de Lucas. La manipulación genética con el Hemotipo X-Nullis.
Cada dato que Pietro, Amanda, Lucas y él habían desenterrado de los documentos hasta ese punto.
Cada frase era un golpe. El rompecabezas tomaba forma, pero no era una imagen de guerra tradicional. No se trataba de espadas ni colmillos, sino una guerra de información y de percepción. Con ellos en el centro.
La copa tembló entre los dedos del rey.
Aleksei dio un paso.
—Si fueron capaces de alterar sangre —murmuró—. De obtener de alguna manera esa sangre muerta. De manipular un video y fabricar realidades, entonces todo es posible.
Por primera vez, el rey pareció tener miedo. No de su hijo ni de los humanos. Del tiempo. De todo lo que había sobrevivido para terminar enfrentando una traición gestada desde su propia especie. Lo había visto antes, pero no así, no tan planificado.
Su voz emergió, grave y cortante—: ¿Y el humano?
Aleksei no titubeó.
—Es nuestra prueba. Nuestro testigo. Si lo hubiera dejado solo, ya lo tendría el enemigo.
Y ahora menos que nunca puedo permitirlo.
Su rostro será el más buscado de nuestro mundo.
Nadie lo va a proteger. Si Lucas es la única criatura cuya sangre puede erradicarnos —pausó, fue intencional, quería que el monarca masticara esa última palabra—, humanos o vampiros, querrán usarla con fines nefastos, y también habrá otros, vampiros, sobre todo, que intentarán borrarlo porque así reaccionan al miedo.
Fyodor bajó la mirada, intentaba calcular cuánto tiempo les quedaba antes de que todo estallara.
—¿Lucas…? —repitió él—. ¿Lucas es la única criatura en la Tierra capaz de erradicar a nuestra especie?
El rey giró hacia él con lentitud.
—Sabes que eso no es cierto.
Aleksei lo presintió antes de que lo dijera.
—Lucas… —Fyodor colocó con fuerza la copa sobre la mesa. El cristal estalló y él no se inmutó—. Lucas y tú, querrás decir.
La biblioteca se volvió piedra. El aire, plomo.
—Si lo que dices es verdad —murmuró el rey—, nada de esto pudo haber ocurrido sin sangre muerta. Tu sangre.
La acusación no fue gritada. Cayó a modo de sentencia. Yanki y Chloë se tensaron de inmediato. En sus rostros se leía lo que las palabras no podían expresar en su totalidad, el terror.
—¿Insinúas que formé parte de esto? —la voz de Aleksei se elevó—. ¿Crees que querría destruir a los nuestros?
Fyodor cerró los ojos. Exhaló. Y en ese gesto hubo más dolor que control. La duda lo estaba carcomiendo.
—Fuera —ordenó, sin girarse.
Yanki y Chloë salieron en silencio. Apenas se cerró la puerta, el vacío que quedó fue de otro calibre, más íntimo, más letal.
Fyodor se acercó al ventanal. El reflejo distorsionado de su rostro lo observaba desde el cristal.
—Maldita sea… —murmuró—. Ahora tendré que matarlos.
Aleksei no se inmutó. Lo conocía demasiado bien, sabía que su padre no decía esas cosas al azar.
—No debí mencionar lo de tu sangre frente a ellos.
Una confesión disfrazada, un secreto mortal, una grieta en la armadura de hierro de los Beilion.
—Padre, jamás traicionaría a los nuestros. Y menos a ti. No tengo idea de qué es esa sangre muerta, ni si es eso lo que están usando. Pero si lo fuera, no sé cómo la consiguieron. Nunca he entregado mi sangre. Y tú lo sabes.
Hizo una pausa, solo una vez existía la excepción, a Varyna, pero él confiaba en su amiga alquimista, y lo descartó de inmediato. Lo miró directo a los ojos.
—Lo único que se me ocurre…
Aleksei no terminó. No hizo falta.
—Crees que alguien más sobrevivió —completó Fyodor, cada palabra parecía arañarle la lengua.
—¿Estás seguro de que todos murieron? —preguntó el príncipe—. ¿De que ningún ugatí escapó?
La mirada fría del rey indicaba que Aleksei había escupido una blasfemia.
—Tú fuiste el único —repitió, con dureza—. No quedó ninguno más. Te lo aseguro.
Aleksei no apartó los ojos.
—¿Y si alguien en la expedición hizo lo mismo que tú? —dijo Aleksei—. ¿Si otro comandante ocultó a uno, igual que tú me ocultaste?
Fyodor dio un paso al frente. La duda lo quemaba por dentro. Se le atragantaba en la garganta.
—¿Insinúas que uno de los nuestros protegió a otro ugatí del mismo modo?
Se detuvo. El recuerdo volvió a morder, y sangraba.
—Los ugatí eran inconfundibles —dijo el rey—. No eran vampiros. Ni humanos. Eran otra cosa. Algo más antiguo. Primitivo. Con las narices colapsadas, lenguas bífidas y los ojos hendidos, de un depredador prehistórico.
Fyodor miró a su hijo con una intensidad que quemaba.
—Pero tú eras distinto —continuó el monarca—. Tu madre era humana. Tu padre, ugatí. Fue por la sangre de ella que pude esconderte. Llevarte de polizón en mi embarcación fue sencillo. Hacerte pasar por una criatura creada por mí, aún más.
Los recuerdos golpearon a Aleksei en el cráneo. El hedor de la carne podrida, el calor espeso de los cuerpos apilados, el peso de los suyos, muertos, sofocándolo en una tumba de sangre. Enterrado vivo entre cadáveres.
—Te aseguro, Aleksei —continuó Fyodor, cargado de algo que no era culpa, pero la rozaba—, que nadie supo de ti. Solo yo.
Sonó a un juramento. O a condena.
—Te encontré allí. Débil. Cubierto de sangre. Tus ojos eran los de un joven que ya no tenía nada. Tu mundo… tu linaje entero… había sido aniquilado.
Fyodor inhaló despacio para no derrumbarse bajo el peso del recuerdo. Volvió a ese día, a aquel campo sembrado de cadáveres. A las muertes de su clan y de los otros. Y a la única vida que decidió no segar. Aleksei era su secreto. Y su carga.
—Cuando arribamos a tierra, los buscamos durante casi un mes. Solo teníamos el relato de Nakam-Gesi. El único que escapó. El único sobreviviente de la primera gran expedición vampírica. Nadie más regresó. Nadie.