Capítulo 46
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Tan pronto quedaron solos, Fyodor fue directo al grano.
—Parece más fuerte de lo que esperaba el flaquito —dijo, y miró a Aleksei con decepción y reproche—. ¿Qué crees que estás haciendo?
Aleksei no respondió enseguida. No por respeto ni por duda. Simplemente, no tenía paciencia para rendir cuentas. No ahora. Pero con Fyodor la ecuación cambiaba, no solo era su padre, era el rey. Y sus preguntas, por molestas que fueran, tenían peso.
—¿No vas a responderme? —insistió Fyodor. El tono áspero arrastraba siglos de autoridad. El silencio de su hijo era un insulto.
—Investigo —dijo Aleksei al fin, con un suspiro seco, sin quitar la vista del suelo.
—¿Qué investigas?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Quién mueve esto. Confirmar si Rugo y el director de la Triple S están detrás, o si no tienen idea de lo que ocurre bajo sus narices.
La mirada de Fyodor se afiló. La paciencia se le deshilachaba por dentro y no le gustaba para nada el tono de su hijo.
—Te incomodan mis preguntas —murmuró el rey, tanteaba la grieta.
—Los interrogatorios nunca fueron lo mío, padre.
—Eso es cierto —concedió Fyodor, y apoyó ambas manos en el borde del escritorio—. Nunca explicas. Prefieres hacer las preguntas. Pero esta vez eres tú el que tiene que hablar. Queremos escucharte.
Aleksei no dijo una palabra. No se inmutó. Ignoró por completo a los dos humanos presentes con desprecio glacial, casi físico.
—Quizás si nos explicas —intentó Chloë, y midió cada sílaba.
Bastó un gesto. La mirada de Aleksei la calló sin tocarla. Quedó reducida a lo que era en esa sala, una mosca aplastada entre dos dedos.
Entonces llegó el golpe. El puño de Fyodor se estrelló contra el escritorio con fuerza brutal. La madera crujió y una grieta se abrió. El sonido reventó el aire y los dos humanos dieron un brinco.
—Estás poniendo en riesgo el nombre de la familia —dijo Fyodor.
Su voz se volvió más peligrosa—. Caminamos sobre hielo delgado.
Las familias no se mantienen unidas por respeto.
Se mantienen juntas por el miedo. No hay lealtad entre clanes sin conveniencia.
La Boda de Sangre entre los Marutti y la casa Qian es eso, una transacción.
Poder. Control. Territorio. Nada más. Y cualquier grieta puede romper el equilibrio.
Esto que estás haciendo puede ser la chispa.
Su mirada se volvió glacial. Insondable.
Aleksei lo sostuvo con la misma frialdad. No había miedo en sus ojos, ni rabia, solo cansancio. Un agotamiento profundo. El de quien ya no puede fingir que todo tiene sentido.
Fyodor se ajustó el saco, respiró lento, y se sentó en el borde del escritorio, que exhaló otro crujido. La mirada fija en su hijo. Era un lobo viejo que evaluaba si su cría aún merecía el apellido.
El silencio se extendió. Un silencio que podría partir a cualquier humano por la mitad. Y casi lo hizo. Chloë apretó el teléfono hasta blanquear los nudillos; Yanki se mordió el labio y evitó respirar de más. Para Fyodor y Aleksei, en cambio, el silencio era un arma.
Aleksei sabía, sin embargo, que esta vez el tiempo sí contaba.
—Alguien quiere destruirnos —dijo al fin—. Existe una alianza entre humanos y vampiros.
Fyodor entrecerró los ojos. Su expresión se volvió una sombra.
—¿Vampiros?
—Lucas es donante desde hace poco. Lograron matar a Dustuyev con la sangre de Lucas, su primera donación.
El chico no tenía idea de lo que le hicieron.
A Rad le pasó lo mismo en mi fiesta. También se alimentó de su sangre.
—Aleksei hizo una pausa breve, masticaba cada palabra—. Su sangre ha sido modificada.
El rostro de Fyodor se endureció. Ya no era solo desconfianza, era alarma.
—¿Qué estás diciendo?
—Que alteraron su sangre con ingeniería genética.
—Eso es imposible.
—Pietro lo acaba de descubrir. Yo confirmé sus sospechas. Entré a la Triple S. Robé la información. Encontré vínculos entre Plasma Corp. y la Triple S.
Fyodor lo miró duro porque, para él, acababa de oír una herejía. No estaba sorprendido, su gesto era de incredulidad seca.
—¿Que robaste qué?
Aleksei no prestó atención a la pregunta y continuó.
—Pietro hizo pruebas con la sangre de Lucas. Detectó anomalías. Me pidió más muestras, además, no podía dejar el cuerpo de mi amigo en manos de la Triple S. Pensé que investigarían, descubrirían cómo murió y usarían eso en nuestra contra. Por eso fui por los cuerpos de Dustuyev y Rad.
»Eso fue antes de saber que ellos estaban detrás de todo. Pero allí me esperaba un vampiro joven. Un impuro. Destruyó los cuerpos antes de que pudiera tomar nada. Fue un plan para incriminarme, o eso creo.
Fyodor no habló. Parpadeó. Tragó saliva.
—Ese vampiro fue entrenado —añadió Aleksei, su voz ahora más baja, más letal—. Un soldado. Técnicas antiguas. Fue creado por alguien fuerte. Nadie de su edad se mueve así sin un mentor. Y un vampiro no obedece a humanos.
—Lo mataste.
—Sí. No tuve opción. Era él o yo. Pero traje las pruebas. Pietro las tiene. Informes. Videos. Toda la evidencia. Esto no empezó ayer.
Fyodor empezó a caminar, su andar ahora era lento, pesado, cada paso cargaba un siglo. La copa de vino en su mano temblaba apenas. Cada palabra del hijo se incrustaba en su mente.
—Te infiltraste en la Triple S. Mataste a un inmortal… —murmuró, con la voz teñida de furia y miedo mezclados—. Rompiste protocolos, leyes. ¿Y ese video que vi?
—Lo que viste fue manipulado —dijo Aleksei, firme—. Ese video es un deepfake. Editado con inteligencia artificial.
—¡No me mientas! —bramó Fyodor, y volvió a golpear la mesa; el estruendo reventó el aire—. ¡Todos lo vimos!
Chloë habló sin levantar la voz, pero su tono bastó para callarlos.
—Majestad, yo le creo a Su Alteza. Hoy eso es posible con inteligencia artificial.
Fyodor se mordió los labios, pensó. Luego, sin miramientos, disparó la siguiente pregunta:
—¿Y la hija de Rugo? ¿También la mató la sangre de Lucas?
Para Aleksei no fue sorpresa saber que su padre ya tenía información sobre la muerte de la princesa vampira. Aunque ocurrió hace poco, en medio del caos era casi seguro que alguien tomó una foto o grabó un video.
—Con ella aún no sé qué pasó —dijo Aleksei—. Escuché un disparo. Después Attila se desplomó. Cayó muerta. Lucas no tenía heridas de mordida cuando lo saqué de Inferno. Hay demasiada información en esos archivos. Quizás ahí esté la respuesta. Algún tipo de arma. No lo sé.
Padre e hijo se miraron en silencio. No hacía falta decir más. Ambos entendían lo que eso significaba. Inmortalidad con fecha de caducidad. Un talón de Aquiles.
Fue Chloë quien rompió la quietud.
—Podemos usar esto a nuestro favor —dijo, con una actitud que no dejaba espacio para dilemas morales—. Fabricar nuestra propia manipulación digital. Colocar los rostros de quienes acusan al príncipe en situaciones comprometedoras. Convertir la mentira en un arma.
Nadie lo rechazó. Nadie se atrevió a decir que no.
—Eso los haría temblar —añadió, segura—. Si lo que circula sobre el príncipe “puede ser cierto”, entonces todo puede ser cierto. Hoy todo se puede poner en tela de duda. Todo se manipula.
—Al príncipe hay que alejarlo del foco —intervino Yanki—. No puede seguir expuesto. Si las familias empiezan a dudar, debemos adelantarnos a sus miedos y hundirlos en sus propias sospechas.
Aleksei seguía en pie, con los brazos cruzados, observaba cómo Chloë y Yanki tejían su telaraña.
—La clave aquí es el control del storytelling—siguió Chloë—. Negar no basta. Si juegas a la defensiva, pierdes. Hay que atacar. Mostrar lo que tenemos, los informes, los videos, las fotos. Golpear primero.
—Exacto —respaldó Yanki, sin emoción—. Todo debe pasar por nuestro filtro. Cada palabra, cada imagen. Nada se mueve sin nuestro permiso.
Chloë asintió.
—Vamos a montar un protocolo de emergencia —siguió él—. Manejo de crisis. Mensajes clave. Voceros controlados. Nada improvisado. Cada declaración deberá pasar por tres filtros: seguridad, estrategia e impacto. Nadie habla sin autorización.
Aleksei bufó. Fue apenas audible, pero lo suficiente para que todos lo escucharan.
—No pienso salir a justificarme. No soy un político cualquiera —dijo él.
—Y no lo harás —respondió Chloë, impávida—. Tu silencio será tu arma. Y la usaremos.
Yanki se inclinó apenas con sus ojos fijos en Aleksei. El plan de batalla ya estaba trazado en su cabeza.
—Vamos a lanzar un comunicado breve —dijo Yanki—. Sin explicaciones. Algo como: “Las acusaciones que circulan carecen de fundamento y serán tratadas internamente. La familia Beilion no se ve afectada por rumores infundados”.
Se detuvo. Medía cada palabra, sabía que demasiada información solo hacía que todo sonara más culpable.
—La gente teme lo que no entiende —añadió Chloë, su voz encajaba en la estrategia, casi una pieza más del mecanismo—. Si logramos que los altos mandos se pregunten si hay algo más profundo, ganamos tiempo. Y controlamos la narrativa.
La insistencia con “controlar la narrativa” empezaba a hacer que Aleksei perdiera la paciencia.
—Mientras tanto —intervino Yanki—, convocaremos una reunión con las cabezas clave de cada casa.
Solo los que tengan mucho que perder. Aliados estratégicos, no simpatizantes inútiles.
Si conseguimos que dos o tres familias influyentes duden de la narrativa, las demás caerán en cadena.
Esto es la guerra. Y la percepción es el campo de batalla. Nosotros dictamos las reglas.
Siguieron tejiendo el plan. Hilos finos, peligrosos, una telaraña política en plena tensión. Aleksei los escuchaba sin pestañear. Parecía que cada sílaba pudiera sellar el destino de su especie.
Hasta que habló.