Capítulo 38
Triple S
Los vampiros antiguos podían oler el linaje.
La edad del otro flotaba en el aire, casi una música que solo ellos sabían descifrar.
Aleksei nunca había visto a este en particular, pero bastó un instante para saberlo, no pasaba de ciento cincuenta años.
Lo que significaba una sola cosa. Era una creación ilegal.
Alguien había violado el Edicto Prohibitivo de Prole. Y lo había hecho a propósito.
Iván ya lo tenía en la mira, el dedo firme sobre el gatillo del arma de descarga. Aleksei levantó una mano. Sobraban las palabras. Esto no era asunto para humanos. Era un duelo entre inmortales.
Antes de que pudiera terminar de pensarlo, el otro ya estaba encima. Era rápido, una sombra hecha carne, pero no más rápido que Aleksei.
El primer golpe fue directo al rostro. Aleksei giró la cabeza un milímetro y lo esquivó. Sintió el viento cortarle la mejilla. No necesitó pensar. Su cuerpo respondió solo.
Devolvió un puñetazo al pecho. El sonido fue seco, brutal. El vampiro salió disparado contra el vidrio blindado que se resquebrajó con el impacto. Se levantó de inmediato. Gruñía con colmillos expuestos, era rabia cruda.
—Nada mal para un ilegal —dijo Aleksei, estudiándolo—. Conoces el antiguo estilo de combate. Aún no logro descifrar de quién lo aprendiste.
Él no contestó. Solo otro salto, más feroz, más rabioso. Las uñas hendieron el aire y rozaron el brazo de Aleksei, un rasguño superficial, pero con fuerza suficiente para dejar claro que iba con todo.
Iván, por puro instinto, salió de la pecera pero se quedó pegado al vidrio. Lo poco que alcanzaba a distinguir era un caos de sombras, ráfagas de movimiento, cuerpos que se estrellaban, ruido de carne y puños chocando.
Aleksei bloqueó un ataque con el antebrazo, giró sobre su eje y le estampó una patada en el costado. El crujido, nítido, sonó a costillas rotas, pero el otro no paró. No conocía el miedo ni el dolor. Se lanzó de frente.
Mala idea.
Aleksei lo atrapó del cuello en el aire. Cerró la mano y lo estampó contra el piso; los escritorios estallaron a su paso en una lluvia de fragmentos. El suelo se agrietó en forma de telaraña.
El renegado escupió sangre negra, pero no pensó en rendirse.
—¿Para quién trabajas? —murmuró Aleksei, lo levantó por el cuello.
El otro rio, hueco, desquiciado.
Aleksei lo entendió al instante. No iba a hablar. Estaba entrenado para morir antes de soltar un solo nombre.
Lo lanzó con violencia. El cuerpo del vampiro golpeó el suelo, rodó, y en un solo impulso volvió a la carga. Gritó y saltó de nuevo, se arrojó con todo lo que tenía. Ya era predecible.
Aleksei no se apartó. Se deslizó tras él en una fracción de segundo y le clavó la mano en el pecho con precisión inequívoca.
Los dedos rompieron la carne y partieron el esternón como si fuera una cáscara seca.
Los ojos del renegado se abrieron de golpe con incredulidad pura.
Abrió la boca, pero de ella solo salió un gorgoteo húmedo.
Aleksei sintió el corazón entre sus dedos. Entonces con un tirón brutal, lo arrancó.
El cuerpo cayó y convulsionó un instante. Luego quedó quieto. La sangre negra se desparramó por el piso en una mancha espesa.
Aleksei observó el corazón un segundo más. Lo soltó. El órgano cayó con un chapoteo.
El silencio regresó. Solo quedaba la respiración agitada de Iván y el goteo de sangre marcando el tiempo dentro de la Cámara Umbra. El hedor metálico del líquido se adhería al aire, a la piel, a la memoria.
Entonces, sonó la alarma, aguda y violenta. Un chillido metálico que taladraba los oídos. Los habían descubierto.
No sabían cómo. El subterráneo 9 operaba con un sistema de seguridad aislado del resto de la Triple S. Pero Iván lo entendió al instante, alguien más seguía vivo. Igual que Chang. Y había presionado el botón de alerta.
—Salgamos —dijo, la voz le tembló, pero no se quebró, no tenía otra opción.
Aleksei no respondió, se quitó la bata y se puso en marcha. Pasó sobre el cadáver del renegado sin mirar atrás. Las suelas de sus botas marcaban el suelo con huellas negras. No le pesaba, no podía darse el lujo. No ahora.
Sabía lo que venía. Un vampiro renegado había masacrado a personal humano dentro de una instalación que se suponía neutral. Aleksei lo había matado con sus propias manos en la bóveda. Su firma estaba estampada en la escena del crimen.
Cuando descubrieran su acceso al nivel prohibido y que había eliminado a otro de su especie, aunque fuera impuro, lo acusarían de quebrar una ley fundamental, el juramento entre legítimos e impuros, La Alianza de Sangre, el equilibrio, se rompería.
No era solo política. Era el umbral de una posible guerra.
También se habían reventado las reglas entre humanos y vampiros, sostenidas con hilos corruptos durante siglos. Demasiados muertos.
Y aún había algo peor. Algo que gritaba más fuerte que cualquier alarma.
Esto no era casualidad. Alguien quería verlos caer.
Alguien de su raza. Un Antiguo con poder y recursos, capaz de moverse entre las sombras e infiltrar proyectos ultrasecretos en la Triple S sin levantar sospechas.
Lo más probable el mismo que había usado a Lucas.
Si estaba dispuesto a profanar las leyes más sagradas para lograrlo, no se detendría ahí.
Aleksei entendió que lo que venía no era una caza. Era una purga entre las especies.