Sangre muerta Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—Porque quiero. Porque nunca lo hice antes y debí hacerlo.

Suspiró. Y ese suspiro… sentí que me abrió el alma sin tocarme.

—Y porque si algún día te pierdes —continuó—, si dudas de ti, si el mundo intenta romperte y todo se vuelve oscuro, esto puede ayudarte a recordar que no estás solo, que hay luz.

Que alguien, en algún momento, también se sintió así.

—Pausó, fue mínimo—. Yo, Lucas. Yo también me he sentido así.

—Levantó la vista—. Y que, de alguna forma sigo contigo.

Aunque no me veas. Ahora será tu resguardo.

Las palabras se me clavaron. Seguro Filomena le contó que pregunté por él, que me sentí solo, que dudé. Y ahora él me daba esto, me daba certeza y fe.

—¿Necesitas más razones? —preguntó.

Negué con la cabeza. Me puse el colgante y lo escondí bajo la camisa. Me ardía el pecho. No por el frío del objeto, sino por tener algo que era de él, colgado tan cerca.

—Feliz cumpleaños, Lucas —dijo—. Ahora, solo intenta no romperlo.

Y sin pensarlo, lo abracé fuerte, largo. Me aferré a él como si fuera a desvanecerse. No esperaba que me correspondiera. Pero lo hizo. Sus brazos me envolvieron sin dudar.

No supe bien qué acababa de pasar. Solo entendí que esos brazos, y eso que ahora me colgaba del cuello, no eran cualquier cosa. No era un simple regalo. Era una memoria viva, una llave, un recordatorio. Y ahora me pertenecía.

Me importaba. Claro que sí. Él me importaba mucho, y me valía admitirlo.

Ahí, en ese instante quieto, en ese espacio que era solo nuestro, susurró: «Gracias».

No me moví. Solo pregunté, sin despegarme de él, con la cara hundida en su pecho: «¿Por qué?».

—Por lo que hiciste en ese sótano —dijo. Su voz era baja, cuidaba el momento—. Aunque fue muy imprudente de tu parte.

Cerré los ojos. Sí. Imprudente. Pero por primera vez no me arrepentía.

—No. No hagas eso —lo corté, me separé un poco, apoyé las manos en su pecho, sentí la piel firme bajo la tela—.

No me hables como si fuera un idiota. Hice lo que tenía que hacer.

Lo único que tenía sentido. Si te lastimaban, si te neutralizaban, ninguno de los dos estaría aquí.

Lo sabes. Pero sobre todo —tragué hondo—, no podía soportar que te hicieran daño.

Okey, lo dije. Él sonrió. Fue la sonrisa más dulce que le había visto. De niño. O lo más cercano a un niño que un vampiro de más de dos mil años podía parecer.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije, sin rodeos.

Asintió.

—¿Cómo te sientes? —dije—. Tu mejor amigo está muerto. Yo estaría destruido si fuera Ban. Y, no sé, quiero saber cómo estás tú.

Aleksei exhaló despacio. Un suspiro que olía a siglos guardados, a recuerdos que era mejor no tocar. Pensé que iba a esquivar la pregunta, pero no. Me equivocaba otra vez.

Me miró. Pero no a mí, a algo más lejos. A siglos de distancia.

—Después de la muerte de Collette, Dustuyev siguió vivo —dijo—. Sonreía, hablaba. Parecía estar bien —pausó—, pero yo lo conocía.

Se quedó quieto un par de segundos.

—Se retiró de todo poco a poco —siguió—. De la política, del mundo vampírico. De mí.

—¿Pasó algo entre ustedes? —pregunté.

Soltó otro suspiro incómodo. Este venía con culpa.

—Me reclamó por no haber intercedido por los impuros —dijo.

La voz no se quebró, pero los ojos sí, un poco—.

Por no haber hecho nada por ellos. Me recordó que yo tenía un asiento en la mesa donde se decidían sus destinos y que no moví un dedo por ellos.

—Pausó, tragó. —Y en parte tenía razón. Tengo un lugar dentro del Consejo como consultor.

Dije lo que pensaba en su momento… pero quizás no fui lo bastante enérgico. No lo sé.

Apartó la mirada.

—No lo sé —repitió más bajito—. Lo único que sé es que nuestra amistad ya no fue la misma. No dejamos de hablarnos, pero… a veces pasaban años sin saber de él.

No dijo «lo perdí», pero tampoco hizo falta.

Asentí. No sabía si era para tranquilizarlo o para tranquilizarme a mí.

Pero sí, la pregunta me picaba entre los ojos.

¿Pudo haber hecho algo? ¿Pudo haberlos salvado?

Todo sonaba más jodido. Y si lo pensaba bien, Gunnar tuvo suerte.

También pudo haber terminado en una pira, hecho cenizas.

No lo dije. No era el momento.

—Sé que me juzgas —continuó Aleksei—. Él lo hizo. Y yo también. Todo el tiempo. —Bajó un poco la voz—. Es un pensamiento que no se calla nunca. Pero eran otros tiempos, Lucas. Yo —se detuvo por un instante—, yo no era el que ves ahora. Mi mente, mi fe, mis reglas. Todo yo, era otro.

Se pasó una mano por la cara, gesto rarísimo en él.

—He vivido demasiado. He hecho cosas que preferiría no recordar.

La Inquisición de los impuros es una de ellas.

Hice mucho daño. Tuve muchos nombres entre los humanos y profané lo sagrado solo para demostrar mi poder.

—Miró arriba—. Nada borra lo que hice, nada.

Pero necesito creer que el dolor sirvió para algo.

Que aprendí, que entendí. Si no, me hundo. Del todo.

Me miró. No como príncipe ni como vampiro. No supe si buscaba algo o si solo intentaba aferrarse a lo poco que podía controlar. A lo que todavía no se le escapaba de las manos.

—Dustuyev se fue lejos —continuó—. Se aisló. Ya no era él. Lo veía menos. Se comunicaba poco. Pero era mi amigo de tantas vidas pasadas. Su muerte me ha puesto mal.

Yo no dije nada. ¿Qué se responde a eso? Era una historia antigua que todavía sangraba. Una herida vieja, todavía abierta y purulenta.