Capítulo 39
Lucas
Pudieron ser treinta minutos o dos horas desde que cerré los ojos para descansar.
Okey, mentira, fueron dos horas. Eran las cinco de la mañana, afuera seguía oscuro.
El mundo se sentía en pausa. Desperté de golpe, con el corazón en la garganta, después de una pesadilla en la que una sombra con dientes me perseguía para arrancarme la cara. Pero eso no fue lo peor.
Lo peor fue abrir los ojos y verlo ahí, Aleksei, inmóvil, me observaba desde el borde de la cama, mimetizado con el mobiliario. ¿Había estado allí todo el tiempo, sin decir una palabra? Muy vampiro de su parte.
Solté un chorro de frases sin orden, una combinación de disculpas, preguntas y balbuceos atropellados que ni yo entendí.
¿Tenía miedo? Sí. ¿Me alivió verlo? También.
¿Tenía coherencia? Ninguna. Mi cabeza era un revoltijo que no sabía ordenar.
Él me observó en silencio, el que te juzga sin decir nada.
No me cortó. No me calmó. Me dejó vaciarme.
Seguro esperaba a que mi cerebro terminara de colapsar antes de abrir la boca.
Y cuando al fin habló, su voz fue grave, casi un serrucho.
—Tenemos que hablar.
Se me erizó la piel. Sabía que la había cagado al decirle a Gunnar dónde estaba. Estúpido. Estúpido. Estúpido. Quise darme un gancho con mi propio puño para ver si así se me acomodaba el cerebro. Tampoco podía quedarme callado. Así que lo solté, fue un vómito que me quemaba la garganta:
—Lo siento, Aleksei, yo le dije a Gunnar…
—Eso no importa ahora —me interrumpió sin alterar ni un músculo de la cara. Y eso era lo peor. No podía leerlo. ¿Estaba enojado? ¿Decepcionado? ¿Preocupado? ¿Sedado? ¿O algún otro -ado?
El tema era que me importaba. Me importaba un montón.
Bajó la voz, y lo que dijo después me puso más nervioso de lo que ya estaba.
—Ocurrió algo que no vi venir. Un vampiro destruyó el cuerpo de Dustuyev y de Rad en la bóveda de la Triple S.
—¿Qué? —alcancé a decir. Mi cerebro no había cargado ni medio byte de esa oración.
—No importa cómo —siguió, sin darme tregua—. Encontré evidencia que apunta a que el ataque contra los nuestros viene desde adentro. De la Triple S, de Plasma Corp. y de nuestra propia raza. Ningún vampiro haría algo así sin una orden directa de su creador.
Me incliné hacia adelante. Mi corazón intentaba escaparse por entre las costillas, pero Aleksei no paraba.
—El vampiro con el que me enfrenté era joven, pero peleaba similar a alguien de otra época. Estoy casi seguro de que un Antiguo está detrás de esto. Ese renegado fue creado para una sola cosa, cumplir una misión, aunque eso significara morir.
Sentí un frío raro subir por la espalda.
—Pero Colona nos dijo que estaban investigando —apreté la mandíbula—. ¿Nos mintió? —Mi voz temblaba, pero no de miedo esta vez. —¡Colona nos mintió!
Ahí me cayó todo encima. Ni mi sangre, ni Dustuyev, ni Rad eran casos aislados. Todo era parte de algo más grande, podrido hasta el hueso. Una mierda bien pensada, que olía a traición, a secretos, y a muerte.
—Entonces estoy jodido —solté, con la claridad que llega cuando ya no tienes a qué carajo aferrarte—. La Triple S y Plasma Corp. pueden inventar lo que quieran. ¿Cómo vamos a probar que mi sangre no tuvo que ver con su muerte? ¿Cómo…?
No terminé la frase.
Aleksei me cortó. Soltó lo que Pietro le había dicho y por qué no me lo había contado antes. Ahí estaba, lo que yo no quería oír. Mi sangre había dañado la de Pietro.
Ya no había excusas. Para mí, eso era suficiente.
Entonces sí fui yo. Mi sangre. La misma que siempre fue una alarma encendida en mi casa, la que mandaba a mi mamá al hospital cada vez que me salía un rasguño.
La que me hacía casi 'único'. La que supuestamente podía salvar vidas porque era compatible con cualquier grupo, incluyendo los Rh raros, pero si yo necesitaba ayuda, nadie me salvaría, porque encontrar a otro idéntico a mí era lo mismo que buscar un unicornio con una tonta brújula rota.
Así que tocaba congelar mi propia sangre y tener una reserva para casos de emergencia.
Y ahora resulta que no solo era rara. También era peligrosa y modificable. Más que los otros tipos. Inestable. Un poderoso detonante.
Me faltaba el aire, sentí que me habían metido en una caja y alguien hubiera sellado la tapa. Todo mi cuerpo gritaba una sola cosa, en loop, «Fui yo, fui yo, fui yo».
—Lucas —dijo Aleksei. Su voz me sacó del colapso mental—. No fue solo tu sangre. Hay algo más. Aún no sabemos qué.
—¿Y qué más pudo ser? —escupí mientras me tragaba el pánico—. Pietro lo dijo. ¿Qué otra cosa hay?
Su expresión. La cara de siempre, perfecta, intacta, tallada en mármol. Pero los ojos no mentían. En ese segundo supe que él tampoco tenía todas las respuestas. Y esa certeza fue peor.
—Tenemos que regresar con Pietro —dijo, por fin—. Hay cosas que necesita saber. Conseguí información que entregarle. Ahí está la respuesta.
«O al menos, el principio de ella», pensé.
Asentí. No porque entendiera, ni porque creyera, sino porque no me quedaba de otra. Acepté tan solo porque seguirlo era lo único que podía hacer. Antes de que pudiera decir una sola palabra más su teléfono sonó.
No fue un ringtone normal. Fue una alarma. Aleksei la ignoró, ni se inmutó. La dejó vibrar hasta morir. Se sentó junto a mí, en el borde de la cama, espalda recta, con la mirada fija al frente, las manos entrelazadas sobre las piernas en un silencio total y tenso.
Después, sin decir nada, metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó un pequeño paquete envuelto para regalo. Me lo entregó.
—¿Qué es? —pregunté.
—Ábrelo —dijo. Su voz era tranquila. Eso sí, no me quitó los ojos de encima.
Desaté el lazo. Cada nudo que soltaba parecía tirar de otra cosa dentro de mí. Lo que estaba abriendo no era un regalo, sino una puerta, o eso pensé.
Adentro había una caja metálica y vieja. No vintage. Vieja de verdad. Estaba abollada, rayada, parecía haber sobrevivido guerras, incendios y terremotos. La abrí.
Una tela suave y de un color azul profundo cubría lo que había dentro. La aparté con cuidado. Ahí estaba, un amuleto, negro, sin brillo. Una oscuridad que no devolvía nada, que tragaba la luz. Colgaba de una cadena tan fina que parecía humo convertido en hilo sólido. Lo toqué.
Estaba frío. Frío de verdad. Frío de siglos de espera.
—¿Qué es esto? —murmuré.
—Un relicario —respondió, sin demora—. La cadena tiene más de ochocientos años. Fue creada por una alquimista vampira llamada Varyna. Está hecha de sangre trenzada. Su propia sangre. Nadie ha podido replicar algo así desde entonces.
Miré el colgante con desconfianza. No sabía si me acababa de regalar un amuleto sagrado o una bomba atómica portátil.
—¿Y esto?, ¿por qué me lo das? —pregunté, casi en un susurro.
Aleksei no se apuró ni buscó el momento perfecto.
—Porque hoy cumples dieciocho —dijo—. Y porque has sobrevivido más que muchos humanos en toda su vida. —Me miró directo—. Quiero que recuerdes que sigues vivo y que todavía tienes una vida por delante.
No subió el tono ni un decibel. Pero cada palabra me pegó en el pecho. Tocó justo donde duele cuando algo es verdad.
«Una vida por delante».
Esa última frase se me quedó en la cabeza.
Porque sí, una vida, pero también una vida que podía apagarse en cualquier segundo.
Game Over. Y de la nada lo vi todo, mi futuro incierto, igual que un tráiler viejo.
Mis papás en casa esperándome para cenar.
Bandhu muerto de risa con la boca llena porque se comió mi tiramisú en un viaje a Italia.
La arena caliente que se cuela entre los dedos porque fuimos a las maldivas.
Tomarle la mano a mi novio, quien quiera que sea.
Tardes de pelis con él, pizza recalentada y helado directo del pote.
El primer “te amo” dicho bajito, despertar a su lado y pensar, medio dormido, “qué suerte la mía”.
¿Quizás una casa? ¿Dos perros? ¿Una vida?
Y si todo se acaba, se acaba todo eso. Sin despedidas. Adiós a vivir.
El aliento se me fue solo pensarlo, el pechó dolió. Pero frené, a la fuerza.
—¿Me estás regalando esperanza? —dije, medio en broma, medio en serio.
—Todos la necesitamos —respondió.
Nos miramos. El silencio que siguió no era incómodo.
Era otra cosa. El tiempo pareció haber dejado de correr, solo por ese instante.
Cómplice. Tal vez entendía que había que quedarse quieto, callado, y dejar que ese momento respirara y que la magia mundana, la magiandana esotérica de estar vivo, entrara en acción.
Bajé la mirada al relicario. Le di vueltas entre los dedos. No pesaba nada. Y aun así sentía que cargaba un planeta entero.
—¿Y qué tiene adentro? —pregunté.
—Dentro hay una gota de sangre —dijo, más firme esta vez—. Mía.
Lo miré perplejo.
—Varyna lo pidió así —explicó—. Una sola gota.
Ella creía que la magia de la vida está en la sangre.
Que podía usarse para proteger. Nunca le daría mi sangre a nadie por voluntad propia.
Jamás. Solo a ella, porque esto fue su regalo: su conocimiento, su cuidado.
Me dio el relicario con mi sangre dentro para conservar mi esencia, para recordarme que incluso en lo oscuro hay luz.
Yo sentí que él volvía a ese tiempo mientras hablaba. Con cada palabra sacaba una imagen vieja del fondo de la cabeza.
—Cada vez que estoy al límite —continuó—, cuando dudo, ese relicario me recuerda que alguien me dio algo sincero. Sin condiciones. Sin pedir nada. Solo por amor. Por mi bien.
El relicario colgaba de mis dedos, estaba frío y casi quemaba. No podía apartar los ojos de ese objeto. Quizás esa cosa sabía que yo no estaba listo para cargar con algo así.
—Esto suena demasiado importante —murmuré, y lo rocé apenas con la punta del índice—. Ochocientos años. Alquimia. ¿Tu sangre? ¿Tu resguardo? ¿Por qué me lo darías a mí?
Se quedó callado. Lo vi buscar palabras por una vez. Creo que no quería usar las equivocadas. Y si era eso, viniendo de Aleksei, ya era mucho. Después habló.