Sangre muerta Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

Cuando el silencio empezaba a volverse insoportable sonó otra alerta en su teléfono. Aleksei la volvió a ignorar, pero esta vez no tuve que preguntarme qué demonios pasaba, un par de segundos después la puerta se abrió de golpe.

Filomena y los dos guardaespaldas entraron y por un momento creí que el infierno los había escupido directo a la habitación. No dijeron ni “jódanse”, pero las caras, ¡oh, sí!, sus caras lo gritaban, había pasado algo grave.

—Señor —dijo Filomena, con su voz salida de una tumba recién abierta—. No lo ha visto, supongo. Tiene que verlo. Revise su teléfono.

Aleksei frunció el ceño, sacó el celular, lo desbloqueó y, en el segundo exacto en que la pantalla se encendió, se le apagaron los ojos.

Se quedó quieto, juré que le habían desenchufado el alma.

En ese silencio se escuchaba el mundo irse a la mierda.

No hizo falta que preguntara nada. Me lo mostró.

Era un video. Y ahí estaba él. Matando humanos. Sin máscara. Sin dudas. Letal.

Mi cerebro se congeló y, al instante, un latigazo me recorrió el cuerpo.

—¿Qué…? —susurré. Ni siquiera sabía qué palabra buscaba. Porque no existía una que sirviera para lo que veía.

En el video, Aleksei no era Aleksei. Era otra cosa.

Una máquina precisa, entrenada para matar.

Movimientos limpios y sin vacilaciones. Golpes letales, cuellos rotos, sangre, cuerpos que caían igual que muñecos de trapo.

Corte. Otro video, otro ángulo, él y un hombre atraviesan pasillos y puertas, cámara lenta, unas borrosas, otras no tanto.

La ropa de Aleksei se parecía, pero no era la misma del inicio.

Él esquiva. El hombre dispara. Puertas abiertas, puertas reventadas.

El hombre de lentes cae. Un disparo, pero aún vivo.

Aleksei lo carga. Eran fragmentos de un todo, cortes encadenados, hasta que ambos salieron de la instalación, y se perdieron en la oscuridad.

Y aun así, lo peor no era eso. Lo peor vino después.

Mi cara. Mi cara apareció en primer plano. Y abajo, en un cintillo, una frase que hizo que mi corazón se estrellara contra las costillas.

“La sangre del joven humano, extremadamente rara, está siendo investigada por su vínculo directo con la muerte de Dustuyev y Rad. La Triple S considera que Aleksei Beilion lideró la operación. Los cuerpos fueron disueltos en ácido”.

«What Da Fuck!».

Sentí lo mismo que si me hubieran vaciado un balde de hielo por dentro. No podía moverme, no podía pensar. Solo escuchaba mi respiración entrecortada y ese horrible video que se repetía en bucle en mi cabeza.

Habían abierto la veda contra nosotros. La historia ya estaba suelta, un virus que se esparcía, puro veneno.

Esa mentira se había vuelto verdad para todos.

Era falso y aun así, ahí estaba, un video falsificado, pulido hasta parecer real, tal vez hecho por una IA, que corría por el mundo vampírico con mi cara, con la suya, con esa historia tan bien armada que daba asco.

El Aleksei de ese video no era el que tenía a mi lado.

—Estoy muerto —solté. No sabía si se lo decía a él, a mí o al universo. Pero lo sentía. Me sentía enterrado en la tumba.

—Yo no maté a nadie en el subterráneo 9 —dijo Aleksei.

La frase salió seca, dura. Apretó el teléfono con tanta fuerza que pensé que lo iba a partir a la mitad. En la pantalla, su “yo” falso se movía, perfecto, letal.

—Seguro usaron partes de la grabación de las cámaras de seguridad —murmuró—, y las editaron. No sé. Lo armaron todo, yo no hice…

Se frenó. Algo se le quebró ahí, en medio de tanta firmeza.

—¡¡Soy un estúpido!! —Lo dijo con rabia hacia él mismo—. ¿Cómo no lo vi antes? —escupió—. Hice justo lo que esperaban. Los cuerpos eran el cebo. Entré a la Triple S como un tonto.

Se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos un segundo. Era un intento de no explotar ahí mismo. Luego bajó las manos y levantó la mirada. Y ahí sí, ahí estaba el Aleksei que da miedo. El que no tiembla.

—Claro que había un vampiro casi idéntico a mí —dijo, más bajo y peor—.

Vestido como yo. Moviéndose como yo. Quizás el plan era usarme de pantalla para la matanza.

Que yo fuera y dejara mi rastro en ese lugar.

Mis huellas, mi firma. Me han convertido en el enemigo perfecto.

Un príncipe fuera de control, sediento de poder.

Y justo ahora —miró el teléfono otra vez—, con la Boda de Sangre a la vuelta de la esquina.

El guardaespaldas de la barba entrecana dio un paso al frente. Voz de soldado.

—¿Qué quiere que hagamos, jefe? —preguntó.

Aleksei respiró hondo. Pero no había aire suficiente para tranquilizar lo que se le notaba en los ojos. No era calma, era furia y decisión.

—Lo único que queda por hacer —dijo, sin titubear—. Desenmascararlos. A quien sea que esté en las sombras. Y luego, vamos a destruirlos.

A mí se me quedó la garganta cerrada. Porque “destruirlos” no era “vamos a investigar”. Era una fucking guerra. Yo escuchaba y trataba de procesar, pero ya no había nada que procesar. Estábamos hasta el cuello. Hundidos en el caos. Y el reloj no dejaba de correr.