Sangre muerta Capítulo 45
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Capítulo 45

Lucas

Íbamos a toda velocidad. El auto devoraba el asfalto y las calles estaban vacías, pero eso no me tranquilizaba ni un carajo.

Adentro del coche, el aire pesaba. Y no me refiero a 'pesado' de aburrido.

No. Era silencio del que se siente más a campo minado.

Donde cualquier palabra mal puesta puede hacer estallar todo y adiós a la calma.

Aleksei iba callado, la mirada perdida en la ventana. Quizás quería atravesarla con los ojos. Los guardaespaldas, estatuas armadas, atentos, tensos. Hasta que el de barba entrecana rompió el hechizo.

—Su Alteza —dijo, firme—, el equipo de aliados está activo según su orden. Mientras usted estaba reunido con el señor Pietro, nos movimos. Montamos un operativo para despistar a la Triple S y a cualquier otra amenaza.

Me giré un poco para verle la cara a los dos. Traté de entender bien qué decían.

—En este momento —siguió él—, tengo a mi gente repartida en varios puntos de la ciudad. Algunos disfrazados de usted, otros de Lucas. Van a los lugares que usted frecuenta, a sus otras propiedades. Sembrando dudas para que se pregunten dónde está en realidad.

Aleksei no dijo nada, pero ya creía conocerlo alguito para notar que procesaba cada palabra.

—En Villa Eterna, Filomena activó los sistemas de defensa —agregó el guardaespaldas—. También el camuflaje. La propiedad está oculta, al menos por ahora. Eso nos da tiempo hasta que nos indique qué quiere hacer después de su reunión con Rugo.

Todo eso sonaba muy James Bond, pero lo único que yo podía pensar era: ¿y si igual nos encuentran? ¿Y si nada de eso funciona?

Me tragué el comentario. En ese auto, rodeado de tipos listos para matar o morir por él, y con Aleksei con la cabeza en mil posibles escenarios de batalla, no era el momento de sonar pesimista o, peor, de admitir que estaba cagado de miedo. Aunque lo estaba. Full.

Entonces sonó su celular. El tono asustó el silencio, fue un disparo dentro del coche. Aleksei contestó al instante.

—Su Majestad. —Dijo eso tan neutro que dolía. Mala señal—. Sí…

No alcanzaba a oír la otra voz, pero la intensidad se sentía. Era claro que quien hablaba al otro lado estaba encabronadísimo.

—Créame, su Majestad, no era mi intención causar problemas, sino todo lo contrario. Ni mucho menos manchar el nombre de nuestra dinastía.

Hizo una pausa. Se notaba que se aguantaba las ganas de gritarle a alguien.

—Voy a ver a Rugo. Debo hablar con él.

Silencio. De pronto el aire del Rolls se había llenado de plomo invisible.

—Pero, Su Majestad. —Pausa—. Padre, por favor…

¿Padre? ¿Dijo padre? Solté aire, bajito, casi sin darme cuenta. Okey, esto acababa de subir varios niveles de gravedad.

—Comprendo. Así será.

Cortó la llamada. Colocó el celular a un lado, sin lanzarlo, pero juraría que se moría por hacerlo. Su cara era un volcán en pausa. La rabia le latía bajo la piel, apretaba los dientes, y se sostenía a duras penas. Sus puños cerrados reposaban sobre los muslos, los nudillos tensos.

Exhaló. Intentó bajarle dos rayitas a la furia, pero fracasó. El silencio aguantó un par de segundos más, hasta que, sin mirar a nadie, soltó:

—Cambio de planes. Vamos a Villa Eterna. —Su voz fue baja, sí, pero cada palabra pesaba una tonelada. —Mi padre me está esperando.

La sangre se me fue a los pies. Iba a conocer al padre de Aleksei. Al rey de la dinastía Beilion. “Mierda”.

Era la primera vez que admiraba la casa de verdad. O el castillito, para hacerle más justicia a lo que era. La vez anterior estuve adentro o en el patio oscuro, medio secuestrado, mente hecha un enredo, así que no cuenta. Verla ahora, de día, de frente, era otra película.

La propiedad estaba metida en la nada, escondida a propósito.

El camino de piedra que llevaba hasta la entrada se abría en frente flanqueado por árboles enormes, centinelas verdes que no dejan ver nada desde afuera.

Y cuando por fin llegabas al final, te topabas con una mansión gótica sacada de un libro.

Obvio, Aleksei no iba a vivir en un dúplex.

Una verja de hierro y piedra la cercaba, tipo fortaleza medieval. El jardín parecía editado con Photoshop, de tan verde que era. Tan perfecto. Pero lo que más me llamó la atención no fue la casa ni el césped.

Fue el helicóptero. Sí. Un helicóptero plantado casualito en medio del pasto, como quien deja la bici tirada en el jardín. Porque claro, dudo que el rey tome Uber.

Filomena nos esperaba en la puerta. Más pétrea que nunca. Si su cara normal ya parecía la de alguien al que le pisan el dedo chiquito del pie, ahora era una gárgola tallada en rabia. No le gustaba nada la visita real. Se le notaba.

—Mmmm, lo espera en la biblioteca, señor —dijo, sin emoción, a mí apenas me lanzó un reojo, mínimo yo era un moco pegado en la suela del zapato de su amo.

Atravesamos la casa en silencio. El eco de los pasos rebotaba en los pasillos de mármol, todo el lugar quería recordarnos que no había escapatoria.

Sentía cada latido en el pecho. No quería estar ahí.

No quería conocer a ese hombre, pero Aleksei había dicho «Acompáñame» con el tono que no deja espacio para objeciones.

Así que ahí estaba yo, rumbo a la boca del lobo.

Al cruzar la puerta de la biblioteca, lo sentí. Tensión.

Los músculos de la espalda de Aleksei se endurecieron, marcados bajo su camisa blanca, a punto de romper la tela. En cambio, su padre nos esperaba con una copa de vino. Tranquilo, cómodo. Casi diría que divertido.

El rey Fyodor era imponente. Tenía la misma estatura de Aleksei, cabello gris peinado al milímetro que delataba que antes fue negro tinta, en otra época.

Tenía esa presencia que no se compra con dinero ni poder, sino sobreviviendo milenios.

Rostro elegante, con arrugas apenas marcadas que le sumaban a su aire de realeza, de 'yo ya lo vi todo y aquí sigo'.

Lo más inquietante era la piel. Traslúcida.

Brillaba raro, parecía estar hecha de otro material.

No era humana, ni vampírica, era otra cosa.

Y sus ojos, de un celeste helado, lo escaneaba todo.

Estaba claro que para los Antiguos el gris o dorado de los ojos no aplicaba.

Daba la impresión de que podía leer los pensamientos y juzgarte sin mover un solo músculo.

A su lado había dos humanos. Sí, humanos. Lo cual ya era raro porque cada vez que conocía a alguien nuevo en este mundo de mierda, terminaba siendo vampiro, agente corrupto o psicópata con colmillos.

La mujer tenía el pelo castaño claro, liso y larguísimo hasta la cintura.

Llevaba gafas estilizadas que la hacían ver igual que una “genio precoz”, graduada con honores a los ocho años.

Ojos marrones y postura impecable. Llevaba un pantalón de cuero negro y una camisa blanca tan ceñida que parecía parte de su piel.

Tacones imposibles. Si me decían que además volaba y lanzaba rayos por los ojos, me lo hubiera creído sin pestañear.

El tipo que la acompañaba era su polo opuesto, bajito y cachetón, con el cabello rosado corto a los lados.

Su ropa parecía sacada de una tienda de segunda mano, pero de las buenas.

Un carnaval de colores sin lógica, pero que en él funcionaban.

¿Y los zapatos? Rojos. De cocodrilo. No supe si aplaudir o preguntarle si había perdido una apuesta.

Cuando nos vieron, sonrieron, lo más normal del mundo. Y enseguida metieron la cara en sus celulares. Quizás para ellos estar en la misma sala con un rey vampiro y un príncipe no les movía una ceja. Claramente, yo era el único que no sabía qué pasaba ni por qué estaban ahí.

Fyodor caminó hacia Aleksei con los brazos abiertos, impecable en un saco dignísimo de un monarca. Aleksei inclinó la cabeza, formal.

—Su Majestad.

—Basta, Aleksei —respondió el rey, con voz de alfa y una sonrisa que casi se le salía del rostro—. Deja las formalidades para cuando haya público vampírico. Llámame padre, como siempre. —Lo vio a los ojos—. Me exalté al teléfono. Pero ya me recompuse.

Ahí Aleksei bajó la guardia y lo abrazó.

Largo, fuerte. Un abrazo de siglos. No tenía nada que ver conmigo, y aun así me dejó helado.

Pensé en todo lo que esos dos habrían visto juntos, guerras, imperios nacer y caer, gente que moría y volvía a nacer, y ellos sobreviviéndolo todo porque para ellos el tiempo era un hobby.

Cuando se separaron, Fyodor hizo un gesto hacia los dos humanos que seguían pegados a sus celulares.

—Ellos manejan mis comunicaciones y protocolo —dijo, con tono que sonaba a 'mal necesario'—. Chloë y Yanki. La diplomacia entre las familias requiere apoyo.

Levantaron la vista al mismo tiempo, sincronizados.

Chloë, la supermodelo, asintió apenas. Formal, distante, con cara de tener cosas mucho más importantes en la pantalla.

Yanki, en cambio, se mostraba fascinado de estar ahí.

Sonrió a lo grande al ver a Aleksei. Había algo en sus ojos.

¿Interés? ¿Morbo? No sabría decirlo, pero me incomodó. Mucho.

No me gustaron. Ninguno. Demasiado sonrientes. Gente que, si te ofrece un café, es porque ya envenenó el azúcar. Me recordaron a Karima y Juan, del colegio, frente a los profes, angelitos. A espaldas, puñales escondidos y sonrisitas falsas.

Entonces el rey volteó la cabeza hacia mí, despacio, demasiado despacio. Juro que lo vi en cámara lenta. Creepy as fuck.

No era una mirada normal. Era una aguja de acupuntura que entraba lento.

Nunca me he hecho acupuntura, pero debe sentirse así.

Invasivo y preciso. No vi odio ni afecto.

Vi curiosidad. Excesiva. Como si me estuviera viendo por dentro y ya supiera de qué estaba hecho, pero igual necesitara comprobarlo.

Un cosquilleo me recorrió la nuca.

—Este es el humano —dijo, y caminó hacia mí con lentitud calculada que daba más miedo que si viniera corriendo con un machete.

Mi instinto fue quedarme quieto, me convertí en un ciervo en carretera, deslumbrado.

No porque creyera que eso me iba a salvar, sino porque no tenía ni idea de qué carajo hacía uno cuando un rey vampiro, más poderoso que cualquier monarca humano, te viene encima.

¿Correr? ¿Inclinarme? ¿Hacerme el muerto? Tarde. Ya me había visto.

—Este es el humano —repitió, quizás necesitaba escucharlo dos veces para convencerse de que yo era real. No sonó a presentación sino a diagnóstico.

—Lucas Luna —solté. Porque, de verdad, no sabía qué otra mierda decir.

Él esbozó una sonrisa y no supe si me amenazaba o si le había hecho gracia.

—Lucas Luna, ¡qué nombre tan poético! —dijo el rey—. Un humano llamado Luna con una sangre vinculada con la muerte de dos inmortales. ¿Es así?

No supe si reír, vomitar o correr. En su boca, sonaba a un mal chiste cósmico. Seguro alguien, allá arriba, escribía este guion solo para joderme.

—Padre —intervino Aleksei, con tono de hijo que sabe que la conversación va a ser larga, tediosa, y que puede terminar en desastre—. Necesitamos hablar de lo que está ocurriendo.

—Oh, hablaremos —afirmó Fyodor, sin apartar los ojos de mí—. Pero primero quiero conocer mejor al señor Luna.

Mi estómago apretó el botón rojo de pánico. No sabía si “conocer mejor” significaba “charlemos con té y galletas” o “te voy a abrir las venas para ver cómo es que funciona tu sangre podrida”. Tampoco quería averiguarlo.

Aleksei dio un paso adelante y se colocó entre su padre y yo.

No de forma exagerada, ni agresiva, pero lo justo para dejar claro que, si el rey intentaba algo raro, primero pasaba por encima de él.

Verlo así, en el modo protector que ya me había mostrado antes, me bajó un poco el pulso.

De nuevo sentí que no estaba solo en este desmadre.

—Lucas ha pasado por demasiado en muy poco tiempo —dijo Aleksei—. No es momento para pruebas ni juegos.

—¿Juegos? —repitió Fyodor, inclinó la cabeza con una sonrisa sin una gota de ternura—.

Aleksei, si algo he aprendido en mi reinado es que nada en este mundo es un juego.

Cada pieza en el tablero tiene un propósito.

Y este chico, —me miró de nuevo, con el brillo incómodo en los ojos—, no es la excepción.

No bajé la mirada. No iba a regalarle ese gesto. Aunque, si soy franco, estaba a una respiración de hacerme pupú en los calzoncillos.

—Pero está bien, hijo —añadió el rey, con voz suavecita—. Supongo que tienes razón. Imagino que para el señor Luna todo esto ha sido demasiado. Un golpe inesperado. Un balde de agua helada a medianoche.

Sí, exacto, pensé. Justo así se sentía. Un estrellón contra un muro, una caída en una alcantarilla. Todo lo inesperado junto.

—Señor Luna, será en otra ocasión.

No supe si era una amenaza disfrazada o si ya no era material interesante. Ni así me relajé.

—Lucas, puedes irte. Filomena puede prepararte algo si tienes hambre —dijo Aleksei, y lo intentó decir normal. Como si yo no acabara de tener enfrente a un vampiro rey de milenios que, al mirarme, decidía si valía la pena aplastarme o no.

Asentí sin apartar la vista del rey porque claro, mi instinto de supervivencia decidió tomarse el día libre justo en ese momento y mi cerebro pensó que era una gran idea quedarme firme, y mirarlo desafiante.

—Ustedes también salgan —ordenó Aleksei, con su típico tono de mando.

Pero su padre intervino.

—Ellos no —corrigió Fyodor, sin siquiera mirarlos—. Los traje para esto. Ya te lo dije, manejan la comunicación y protocolo. Habrá asuntos donde necesitaremos su asistencia.

Chloë y Yanki sonrieron, exagerados.

Yanki me lanzó un gesto flojo con la mano. Una despedida condescendiente, la que le haces a un niño molesto que estorba en la conversación de adultos. Chloë ni me miró, seguía en el celular.

No esperé más. Me largué.