Capítulo 43
Lucas
Aleksei caminó con su elegancia sobrenatural, hecho de otro elemento, algo más ligero, más fluido, más de polvo de estrellas.
Y yo, el pendejo atento a cada microgesto, cada mueca, cada nada.
También yo tan embobado que casi me tropecé con la pata del escritorio y me parto la cara contra el borde.
Me agarré a tiempo, todo bajo control. Meh.
«No seas tan gilipollas, Lucas», me habría dicho mi tía M, la panameñita que pasó unos años en Málaga y ya se cree española.
Esa mujer dice lo que piensa, sin filtro. Le vale.
Pietro nos hizo una seña con la cabeza. Lo seguimos hasta donde Amanda tecleaba en modo obsesivo. Alzó la vista un segundo, lo justo para que su cara dejara claro que había encontrado algo. Y que no era bonito.
—Hablen —ordenó Aleksei.
Fue una sola palabra y el lugar se alineó.
—Como sospechábamos, Plasma Corp. y la Triple S lograron modificar la sangre de Lucas —empezó Amanda, duro y al hueso—. Lo que encontramos lo confirma. Usaron una tecnología de edición sanguínea creada por ellos, combinada con nanobots.
¿Nanobots? ¿Es en serio? Esto ya no era una conspiración, era un episodio de Black Mirror con vampiros.
—Estos nanobots no son simples máquinas —continuó ella, viendo mi cara de ¿qué carajos dices?—. Son organismos sintéticos diseñados para reestructurar los glóbulos rojos Rh nulo y fusionarlos con esa supuesta sangre muerta. Minirobots más pequeños que un virus.
Hizo zoom en la pantalla. Diagramas, animaciones. Cosas que se movían en varias rutas.
—Se desplazan por el cuerpo impulsados por fuentes externas —añadió Amanda—, ya sea luz o ultrasonido, o por la energía del propio flujo sanguíneo.
Hablaba lento porque, según ella, decir las palabras así haría que todo se aclarara solo. «Bitch please». Eso diría Bandhu, yo no. Pero seguimos…
—Hacen tareas imposibles para la tecnología convencional —continuó—. En este caso replican y transportan los componentes exclusivos del Hemotipo X-Nullis, o sangre muerta.
Me rasqué la cara con ambas manos. Frustrado, cansado de unir puntos para comprender.
—La idea era que la sangre modificada siguiera siendo funcional para el humano, pero letal para vampiros —se sumó Pietro—. Y lo lograron. Lucas es la prueba. Reescribieron su sangre sin dañarlo.
Mi cerebro se trabó horrible, de una pensé el Wi-Fi que se cae justo en el mejor momento y la peli queda cargando.
Pietro siguió de lo más normal, porque claro, no era su vida, sino la mía.
—Esta no fue la primera vez que lo intentaron —dijo él—. Llevan tiempo probando con sangre Rh nulo. Pero con Lucas funcionó la modificación genética. Quizás porque su sangre es Rh nulo de tipo O. Sin más evidencias no puedo estar seguro.
Amanda abrió un video. La pantalla se llenó de blanco. Había gente en batas blancas, luz blanca. Una camilla blanca. En el centro, un vampiro.
—Esto fue una prueba —dijo Amanda—. Miren qué pasa cuando la lengua entra en contacto directo con el HXN.
En el video se ve que le ponen en la lengua apenas unas gotas.
Nada dramático, todo muy meh. Cinco minutos después empieza a convulsionar.
Espasmos, espasmos, tirones, tirones. El cuello se arquea, los dedos se cierran, la mandíbula se le aprieta hasta que casi escucho los dientes crujir a través de la bocina.
Su piel empezó a cambiar de color, se oscurece, pero mal.
Se le cuarteó por las mejillas, por los brazos, por el pecho, seca. Recordé a Rad, que lo vi clarito.
Y quedó tieso. Igual que una figura de cera derretida y vuelta a endurecer. Tuve que mirar a otro lado. Fue instinto. El cuerpo que me decía «para, chucha».
—Ahora vean esto —dijo Amanda, y le dio play a otro video—. A este otro le dan a probar sangre de Lucas. La modificada.
Nada al principio. El vampiro hasta se relamió. Amanda adelantó el video, el reloj de la grabación marcaba dos horas después, y entonces empezó el mismo espectáculo. Convulsiones, piel podrida, la mirada perdida en algún punto que ya no existía.
Amanda puso más videos. Uno tras otro. Diferentes rostros, diferentes ángulos. Pero el final era siempre el mismo. En unos tardaban minutos, en otros, horas. En otros, días. En cada uno, el cuerpo terminaba igual. Muerto. Por mi sangre.
—La sangre modificada de Lucas detecta enzimas vampíricas y activa una toxina hemolítica —explicó Pietro—. En resumen, cuando entra en su sistema, la propia sangre del vampiro se convierte en veneno. Se destruyen desde adentro.
Amanda pausó otro video en el peor segundo, justo cuando un vampiro se endurecía en una carcasa negra y grotesca.
—Eso le pasó a Dustuyev —dijo ella—. Asumo que igual a Rad.
—Y a Attila —alcancé a decir, más para mí, un eructo del alma.
Me quedé mirando la pantalla. El cuerpo congelado en ese último frame. No sabía qué decir. Qué pensar. Solo sentía una presión inexplicable en el pecho, todo ese horror me devoraba por dentro.
La boca se me quedó seca. Si todo esto era cierto, si lo que decían tenía sentido, entonces ya. Ya yo no era solo un humano con sangre rara.
—Soy un arma biológica que respira —murmuré.
—En términos estrictos, sí —soltó Amanda, parecía informarme de una fiebre y no de que podía matar vampiros con una gota.
Pero no terminaba ahí. Volvió a hacer clic. Otro archivo apareció, otro mar de datos llenó la pantalla. Más gráficos, curvas, diagramas con flechas.
—También usaron campos magnéticos de alta frecuencia para estabilizar la supuesta sangre muerta dentro de tu cuerpo y facilitar la adaptación —dijo Amanda, arrastró el dedo por líneas de datos—. Y proteínas sintéticas que solo reaccionan en presencia de enzimas vampíricas.
Sentí un escalofrío bajarme por la nuca por lo premeditado que sonaba todo.
—Por eso no me mata a mí —dije—. Pero sí a ellos.
Mis ojos se fueron en automático hacia Aleksei. Él seguía callado, pero su mandíbula parecía rechinar. Estaba tenso. Me di cuenta de que esto no lo sorprendía del todo. Quizás lo sospechaba, pero una cosa era intuirlo y otra era tragarte los videos, los datos, tener la evidencia frente a los ojos.
—¿Qué significa esto para los vampiros? —pregunté.
La voz me salió más baja de lo que quería, no estaba listo para escuchar la respuesta, pero tenía que saberlo.
Amanda soltó un suspiro largo y pesado.
—Significa que alguien creó una herramienta para exterminarlos a todos —dijo—. Silenciosa. Indetectable. Y portátil. Por eso nunca quisieron que esto saliera a la luz. No por ahora al menos.
Portátil. O sea, moi.
—Por eso destruyeron los cuerpos de Dustuyev y Rad —añadió Pietro, sin levantar la mirada del monitor—.
Por eso culpan a Aleksei. Necesitan desviar la narrativa, desviar la atención, para mantener el control.
—Frunció el ceño—. Aunque algo no cuadra.
La presencia de Lucas en la fiesta de Aleksei.
Si querían mantenerlo en secreto, ¿por qué permitir que estuviera ahí como donante?
—Fue de último minuto —dije de inmediato, antes de que se fueran a conclusiones más dark—. Yo no estaba en la lista oficial. Ni de cerca. Soy muy nuevo. Pero ese día la disponibilidad de donantes era baja, necesitaban más. Eso fue lo que le entendí a Bandhu y a mi supervisor. Y acepté.
—Ordené doscientos donantes —interrumpió Aleksei—. Lo exigí.
Silencio.
—¡¿Doscientos?! —Pietro levantó la cabeza, casi alucinaba—. Amigo… ufff. Asumo que viniendo la orden de un príncipe, Plasma Corp. hizo lo imposible por resolver. Todo menos quedar mal ante el cascarrabias.
Pietro negó con la cabeza.
—Puedo suponer que tu supervisor no tiene ni idea de todo este rollo de la sangre de Lucas —siguió él—. Bandhu menos. Solo siguió su orden, lo más seguro.
—Es posible —intervino Amanda—. Después de lo del Louvre, no me cuesta creer que la mano que mueve los hilos de este plan no viera venir este error. Seguro tu supervisor reincorporó tu nombre en el sistema de donantes activos, y listo. Todo por resolver.
Aleksei cruzó los brazos sin apartar los ojos de la pantalla. Su expresión era una máscara dura, contenida, pero debajo, yo podía sentirlo. Fuego. Un incendio que era una amenaza.
—Bastardos —escupió. Cada sílaba era una cuchilla—. Esto es un experimento controlado. ¿Pero cómo?
Yo intentaba que mis ojos ordenaran lo que mi cerebro se negaba a entender.
Los gráficos, los videos, las palabras técnicas que no lograban acomodarse en mi cabeza.
Todo esto era demasiado. Era un fucking guion de ciencia ficción y nadie me avisó que yo era el protagonista.
El humano convertido en arma. El chico con sangre letal.
—No solo eso —sentenció Amanda, y se pasó las manos por sus rizos. Por un momento juré que quería sacarse el estrés del cuero cabelludo—. Esto es ingeniería biológica.
—Es un plan detallado —añadió Pietro, con calma inquietante.
Amanda giró la pantalla. Otro video, un laboratorio aséptico, luces blancas, trajes sellados. Manipulaban material que parecía radiactivo.
—Miren esto —dijo ella.
Pausó justo cuando la cámara enfocaba un dispositivo minúsculo, apenas más grande que una lenteja. Inofensivo a simple vista, que perderías en el piso y ni te enteras.
—Un implante subcutáneo de nanobots —explicó Amanda—. Se introduce con una aguja. Sin cirugía. Un dispositivo muy pequeño.
Sentí el impulso automático de tocarme el brazo. La piel se me hizo ajena por un segundo.
—¿Y eso qué hace? —pregunté, porque sí, mi nombre sonaba demasiado en toda esta mierda, y yo ya estaba harto de haber terminado metido hasta el cuello.
—Dispensa nanobots directo al torrente sanguíneo —agregó Amanda—. En términos simples, instala un ejército microscópico portador del Hemotipo X-Nullis que modifica tu sangre sin que lo notes.
Mis tripas subieron y bajaron, así tipo montaña rusa.
Pietro, que seguía con la vista pegada a la pantalla, retomó—: Estos nanobots trabajan con inteligencia molecular. Viajan por tu sangre, se adhieren a tus glóbulos rojos y los alteran en tiempo real usando edición genética avanzada.
Respiré lento, y traté de procesar todo aquello. ¡Bah!
—¿Me estás diciendo que tengo una fábrica biotecnológica metida en el cuerpo? —pregunté.
—Exacto —confirmó Amanda, y se encogió de hombros, como si me dijera que tenía el colesterol alto—. Tu médula ósea ya produce glóbulos rojos modificados de forma natural.
De forma natural. Ajá. De forma natural mis güevos.
—Para ti no hay efecto. Pero para un vampiro… —Pietro hizo un gesto con las manos, una explosión silenciosa. Un boom catastrófico.
—Cuando un vampiro entra en contacto con tu sangre, una enzima de su sistema, en la saliva, activa una reacción, un tipo de hemólisis —continuó ella—.
Una vez que tu sangre entra en su estómago y recorre su torrente sanguíneo, empieza a destruir la suya desde adentro. Su propia sangre se vuelve contra él.
Me quedé callado. No porque no tuviera palabras, sino porque mi cerebro había quedado fuera de servicio.
—El tiempo de reacción varía —añadió Pietro—. Por lo que hemos visto puede ser minutos, horas o tardar días. No han logrado aislar todas las variables, aunque, siendo honestos, con más tiempo lo habrían conseguido.
El aire se había tragado los sonidos. Pero no para Amanda. Ella suspiró y me miró a los ojos.
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad?
Asentí despacio. Aunque la respuesta era una mierda que no quería ni pronunciar.
—Los vampiros van a venir por mí —dije—. Y con toda razón.
Amanda negó suave con la cabeza.
—No solo eso —dijo, y se apartó un rizo del rostro—. La sangre Rh nulo tipo O modificada, al tener componentes humanos y del hemotipo muerto podría llegar a ser compatible con cualquier tipo de sangre humana.
Pestañeé.
—¿Cómo que… cualquiera?
—Exacto —afirmó ella—. En un futuro cualquier humano podría ser portador. Y nadie lo sabría.
Boom. Otro. Silencio repentino. El que pesa, que no es solo falta de sonido, sino presencia de algo que todavía no entiendes, pero sabes que va a cambiarlo todo.
—Esto no es solo una guerra —advirtió Amanda—. Es un holocausto vampírico.
Pietro cerró los ojos un segundo. Parecía que necesitaba convencer a su cerebro de que todo esto estaba pasando de verdad, de que esto no era una pesadilla científica demasiado elaborada. Luego, abrió los ojos, sin decir nada, tecleó y buscó otro archivo. Y ahí estaba. Mi video.
Yo, semianestesiado en una camilla. Un científico inclinado sobre mí me inyectaba algo en la zona lumbar. La imagen me hizo recordar los flashazos que me asaltaban de la nada. Era eso. Era lo que había visto.
Sentí que el estómago se me iba por un barranco.
—Lucas… —Pietro me miró con una mezcla de rabia y lástima—. ¿Nunca sentiste nada raro? No hablo de los mareos. Dolor físico.
Abrí la boca, pero no salió nada. Porque la respuesta ya flotaba en el aire.
Y sí lo recordé. El pequeño pinchazo en la parte baja de la espalda, justo encima de la cadera.
El día de la primera revisión. Nada grave.
Pensé que era parte del chequeo médico de Plasma Corp.
, el que Bandhu decía que era fastidioso, pero que era normal.
Una ‘vacuna de minerales’. Lo fue. O eso creí.
Un par de días de molestia, un moretón que desapareció. Y después lo olvidé.
Hasta ahora.
Amanda sacó un aparato entre escáner futurista y un detector de metales. Lo pasó por mi espalda.
Piiii. Ahí estaba.
—Es una zona difícil de detectar —dijo ella—. Ideal para implantes que no quieres que encuentren.
Mi cuerpo reaccionó rápido. Un escalofrío me atravesó la columna, y todos los pelos de mi piel se pusieron de punta. No tuve tiempo de pensar. Solo sentí asco, rabia, miedo y vomité. Todo. Me doblé sobre mí mismo, jadeaba en el piso mientras me vaciaba por dentro.
—¡Sáquenlo! —grité, sin aire—. ¡Sáquenmelo ya!
No me importó si sonaba a un niño de cinco años.
Lo era. En ese momento, lo era. Tenía terror.
Pánico real. Me quería arrancar la espalda.
Con las uñas, con los dientes, con lo que fuera.
Lo que tenía adentro no era mío, no era parte de mí.
Era un parásito, una trampa. Me habían convertido en un experimento ambulante.
Un monstruo y ni siquiera me habían preguntado si quería serlo.