Sangre muerta Capítulo 40
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Capítulo 40

Auto

La carretera se estiraba húmeda y áspera. Colona tenía los dedos clavados al volante, los nudillos blancos y duros. El sudor le corría por la nuca y detrás de las orejas. Lo que lo consumía no era solo ansiedad, era presión. Una presión física, sentía que alguien le apretaba el cráneo con un torno.

Todo se había ido a la mierda. La simple operación de extracción había mutado en otra cosa.

Aquello era algo más turbio, más grande, más peligroso.

Ya no se trataba solo de sacar de circulación a un chico con sangre especial.

Ahora habían incriminado a un vampiro. Y no a cualquier vampiro.

A un Antiguo. A un príncipe. Eso cambiaba todas las reglas.

Colona lo odiaba. Aleksei, con su soberbia tranquila y ese desprecio que parecía naturalizar la violencia, se volvió un imán para esa rabia.

En su cabeza, el vampiro resumía todo lo que el oficio le había arrebatado: tiempo, casa, familia.

Y le trajo un divorcio que se llevó a su hijo y la vida se le fue a pique.

Pero bajo el ruido del odio, su instinto —que le había salvado el pellejo más de una vez— le decía otra cosa.

Le gritaba que esto era una trampa planeada desde el principio.

No de Aleksei, de alguien más. Y lo que lo consumía era admitir que se había convencido de que tenía el control, tan seguro de sus pasos, ¡tan estúpidamente ciego!

Ahora lo veía claro, no era más que otra pieza en un tablero que no había visto completo.

Ni siquiera su jefe le había dado acceso al subterráneo 9.

Ni con sus credenciales, ni por su lealtad, ni por su esfuerzo.

Eso ya lo decía todo. Ese piso era un agujero negro.

Un Área 51 arropada en cemento y silencio.

Pocos entraban. Él no estaba en esa lista.

Colona lo sabía desde antes, pero ahora lo confirmó.

Era descartable. Podían haber tirado una moneda y mandar a cualquier otro imbécil. Sin embargo, lo habían elegido a él.

Ni siquiera sabía quién movía los hilos. La voz distorsionada al teléfono, La Sombra con las amenazas sin rostro, las órdenes que se contradecían a propósito. Todo apestaba a algo más grande. A un plan bien armado.

Y las piezas empezaban a encajar. Inculpar a Aleksei no era solo una jugada al azar, era el principio de algo, una grieta en la estructura.

La realeza vampírica llevaba demasiado tiempo intacta, demasiado tiempo gobernando desde la opulencia.

Alguien paciente, humano o vampiro, había decidido hacerla explotar desde adentro.

Lo malo era que cuando los vampiros se sacudían entre ellos, los humanos pagaban el precio.

Y el miedo principal de Colona era que la muerte tocara su puerta, no por él, por su hijo.

Él entendía que cualquier humano estaba a merced de las bestias y que allá afuera, la mayoría de los mortales ni siquiera sabía que los inmortales existían.

Si este horror se descontrolaba lo iban a saber. A sangre. A muerte.

Volvió a pensar en su jefe. El director sabía más de lo que decía. Tenía que saberlo. No era estúpido. No después de tantos años.

Colona recordaba la última conversación en su oficina. Las palabras medidas, las pausas largas, el silencio raro. No lo dijo en voz alta, pero él lo cazó al vuelo, «Si preguntas demasiado, desapareces». Y Colona había entendido.

—¿Capitán?

Colona siempre lo llamaba así. No por respeto, sino porque era lo que era.

Peter Pangellis había servido en las fuerzas armadas de los Estados Unidos y no era un soldado más.

Era un estratega, un depredador con medallas.

Al dejar el uniforme, la Triple S tocó su puerta con una oferta imposible de rechazar.

Desde entonces era el hombre al mando. El que movía los hilos desde el centro del laberinto. El nuevo director.

Confiaba en pocos y, mal que bien, Colona le era útil, lo justo. Era leal, determinado y fácil de controlar. Por eso lo eligió.

—¿Cómo has estado, Colona? —preguntó Pangellis, con la voz tosca empapada en whiskey.

Colona no lo vio venir. En todos sus años dentro de la Triple S, jamás le había hecho una pregunta tan personal. Y esa lo descolocó.

—B-bien… —contestó, y se sintió vulnerable por primera vez en mucho tiempo.

El capitán apuró lo que quedaba en el vaso de un trago, dejó atrás su escritorio de caoba y empezó a caminar por la oficina con paso firme y silencioso.

El lugar estaba casi vacío. Dos plantas puestas por la asistente, y un par de placas militares colgadas en la pared. Nada más.

Colona sudaba. El silencio aplastaba el aire. Un pensamiento le cruzó la cabeza. «¿Me van a despedir?». Nunca había oído de un despido en la Triple S. No así. El ego reaccionó.

«¿La cagué? Imposible. Soy uno de los mejores en esto». La seguridad le duró poco. Si lo sacaban, ¿cómo iba a sobrevivir? Eso era su vida, no tenía más. Por suerte, antes de que siguiera cayendo en la espiral de paranoia, el capitán habló:

—Toma.

Pangellis le extendió un teléfono desechable. Colona lo agarró sin la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo.

—Te recomendé para la siguiente misión. Yo seré tu único enlace, no hablarás de esto con nadie más que conmigo. —El capitán lo miró, sin expresión alguna. —Recibirás una llamada. No sé cuándo. Pero va a llegar. Te dirán qué hacer. Eso es todo.

Se dio media vuelta, sin despedida, sin preguntas.

—Puedes retirarte —dijo por último.

Colona conocía a su jefe. El capitán era una tumba con piernas cuando la situación lo requería. Y eso, en este caso, lo era todo.

Colona tampoco era lento. Si el director de la Triple S lo convocaba para una misión sin nombre, sin archivo, sin registros, eso solo significaba una cosa, confianza absoluta. O eso creía. Y, por enfermo que sonara, eso le gustaba. Le daba algo parecido a propósito. Alimentaba su ego.

No hizo preguntas. Sabía que no habría respuestas. Guardó el celular desechable en el bolsillo del saco, asintió, un gesto leve, casi invisible, y se marchó.

Dos días después, volvió. La llamada había llegado. Sin decir una palabra, cruzó la oficina, colocó el teléfono desechable sobre el escritorio del capitán. Su expresión era dura, cerrada.

—Entendido. —Fue lo único que dijo Colona.

El director lo observó en silencio por un momento, lo evaluaba, medía su temple. Luego asintió, satisfecho.

—Bien —dijo Pangellis—. En unos días recibirás otro. Te darán más detalles entonces. Puedes irte.

Colona dio media vuelta, dispuesto a salir, pero antes de que cruzara el umbral, la voz del capitán lo detuvo.

—Nadie, Colona. Solo tú y yo.

Él no respondió. Se quedó quieto un segundo. Lo suficiente para que su silencio fuera una promesa. Y desapareció por el pasillo.

Colona perdía la calma. Trabajar a ciegas, con órdenes lanzadas sin dueño, lo empujaba al límite. Cada instrucción era un disparo sin coordenadas, y lo único que esperaban de él era obediencia absoluta. Nada de preguntas. Las preguntas traían problemas.

¿Quién carajo era La Sombra? ¿Qué planeaba con la historia del príncipe rebelde?

Presentía que el director lo sabía. Pero no abriría la boca. Ese bastardo guardaba secretos mejor que una caja fuerte. Nunca se le escapaba un gesto, era un sepulcro andante.

Inhaló hondo. Intentó domar el peso que le apretujaba el pecho. No funcionó. Estaba hasta el cuello. Ya no había vuelta atrás. Tenía que confiar. Pero ¿en quién? ¿Y hasta cuándo? Porque algo estaba claro, si esto estallaba, iba a salpicar a todos. Vampiros. Humanos. Nadie saldría ileso.

Debía llegar al fondo, costara lo que costara. El reloj no paraba. Las alarmas ya habían sido enviadas a las familias. Aleksei estaba marcado. Lucas también.

Y ahora tenía una nueva orden de esa voz. Un respiro dentro del incendio, quizás aún confiaban en él. Una esperanza mínima en medio del desastre. Pero hasta eso podía esfumarse en cualquier momento. Bastaba un movimiento en falso. Uno solo.