Capítulo 41
Lucas
Verlo así me recordaba a un niño que trataba de sumar dos más dos y fallaba en cada intento.
Pero no hablo de cualquier niño, hablo de Pietro.
Un tipo con más de setecientos años encima, científico obsesionado con los datos.
Que ha trabajado codo con codo con las mentes más brillantes de la historia aunque su nombre jamás aparecerá en ningún libro, porque él mismo se encargó de borrar cada rastro.
Eso me dijo el día que lo conocí, con una sonrisa.
Aun así, ahí estaba.
—Repítemelo otra vez —le pedía a Aleksei—. Desde que entraste a la bóveda.
Porque claro a la décima vez iba a sonar distinto. Quizás es de los que piensan que las palabras, por arte de magia, pueden alterar la realidad. O tal vez solo necesitaba comprenderlo desde diferentes ángulos.
Lo raro, lo muy raro, era Aleksei. Respondía con la calma zen de un maestro de kínder.
Nada de quejas, cero fastidio, repetía lo mismo una y otra vez, con paciencia infinita.
Quien no lo conociera pensaría que contar lo mismo cien veces era parte del plan.
Yo, en su lugar, ya le habría partido una silla en la cabeza. For real.
No estábamos solos. Amanda también estaba ahí.
Le calculé unos cincuenta años, piel negra, el cabello rizado y abundante con trazos de canas que parecían una tormenta eléctrica atrapada entre las hebras, de mirada analítica.
Lo más extraño no era ella, era lo que flotaba entre ella y Pietro.
Estaba en el aire. Cada vez que él hablaba, ella le posaba la mano sobre la suya, leve.
Y él no se apartaba. Así que sí. Algo había ahí.
Una cosa bien Secreto en la montaña, pero entre humana y vampiro.
Amanda exportaba la información que Aleksei había logrado sacar de la computadora de la bóveda a su propio equipo. Ultraconfidencial, según dijeron, clasificado, no tocar o mueres, así. Resulta que Plasma Corp., la empresa para la que yo trabajo, estaba metida en ese embrollo. Según Aleksei.
La Triple S, Plasma Corp. Vampiros. Humanos. Todos en la misma sopa hirviente.
El silencio se rompió cuando Amanda soltó un «¡Eureka!
» tan fuerte que casi me voy de espalda con la silla.
Todos volteamos hacia la pantalla y ahí estaba.
Videos de humanos inertes sobre camillas en quirófanos, bajo luces blancas de morgue.
Inyecciones, bisturís láser, sangre que se deslizaba en tubos transparentes.
Y lo peor, se veía cómo les insertaban un dispositivo pequeño, casi imperceptible. Implantes bajo la piel.
Se me revolvió el estómago.
—¿Qué carajos están haciendo? —pregunté, aunque ya sabía que la respuesta iba a ser un asco.
Amanda pasó de la emoción al horror en dos segundos. Pietro se inclinó hacia el monitor para ver mejor; por el gesto parecía que necesitaba confirmar que eso era real, que no alucinaba. Sus labios se movían sin sonido, leía códigos, fechas, nombres.
—Esto es una locura… —murmuró Amanda, y se pasó las manos por el cabello casi casi para arrancarse la idea del cerebro—. Mira esto, Pietro.
Él no necesitaba que se lo señalaran. Tenía la mirada ahí, en la pantalla, hipnotizado.
Videos, archivos, fórmulas, listas con nombres, fotos y números de nómina del personal involucrado en el proyecto.
Una lluvia de códigos, de datos que caía sin parar.
Yo solo podía pensar que acabábamos de empujar la puerta del infierno.
—La Triple S y Plasma Corp. han hecho pruebas con humanos —empezó Pietro, pero se detuvo a mitad, quizás la frase le había raspado la garganta por dentro—. Han evaluado la receptividad de los distintos tipos de sangre.
—¡Ja! —lo interrumpió Amanda, con una risa vacía, sin una gota de humor—. Evaluado no. Mira bien. No solo la evaluaron, el propósito es clarísimo. Según estos datos querían modificarla. Y fallaron, una y otra vez. —Me miró—. Hasta que llegaste tú, Lucas. Contigo lo lograron.
Sentí que el corazón se me mezcló con las tripas.
—Entonces modificaron mi sangre. ¿Cómo? —pregunté. Aunque, si era sincero, no estaba seguro de querer saberlo o de poder entenderlo.
—Mira, Lucas —dijo Amanda, sin adornos ni vaselina—.
Tu sangre Rh nulo ya es rarísima, eso lo sabemos.
No le dicen “la sangre dorada” por capricho.
Es compatible con todos los tipos, y más la tuya que es tipo O.
Eso ya es una maravilla en sí. —Golpeó la pantalla con el dedo, justo en una tabla llena de siglas—.
Pero estos cabrones encontraron la forma de fusionarla con otro tipo de sangre.
Pietro soltó un sonido bajito, casi un “sí” sin voz.
—Una que yo jamás he visto —siguió Amanda—. Mira aquí. La llaman Hemotipo X-Nullis. Eso significa ese H.X.N.
Juro que se me heló algo por dentro. No la piel. No el sudor. Era mi cuerpo que acababa de entender, antes que yo, que me había convertido en una anomalía con patas.
—Mira acá —siguió Amanda, pasaba los archivos en la pantalla táctil con el dedo tembloroso—. Acá conectan ese hemotipo con algo que llaman sangre muerta.
—¿Sangre muerta? —repetí con un escalofrío que me bajaba por la espalda. Miré a Aleksei y después a Pietro—. ¿Eso no fue lo que mencionaron en tu casa? La sangre de los vampiros caníbales. Los que mataban a otros vampiros o algo así.
Aleksei no se movió ni una pulgada. Pietro solo asintió, sin despegarse de la pantalla, casi podía jurar que el monitor le hablaba directo al oído.
—¿Será posible? —murmuró Pietro, a medias—. ¿Cómo podrían tener…?
Parecía que cada palabra le costaba la vida. Ni siquiera podía terminar una oración. La incredulidad le salía hasta por los poros, pero se agarró a lo que sabía, a los datos.
—La sangre vampírica normal es tipo V-0, por su pureza —masculló él.
Divagaba entre ideas—. Este Hemotipo X-Nullis jamás lo había visto.
Debe ser una clasificación nueva, nombrada por ellos, nunca registrada.
Quizás —se pasó una mano por la boca— sea la sangre muerta.
Aunque se suponía extinta hace milenios.
Nunca pensé que encontraríamos rastros, ¡mucho menos estudios sobre ella!
Parecía a punto de hiperventilar.
—Pietro, respira. Piensa. Cálmate —le dijo Aleksei, con voz de adulto, de ancla.
—No puedo afirmar que eso es la sangre muerta de los ugatí —continuó Pietro, sin despegar la vista del monitor—.
Pero tampoco me atrevo a descartarlo. Se suponía extinta, sí, pero he vivido lo suficiente para saber que lo imposible no siempre lo es.
—Ahora me miró él—. Si de verdad es la sangre de aquellos vampiros casi mitológicos. No tengo idea de cómo la consiguieron.
Amanda no dijo nada. La pantalla lo decía todo al parecer.
—Lo que sí está claro —siguió Pietro—, es que lograron mezclarla con tu sangre, Lucas. Y la modificaron genéticamente. La llaman Rh NullAlt, por Rh nulo alterada, supongo.
Sentí el peso de sus palabras caer sobre mí. Los hombros por poco se me zafan.
—El resultado… —Pietro tragó saliva—. Es una trampa mortal para vampiros.
—Es un virus inteligente —añadió Amanda enseguida, pasaba de archivo en archivo.
Diagramas, gráficos de compatibilidad, curvas de respuesta inmune, reportes con sellos, fotos de bolsas de sangre marcadas con códigos, textos en rojo que aparecían sin parar en el monitor—.
Se esconde en el cuerpo del huésped humano sin hacerle daño, pero en cuanto entra en contacto con la saliva de un vampiro…
No terminó la frase. Para qué. Todos entendimos.
—Mierda… —fue lo único que logré decir. Y ya está. No había otra palabra. Porque, sí, eso era, me habían convertido en un arma. Mi sangre podía destruirlos.
Pietro abrió otro archivo. El diagrama era tan enredado que parecía el plano maestro de una distopía. Códigos, líneas, nombres que ni sabía pronunciar. Yo peleaba por no entrar en pánico.
—Miren esto —dijo él, y señaló el monitor—. Usaron una tecnología parecida a CRISPR. Imagínenlo como una herramienta de edición de video pero para el ADN. Editaron genes. Editaron sangre. Lo llaman CRISPR-Hem.
—¿Y eso cómo es posible? —Aleksei abrió la boca por fin. Ya era hora.
—Es edición avanzada —respondió Pietro—.
Hace años se hablaba de esto, pero más inclinado a lo teórico, ciencia ficción pura.
Ni Amanda ni yo somos expertos en este campo, nunca creí que ya existiera.
Y menos que la Triple S la estuviera usando con Plasma Corp.
—Frunció el ceño, los documentos no dejaban de brotar igual que cucarachas saliendo de un hueco—.
Parece que emplearon nanopartículas programadas para alterar proteínas específicas en la sangre.
Es complejo. Necesitamos tiempo para entenderlo todo. Unas horas, quizás.
—Quizás no tenemos unas horas —gruñó Aleksei, le clavó la mirada con la esperanza de que eso le acelerara el cerebro.
—Tranquilo, amigo —dijo Pietro sin despegarse del monitor.
Se le notaba afectado. Y con razón, descubrir que tu especie, cuya base de supervivencia es la sangre humana, puede ser aniquilada con sangre humana no debe ser fácil de digerir.
Sí, lo sé, mal chiste, nadie lo hubiera apreciado ahí—.
Te lo prometo. Vamos a entenderlo. Solo danos tiempo.