Capítulo 42
Lucas
Mientras Pietro y Amanda armaban el rompecabezas científico más jodido del puto planeta, yo me quedé en una esquina del laboratorio, tirado en una silla frente a un escritorio que daba a una ventana enorme.
Afuera, el día seguía intacto. Demasiado normal.
Yo, en cambio, acababa de enterarme de que mi sangre era una sentencia de muerte para los vampiros.
Para él. Para Aleksei.
Sentí tanta vergüenza y culpa que ni quería levantar la cabeza. No podía mirarlo. No después de lo que descubrimos. ¿Qué pasaría por su mente? Mi sangre era veneno para él, para todos ellos. Y yo llegué hasta a ofrecérsela.
Llamé a mamá para sostener la mentira de que todo bien en casa de Bandhu y que estuvieran tranquilos.
Además, era mi cumple y en verdad necesitaba oír su voz.
Me costó no romper en llanto, pero me aguanté.
Y obvio, porque era mi cumple, la señora quería que fuera a casa después de la escuela, que me hizo un pastel, era nuestra tradición.
Le dije que lo intentaría, que acá habíamos planeado algo.
Me costó mentirle, me costó oírla triste. Ella insistió un poco más, pero paró.
También le mandé un mensaje a Bandhu. Algo simple. Un “Estoy bien, no estoy muerto, todavía”. Mentí, claro, pero no podía decir más. En realidad quise decirle: “Nena, plot twist, resulta que mi sangre es un arma biológica creada para exterminar vampiros. ¿Cómo les fue en Física?”. Mejor no.
De la nada, Aleksei apareció a mi lado. No lo escuché venir. Ya debería estar acostumbrado, pero igual me dio el infarto chiquito de siempre. Traía dos tazas en las manos. Té. Me puso una enfrente y se sentó sin decir una sola palabra. Bebió el líquido caliente con una calma extraña.
Un vampiro tomando té. ¿Qué pensaría Bram Stoker?
Pero eso no era lo que me emputaba. Lo que me emputaba era su paz. ¿No escuchó lo mismo que yo? Que su mundo se estaba desmoronando. Su especie entera estaba en peligro.
Lo miré, traté de entender cómo mierda podía estar tan zen. Me di cuenta de que me miraba. No había rabia ni resignación, ni reproche. Era otra cosa.
Y entonces hablé lo que fuera solo por decir algo o explotaba.
—¿No crees que aquí nos encuentren fácil?
Él negó con la cabeza.
—Di órdenes para crear distracciones —dijo—, señuelos. Humo. Además, este lugar es muy discreto. Lo que se hace aquí casi nadie en el mundo lo sabe. Pocos siquiera conocen que existe. Por eso acepté en venir.
—Okey —respondí.
Tras un momento de silencio, habló otra vez.
—¿Por qué lo hiciste?
Podría haberme hecho el pendejo, mirar al techo, pretender que no entendía, pero no valía la pena.
Sabía exactamente acerca de qué me preguntaba.
Gunnar apareciendo en su casa igual que un Romeo inmortal, sin permiso.
Aunque, por conveniencia emocional, decidí creer que también hablaba de lo otro, de haberme metido entre él y la descarga eléctrica.
Ya le había dicho por qué lo hice, pero me convenía más que fuera eso. Era más cómodo, menos peligroso.
Abrí la boca, listo para soltar cualquier excusa medio decente, pero no salió nada. ¿Qué carajo se le dice a alguien que ha arriesgado su pellejo por uno más de una vez?
Encogí los hombros. Un gesto infantil, sí, pero era lo único que tenía. Después dije lo primero que me funcionaba. O lo primero que preferí decir, porque de Gunnar no pensaba soltar ni pío.
—Ya te dije, fue instinto —balbuceé, me hice el tonto—. No lo pensé. Solo metí la mano.
Aleksei, con su tranquilidad insoportable que a veces dan ganas de empujar por un barranco, tomó otro sorbo de té. Luego, entrecerró los ojos. Vi que mi respuesta lo entretenía.
—Sí, ya lo dijiste en casa… —me siguió la corriente—. Fue estúpido.
No sé si fue el tono, tan seco, tan seguro, casi, casi una verdad universal o si fue esa sombra de sonrisa que casi, casi, le vi en los labios. Pero me quedé mirándolo demasiado rato. No a sus ojos, a su boca, a esos labios comestibles.
¡Jesús! ¿Qué mierda me pasaba? Con él, con Gunnar, con mis hormonas cachondas. Ya no entendía nada de mí. Era en todo momento.
—Si me vas a insultar —logré decir, mientras me esforzaba en salir de mi estupor de idiota—, te aviso que Filomena ya se encargó de eso.
Aleksei se rio. Una risa suave, luminosa. Nunca lo había visto así. Era vudú. Su sonrisa me atrapó, me mareó. ¿Desde cuándo un vampiro podía hipnotizar con los dientes?
—Es dura pero justa. Por eso nos llevamos bien —dijo, con ese brillo azulino en los ojos que nadie parecía poder apagar. Disfrutaba esto. Mucho—. Está conmigo desde que cumplió dieciocho años. Como tú.
—Sí, ya lo creo —murmuré, y sentí que el suelo bajo mis pies se volvía gelatina.
Entonces, de la nada, su expresión cambió. Los ojos se le aguzaron, la sonrisa se apagó y su voz bajó una octava.
—¿Y lo otro? —preguntó y sentí que me veía directo al disco duro—. ¿Gunnar en Villa Eterna?
Justo en la yugular, la zona favorita de un vampiro, ¿no?
Sin rodeos, sin anestesia. El estómago se me encogió, mi cerebro intentó alguna respuesta inteligente y falló.
No era solo que Aleksei estuviera pensando en eso, era que ni siquiera me dejó mencionarlo.
Tal vez sabía que, si me daba unos segundos más, iba a esquivar el tema.
Y sí. Estaba en lo cierto. Eso era justo lo que iba a hacer. Pero me jodió.
—Me sentía solo —solté, sin meterle mente. Así. Sin más—. Tuve miedo. Nada de esto es normal para mí. Solo quería ver a alguien conocido, alguien que no fuera una amenaza. Gunnar… él… no lo vi mal. No quería estar solo, es todo.
Lo miré y él me miró. O más bien, me escaneó con esos ojos de rayos X a lo Superman. Sentí cómo revisaba cada gesto, cada músculo traicionero de mi cara, buscaba una mentira, una fisura.
—¿Y es solo eso? —preguntó, con una calma que me puso más nervioso aún. Daba la sensación de que ya tenía su propia respuesta. Una que no necesitaba escuchar de mí—. ¿O hay algo más?
—¿Algo como qué? —repliqué.
Y ahí dudó, parecía debatirse entre escupir lo que pensaba o tragárselo.
Aleksei iba a decir algo, lo sé, se le notaba en la cara, en la forma en que los ojos se achicaron. Pero se quedó callado. Se levantó y empezó a caminar, silencioso cual vampiro, hasta quedar justo detrás de mí.
Y ahí mi mente me disparó un flashback de apenas un par de días antes.
Su cuerpo pegado al mío. Su torso desnudo contra mi espalda.
La firmeza de sus músculos contra mi carne, su respiración en mi cuello.
Ese olor a lavanda. Sus dedos inmortales que me preparaban la piel, mi miedo latiendo al ritmo de su curiosidad. Todo eso contenido en un solo segundo.
Su mano se posó en mi hombro. Firme, pero suave. Y mi ojito saltarín despertó.
—Debes ser precavido, Lucas. Es todo. No quiero que nada te pase.
Bajé la cabeza, mis manos estrujaban la tela del pantalón, sin darme cuenta estaba a punto de arrancármelo.
—¿No me odias? —pregunté. No lo pensé, se me fugó, como todo lo que digo últimamente.
Aleksei no dudó. Ni medio segundo.
—Nunca vuelvas a decir eso. No tengo razón para odiarte.
Algo se me aflojó adentro, algo que ni siquiera sabía que tenía hecho nudo.
—Pensé que deberías hacerlo —admití—. Que por eso eras tan severo conmigo. Porque por mi culpa todo esto ocurre. Por mí perdiste a tu mejor amigo. Ahora te quieren hacer pasar por asesino. No te dije lo de Gunnar en tu casa. Y encima mi sangre podría matarte.
Él suspiró y su voz sonó más profunda, más cálida, cercana.
—Nada de esto es tu culpa. —Lo dijo con una seguridad tan real que no pude no creerle—. Antes no estaba seguro, pero ahora sí. Eres una pieza más en el juego de alguien mucho más grande.
Quise responder, pero de inmediato soltó algo que me dejó mudo.
—Ten un poco más de fe en mí. No he vivido tantos años por gusto. He aprendido unas cuantas cosas en el camino.
Por primera vez desde que este desastre empezó, sentí que si alguien podía salir entero de todo esto, era él. Aleksei no era solo un vampiro con cara de modelo. Él entendía el mundo, sabía cosas que yo ni en mil vidas podría imaginar. Cómo se rompe y cómo se recompone.
Soltó una risa suave. Algo que ya no parecía tan ajeno a él. Y siguió.
—Me recuerdas a alguien a quien quise mucho. Hace siglos. Ella también dudaba de mis decisiones. Me decía que era impulsivo. Y tenía razón. Lo fui, durante mucho tiempo. Pero aquel era otro mundo.
»Ella era brillante. —Su voz se afinó leve. —Espero haber mejorado. Espero que, donde sea que esté, pueda verlo de alguna forma.
Recordé el cuadro en la biblioteca. El retrato de la mujer, de Zainab Al-Fihri.
Y fue raro, pero en ese instante sentí su soledad.
No era alguien que disfrutara de la inmortalidad y el poder, sino alguien que había perdido demasiado.
Alguien atrapado en el tiempo, obligado a seguir existiendo mientras todos los demás morían.
Amores. Amigos, familia, gente que marcó su vida y después nada.
Solo recuerdos que se acumulan igual que polvo que nadie limpia.
Tal vez por eso se había desconectado del mundo, para no tener que volver a sentir ese vacío que se instala en el pecho y no se va nunca.
—Eres valiente, Lucas —dijo, y su voz me sacó de mis pensamientos—. Creo que has logrado aceptar y adaptarte mejor de lo que esperaba. En muy poco tiempo. Otros humanos se habrían quebrado.
Se colocó a mi lado. Me tiró una mirada dulce.
—Por eso también me recuerdas a ella.
¿Adaptarme bien, dijo? ¡Si supiera el mierdero que tengo en la cabeza pediría refuerzos y un exorcismo!
No sé qué me empujó, pero estiré la mano y la puse sobre la suya, que aún descansaba en mi hombro.
Pensé que era una tontería. Que un gesto tan simple no tapa siglos de soledad ni de pérdidas.
Pero él no se apartó. Al contrario, presionó un poco más su mano contra mi clavícula.
¿Fue un gracias vampírico? Puede ser. Tal vez eso era todo lo que él necesitaba en ese momento.
El silencio empezaba a sentirse cómodo, habitable, a veces las palabras sobran, pero… obvio, el universo dijo not on my watch. Pietro apareció de la nada.
—Estamos listos —dijo, sin rodeos.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero por el tono entendí que lo que venía no eran buenas noticias.